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Teherán tiene un gigantesco “Plan B”

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“Un solo tiro contra uno de nuestros hombres o barcos, y le haría un buen arreglo a la isla de Kharg. Entraría y la tomaría”. La frase podría haber sido escrita esta misma mañana en la red social Truth Social, pero tiene casi cuarenta años. El presidente estadounidense Donald Trump ya fantaseaba en 1988, durante una entrevista con The Guardian, con apoderarse de la principal terminal petrolera iraní. Hoy, cuatro décadas después y en medio de la Tercera Guerra del Golfo, aquel viejo guion ha saltado del papel a la sala de crisis del Pentágono.

Para figuras influyentes en Washington, como el senador republicano Lindsey Graham, la ecuación es sencilla: quien controla Kharg, controla el destino de la guerra. La idea imperante es que esta isla de apenas 20 kilómetros cuadrados funciona como un “botón de apagado” para el régimen de los ayatolás. Sin embargo, esta visión unidimensional choca de frente con una realidad mucho más compleja, Washington cree que tomar esta terminal doblegará a Teherán, pero han olvidado que la República Islámica lleva años construyendo un gigantesco “Plan B” para sobrevivir precisamente a este escenario.

Kharg: el corazón intocable. Para entender la obsesión de Estados Unidos, hay que mirar las cifras. La isla de Kharg es el auténtico corazón económico de Irán. Ubicada a unos 25 kilómetros de la costa en el Golfo Pérsico, sus aguas profundas permiten atracar a los superpetroleros que el litoral continental no puede recibir. Por allí transita habitualmente el 90% de las exportaciones de crudo del país, generando unos ingresos anuales de 78.000 millones de dólares que financian directamente al ejército iraní.

A pesar de que la guerra comenzó a finales de febrero de 2026 y Estados Unidos e Israel han bombardeado miles de objetivos, la infraestructura petrolera de la isla permanece extrañamente intacta y la razón es económica. Analistas de JP Morgan y Chatham House advierten que destruir Kharg provocaría un seísmo en los mercados globales, disparando el precio del barril hasta los 150 dólares.

El “Plan B”. Aquí es donde la estrategia estadounidense hace aguas, tal y como desgrana Javier Blas, columnista especializado en energía de Bloomberg. La idea de que capturar Kharg someterá a Teherán es, en palabras de Blas, “fantasiosa”. Irán no depende de un solo grifo. Si Kharg cae o es bloqueada, el régimen activaría inmediatamente su red de terminales secundarias:

  • Jask: Es la joya estratégica del “Plan B”. Situada en el Mar Arábigo, permite a Irán exportar petróleo esquivando por completo el disputado Estrecho de Ormuz. Según Blas, podría bombear unos 300.000 barriles diarios.
  • Lavan, Sirri y Qeshm: Estas tres islas dentro del Golfo Pérsico tienen una capacidad combinada de otros 200.000 a 300.000 barriles diarios.
  • El tesoro de los derivados: Irán no solo vive del crudo. Exporta otro millón de barriles diarios de líquidos de gas natural (NGL) y productos refinados (nafta, gas licuado) desde terminales como Assaluyeh, Bandar Mahshahr y Abadan. Es su segunda fuente de ingresos más lucrativa.

Como explica Javier Blas, para asfixiar realmente el flujo de petrodólares, Trump no solo tendría que tomar Kharg, sino capturar todas estas terminales simultáneamente. De lo contrario, un flujo constante de barriles seguiría sosteniendo el esfuerzo bélico iraní. Además, como ya expliqué en Xataka, la guerra no ha hundido el negocio petrolero iraní, lo ha acelerado. 

El ultimátum fallido: ¿un paso atrás de Trump? La estrategia hasta ahora de Washington estaba virando del bombardeo a la ocupación. Como ha detallado mi compañero Miguel Jorge, el Pentágono está acelerando el despliegue del grupo anfibio USS Boxer y miles de marines en la región. El objetivo sería tomar el control físico de la isla para usarla como palanca de negociación y forzar la reapertura del Estrecho de Ormuz, que Irán mantiene bloqueado.

