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la búsqueda contrarreloj para localizar los “cabos sueltos” del crucero con hantavirus
A pesar de lo mucho que insisten los expertos en que el riesgo para la poblaciónes muy bajo, el miedo por el hantavirus sigue recorriendo cada uno de los países por los que han circulado los pasajeros del MV Hondius. En realidad, es algo normal. El miedo es una emoción muy humana, que nos ayuda a estar alerta ante situaciones tan nuevas como esta.
En esta situación hay bastante incertidumbre, sobre todo en relación con los pasajeros que se apearon del barco antes de que se confirmase el brote de hantavirus. No obstante, poco a poco esa incertidumbre se va diluyendo a medida que llega información sobre sus países de origen.
Santa Elena, 24 de abril de 2026. El 24 de abril, 13 días después de la muerte del primer pasajero infectado con hantavirus, el barco hizo una parada en la isla británica de Santa Elena. Se aprovechó para bajar el cadáver y prepararlo para su repatriación. Con él viajó su esposa, que se convirtió en la segunda víctima, después de viajar a Sudáfrica. Además de los dos fallecidos, se sabe que en la isla se bajaron otras 28 personas. Aún no se sabía que la primera víctima tenía un virus contagioso, por lo que no se hizo control de pasajeros.
¿Después qué? Desde que se supo que había un brote de hantavirus en el barco, se ha intentado localizar a esas 28 personas y a sus contactos cercanos. Se sabe que entre ellas había pasajeros de al menos 12 nacionalidades distintas. Sobre todo había británicos y estadounidenses, pero también personas de otros países como Singapur, Canadá o Alemania, entre otros. Los países de origen o residencia de cada uno de ellos también se han estado haciendo cargo. Así pues, algunos ya han logrado el objetivo de dar con ellos y ponerlos en cuarentena.
De Estados Unidos a Singapur. En Estados Unidos hay cinco personas en cuarentena, repartidas en Texas, California, Arizona y Georgia. En Singapur también han puesto en cuarentena ya a los dos pasajeros que se apearon en Santa Elena. Francia no tenía ciudadanos entre ese grupo de pasajeros, pero ha puesto en cuarentena a ocho ciudadanos que estuvieron en contacto con una de esas personas en un vuelo de Santa Elena a Johannesburgo. En definitiva, muchas de esas personas ya están bajo observación, aunque es cierto que quedan otras por identificar y monitorizar.

Ya se ha identificado a muchos de los pasajeros que se bajaron en Santa Elena.
No es muy contagioso. La parte positiva de todo esto es que el hantavirus no es tan contagioso como otros patógenos de potencial pandémico como el coronavirus de la COVID-19. Por lo general, el contagio entre personas, que solo se da con la variante Andes (la del barco), requiere contactos muy estrechos. Es posible que a bordo del crucero fuese un supercontagiador. Es decir, una persona desde cuyo organismo un virus se transmite excepcionalmente bien. Vimos algunos casos con la COVID-19, por ejemplo. No obstante, lo normal es que el resto de contagiados no sean supercontagiadores.
Además, no se puede descartar que hubiese varios contagios simultáneos al entrar en contacto con ratones en una excursión. No sería un paciente el que está supercontagiando, sino que pudo haber un evento inicial que provocó buena parte de los casos. En ambos escenarios, la capacidad de contagio disminuiría con el tiempo.
Dead end. Otro punto positivo del hantavirus es que tiene lo que se conoce como una dead end. No puede contagiar continuamente. Se sabe que, como mucho, suele llegar a tres eslabones. Es decir, una persona contagia a otra, ese segundo contagiado le pasa la enfermedad a un tercero y hasta ahí. La cadena se corta sola. Por ese motivo, incluso si alguna de las personas que se bajó en Santa Elena pudiese seguir contagiando, no contagiaría a muchas personas más allá de sus contactos más estrechos.
¿Y los que siguen en el barco qué? España está preparada para repatriar a todos los pasajeros, con síntomas o sin ellos, o atender a quiénes sea necesario. En ese caso, el traslado se hará con las condiciones de seguridad necesarias para que no haya más contagios. Por eso, de aquí en adelante, lo importante es que esas personas se sometan a las cuarentenas necesarias. Cada país decidirá de qué duración serán, pero siempre teniendo en cuenta que el tiempo de incubación en los casos más extremos puede superar los 40 días.
Fácil de detectar. El genoma de este virus es muy bien conocido. Por esa razón, el diagnóstico es sencillo mediante una PCR. Esta prueba se le realizará a los pasajeros en varias ocasiones durante la cuarentena, para comprobar su evolución. No se les podrá dar el alta sin repetirla una vez más. Dicho esto, aunque es lógico que la incertidumbre nos preocupe, es importante que tengamos muy presente el poco potencial pandémico de este virus. Hay mucho trabajo por hacer para asegurar que la situación no empeore, pero ya hay muchísimas personas trabajando en ello.
