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La historia detrás de la desilusión amorosa que inspiró “Linger” de The Cranberries
Cuando se trata del romance, la desilusión y el rechazo duelen como nunca… pero qué increíbles canciones nacen de esas experiencias. Ahí radica la magia de esta clase de melodías, porque nos muestran el lado más vulnerable de nuestro ídolos. Porque de una u otra forma, aunque los veamos como seres extraordinarios, ellos también han pasado o saben lo que es sufrir por un desamor y nos alivian -aunque sea un poco- con su obra.
Seguro que así le ha pasado a varios, por ejemplo, con la legendaria Dolores O’ Riordan de The Cranberries y la estupenda “Linger”. Esta, de hecho, es una de esas rolas para las que no necesitas estar precisamente dolido si quieres sentir toda su emotividad. Pero si lo estás, entonces funciona en un nivel mucho mayor. Ese impacto tan melancólico, demoledor y conmovedor por supuesto, tiene su truco. Tiene su historia.
The Cranberries. Foto: Especial
Por acá, en caso de que no sepan el dato, les contaremos un poco sobre cómo nació este clásico de la mítica banda irlandesa. Pero sobre todo, le echaremos un vistazo a la anécdota detrás de la desilusión amorosa que inspiró el track. Agarren los pañuelos y no se aguanten el nudo en la garganta si andan sensibles.
Dolores O’ Riordan y la canción que la unió a The Cranberries
Todo gran legado esconde una historia curiosa y el caso de The Cranberries no es ajeno a esa idea. Para llegar a ser el hito que irlandés en el que se convirtieron, la banda debió reconfigurarse en dos aspectos importante: el primero, su nombre y el segundo, su vocalista. Como muchos recordarán -y para quienes no lo sabían en este punto-, el grupo en un principio se llamaba The Cranberry Saw Us y en sus filas estaba el cantante Niall Quinn.
Según cuentan la malas lenguas, el grupo no era realmente muy bueno, pero había algo que los distinguía dentro de la escena local de su ciudad. La propia Dolores O’ Riordan, en declaraciones recogidas por The Guardian, dijo alguna vez que “Las bandas de Limerick solo hacían covers, entonces cuando conocí a este grupo quedé impresionada. Ellos querían hacer sus propias canciones. En realidad, no sabían tocar y eso era parte de su encanto“.
Noel Hogan y Dolores O’ Riordan. Foto: Getty
Y se dio… Aquella agrupación compuesta por Noel Hogan (guitarrista), su hermano Mike (bajista) y Fergal Lawler (baterista) no solo sabía que querían escribir su propio material; también estaban conscientes de que necesitaban a una persona capaz de impulsarlos de otra forma desde la voz. Quinn no era el indicado y el nombre del proyecto -honestamente- dejaba mucho que desear.
Para 1989, la banda se renombró como The Cranberries y comenzaron a audicionar a otras personas para vocalista. Buscaban ahora a una voz femenina, misma que recayó en la ya mencionada O’ Riordan. El grupo tocó para ella algunas canciones, se realizó la audición y todo pareció fenomenal. “Todos sabíamos que no podíamos cantar o escribir. Entonces, cuando llegó Dolores, supimos que debíamos confiar totalmente en ella“, dijo el guitarrista Noel Hogan a Rolling Stone en 2014.
Así, llegaría el momento de la verdad. Tras aquella audición, la banda le dio a Dolores una cinta con un track que Noel había compuesto desde hace años. Esa canción, sin letra aún, era lo que hoy conocemos como “Linger”. A la semana siguiente de su prueba, la cantante regresó con una letra ya preparada, armonías de voz listas y básicamente, toda la tarea hecha. El primer tema que la banda compuso con la nueva alineación estaba hecho y listo para llevarlo a un estudio.
La desilusión amorosa que inspiró “Linger”
Como mencionamos al principio de esta nota, la decepción amorosa duele, pero de ella nacen canciones increíbles. Eso mismo sucedió con la letra de “Linger” de The Cranberries, para la que Dolores O’ Riordan recogió una anécdota de la adolescencia que a ella la marcó bastante.