De hecho, según ha tenido acceso AP News, Trump dio 48 horas a Irán para abrir el estrecho bajo amenaza de “borrar del mapa” sus plantas eléctricas. Sin embargo, horas antes de expirar el plazo, el mandatario dio marcha atrás a través de su cuenta de Truth Social: “Me complace informar que Estados Unidos, y el país de Irán han tenido, durante los dos últimos días, conversaciones buenas y productivas […] he dado instrucciones al departamento de guerra para posponer cualquier y todo ataque militar contra las plantas de energía e infraestructura energética iraní por un periodo de cinco días, sujeto al exito de las reuniones en curso”. Los medios estatales iraníes, por su parte, desmintieron rápidamente cualquier negociación directa y afirmaron que el presidente estadounidense “se retiró por miedo a la respuesta de Irán”.

La amenaza de una destrucción regional. A esto se suma la doctrina de “destrucción mutua asegurada” a nivel regional. Si Trump ataca la infraestructura energética de Irán o toma Kharg, Teherán ha prometido responder con fuego. Según recoge AP News, el Consejo de Defensa de Irán ha amenazado con minar todo el Golfo Pérsico (“como en los años 80”, advirtieron) y bombardear las plantas eléctricas y desalinizadoras de los países árabes aliados de EEUU, incluyendo la planta nuclear de Barakah en Emiratos Árabes.

Por último, la historia reciente juega en contra de la Casa Blanca. Javier Blas recuerda que durante la campaña de “máxima presión” de Trump entre 2020 y 2022, las exportaciones de crudo iraní cayeron un 90%, por debajo de los 250.000 barriles diarios durante meses. A pesar del dolor financiero extremo, el régimen no se derrumbó. Pensar que cederán hoy, cuando partieron de una producción récord de casi 5 millones de barriles de líquidos de petróleo diarios (la más alta en 46 años), es ignorar las lecciones del pasado. 

El error de cálculo de Washington. La fijación de Donald Trump con la isla de Kharg pertenece a una época en la que la fuerza bruta estadounidense rara vez encontraba resistencia asimétrica. Ocupar esta diminuta porción de tierra en el Golfo Pérsico puede parecer el golpe de efecto perfecto para forzar un desenlace rápido, pero la realidad sobre el terreno es obstinada. Al centrar su mirada en un solo objetivo, Washington subestima la resiliencia de un régimen que lleva décadas preparándose para el aislamiento económico y militar.

Si los marines logran plantar su bandera en Kharg, descubrirán que no han apagado la economía iraní; simplemente habrán desviado el caudal hacia una red de puertos secundarios y una flota fantasma dispuesta a alimentar la sed de China por la puerta de atrás. Mientras tanto, Estados Unidos se arriesga a desatar un conflicto regional que incendie el Golfo Pérsico y envíe la economía global a una espiral de precios inasumible. El tiempo, a diferencia de lo que ocurre con los ultimátums en las redes sociales, juega a favor de Teherán.

Imagen | Unsplash

Xataka | Un barco acaba de cambiarle el verbo a la guerra en Irán: para abrir Ormuz EEUU ya no va a bombardear, sino algo más peligroso

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elegir bien la lista de Spotify es fundamental

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Cuando se sale a correr, montar en bici o simplemente al gimnasio, hay algunas canciones que parecen que nos dan una mayor energía. Y no es solo una sensación subjetiva, sino que la ciencia lleva años estudiando la música como una herramienta que mejora el rendimiento físico, aunque sin datos concretos. Ahora la ciencia ha detallado exactamente cuánto puede mejorar en cifras y, sobre todo, dónde va a terminar afectando. 

Un experimento. Esto es algo que ha desarrollado el investigador Andrew Danso con la ayuda de 29 adultos físicamente activos que realizaron sesiones de ciclismo de alta intensidad al 80% de su potencia máxima. Pero lo importante aquí es que los participantes pedalearon en dos escenarios: en completo silencio y escuchando la música que previamente habían elegido con un tempo de entre 120 y 140 pulsaciones por minuto. 

