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Hay gente obsesionada con consumir magnesio como suplemento cuando la mejor forma es meterlo en tu dieta

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Vivimos en la era de la optimización biológica, donde lo raro sin duda es no tomar suplementos alimentarios del supermercado como magnesio, colágeno, calcio, vitaminas varias… El magnesio en concreto se vende como una forma casi mágica de dormir mejor, reducir la ansiedad y recuperar el músculo. Pero la verdad es que nos estamos olvidando de lo más importante: todo esto lo tenemos en los alimentos.

El recordatorio. Con tanto suplemento alimentario (que en muchas ocasiones no salen baratos), a veces nos olvidamos que estos nutrientes los tenemos en el supermercado en diferentes presentaciones. Esto es algo en lo que la Doctora Federica Amati, nutricionista jefa en ZOE Science & Nutrition, ha puesto el dedo en la llaga de la industria de los suplementos: para la inmensa mayoría de la población, la pastilla sobra y la comida falta.

Por qué importa el magnesio. Hay una obsesión con tomar este mineral, y la realidad es que tiene sentido porque sus funciones son críticas para que nuestro organismo pueda funcionar de una manera correcta. Su papel fundamental en muchas reacciones metabólicas del organismo lo hace imprescindible para la supervivencia humana, ya que sin magnesio literalmente estaríamos extinguidos. 

Y no es para menos, porque más allá de usarse para evitar los calambres, tiene importantes funciones en la producción de energía, la síntesis de ADN, el control metabólico como los niveles de glucosa, y también la función estructural al permitir desarrollar hueso. Dada su importancia, la lógica del consumidor parece simple: “Si es tan importante, cuanto más tome, mejor”. Pero aquí es donde la ciencia tiene que poner un freno porque no siempre una gran cantidad equivale a un mejor funcionamiento. 

Los alimentos mejor. Una de las posturas que podemos tener ahora mismo encima de la mesa está en que los suplementos de magnesio (e incluso otros) no son necesario, a menos que se sepa que se tiene un déficit. Todo esto porque tiene un gran problema: son aislados

El problema de los suplementos es que son aislados. La Oficina de Suplementos Dietéticos (ODS) de los NIH recalca que la matriz alimentaria es insustituible. Cuando se obtiene magnesio de una almendra o una espinaca, no solo ingieres el mineral, sino que se obtiene fibra, fitoquímicos y otros micronutrientes que trabajan uno junto a otro y que ninguna pastilla puede replicar completamente.

Las dosis diarias. Las recomendaciones oficiales a día apuntan a que las cifras mínimas de magnesio no son inalcanzables, puesto que para los hombres adultos se necesita entre 400 y 420 mg al día, mientras que las mujeres con entre 310 a 320 mg al día es suficiente. 

Unas cifras bajas que implican que no se pueden alcanzar fácilmente con la alimentación ajustando la lista de la compra sin pasar por la farmacia. 

Dónde se puede encontrar. Si el objetivo es llegar a los 400 mg diarios, la estrategia no es buscar alimentos suplementados, sino volver a lo básico. En este caso, la ciencia apunta a que el alimento donde tenemos una mayor cantidad de magnesio son las semillas y frutos secos, donde encontramos almendras, anacardos y especialmente las semillas de calabaza y chía. 

Pero además, hay que destacar también que las verduras de hoja verde como la espinaca o las acelgas cuentan con clorofila en su composición, que también actúa como una reserva de magnesio muy codiciada. Todo ello sin olvidarnos de las legumbres y los cereales integrales. 

Quién necesita los suplementos. Lógicamente, tienen un sitio, pero para nada es una recomendación universal para todo el mundo que puede tener sus requerimientos salvados con la dieta. Según el ODS, hay diferentes grupos de personas que sí pueden requerir esta suplementación (bajo supervisión médica). Estos son los siguientes: 

  • Enfermedad gastrointestinal como celiaquía donde la absorción de nutrientes está comprometida. 
  • Diabetes de tipo 2, puesto que su fisiopatología condiciona una disminución de magnesio. 
  • Consumo crónico de alcohol. 
  • Personas ancianas donde la absorción está disminuida de manera natural. 