Imagen | CDC/Magnific | Fdesroches
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En 1962 Estados Unidos explotó una bomba atómica en órbita para crear un “muro” antimisiles. El resultado fue un caos eléctrico a 1.000 km de distancia
9 de julio de 1962, una aurora se dibuja en los cielos de Hawái, Tonga y Samoa. Sería extraño que se formen estos fenómenos tan lejos de los polos, aunque la experiencia nos ha demostrado que no es imposible. Aun así, en este caso las auroras no se formaron a causa de una tormenta solar, sino por Starfish Prime, un experimento de Estados Unidos que salió mal. Muy mal. Básicamente, decidieron lanzar una bomba atómica al espacio para ensanchar el anillo de radiación natural que rodea la Tierra y, con ello, crear un muro contra misiles soviéticos. Lograron distorsionarlo, sí, pero no de la forma que esperaban. Además, de paso dañaron sistemas eléctricos, satélites y teléfonos, causaron apagones a más de 1.000 kilómetros de distancia e incluso se llegó a temer por la salud de los astronautas que viajarían a la Luna 7 años más tarde.
A raíz de ese incidente, se firmó un acuerdo internacional para prohibir la realización de ensayos atómicos en la atmósfera, el espacio exterior o el fondo del mar. Desde entonces, todos los países lo han cumplido, aunque hay científicos que no confían en que se siga haciendo, por lo que han ideado un plan curiosamente relacionado con Starsfish Prime.
Starfish prime. El proyecto Starfish Prime consistió en la detonación en la órbita terrestre baja de una cabeza nuclear de 1,44 megatones. Es decir, usaron una bomba 100 veces más poderosa que la que se lanzó sobre Hiroshima. El objetivo era estirar el cinturón de Van Allen, un anillo compuesto por enjambres de partículas cargadas muy energéticamente que se encuentran atrapadas en la red del campo magnético terrestre. Si se lograba estirar el anillo, pensaron que se podría incapacitar a los misiles soviéticos que suponían una amenaza para la nación. Lograron el objetivo. Pero el resto de consecuencias fueron demasiado graves para querer repetir.
Más radiación. La cantidad de radiación en el anillo de Van Allen aumentó. Para 1969, cuando los astronautas del Apolo 11 viajaron a la Luna, aún había un ligero aumento de radiación que ellos podrían absorber en su trayecto hacia nuestro satélite. Se realizaron varios estudios para comprobar si se pondría en serio riesgo su salud, pero se vio que el peligro era manejable, así que se decidió seguir adelante con la misión.
Un acuerdo internacional. En 1963, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Prohibición Limitada de Ensayos Nucleares, en el que se comprometían a liberar la atmósfera, el espacio exterior y el fondo marino de ensayos nucleares. Más tarde, en 1967, se firmó el Tratado Internacional del Espacio Exterior, con el que las grandes potencias mundiales establecieron un modo de actuación para la exploración y utilización del espacio ultraterrestre.
Desde entonces no hay constancia de que se hayan enviado armas nucleares al espacio. Sin embargo, hay científicos que no se fían de que otros países puedan estar actuando según lo acordado. Uno de ellos es Areg Danagoulian, del MIT, y la idea que ha tenido para solventarlo resulta, cuando menos, curiosa.
Espalación de neutrones. La propuesta de Danagoulian consiste en aprovechar un fenómeno llamado espalación de neutrones, por el cual las partículas muy altas en energía son capaces de hacer que los núcleos atómicos expulsen sus neutrones. ¿Y dónde hemos visto que hay partículas cargadas con mucha energía? Efectivamente, en el cinturón de Van Allen. Este científico del MIT cree que si un satélite cargado con un dispositivo nuclear pasara a través de este anillo, algo que tiene que hacer necesariamente, sus partículas provocarían que los núcleos de los átomos de uranio perdiesen neutrones. Por eso, propone construir un detector específico para este tipo de neutrones, que se encargaría de dar la voz de alarma si detecta dicha expulsión.

Aurora vista desde Hawái
Un estudio de viabilidad. De momento, Danagoulian no ha construido nada. Ha llevado a cabo un estudio de viabilidad en el que demuestra que su proyecto es plausible. Se basa en una física sólida y las técnicas que se necesitan ya existen. Si Rusia tuviese un satélite nuclear, como temen este y otros científicos, podría ser un dispositivo útil. Ahora bien, que sea posible no quiere decir que sea sencillo. Habría que diferenciar los neutrones procedentes del uranio de los de otros elementos y, además, distinguirlos de los que pudiesen venir directamente de la Tierra. Hay mucho trabajo por delante.
Con Starfish Prime se descubrió que las consecuencias de una liberación abrupta de radiación en el campo magnético terrestre pueden ser muy graves, tanto si ocurre de forma artificial, con una bomba atómica, como naturalmente por la actividad solar. Es importante que estemos preparados. Lo ideal sería que todo el mundo cumpla los acuerdos; pero, por si acaso, no está de mal recurrir a técnicas de detección. Sin duda, es una forma mucho más sana de aprovechar lo que nos brinda el cinturón de Van Allen.