La canción se basó en un fugaz amorío que Dolores tuvo a los 17 años con un joven soldado a quien conoció en una discoteca. El chico estaba por partir a Líbano y en esa noche de diversión, le propino a la vocalista su primer beso -por decirlo de alguna manera- serio. Pero esa aventura amorosa casi inmediatamente le rompería el corazón. Así lo contó ella misma a The Guardian en 2017:
“Se inspiró en una noche que tuve en un club llamado Madonna’s. Este chico me pidió que bailara y pensé que era encantador. Hasta entonces, siempre había pensado que ponerme la lengua en la boca era repugnante, pero cuando me dio mi primer beso como es debido, de hecho, ‘tuve que dejar que continuara’. No podía esperar a verlo otra vez. Pero en el siguiente encuentro en la discoteca, pasó directamente a mi lado y le pidió a mi amiga que bailara con él. Yo estaba devastada. Todos vieron que me dejaban, públicamente, en la discoteca. Todo es tan dramático cuando tienes 17 años, así que lo incluí en la canción”.
Dolores O’ Riordan en 1993. Foto: Getty
Con el paso de los años, evidentemente, Dolores supo que esa experiencia no estaba ni cerca de tratarse de su primer gran amor y mucho menos, de su primer corazón roto. Sin embargo, mencionó en esa charla con The Guardian que ese beso significó mucho para ella en su momento pues se encontraba en plena exploración juvenil, dado que ella venía de una familia un tanto más tradicional y ‘de buenas costumbres’.
“Cuando era adolescente, no me sentía atractiva. Mi madre no me dejaba maquillarme... Yo era la chica incómoda y sobreprotegida con un vestido rosa de flores y lazos en el pelo, que tocaba el órgano en la iglesia”, dijo la vocalista. Incluso, en ese sentido, su nuevo proyecto musical la ayudó a descubrir un nuevo mundo. “En la primera sesión de fotos de The Cranberries, como se llamaba ahora la banda, Noel me trajo un atuendo y me dio un par de [botas] Doc Martens… De repente, me veía como una chica indie”, remató O’ Riordan.
Dolores O’ Riordan en 1994. Foto: Getty.
También puedes leer: LA HISTORIA DE LA DIFÍCIL CARRERA MUSICAL Y EL MENSAJE EN “YOU GET WHAT YOU GIVE” DE NEW RADICALS
El peculiar debut de The Cramberries y su legado a futuro
Ya con Dolores O’ Riordan en sus filas, The Cranberries se dedicó a componer más música y a tocar puertas en diferentes disqueras. Finalmente, para 1991, la banda había logrado firmar con el sello Island Records para lanzar ese mismo año el EP Uncertain. Sin embargo, “Linger” no se encontraría en ese material.
El grupo aguantó y el momento grande vendría hasta el 1 de marzo de 1993 cuando lanzaron su álbum debut de larga duración Everybody Else is Doing, So Why Can’t We?. Ese disco, entre otras particularidades, lo produjo Stephen Street, quien en ese tiempo era reconocido por haber trabajado durante la década de los 80 con The Smiths y con Blur (desde Leisure hasta el disco homónimo de 1997).
Portada de ‘Everybody Else is Doing, So Why Can’t We?’. Foto: Island Records.
La nueva primera placa de estudio de The Cranberries se grabó en el estudio Windmill 2, el cual ocuparon luego de que Def Leppard terminara de grabar ahí. Una vez que su disco salió al mercado, la banda irlandesa batalló con la recepción ya que, según recuerda Stephen Street, el primer sencillo (“Dreams”) había sido casi ignorado por la crítica y el público. Y más en pleno apogeo del grunge y el britpop. La cosa cambió un poco cuando días antes del lanzamiento del álbum, se lanzó “Linger”.
“Fue muy frustrante. Así que salió ‘Linger’ y porque ‘Dreams’ había sido ignorada, nadie quería prestarle mucha atención. Así que están las dos primeras canciones del álbum, que se han convertido en éxitos clásicos enormes. Pero en ese momento nadie quería realmente tomar algún aviso”, dijo el productor Street en entrevista con la revista Sound On Sound en 2019.
