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Los chorros de energía de los agujeros negros son tan potentes que pueden remodelar galaxias enteras y ahora sabemos cómo medirlo
Siempre se dice que los agujeros negros engullen todo lo que se acerca a ellos, desde la materia hasta la luz. Sin embargo, esto no es del todo cierto. En algunos casos, hay una fracción de partículas y energía que, en lugar de caer en su interior, hace todo lo contrario. Sale despedida en forma de unos chorros, conocidos como jets. Aunque hay algunas hipótesis al respecto, la razón por la que esto ocurre no se conoce del todo. Lo que sí se sabe es que estos chorros son tan potentes que incluso pueden influir en la evolución de las galaxias.
El problema es que se sabe que son muy potentes, pero no cuánto. Hasta ahora, nadie había sido capaz de medir directamente la potencia de estos jets. Sin embargo, un equipo internacional de científicos ha logrado medir estos chorros en torno a un agujero negro concreto, abriendo con ello un abanico de posibilidades muy interesante.
Los datos. Estos científicos han estudiado el sistema Cygnus X-1, compuesto por un agujero negro y una estrella supergigante azul orbitando entre sí. Mediante un método muy novedoso, han descubierto que la energía de los chorros que salen del agujero negro es equivalente a la de 1.000 soles. También han observado que se mueven por el espacio a una velocidad de 540 millones de kilómetros por hora y que el 10% de la energía que inicialmente se forma en la caída hacia el agujero negro se convierte en chorros.
Los antecedentes. Hasta ahora, nadie sabía cómo medir la potencia de los jets de un agujero negro. Lo único que se hacía era medir mediante métodos calorimétricos las cicatrices que dejan en el espacio. Cuando se liberan, pueden dejar a su paso puntos calientes y agujeros en el medio intergaláctico. Sin embargo, como explican en un artículo de Interesting Engineering, esto es algo así como querer medir la potencia de un motor observando las huellas de los neumáticos del coche. Lo importante es analizar directamente la maquinaria. Y eso justamente es lo que se ha logrado hacer ahora.
Medidas indirectas. En los sistemas formados por un agujero negro y una estrella, el agujero negro se alimenta poco a poco del gas que rodea a la estrella. Cuando se va acercando a él, el gas empieza a girar cada vez más deprisa, generando mucho calor y energía. Parte de esa energía no cae dentro del agujero negro, sino que salta hacia afuera, formando los jets.
A su vez, la estrella libera flujos de partículas muy intensos, que dan lugar a lo que se conoce como vientos estelares. Esos vientos estelares pueden interactuar con los jets y doblarlos. Y ahí está la clave. No se pueden medir los jets como tal, pero sí la resistencia que oponen a ser doblados por los vientos estelares. Podemos saber por ejemplo cómo de fuerte es una persona al analizar su capacidad para vencer en un pulso a alguien cuya fuerza sí conocemos.
Cambios de trayectoria. La trayectoria global de los jets depende del flujo de momento tanto de los propios jets como de los vientos. Como el flujo de momento del viento sí puede calcularse, basta con analizar la trayectoria para despejar la incógnita. Los datos, además, se pueden afinar aún más con una serie de simulaciones por ordenador. El resultado es un cálculo bastante aproximado de la potencia de los jets.
Hay limitaciones. La mayor limitación de este estudio es que solo se ha analizado un agujero negro. Habría que repetir el procedimiento con más jets en más agujeros negros para comprobar si existe una tendencia y, por lo tanto, si el método es válido.
Evolución galáctica. Dado que los chorros de los agujeros negros más grandes pueden afectar notablemente a la evolución galáctica, este método podría ser muy útil para entender mejor cómo se forman las galaxias. Por eso es importante pasar al segundo paso y comprobar si el método es reproducible, especialmente con agujeros negros más grandes.
Imagen| Un agujero negro supermasivo expulsa un chorro de plasma de 3.000 años luz de longitud, viajando a casi la velocidad de la luz. Concepto artístico de la NASA
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Muere Dick Parry, emblemático saxofonista de Pink Floyd, a los 83 años
Dick Parry, el emblemático saxofonista del grupo de rock psicodélico Pink Floyd, murió la mañana del pasado viernes a los 76 años de edad, informó el guitarrista de la banda, David Gilmour, en una publicación en redes sociales donde recordó su pasión por la música desde la adolescencia y que marcó una era de éxitos como “Shine On You Crazy Diamond“.
Gilmour no precisó las causas del fallecimiento, pero sí destacó que ambos compartieron escenario durante la giras como On An Island y en el festival Live 8 de 2005, cuando Pink Floyd se reunió con el exlíder y bajista Roger Waters para dar un concierto después de más de 20 años de ruptura.
“Desde que tenía 17 toqué en bandas con Dick al saxofón”, recordó en la publicación. “Su sensibilidad y timbre hacen que su forma de tocar el saxofón sea inconfundible, un sello distintivo de enorme belleza conocido por millones y que constituye una parte fundamental de canciones como Shine On You Crazy Diamond, Wish You Were Here, Us and Them y Money“, agregó.