Imagen | U.S. Air Force 1352nd Photographic Group, Lookout Mountain Station/NASA
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Hace 20 años que vimos su último capítulo pero las audiencias no caen, y la siguen viendo 5,9 millones de espectadores cada mes
El 6 de julio de 2006, Antena 3 emitió el último episodio de ‘Aquí no hay quien viva‘. Dos décadas después, la comedia de Alberto y Laura Caballero reúne una media mensual de 5,9 millones de espectadores únicos en streaming, en plataformas como Netflix, Prime Video, Disney+, Atresplayer y Movistar+, con picos de 8,8 millones y una audiencia acumulada de 10,4 millones en el último año. La consultora la sitúa como el contenido más visto del mercado OTT en seis de los últimos doce meses.
El reparto de esa audiencia entre plataformas dice mucho acerca de dónde crece hoy la serie. Prime Video encabeza con 2,2 millones de espectadores y Netflix le sigue de cerca con 2,1 millones, por delante de Atresplayer (0,9 millones) y Disney+ (0,7 millones). El estudio también se pregunta por el motivo de este éxito sostenido: el 37,2% de los espectadores encuestados dice que la serie “desconecta, entretiene y nunca cansa”, frente a un 15,7% que apela a la nostalgia y un 12,9% que considera vigentes sus tramas. El 72,4% ya la vio en su emisión original, pero más de una cuarta parte la descubre ahora.
Antes de ser un fenómeno en streaming, el edificio de Desengaño 21 ya había sumado marcas difíciles de igualar. A lo largo de sus 93 episodios reunió a más de 40 millones de espectadores únicos, y su capítulo más visto rozó los 8,4 millones de media con un 43,1% de cuota de pantalla. De ese mismo tándem creativo nació ‘La que se avecina‘, que aún sigue en emisión y comparte con su antecesora catálogo y número de espectadores.
Hay una lógica muy sencilla detrás de este éxito, más allá de la calidad de la serie. Un título ya conocido ahorra en marketing y llega con el éxito demostrado, a un coste muy inferior al de una producción original. Es la razón por la que clásicos como ‘Friends’, ‘The Office’ o ‘Seinfeld’ siguen presumiendo de licencias multimillonarias: continúan atrayendo a la gente. A ello se suma el componente inequívocamente local de ‘Aquí no hay quien viva’, que tras la televisión pasó a las reposiciones de la TDT, en especial en FDF, antes de dar el salto al streaming. Y desde ahí, generación tras generación se sigue enganchando a nuestra serie más Bruguera.
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Hemos tenido una carta náutica casi dos siglos en un cajón porque pensábamos que estaba todo mal. Estábamos equivocados
En algún momento de 1835, en la costa noroeste de la India, Alexander Burnes compró un rollo de papel. Dentro había manuscrita una carta de navegación del mar Rojo y el golfo de Adén que el oficial británico llego a calificar como un “espécimen de levantamiento naval sin igual en los gabinetes de Europa”.
Burnes lo donó a la Royal Geographical Society, donde un equipo de expertos lo examinó y lo metió en un cajón. Desde entonces, el diagnóstico ha sido unánime: la carta era muy bonita y muy resultona, pero completamente errónea.
Durante 189 años, hemos creído que estaba mal. Pero estábamos equivocados.
Y no es que no la hubiéramos estudiado. Solo en el último siglo se ha estudiado con detalle hasta en cinco ocasiones (1947, 1987, 2002, 2012 y 2022). Sin embargo, todos los esfuerzos habían sido inútiles. Sin embargo, en los últimos años, John P. Cooper del Instituto de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Exeter y su equipo han estudiado al fondo el tema.
Sin mucho éxito, la verdad.
Hasta que se dieron cuenta de una cosa: ¿y si en lugar de un documento, lo que tenían entre manos era una herramienta? Es decir, ¿y si no era un mapa para colgar en la pared, sino otra cosa?
¿Cómo funcionaba el cacharro? La clave, siempre según los investigadores, es que la carta solo se abría por el tramo que el navegante utilizaba en ese momento. Si miras la carta en su conjunto (más de 180 islas, además de arrecifes, hitos en tierra, edificios religiosos y banderas), no se entiende; sobre todo, porque no tienen continuidad.
Pero si analizas las referencias fragmento a fragmento emerge la idea de que se usaba para mantener la línea de navegación, recordar a los navegantes lo que tenían que ir haciendo. Su finalidad era mnemotécnica y operativa; no representativa.
Qué curioso, ¿no? Sí y ese es el principal problema, pensar en que todo esto es solo ‘curioso’. Pero no, lo que la carta pone sobre la mesa es el sesgo eurocéntrico que aún impera en la historia de la ciencia: durante casi dos siglos juzgamos una herramienta india con la única vara que conocíamos (la correspondencia geométrica con el terreno) y la declaramos como “defectuosa” por no cumplir con esa vara.
¿Cuántos miles de cosas más tendremos por ahí perdidas, sin acabar de entender del todo? Nunca está de más recordar que hay muchas cosas que no entendemos del todo.
Imagen | Universidad de Exeter
En Xataka | El mapamundi de Urbano Monte, una de las cartografías más alucinantes y grandiosas de la historia
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