Tal como cuenta Street, la canción poco a poco se convirtió en una de las grandes composiciones no solo de The Cranberries, sino de los 90 en general. Y su legado no solo prevalece en esas tiernas, melancólicas y cautivadoras melodías. En la entrevista con The Guardian de 2017, Dolores reveló que aquel joven soldado que le rompió el corazón, la buscó para disculparse.
“Unos años más tarde, después de casarme, el chico del que se trata ‘Linger’ me escribió una larga carta, diciendo: ‘Sé que la canción es sobre mí. Nunca quise herir tus sentimientos. ¿Podemos encontrarnos?’ Yo pensé: ‘Es demasiado tarde. ¡Me dejaste!’, relate la vocalista. Ahora, y es más que válido decirlo, esta canción es tan eterna como la legendaria Dolores O’ Riordan, a quien el mundo de la música extraña tras su fallecimiento en 2018.
Dolores O’ Riordan. Foto: Getty
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Morelia: El FICM prepara una suite para celebrar al cine sonoro nacional
La música del cine mexicano, de la cual en varios casos no existen las partituras, está siendo recuperada por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC) para conformar una suite que se estrenará en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM).
Daniel Hidalgo, presidente de la Academia, informa que se trata de una de las varias actividades que se están haciendo para conmemorar los 80 años de la institución, que anualmente otorga el premio Ariel a lo mejor del cine nacional.
Recuerda que en varios casos las partituras no existen, ya sea por no conservarse o haberse perdido, por lo que mientras los compositores vivos harán sus propios arreglos; Enrique Chapela será el encargado de oír y reproducir las más antiguas.
“Estamos haciendo una investigación con la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM) porque se tiene que hacer todo con cuidado. Una transcripción no funciona porque son cinco segundos en un lado (escena de película), 10 allá, cinco acá, entonces hay que trabajar mucho. Ya Morelia nos dijo que sí (el concierto, en octubre), pero todavía no sabemos qué día sería”, comenta.
Hidalgo ya tenía esta idea desde hace al menos una década, pero por cuestiones económicas no se había concretado. Él mismo es un compositor que ha colaborado en las películas “Amores perros” y “Cuidado con lo que deseas”, así como la serie “El apóstol”.
La suite, en la que se juntarían distintos temas de películas de las que se reserva los títulos, es una forma musical armónica compuesta por una serie de movimientos o piezas breves.
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Morelia: El FICM prepara una suite para celebrar al cine sonoro nacional
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“Estamos haciendo una investigación con la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM) porque se tiene que hacer todo con cuidado. Una transcripción no funciona porque son cinco segundos en un lado (escena de película), 10 allá, cinco acá, entonces hay que trabajar mucho. Ya Morelia nos dijo que sí (el concierto, en octubre), pero todavía no sabemos qué día sería”, comenta.
Hidalgo ya tenía esta idea desde hace al menos una década, pero por cuestiones económicas no se había concretado. Él mismo es un compositor que ha colaborado en las películas “Amores perros” y “Cuidado con lo que deseas”, así como la serie “El apóstol”.
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Arte: José Pablo Moncayo, el hombre que moldeó el alma de la música mexicana
José Pablo Moncayo vivió apenas 45 años. Pero le bastó menos de medio siglo para convertirse en una de las figuras fundamentales de la música mexicana. Pianista, director de orquesta y compositor, formó parte de una generación de creadores que intentó responder una pregunta que atravesó buena parte del siglo XX: cómo construir una música capaz de dialogar con el mundo sin perder sus raíces mexicanas.
La búsqueda ocupó gran parte de su trayectoria. Desde las aulas del Conservatorio Nacional de Música hasta los escenarios más importantes del país, Moncayo trabajó junto a algunos de los compositores que redefinieron el panorama musical mexicano. Fue alumno de Carlos Chávez, integrante del llamado Grupo de los Cuatro y uno de los artistas que encontraron en los ritmos populares, las tradiciones regionales y los paisajes sonoros del país una fuente constante de inspiración.