En estos casos específicos, es donde la evidencia apunta a que la suplementación puede ayudar a mejorar parámetros como la calidad del sueño o la ansiedad, pero porque tienen un problema de absorción.

Una visita al médico previa. Antes de iniciar una suplementación de cualquier tipo, lo más recomendable es acudir al médico de atención primaria para constatar en una analítica sanguínea las deficiencias nutricionales que se quieren contrarrestar. Y es que nuestro cuerpo no almacena estos minerales, haciendo que todo lo que se tome en exceso no haga ningún tipo de efecto. 

En Xataka | Qué complementos alimenticios funcionan de verdad y cuáles no, en un estupendo gráfico

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las poblaciones de peces migratorios se han desplomado un 81% desde 1970

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Las grandes migraciones animales suelen evocar imágenes de ñus cruzando la sabana africana o bandadas de aves surcando los cielos continentales. Sin embargo, bajo la superficie de nuestros ríos y lagos se esconde un viaje épico que está a punto de desaparecer. Aquí la propia ONU apuntó que las poblaciones de peces migratorios de agua dulce han caído un 81% en el último medio siglo. 

Un abismo de datos. Los datos publicados por la ONU con apoyo de WWF y Wetlands apuntan a un gran colapso de la población de peces. Y para entender la magnitud del problema, los investigadores analizaron 1.864 poblaciones de 284 especies de peces migratorios entre 1970 y 2020. Aquí el resultado global fue la pérdida de ese 81% de biomasa con un panorama que va modificándose dependiendo de dónde miramos.

Es por ello que América Latina y el Caribe es la región más castigada, con un terrorífico descenso del 91% de sus poblaciones, mientras que en Europa el desplome es del 75%. 

Una paradoja de conservación. Un dato muy importante es que el 97% de los peces migratorios que ya están en la lista de protección de la CMS se encuentran amenazados de extinción. Sin embargo, la ciencia señala que hay 325 especies candidatas (y largamente olvidadas) que necesitan ser incluidas urgentemente en los apéndices de protección internacional para sobrevivir. Brasil, por ejemplo, ya está impulsando la protección de especies emblemáticas como el surubí pintado para que se reconozca su delicada situación. 

¿Por qué? Los peces migratorios, como el salmón o el esturión, necesitan nadar cientos o miles de kilómetros para reproducirse o alimentarse, utilizando lo que los científicos han bautizado como Global Swimways, o vías navegables globales. De esta manera, una de las razones que está provocando este gran cambio está en la fragmentación del hábitat, puesto que la construcción masiva de presas y barreras artificiales ha cortado de cuajo estas ‘autopistas’. Entonces, si un pez no puede subir el río para desovar, su linaje termina ahí. 

Otras razones las encontramos en la sobreexplotación, puesto que la pesca insostenible sigue diezmando las poblaciones adultas antes de que se puedan reproducir. Pero tampoco nos podemos olvidar de la contaminación, ya que los vertidos agrícolas, industriales y urbanos han degradado la calidad del agua a niveles tóxicos para muchas de estas especies sensibles.

Tiene consecuencias. Las organizaciones medioambientales aquí apuntan a que la desaparición de estos animales no es solo una tragedia zoológica, puesto que los peces migratorios son un pilar fundamental de la seguridad alimentaria. Al final, decenas de millones de personas en todo el mundo dependen de estos animales y no podemos olvidarnos de que son el motor ecológico que mantiene vivos a los propios ríos. 

Es por ello que el mensaje que nos deja la comunidad científica es un ultimátum: hay que restaurar la conectividad de nuestros ríos para proteger las rutas migratorias que quedan, o nos enfrentaremos a la extinción inminente de algunas especies fascinantes. 

Imágenes | Jinomono Media 

En Xataka | Aunque parezca imposible, hay un pez de 12 milímetros que hace tanto ruido como la turbina de un avión

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cuando termine va a robar la última ventaja que le quedaba a EEUU

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Se calcula que en torno a más del 80% de los océanos del planeta sigue sin haber sido cartografiado con detalle, y en muchas zonas sabemos menos del fondo marino que de la superficie de la Luna. Aun así, ese entorno desconocido es clave para algunas de las tecnologías más avanzadas del mundo.