Asimismo, compartió una serie de fotografías donde se puede ver a ambos músicos desde la época de 1963, en la reunión de Pink Floyd de 2005 y en las giras de sus proyectos solistas.

Pink Floyd se formó en 1965, integrada por Syd Barret (quien después fue reemplazado por Gilmour), Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason. A lo largo de los años, la formación de la banda cambió, dejando atrás a sus entonces líderes Syd Barret (1968) y Roger Waters (1985).
Aunque nunca fue considerado un miembro oficial de la alineación, Parry imprimió un sello característico en las composiciones de la banda desde el aclamado Dark Side of The Moon (1973) y a través de otros álbumes como Wish You Were Here (1975) y The Division Bell (1994), además de participar en las giras mundiales de la banda.
El álbum Dark Side of The Moon les valió el reconocimiento como uno de los grupos más exitosos e importantes de la música pop. El álbum permaneció en la lista Billboard Top 200 más tiempo que cualquier otro de la época.
Por otro lado, The Wall de 1979 consolidó al grupo de rock como “exponentes de una visión distintamente oscura”, según reconoce la revista especializada Rolling Stone.
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En 1967 Canadá construyó viviendas futuristas como piezas de Lego. Medio siglo después siguen sin saber cómo repararlas
Cuando Moshe Safdie diseñó Habitat 67 siendo estudiante de arquitectura, tuvo una idea revolucionaria: utilizó miles de piezas de Lego para probar cómo podían encajar los módulos de viviendas en tres dimensiones. Décadas después, el propio arquitecto seguía recordando que llegó a vaciar tiendas enteras de Lego en Montreal para construir las maquetas. Y quizás ahí estaba el problema.
Reinventar la vivienda a lo Lego. A comienzos de los años 60, las ciudades occidentales estaban atrapadas entre dos modelos que parecían inevitables: enormes bloques de apartamentos impersonales o interminables suburbios dependientes del coche. Un joven estudiante de arquitectura llamado Moshe Safdie creyó que existía una tercera vía.
Su idea era aparentemente simple y radical al mismo tiempo: construir viviendas prefabricadas apilando módulos de hormigón como si fueran piezas gigantes de Lego, de forma que cada familia pudiera tener luz, terraza, vegetación y sensación de casa individual dentro de una gran estructura urbana. El proyecto terminó convirtiéndose en Habitat 67, el gran icono futurista de la Expo de Montreal. Lo que Canadá presentó al mundo como el futuro definitivo de las ciudades acabó siendo una de las obras arquitectónicas más fascinantes y problemáticas del siglo XX.
Habitat 67 era una utopía. La imagen del edificio sigue pareciendo futurista incluso hoy: 354 enormes módulos de hormigón prefabricado, cada uno de unas 90 toneladas, apilados en formas irregulares sobre una península artificial frente al río San Lorenzo. Safdie estaba obsesionado con resolver un problema que consideraba central para el futuro urbano: cómo mantener la densidad de la ciudad sin sacrificar la privacidad, la naturaleza y la sensación de hogar.
Su lema era “For everyone a garden”. Cada apartamento debía tener jardín propio, ventilación cruzada, vistas abiertas y calles peatonales elevadas en lugar de pasillos cerrados. La inspiración venía tanto de las viviendas pueblo del suroeste estadounidense como del metabolismo japonés que contamos hace unos días, un movimiento arquitectónico que imaginaba edificios formados por células modulares capaces de crecer y reorganizarse como organismos vivos.


El gran problema: hacerlo barato. La paradoja de Habitat 67 es que nació precisamente para abaratar vivienda urbana… y terminó costando muchísimo más de lo previsto. Safdie imaginó que la prefabricación industrial permitiría fabricar apartamentos en cadena con rapidez y eficiencia, pero la realidad fue muy distinta. El complejo requería un sistema de ensamblaje extremadamente sofisticado, una fábrica instalada dentro de la propia obra, grúas gigantescas y conexiones técnicas complejísimas entre módulos.
Cada caja debía salir de fábrica prácticamente terminada, con ventanas, cableado, baños y cocinas incorporadas antes de ser elevada hasta su posición definitiva. La reducción del proyecto original (de 1.200 viviendas previstas a apenas 158) disparó todavía más los costes. El experimento pensado para democratizar la ciudad terminó convirtiéndose en un complejo demasiado caro incluso para la clase media que pretendía atraer.


Aparecen las goteras y el moho. Con el paso del tiempo apareció el otro gran enemigo de Habitat 67: el agua. La estructura escalonada llena de terrazas, jardines y uniones entre módulos generó una pesadilla de impermeabilización. El hormigón comenzó a sufrir filtraciones constantes en el clima extremo de Montreal y el agua acabó penetrando en muros y sistemas de ventilación. Algunos residentes denunciaron problemas graves de humedad y moho durante años.