Su nombre suele aparecer ligado a una sola obra, el célebre “Huapango”, pero la dimensión de su legado va mucho más allá de una partitura. El compositor participó en la construcción de una identidad musical mexicana moderna, desarrolló una voz propia como compositor y dejó obras que continúan formando parte del repertorio habitual de las orquestas nacionales.
Un prodigio de su generación
Nacido en Guadalajara el 29 de junio de 1912, creció en una familia donde la música formaba parte de la vida cotidiana. Su padre, carpintero de oficio y aficionado a la guitarra, alentó desde temprano el interés artístico de sus hijos. Cuando su familia se trasladó a la Ciudad de México, el joven Moncayo inició una formación musical que pronto reveló un talento excepcional. Ingresó al Conservatorio Nacional de Música, donde estudió piano, teoría musical, composición y dirección orquestal. Allí coincidió con algunos de los músicos que definirían el rumbo de la creación musical nacional durante las décadas siguientes.
Entre sus maestros destacó Carlos Chávez, figura central de la cultura nacional en la primera mitad del siglo XX. Chávez no solo impulsó la carrera de Moncayo, sino que también lo integró a un proyecto artístico que buscaba construir una identidad musical mexicana capaz de dialogar con las corrientes internacionales sin renunciar a sus raíces. Junto con compositores como Blas Galindo, Salvador Contreras y Daniel Ayala Pérez, Moncayo formó parte del llamado Grupo de los Cuatro, un conjunto de jóvenes creadores que exploraron las posibilidades de incorporar elementos populares, indígenas y regionales al lenguaje de la música sinfónica.
Aquella búsqueda coincidía con un momento particular de la historia cultural mexicana. Tras la Revolución, artistas, escritores, pintores y músicos intentaban responder una misma pregunta: ¿cómo representar a México desde el arte? Mientras los muralistas llenaban edificios públicos con imágenes de campesinos, obreros e indígenas, los compositores buscaban construir un equivalente sonoro de esa identidad nacional. Moncayo encontró una respuesta en los ritmos populares; a diferencia de otros nacionalismos musicales que se limitaban a citar melodías tradicionales, su trabajo consistió en transformar esos materiales dentro de una escritura orquestal compleja y sofisticada.
Una obra con eco eterno
La mejor muestra de ello apareció en 1941. Ese año, por encargo de Carlos Chávez, Moncayo viajó junto con Blas Galindo al Estado de Veracruz para recopilar sones tradicionales interpretados por músicos populares de la región. De aquella experiencia surgió “Huapango”, obra basada principalmente en los sones “El Siquisirí”, “El Balajú” y “El Gavilancito”. Lejos de limitarse a transcribir esas melodías, el compositor las reorganizó, expandió y convirtió en una pieza sinfónica de enorme energía rítmica. El resultado fue inmediato. Desde su estreno, la obra capturó algo difícil de definir, pero fácil de reconocer: la sensación de movimiento, celebración y vitalidad que muchos asociaban con el país. Con los años, el “Huapango” terminó siendo descrito como el segundo himno nacional mexicano.
La comparación puede parecer exagerada, pero revela el lugar que ocupa dentro del imaginario colectivo. Pocas composiciones académicas han alcanzado una popularidad semejante. Parte de su éxito radica en su capacidad para comunicar de manera directa, pues aunque la pieza posee una elaboración técnica notable, nunca pierde contacto con las melodías y ritmos que le dieron origen. El público puede seguir su desarrollo sin necesidad de conocimientos musicales especializados. La obra habla un lenguaje complejo sin dejar de ser cercana.
El nacionalismo encuentra su voz
La importancia de Moncayo también puede medirse por el momento histórico que representó dentro de la música mexicana. Durante buena parte del siglo XX, los compositores del país buscaron construir un lenguaje propio que dialogara con las tradiciones populares sin renunciar a las herramientas de la música académica. Aquella generación encontró en Moncayo una de sus voces más sólidas y personales.