También para la guerra.

El mapa invisible. Contaba hace unos días en un extenso reportaje Reuters que China lleva tiempo cartografiando el fondo oceánico del planeta y que, cuando termine, va a tener la última ventaja táctica que le quedaba a Estados Unidos: conocer mejor que nadie el terreno donde se librará la guerra más silenciosa de todas. 

Durante décadas, la superioridad estadounidense bajo el mar no se basaba solo en submarinos más avanzados, sino en algo mucho más intangible: un conocimiento profundo del entorno oceánico. Ahora, ese equilibrio empieza a cambiar porque Pekín está construyendo, paso a paso, una imagen detallada de ese mundo invisible que condiciona cada movimiento bajo el agua.

Una red global. Lo que a simple vista parece investigación oceanográfica es en realidad una operación de escala global que combina decenas de buques, cientos de sensores y años de datos acumulados en el Pacífico, el Índico y el Ártico. 

Estos barcos recorren rutas repetidas, escaneando el fondo marino y recogiendo información clave sobre temperatura, salinidad y corrientes, factores que determinan cómo se propaga el sonido bajo el agua. No es un detalle baladí, es crucial porque, en el combate submarino, ver no importa tanto: lo que realmente es clave es escuchar mejor que el rival y ocultarse de él.

Youth Daily News
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El “océano transparente”. Aquí está posiblemente el quid de toda la radiografía que está llevando a cabo Pekín. Porque el corazón de la estrategia es la idea de crear una especie de “océano transparente”, una red de sensores capaz de monitorizar lo que ocurre bajo la superficie con un nivel de precisión sin precedentes. 

La razón: aunque no todo sea en tiempo real, incluso datos diferidos permiten construir modelos que anticipan, por ejemplo, dónde puede esconderse un submarino o cómo detectarlo. En otras palabras, China no solo quiere navegar mejor, sino reducir la incertidumbre que siempre ha protegido a estos buques, transformando el océano en un espacio mucho menos opaco y mucho más controlable.

Poder militar. Recordaban en Reuters que una de las claves del avance chino es cómo está utilizando universidades, institutos científicos y buques civiles para construir esta base de conocimiento sin recurrir abiertamente a medios militares.

Esta fusión entre lo civil y lo militar le permite operar con mayor libertad en aguas internacionales, acumulando información estratégica sin levantar el mismo nivel de alerta que provocaría una presencia naval directa… aunque el resultado es el mismo: una base de datos que puede traducirse en ventajas operativas en caso de conflicto.

El fin de una ventaja histórica. Qué duda cabe, todo este esfuerzo apunta a un objetivo claro: erosionar una de las mayores ventajas estratégicas que ha tenido Estados Unidos, su dominio del entorno submarino. 

Si China logra igualar (o incluso superar) ese conocimiento, podrá, a priori, desplegar sus submarinos con mayor eficacia, detectar a los del adversario y vigilar rutas críticas como los accesos al Pacífico o el estrecho de Malaca. No es por tanto una carrera de barcos, sino de información, y en ese terreno el que mejor entienda el fondo del océano tendrá la iniciativa.

Un nuevo equilibrio. En conjunto, la estrategia china revela un cambio profundo en la naturaleza del poder naval: uno donde ya no basta con tener más barcos o mejores armas, sino con dominar el entorno en el que operan. Al mapear sistemáticamente el fondo marino y desplegar sensores en puntos clave, Pekín se está preparando el terreno para una competición en la que la ventaja no será visible, pero sí decisiva

Y si ese proceso se completa, Estados Unidos podría encontrarse por primera vez en décadas sin su tradicional superioridad en el dominio más difícil de controlar: aquel que no se ve.