Los resultados. Tras estar en estas dos situaciones, la investigación apuntó a que con música los ciclistas aguantaron una media de seis minutos más que los que estaban completamente en silencio, por lo que supone un aumento en la resistencia del 20%. 

Aunque no se queda aquí, ya que, a pesar de pedalear durante más tiempo, la frecuencia cardiaca y los niveles de lactato (que determinan cuán exigente ha sido el ejercicio) al finalizar eran idénticos a los que habían estado en silencio. Esto quiere decir que la sensación de esfuerzo fue mucho menor porque aguantaron más tiempo con la misma intensidad, haciendo que las sesiones de ejercicio sean de mucha más calidad. 

¿Por qué? Aquí la pregunta es bastante clara: ¿Cómo es posible rendir un 20% más sin que el cuerpo lo pague con un mayor pulso cardiaco? Para la ciencia, una de las respuestas radica en la disociación cognitiva, puesto que la música actúa como una barrera que desvía la atención de las señales de dolor, ardor muscular y fatiga que el cuerpo envía al cerebro. Los estudios aquí indican que esta distracción reduce la percepción del esfuerzo más o menos un 12%. 

Pero no se queda aquí, ya que al ajustar el ritmo del ejercicio, como por ejemplo la pedaleada, al tempo de la música, el movimiento se vuelve más eficiente, haciendo que se gaste menos energía para hacer el mismo trabajo porque el ritmo actúa como un metrónomo que optimiza la cadencia. 

La importancia de la canción. Un detalle crucial del estudio finlandés es que la música era elegida por los propios deportistas, ya que no basta con poner una lista de reproducción genérica de ‘música para entrenar’ en Spotify, sino que para que el efecto sea máximo debe existir una conexión emocional con la canción. 

Además, no sirve una música muy tranquila, sino que debe tener un tempo en el rango de 120-140 BPM para que sea un ritmo motivador y fácil de sincronizar con la actividad deportiva. Y no es algo nuevo, porque ya en el pasado existían estudios que apuntaban a esta mejoría en el rendimiento, aunque ahora se va un poco más allá. 

Imágenes | freepik

En Xataka | En la fiebre por entrenar fuerza, al gimnasio le ha salido competencia: cada vez más gente entrena en la calle

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Las tres muertes por hantavirus en un crucero sugieren algo problemático para otra cosa: la colonización del espacio

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Lo sucedido en el crucero argentino en el que han fallecido tres personas por hantavirus es muy triste y, por supuesto, debe investigarse. No obstante, se están leyendo muchas noticias en las que se utiliza para traernos a la mente amargos recuerdos pandémicos y generar un revuelo innecesario. El riesgo para la población general es extremadamente bajo, como no han tardado en asegurar muchísimos expertos. 

Sin embargo, sí que demuestra lo peligroso que puede ser dejar circular un patógeno en un lugar cerrado y en movimiento, como un barco. Incluso podemos ir un paso más allá ahora que la carrera espacial está de moda: ¿qué ocurriría si pasa algo así en una nave espacial?

No podría pasar. Por lo general, el hantavirus es transmitido por roedores, como ratas y ratones. Generalmente, el contagio en humanos se produce por la inhalación de partículas contaminadas (normalmente polvo) con sus heces u orina. Esto significa que, en la mayoría de casos, el contagio es una zoonosis. El virus pasa de un animal a un humano. Eso en el espacio sería imposible. Las naves espaciales se monitorizan bajo lupa, sería imposible que un ratón entrase sin ser visto. 

Sí que es cierto que hay un tipo específico de hantavirus, el de los Andes, en el que se han documentado casos por contacto de humano a humano. Sin embargo, según ha explicado a Science Media Centre el investigador del Centro de Investigación Viral del MRC-Universidad de Glasgow  Liam Brierley, el contacto debe ser muy muy estrecho. El contacto en las naves espaciales, donde unas pocas personas deben pasar mucho tiempo juntas en un espacio reducidísimo, sí que sería muy estrecho. Pero que no cunda el pánico. 