Las reparaciones nunca fueron sencillas porque el edificio no funciona como un bloque convencional: cada módulo forma parte estructural de un entramado tridimensional extremadamente complejo. Medio siglo después, las restauraciones siguen siendo casi quirúrgicas. En la gran rehabilitación realizada para el 50 aniversario hubo que desmontar capas exteriores, volver a aislar enormes superficies y rediseñar sistemas completos para proteger la estructura de los inviernos canadienses.
De sueño social a símbolo de élite. Otra de las ironías más llamativas de Habitat 67 es su evolución social. Lo que nació como manifiesto de vivienda urbana accesible terminó transformándose en una de las direcciones más exclusivas de Montreal. Los alquileres originales ya eran prohibitivos en los años 60 y la privatización posterior convirtió los apartamentos en propiedades de lujo.
Hoy algunas unidades alcanzan precios millonarios y los costes de mantenimiento mensual son altísimos. La “ciudad para todos” acabó siendo un enclave para élites culturales, empresarios y amantes de la arquitectura. Sin embargo, incluso sus críticos admiten que el edificio logró algo extraordinario: demostrar que la vivienda densa podía ser emocionalmente distinta a los bloques repetitivos que dominaron el urbanismo moderno.
Nunca murió del todo. Lo más fascinante es que, pese a todos sus problemas, Habitat 67 continúa ejerciendo una influencia gigantesca sobre arquitectos y urbanistas. Décadas después sigue inspirando proyectos modulares, complejos aterrazados y nuevas ideas sobre cómo combinar densidad urbana y calidad de vida. Incluso las herramientas digitales actuales han resucitado el proyecto original nunca construido.
En los últimos años, Safdie Architects y Epic Games recrearon virtualmente el gigantesco “Project Hillside” que el gobierno canadiense recortó por falta de dinero en los años 60. Gracias a Unreal Engine, drones y modelos hiperrealistas, el arquitecto pudo recorrer por primera vez la versión completa de la ciudad modular que había imaginado de joven.
Hay algo profundamente simbólico en esa estampa: Habitat 67 fue tan ambicioso que ni siquiera la tecnología de su tiempo podía hacerlo plenamente viable. Quizá por eso sigue fascinando hoy. Porque parece una reliquia del pasado… pero también una visión de un futuro urbano que todavía no sabemos cómo construir sin que se venga abajo a base de filtraciones, costes disparatados y reparaciones eternas.
Imagen | Parcours riverain – Ville de Montréal, Thomas Ledl, Vassgergely
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“Es un mensaje de tolerancia, inclusión, empatía”: “Fjord”, de Cristian Mungiu, gana la Palma de Oro en Cannes
EFE.- “Fjord”, del rumano Cristian Mungiu y protagonizada por Renate Reinsve y Sebastian Stan, ganó este sábado la Palma de Oro del 79 Festival de Cannes, la segunda que recibe el realizador tras la de “4 meses, 3 semanas, 2 días” en 2007.
“Nos hace felices, pero habrá que esperar 20 años para saber cuáles eran las mejores películas”, manifestó Mungiu al recoger el galardón, anunciado en la gala de clausura por el presidente del jurado, el director surcoreano Park Chan-wook.
“Fjord” narra el periplo judicial de una pareja rumano-noruega interpretada por Renate Reinsve y Sebastian Stan, muy religiosa y con cinco hijos, que se instala en Noruega, en un pueblo al final de un fiordo.
Traban amistad con sus vecinos, pero cuando el profesorado de la escuela donde van los niños descubre hematomas en el cuerpo de uno de ellos, la comunidad los relaciona inmediatamente con la educación ultraconservadora y religiosa que reciben y pierden la custodia.
Mungiu aseveró que con esta película han “corrido un riesgo”, el de “elevar la voz” frente a los peligros a los que estamos expuestos como sociedad y contar “cosas que la gente no se atreve a decir en público”.
“Las sociedades hoy están fracturadas, radicalizadas. Este filme es un compromiso contra toda forma de integrismo, es un mensaje de tolerancia, inclusión, empatía. Son palabras maravillosas que a todos nos gustan, pero hay que aplicarlas más a menudo”, consideró.
Dijo que el estado del mundo hoy “no es el mejor” y que no está “orgulloso” de cómo se lo “dejamos a nuestros hijos”.
Por eso subrayó que, antes de “pedirles hacer un cambio” a las nuevas generaciones, es necesario que el esfuerzo “empiece con nosotros”.
Y para ello “es importante en el cine hablar de cosas pertinentes” y comprender la dirección en la que va el mundo, algo que se puede hacer “observando a la gente a nuestro alrededor”.
Las películas de Mungiu ya habían sido premiadas tres veces en Cannes: “Graduación” (2016) fue recompensada con el premio de dirección; “Más allá de las colinas”, que cosechó el premio al mejor guion y a la mejor interpretación femenina en 2012 (Cosmina Stratan) y “4 meses, 3 semanas, 2 días”, que fue la Palma de Oro de 2007.
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