Imagen | RawPixel, Youth Daily News

En Xataka | Hay dos superpotencias globales peleando por hacerse un hueco en la costa de Perú: Estados Unidos y China

En Xataka | No es que China vaya en serio en el Pacífico, es que el espacio ha revelado el tamaño de un dominio naval vertiginoso

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Teníamos un plan perfecto para descarbonizar la red eléctrica. El brutal consumo de los centros de datos lo ha dinamitado

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Los titulares diarios anuncian inversiones multimillonarias en nuevos modelos de lenguaje y chips de última generación. Los inversores de capital riesgo han inyectado más de medio billón de dólares en startups de IA durante el último lustro. Pero, como advierte un revelador análisis de TechCrunch, el dinero inteligente ha empezado a cambiar de bando: hoy en día, la mejor inversión en Inteligencia Artificial ya no es el software.

La realidad sobre el terreno se ha vuelto sumamente árida. Levantar los muros y apilar servidores en un gigantesco centro de datos se ha convertido en la parte sencilla de la ecuación. El verdadero muro contra el que choca el sector tecnológico es encontrar los electrones necesarios para encenderlo. Según un informe de la firma de análisis Sightline Climate, hasta el 50% de los proyectos de centros de datos anunciados para 2026 podrían sufrir retrasos. De los 190 gigavatios (GW) de capacidad que la compañía rastrea globalmente, apenas 5 GW están hoy en construcción real.

El cuello de botella ya no son los microchips. Es el acceso a la red eléctrica.

La tiranía del 24/7. El consumo se ha desbocado a un ritmo que la infraestructura del siglo XX no puede procesar. Un análisis de Goldman Sachs proyecta que la IA disparará el consumo de energía de los centros de datos un 175% de aquí a 2030. Las cifras apuntan todas en la misma dirección: la iniciativa de Open Energy Outlook prevé que la demanda eléctrica conjunta de centros de datos y criptominería crezca un 350% en esta década.

Como resultado, la imagen inmaculada de la nube tecnológica se está evaporando. Las emisiones de Google han subido un 48% en el último lustro, y las de Microsoft un 31% desde 2020. ¿El motivo? Lo que en la industria se conoce como la “tiranía del 24/7”. Los algoritmos no duermen y requieren un suministro eléctrico continuo y firme; no pueden apagarse simplemente porque deje de soplar el viento o se ponga el sol. Ante la falta de sistemas de almacenamiento masivo a nivel global, el combustible que está cubriendo este desfase urgente no es verde. Es el gas natural, que ha regresado de su retiro como el gran respaldo estructural del sector.

Un colapso global con dos caras. La presión ya ha roto los equilibrios del mercado. En la región PJM —que abastece a 13 estados del este de EEUU y concentra la mayor densidad de centros de datos del mundo— los precios de capacidad pasaron de 30 a 270 dólares en una sola subasta a finales del año pasado. Como señaló John Ketchum, CEO de NextEra Energy, estamos ante una “era dorada de la demanda energética”, pero con un límite físico insalvable: “los nuevos electrones no pueden llegar a la red con la suficiente rapidez”.

Esta asfixia eléctrica está redibujando el mapa global, y Europa es el mejor ejemplo. Históricamente, el mercado europeo estaba dominado por los mercados “FLAP-D” (Fráncfort, Londres, Ámsterdam, París y Dublín). Pero la red de estas ciudades ya no da más de sí. Según datos de Greenpeace, los centros de datos llegaron a acaparar casi el 80% del consumo eléctrico en Dublín, forzando a Irlanda a imponer una moratoria. La cuota de mercado de estas capitales tradicionales caerá drásticamente para 2035, provocando un éxodo masivo hacia los países nórdicos (con redes desahogadas y climas fríos) y hacia el sur de Europa, como España, Grecia e Italia, en busca de megavatios verdes.

El problema del hardware y la red. Cuando rascamos bajo la superficie de este colapso, descubrimos que el problema físico se divide en dos grandes brechas. Primero, falta la máquina para generar la energía. Dado que las renovables intermitentes no bastan, las empresas acuden al gas. Sin embargo, las turbinas de gas se han convertido en un bien escaso. Hace tres años, directivos de Siemens Energy daban este mercado por “muerto”; hoy, las fábricas están tan desbordadas que los plazos de entrega de estas turbinas pueden extenderse hasta siete años.