Esterilidad y cuarentenas. Cada uno de los módulos que componen las naves espaciales se montan en salas blancas, bajo condiciones estrictas de esterilidad. Así, se previene que haya microorganismos, patógenos o no, que viajen al espacio adheridos a sus superficies. Con respecto a los astronautas, se someten a todo tipo de exámenes médicos para comprobar que no están infectados con ningún patógeno. Además, antes de viajar al espacio deben pasar un tiempo en cuarentena. Así, se evita que a la hora de comenzar el trayecto estén empezando a incubar algo que no pueda detectarse en los exámenes médicos. 

No siempre fue así. En realidad, las cuarentenas comenzaron a implementarse después de que los astronautas de las misiones Apolo 7, 8 y 9 tuviesen que lidiar con un resfriado en el espacio. Aunque ninguno enfermó de gravedad, sí que refirieron que los síntomas fueron especialmente molestos en este ambiente tan diferente. Por eso, se decidió tomar aún más medidas para evitar que algo así pueda pasar.

The Apollo 7 Prime Crew Gpn 2000 001160
The Apollo 7 Prime Crew Gpn 2000 001160

La tripulación del Apolo 7 tuvo que lidiar con un resfriado.

No todos los microorganismos se quedan en tierra. Es imposible despojar a un ser humano de todos los microorganismos que viven en su cuerpo. La microbiota es el conjunto de microorganismos que se encuentran naturalmente en nuestro organismo. Muchos de ellos son beneficiosos para nosotros, ya que nos protegen de los patógenos o nos ayudan a llevar a cabo procesos como la digestión. Todos estos microorganismos viajan con nosotros siempre, por lo que es imposible separarnos de ellos. Y aunque se pudiera, sería peligroso hacerlo.

Otros que no se pueden evitar. Tampoco se pueden esquivar los virus latentes, como el del herpes zóster. Una vez que una persona pasa la infección, estos se quedan dormidos en el organismo. Puede que nunca vuelvan a dar la cara o que lo hagan, normalmente en un momento en el que se debilita el sistema inmunitario. Se ha visto que las reactivaciones de este tipo de virus son bastante comunes en el espacio y lo cierto es que no es raro, ya que este afecta al sistema inmunitario a muchos niveles.

Tres pilares básicos. La microgravedad, las radiaciones cósmicas y el estrés de estar en un lugar tan inhóspito son los tres principales motivos por los que el sistema inmunitario se ve afectado por los viajes espaciales.

Cada cosa en su lugar. Los microorganismos que son totalmente inocuos en la microbiota de una persona sí que pueden ser dañinos para otro individuo, ya sea por estar inmunodeprimido o porque sus defensas no están bien entrenadas contra ese enemigo. Es algo que, por ejemplo, pasa con muchos microorganismos de la piel. También se debe tener en cuenta que hay microorganismos que son inocuos en unos órganos, pero dañinos en otros. Ocurre por ejemplo cuando las bacterias del sistema digestivo pasan al urinario. Cuidado con la dirección en la que te limpias al ir al baño. 

Microbiome
Microbiome

No nos podemos desprender de nuestra microbiota. Y menos mal.

Patógenos mazados. Ya hemos visto que es muy difícil que los microorganismos patógenos viajen al espacio. Pero sí que puede darse el caso de que un microorganismo aparentemente inocuo se presente donde no debe. O puede que deje de ser inocuo por las condiciones espaciales. 

Se sabe que las radiaciones cósmicas, las condiciones extremas de temperatura o la microgravedad pueden influir en los genes que expresa un microorganismo. Por ejemplo, en bacterias patógenas, como Salmonella typhimurium, se ha observado que en el espacio expresan un patrón genético muy distinto al que utilizan en la Tierra. Además, se vuelven más virulentas cuando están fuera del planeta. No sabemos si algún microorganismos aparentemente inocuo podría también desarrollar cierta virulencia por este cambio de ambiente.

La vista puesta en el futuro. Que ocurriese algo de esto hoy por hoy sería rarísimo. Sin embargo, hay dos escenarios del futuro en las que, quizás, podría darse una de estas situaciones. Por un lado, que se introduzcan microorganismos en las naves deliberadamente. Por ejemplo, podría haber microorganismos que transformen el regolito lunar en suelo cultivable. Habría que ver si vale la pena correr el riesgo de subirlos a una nave espacial. Por otro lado, en un futuro los viajes espaciales estarán mucho más a la orden del día. Puede que entonces no haya tantísimos controles como ahora o que, de tantos, alguno falle. 

