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que la IA sea de todos
China se ha plantado en el CES con un único objetivo: marcar músculo. La robótica humanoide es uno de los pilares del desarrollo tecnológico chino y en la feria celebrada en Las Vegas dejaron clara su ambición. El otro discurso con el que han ido a Estados Unidos es con el de la IA de código abierto. Es algo que choca con el planteamiento estadounidense y hay un nombre que destaca: Alibaba y, en concreto, su serie Qwen.
El motivo es que es la chispa de la vida para la estrategia china de inteligencia artificial.
En corto. Xinhua es la agencia oficial de noticias del gobierno chino y, recientemente, ha destacado que las tecnológicas patrias han asistido al escenario internacional para demostrar cómo la colaboración entre industrias y, sobre todo, los modelos de código abierto son la clave para la red tecnológica futura.
Destaca el caso de Qwen. Se trata de una serie de modelos de IA desarrollados por Alibaba (uno de los gigantes del comercio electrónico, el pago en línea y servicios de almacenamiento en la nube). La estrategia de Alibaba con su modelo es que sea abierto, y el objetivo es que quien quiera pueda basarse en él para crear sus variantes. Esto es importante porque Alibaba tiene el músculo para crear un modelo así, y el resto de empresas que lo deseen pueden aprovecharse para modificarlo y adaptarlo a sus necesidades.
Soberanía (la palabra del año). El objetivo es el de crear una red, un ecosistema con herramientas accesibles y, como apuntan desde Xinhua, cerrar la brecha digital. Porque Qwen tiene un montón de modelos dependiendo de para qué se necesiten. Tiene Coder para programar, Image Edit para generación de imágenes, VL para el reconocimiento visual o hasta mayores para competir contra Claude y GPT.
Según el medio chino, desarrolladores internacionales ya han creado más de 100.000 variaciones a partir de modelos de la serie Qwen y más de 700 millones de descargas. Y el de Alibaba no es el único. El R3 de DeepSeek es otro que opera bajo una licencia abierta. Ambos tienen un objetivo final: fomentar la soberanía tecnológica.
Impulsando la IA física. Desarrollar modelos de inteligencia artificial es… caro. Lo hemos visto a conciencia estos últimos meses, con las grandes tecnológicas quemando dinero para crear enormes centros de datos impulsados por carísimas tarjetas gráficas empleadas en el entrenamiento de la IA, una RAM que se ha puesto prohibitiva y necesidades energéticas astronómicas (pronto, literalmente esto de “astronómicas).
Por eso, que la IA sea de código abierto, implica que grandes empresas pueden crear su modelo para que luego otras puedan dar vida a su tecnología utilizando una versión modificada de un modelo previamente entrenado. Gracias a las IA de DeepSeek y Alibaba, unicornios chinos de la robótica como Unitree o Agibot están desarrollando sus productos, que serán la “IA física” al poder interactuar con el “mundo real”.
Otras industrias. Pero no se trata sólo de robots. Campos en los que la IA es muy beneficiosa, como el de la investigación o la medicina, pueden aprovecharse de esa filosofía open-source. Por ejemplo, una institución médica que antes no tenía recursos, puede acceder a modelos muy capaces que, de otro modo, estarían limitados a los principales hospitales y centros de investigación.
¿Y los demás? El resumen es que la visión de China es que los modelos de IA respondan a un interés estratégico, pero también global. La tecnología de código abierto puede avivar otros proyectos que requieran de la IA, pero que esta IA no sea el objetivo final. Y aquí la gran pregunta es qué se está haciendo fuera de China. El modelo en Silicon Valley ha sido diferente.
Es evidente que existe esa innovación y las Big Tech son el motor de la IA a nivel mundial, pero este software es más cerrado y controlado. Curiosamente, quien tenía un enfoque más abierto era Meta con LLaMA, aunque si se cumplen los planes para este 2026, también pasará a ser un modelo más cerrado. Porque, al final, en China esa apertura es política interna, mientras que en EEUU hay presión por parte de inversores que protegen esos activos propietarios.
Ahora bien, no todos.
NVIDIA en el ajo, cómo no. Jensen Huang está siendo uno de los nombres destacados en lo que llevamos de año. El CEO de NVIDIA ha mandado un mensaje conciliador en la guerra comercial y tecnológica entre China y Estados Unidos y también ha apaciguado la búsqueda de una nueva TSMC. Además, tiene claro que el avance de los modelos abiertos es algo que asegurará que nadie se quede atrás. Google con Gemma o OpenAI con GPT-OSS ya están ofreciendo modelos semiabiertos.