Segundo, falta la “fontanería”. Una vez generada la electricidad, la tarea de domarla dentro del edificio recae en los transformadores. Es una tecnología de bloques de hierro y cobre que apenas ha cambiado en 140 años. Como explica TechCrunch, a medida que los servidores exigen más potencia, el equipo eléctrico tradicional ocupará el doble de espacio que los propios servidores. Es matemáticamente insostenible.

El ‘Smart Money’ cambia de bando. Ante este panorama, el capital riesgo está pivotando. Las grandes empresas tecnológicas (Amazon, Google, Oracle) están empezando a comportarse como gigantes energéticos, ideando alternativas para minimizar su dependencia de una red pública obsoleta mediante enfoques híbridos o de generación in situ. Las soluciones se dividen en varios frentes:

  • El resurgir nuclear: Google ha firmado un acuerdo pionero con Kairos Power para desarrollar siete reactores modulares pequeños (SMR) hacia 2030, y Amazon intentó (aunque los reguladores lo bloquearon temporalmente) conectar un centro de datos directamente a la central nuclear de Susquehanna.
  • Superbaterías: Google está colaborando en Minnesota con la empresa Xcel Energy y la startup Form Energy para instalar baterías capaces de descargar energía durante 100 horas, estabilizando así los picos de las renovables.
  • Innovación en hardware: Decenas de startups (como Amperesand o DG Matrix) respaldadas por fondos de inversión están desarrollando transformadores de “estado sólido” basados en silicio, buscando jubilar por fin al viejo hierro y cobre para ahorrar un espacio vital en las instalaciones.
  • Cirugía regulatoria: En el sur de Europa, organismos como la CNMC en España están aplicando “permisos de acceso flexibles”, obligando a los centros a aceptar cortes en emergencias para no colapsar el país entero.

La paradoja: la IA como salvadora del sistema eléctrico. No obstante, la historia tiene un giro fascinante. La misma tecnología que hoy amenaza con quemar los cables de medio mundo podría ser la que acabe salvando el sistema eléctrico. Según estimaciones de la consultora Deloitte, la aplicación de la inteligencia artificial para optimizar sistemas industriales y redes eléctricas ahorrará más de 3.700 TWh a nivel mundial para 2030. Es decir, la IA ahorrará casi cuatro veces la energía que consumen todos los centros de datos del planeta juntos. Un informe de Ember sobre el Sudeste Asiático (ASEAN) respalda esto, calculando que integrar la IA en la gestión de sus redes ahorrará más de 67.000 millones de dólares y evitará la emisión de casi 400 millones de toneladas de CO2.

Pero para llegar a ese futuro de eficiencia, primero hay que encender las máquinas hoy. Y lo que está en juego es el mapa económico mundial. Albergar estos centros es sinónimo de riqueza: en los Países Bajos, el sector atrae ya el 20% de toda la inversión extranjera directa, y en Alemania se espera que aporten más de 23.000 millones de euros al PIB en 2029.

Un choque de transiciones Nos encontramos ante la fricción tectónica de dos grandes fuerzas de nuestro siglo que avanzan a ritmos incompatibles. Por un lado, la transición digital, que es exponencial, salvaje y voraz. Por otro, la transición energética, fuertemente regulada, atada a los permisos de obra, a la física de los cables y a los límites del viento y el sol.

Los gigantes tecnológicos han dejado claro que no tienen paciencia para esperar a que los gobiernos entierren nuevas líneas de alta tensión o modernicen sus redes. Trasladarán sus miles de millones allí donde la infraestructura ya tenga espacio disponible.

En la frenética carrera geopolítica y empresarial por dominar el futuro de la inteligencia artificial, tener el algoritmo más avanzado ya no es suficiente. Hoy, la victoria pertenece a quien tenga un enchufe libre. Y en esa brecha dolorosa entre nuestras aspiraciones digitales y nuestra cruda realidad física, el gas natural, contra todo pronóstico ecológico, vuelve a arder.

Imagen | Freepik 1 y 2

Xataka | España tiene un plan para captar más centros de datos que nadie: “blindarles” ante los costes de la energía

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