Igual que la globalización ha llevado a que algunos patógenos viajen más deprisa por el mundo, no sería raro que pasase algo parecido en el espacio. Estamos especulando, pero vale la pena pensar en ello con suficiente antelación. Al fin y al cabo, siempre valdrá más la pena prevenir que curar. Sobre todo si se trata de evitar una epidemia espacial. De todos modos, insistimos, esto no es más que una especulación sobre qué podría ocurrir: hoy por hoy, que no cunda el pánico. 

Imagen | NASA/Magnific | NASA | Ethan Hillman et al

En Xataka | Chernóbil se llenó de hongos tras el accidente nuclear. Gracias a ellos descubrimos una “nueva forma de fotosíntesis”

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El silicio-carbono parece ser santo grial en baterías. He hablado con un ingeniero de Honor para comprobarlo

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A los smartphones se les lleva pidiendo desde hace años algo que no parecía tan complicado: que su batería dure más de dos días. Resulta que sí era complicado, y que los fabricantes han tenido que esperar a que madure la única tecnología que, por el momento, hace que esto sea posible. Esta tecnología es el silicio-carbono, y compañías como Honor fueron pioneras en su implementación en teléfonos comerciales.

El Honor Magic5 Pro, lanzado en 2023, fue el primer smartphone de gama alta en incorporarla. Tres años después, la tendencia de la industria no deja lugar a dudas: this is the way ese es el camino. Tras el lanzamiento del Honor 600, en Xataka hemos tenido oportunidad de hablar con Lun Lu, uno de los ingenieros del departamento de baterías de Honor. Y sí, nos ha contado cositas

Por qué sí 

Honor 600
Honor 600

Uno de los mayores limitantes del ser humano tiene que ver con los “y si”, seguidos de una consecuencia negativa. En el caso de las baterías de silicio-carbono, ningún fabricante se atrevió a implementarlas de forma comercial. Hasta que Honor decidió acompañar su “y si…” de una consecuencia positiva. Le pregunto a Lu en qué momento lo tuvieron claro, cuándo supieron que era el momento correcto para dar el salto al silicio-carbono.

Me cuenta que un año antes, en 2021, sintieron que ya estaban listos y tuvieron claro que la tecnología estaba madura. Empezaron a destinar recursos para diseñar la arquitectura y empezar a hablar con sus socios para la producción masiva.

Esta es, precisamente, una de las claves que hace tan lento el proceso. La química de estas baterías, los cambios que necesitan hacerse a nivel de diseño, las medidas de seguridad que requiere su implementación… es un proceso de ingeniería lento y delicado. Y esto responde a mi pregunta de por qué cree que algunos de los fabricantes occidentales (Apple, Google) no están aún en el barco

Pero… de qué estamos hablando exactamente

Tenemos claro que Honor fue la pionera en introducir el silicio-carbono pero… ¿de qué estamos hablando exactamente? ¿Cómo le podríamos explicar a alguien que no tiene ni idea de tecnología qué son este tipo de baterías y qué aportan?

Lu lo explica sin complicación alguna: estamos ante un gran avance mediante el cual podemos introducir baterías con mucha más energía en el mismo tamaño. En otras palabras, donde antes cabían determinos mAh, ahora caben muchos más. En las baterías de silicio-carbono se puede almacenar mucho más litio por gramo que en las tradicionales, hasta diez veces más a nivel teórico.

En el nuevo Honor 600, sin ir más lejos, han introducido una batería de 6.400mAh en un cuerpo de tan solo 7.8mm. Es mucho más delgado que la mayoría de sus rivales directos con baterías de 5.000mAh, y en nuestro análisis ha llegado a los tres días de uso.

Sí, pero

Si el camino hacia el silicio-carbono solo estuviese rodeado de flores, no habría dudas sobre su implementación. Pero todo tiene letra pequeña. Preguntamos sobre los mayores retos a la hora de implementar esta tecnología. Y la respuesta es clara: su seguridad, sin espacio para la discusión. 