Un ejemplo es la colaboración entre Nvidia y Siemens con el objetivo de crear una especie de “sistema operativo basado en IA” para segmentos industriales. Mientras tanto, aunque en Europa está la fama de que regula mucho e inventa poco, se están dando pasos para fomentar ese modelo de código abierto que impulse la competitividad europea en el sector. Mistral, por ejemplo, es el gran referente europeo y cuenta con versiones abiertas.
Más allá de los datos que destaca Xinhua, que lógicamente barre para casa con esas más de 100.000 versiones derivadas de Qwen, lo que destaca es lo que parece una tendencia: menos proteccionismo y más colaboración con la idea de que, como apunta Huang, nadie se quede atrás en el tren de la IA.
Imágenes | Nic Wood (editada), Xataka con Mockuuups Studio
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Llevamos años creyendo que las mujeres viven más por su estilo de vida. La ciencia tiene una explicación mucho más profunda
Si echamos un vistazo a las estadísticas globales del Banco Mundial, hay un patrón inquebrantable que se repite en prácticamente todos los países del mundo: las mujeres viven más que los hombres. A menudo, la sabiduría popular despacha este fenómeno con una respuesta rápida basada en el estilo de vida o en que “los hombres asumen más riesgos”. Y aunque hay parte de verdad en ello, la realidad científica es mucho más compleja.
¿Por qué? Para entender la longevidad femenina, hay que centrarse en el ADN que tenemos en todas nuestras células. Algo muy básico es que las mujeres poseen dos cromosomas X, mientras que los hombres tienen un cromosoma X y un cromosoma Y. Una diferencia fundamental, porque ese segundo cromosoma X en las mujeres actúa como una especie de copia de seguridad.
Esto quiere decir que si un gen en un cromosoma X sufre una mutación o está dañado, el cuerpo femenino puede recurrir a la copia sana del otro cromosoma. Los hombres, sin embargo, se la juegan a una sola carta, puesto que si su único cromosoma X tiene un defecto, no hay plan B. Además, este cromosoma es vital porque alberga una gran cantidad de genes relacionados con el sistema inmunológico, lo que otorga a las mujeres una respuesta más robusta frente a infecciones.
Va más allá. La genética no lo es todo aquí, sino que el organismo guarda un as bajo la manga, que son las mitocondrias, que no son más que las “centrales energéticas” de nuestras células. Estos orgánulos se heredan únicamente por vía materna y, según se propuso en 2007, la diferenciación sexual tiene un coste biológico directo para los hombres, traduciéndose en una menor función mitocondrial y, por tanto, un mayor estrés oxidativo celular que acelera su envejecimiento.
Las hormonas. Más allá de la genética y las mitocondrias, debemos hacer mención a las hormonas sexuales, que están en proporciones muy diferentes entre sexos. Los estrógenos, por ejemplo, son las principales hormonas sexuales femeninas que, además de regular el ciclo reproductivo, actúan como un poderoso escudo antioxidante.
Entre sus efectos destaca el mantenimiento de la flexibilidad de los vasos sanguíneos, la reducción del colesterol “malo” y la prevención de la inflamación. Esto explica en gran medida por qué la incidencia de enfermedades cardiovasculares en mujeres es significativamente menor antes de la menopausia.
En el hombre. En la otra cara de la moneda tenemos a la testosterona. Si bien es crucial para el desarrollo de la masa muscular y ósea, niveles altos de esta hormona en los hombres se asocian históricamente a un mayor riesgo cardiovascular a edades tempranas y a una depresión del sistema inmunológico a largo plazo.
La evolución. Alguien puede caer en la idea de que este sistema es algo exclusivo del ser humano, pero la biología evolutiva nos demuestra lo contrario. Aquí un estudio de 2025 analizó a 1.176 especies y los resultados revelaron que en los mamíferos las hembras viven de media un 13% más que los machos.
El motivo radica en las estrategias reproductivas y el desgaste biológico derivado de la competencia sexual masculina, como las peleas por el territorio o por aparearse. Sin embargo, se vio que en las aves, los machos viven un 5% más; puesto que en el mundo aviar, los machos suelen tener dos cromosomas sexuales iguales (ZZ) y las hembras diferentes (ZW). Además, en muchas especies de aves, el cuidado parental es compartido o recae en el macho, lo que disminuye sus conductas de riesgo.