El musicólogo Armando Torres Chibrás señaló que el compositor jalisciense representa “uno de los legados más importantes del nacionalismo musical mexicano”, colocándolo junto a figuras fundamentales como Carlos Chávez y Silvestre Revueltas. Varios historiadores de la música han visto en su muerte un punto de inflexión para la creación musical mexicana.
El crítico José Antonio Alcaraz llegó a afirmar que el ciclo del nacionalismo musical mexicano puede considerarse concluido simbólicamente en 1958, año de la muerte del compositor. Una valoración semejante hizo la investigadora Yolanda Moreno Rivas, quien sostuvo que la desaparición de Moncayo marcó el cierre de una etapa fundamental en la historia de la composición nacional.
La muerte llegó demasiado pronto. Problemas de salud derivados de una afección cardíaca limitaron su actividad durante sus últimos años. Falleció apenas unas semanas antes de cumplir los 46 años. La brevedad de su vida ha alimentado una pregunta recurrente entre musicólogos e historiadores: ¿qué más habría escrito José Pablo Moncayo si hubiera contado con dos o tres décadas adicionales de creación? Y aunque la interrogante permanece abierta, lo que sí resulta evidente es que su influencia continúa vigente.

Marca diversas generaciones
- Eterno – Cada generación de músicos mexicanos termina encontrándose con él de alguna manera: las orquestas siguen interpretando el “Huapango” de forma constante, los estudiantes de música analizan sus partituras y los directores lo incluyen en giras internacionales como una carta de presentación del repertorio nacional.
- Popular – Su obra también ha logrado algo poco frecuente dentro de la música académica: trascender los círculos especializados. Muchas personas reconocen el “Huapango” sin saber quién lo escribió. Otras identifican la pieza antes que el nombre del compositor: la música se integró a la vida cotidiana.
- Especial – Más de seis décadas después de su muerte, José Pablo Moncayo sigue ocupando un lugar singular dentro de la cultura mexicana. No solo porque escribió una obra extraordinaria, sino porque encontró una forma de transformar sonidos populares en una expresión artística capaz de dialogar con públicos muy distintos.
- Maestro – Su legado no reside únicamente en las partituras; reside también en la posibilidad de escuchar una orquesta sinfónica y reconocer, entre sus cuerdas, metales y percusiones, ecos de plazas, fiestas, ríos, fandangos y paisajes que forman parte de la historia colectiva del país.
Un maestro ligado a su obra
El enorme éxito de la pieza tuvo una consecuencia paradójica. Con el paso de los años, el “Huapango” terminó proyectando una sombra tan extensa que muchas de las demás composiciones de Moncayo quedaron relegadas a un segundo plano. Diversos músicos y estudiosos han señalado que la popularidad de la obra contribuyó a simplificar la imagen pública del compositor, reduciéndolo en ocasiones a una sola partitura. Reducir la figura de Moncayo al “Huapango” sería injusto, pues su catálogo incluye trabajos que muestran otras facetas de su personalidad artística.
Entre ellos destaca “Tierra de temporal” (1949), considerada por muchos especialistas como una de sus composiciones más logradas. Inspirada en la vida rural mexicana, la obra ofrece una visión menos festiva y más reflexiva del paisaje nacional. Allí aparecen las sequías, las esperanzas de la cosecha y la relación entre el ser humano y la tierra. También sobresalen obras como “Bosques”, “Muros verdes”, “Amatzinac”, “Sinfonietta”, así como piezas para piano, música de cámara y repertorio coral. En ellas puede apreciarse a un creador interesado en expandir su lenguaje más allá de las fórmulas nacionalistas que le dieron fama.
Durante la década de 1950, Moncayo comenzó a experimentar con procedimientos armónicos y estructurales más modernos. Algunos especialistas consideran que, de haber vivido más tiempo, su música habría seguido caminos muy distintos a los que suelen asociarse con su nombre. En paralelo, su carrera como director también fue notable. Dirigió importantes orquestas mexicanas y desarrolló una intensa actividad como intérprete. Muchos contemporáneos destacaban la precisión de su trabajo y su profunda comprensión de las partituras. Aun así, el reconocimiento público siempre estuvo ligado a la composición.
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