Introducir silicio complica mucho la estabilidad interna de la celda, ya que su expansión volumétrica al absorber iones de litio es considerable y el miedo a posibles hinchados está presente en la industria. Zhua cuenta que diseñar este tipo de baterías es un reto, pero que el departamento tiene en cuenta cada una de las limitaciones y posibles problemáticas de esta tecnología con vistas al largo plazo, ya que Honor sabe que la tendencia en la industria gira hacia mantener el mismo móvil durante unos cuantos años.

Otra duda bastante recurrente con estas baterías tiene que ver con los ciclos que soportan. Durante los últimos años, una de las obsesiones ha sido lograr que las baterías tradicionales no se degraden en exceso pasados los 1.000 ciclos (aproximadamente lo que haríamos en un par de años de uso intenso). 

Aunque no desvela todos sus secretos, Lu cuenta que Honor lleva años investigando cómo paliar la degradación temprana del silicio-carbono, optimizando los procesos de fabricación para llevarlos al mínimo. Los chips E1 y E2, implementados en la familia Magic y encargados a la gestión energética (co-procesadores que acompañan a la CPU principal), se encargan de controlar la carga y descarga en tiempo real, ajustar el consumo según temperatura, voltaje y uso, e intentar mejorar el rendimiento en frío. 

La última gran limitación tiene que ver con lo que Lu considera “un gran problema”, y responde a mi pregunta de cómo lidia un fabricante como Honor con tener que fabricar un dispositivo con una batería destinada a China y otra destinada a Europa. La Unión Europea tiene controles y restricciones estrictas con las importaciones de baterías, y esto está frenando los avances que desarrolla China.

“Nos gustaría proporcionar baterías con la tecnología más avanzada y la mayor densidad energética por todo el mundo, pero las regulaciones no pueden discutirse. Lo que podemos hacer ahora mismo es algo limitado, porque las regulaciones son una línea roja que no podemos cruzar.”

Desde la barra del bar

La batería de los teléfonos es uno de los componentes más sujeto a conversaciones de barra de bar.

  • “La carga rápida es mala”.
  • “Es mejor cargar hasta el 80%.”
  • “Las baterías de silicio carbono no tienen casi silicio”.

Afirmaciones que a veces se hacen sin conocer el sustento científico que las respalda (o no). Así que aprovecho para preguntar a Lu acerca de algunos mitos recurrentes y la dirección en la que van estas baterías.

A la primera pregunta, me deja bastante claro que a día de hoy no hay diferencia entre cargar de forma rápida y cargar de forma lenta. Hay algo de cierto en el mito: la carga rápida sin control es perjudicial, pero el diseño actual de baterías y cargadores tiene en cuenta este problema.

Respecto a la famosa regla 80-20%, es algo totalmente probado. No hay problema en cargar al 100%, pero mantener la batería en este rango ayuda a alargar la vida útil de la misma. Es aventurado dar un dato concreto sobre cuántos ciclos podemos ganar, ya que dependerá del uso, pero esta franja es el punto dulce de menor estrés en una batería de silicio-carbono. De hecho, la tendencia en los últimos años ha sido la de limitar por software la carga para que el dispositivo no llegue al 100%.

Algunas pinceladas del futuro

Finalizando la entrevista, pregunto acerca del futuro. Aunque estamos en el mejor punto en los últimos años, siempre hay margen para la mejora. La dirección clara para los próximos años es aumentar la cantidad de silicio. Actualmente estamos, en el mejor de los casos, rondando el 30% en las baterías más densas, así que aún queda trabajo.

Además, pese a que el silicio-carbono nos esté trayendo tantas alegrías, la industria sigue buscando nuevos materiales que mejoren lo presente. Al preguntarle a Lu cómo sería el unboxing del mejor móvil de Honor dentro de cinco años, fijándose en qué batería lleva, su deseo es claro: una batería de estado sólido.

Imagen | Xataka

En Xataka | Justo cuando las baterías estaban rompiendo todos los récords llegaron los móviles ultra-finos. China tiene una lección para ellos

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