La conducta humana. Por supuesto, la biología no opera en el vacío y a los factores genéticos y hormonales hay que sumarles la brecha conductual y social. Por ejemplo, el consumo de tóxicos tiene una mayor prevalencia en los hombres, asociándose a cáncer, cirrosis o enfermedades respiratorias. Pero, como hemos dicho antes, la testosterona también está vinculada a una mayor propensión a asumir riesgos, lo que se traduce en mayores tasas de mortalidad por accidentes de tráfico o en casos de violencia.
Por otro lado, las mujeres sufren el “síndrome de invulnerabilidad” que hace que acudan con mucha más frecuencia a los servicios médicos preventivos. Los hombres tienden a posponer las visitas al médico hasta que las enfermedades están en estadios más avanzados, dificultando el tratamiento. Además, las mujeres suelen tejer redes sociales y de apoyo emocional más sólidas, un factor directamente ligado a una mayor supervivencia en la vejez.
Imágenes | Age Cymru
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En 1962 Estados Unidos explotó una bomba atómica en órbita para crear un “muro” antimisiles. El resultado fue un caos eléctrico a 1.000 km de distancia
9 de julio de 1962, una aurora se dibuja en los cielos de Hawái, Tonga y Samoa. Sería extraño que se formen estos fenómenos tan lejos de los polos, aunque la experiencia nos ha demostrado que no es imposible. Aun así, en este caso las auroras no se formaron a causa de una tormenta solar, sino por Starfish Prime, un experimento de Estados Unidos que salió mal. Muy mal. Básicamente, decidieron lanzar una bomba atómica al espacio para ensanchar el anillo de radiación natural que rodea la Tierra y, con ello, crear un muro contra misiles soviéticos. Lograron distorsionarlo, sí, pero no de la forma que esperaban. Además, de paso dañaron sistemas eléctricos, satélites y teléfonos, causaron apagones a más de 1.000 kilómetros de distancia e incluso se llegó a temer por la salud de los astronautas que viajarían a la Luna 7 años más tarde.
A raíz de ese incidente, se firmó un acuerdo internacional para prohibir la realización de ensayos atómicos en la atmósfera, el espacio exterior o el fondo del mar. Desde entonces, todos los países lo han cumplido, aunque hay científicos que no confían en que se siga haciendo, por lo que han ideado un plan curiosamente relacionado con Starsfish Prime.
Starfish prime. El proyecto Starfish Prime consistió en la detonación en la órbita terrestre baja de una cabeza nuclear de 1,44 megatones. Es decir, usaron una bomba 100 veces más poderosa que la que se lanzó sobre Hiroshima. El objetivo era estirar el cinturón de Van Allen, un anillo compuesto por enjambres de partículas cargadas muy energéticamente que se encuentran atrapadas en la red del campo magnético terrestre. Si se lograba estirar el anillo, pensaron que se podría incapacitar a los misiles soviéticos que suponían una amenaza para la nación. Lograron el objetivo. Pero el resto de consecuencias fueron demasiado graves para querer repetir.
Más radiación. La cantidad de radiación en el anillo de Van Allen aumentó. Para 1969, cuando los astronautas del Apolo 11 viajaron a la Luna, aún había un ligero aumento de radiación que ellos podrían absorber en su trayecto hacia nuestro satélite. Se realizaron varios estudios para comprobar si se pondría en serio riesgo su salud, pero se vio que el peligro era manejable, así que se decidió seguir adelante con la misión.
Un acuerdo internacional. En 1963, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Prohibición Limitada de Ensayos Nucleares, en el que se comprometían a liberar la atmósfera, el espacio exterior y el fondo marino de ensayos nucleares. Más tarde, en 1967, se firmó el Tratado Internacional del Espacio Exterior, con el que las grandes potencias mundiales establecieron un modo de actuación para la exploración y utilización del espacio ultraterrestre.
Desde entonces no hay constancia de que se hayan enviado armas nucleares al espacio. Sin embargo, hay científicos que no se fían de que otros países puedan estar actuando según lo acordado. Uno de ellos es Areg Danagoulian, del MIT, y la idea que ha tenido para solventarlo resulta, cuando menos, curiosa.
Espalación de neutrones. La propuesta de Danagoulian consiste en aprovechar un fenómeno llamado espalación de neutrones, por el cual las partículas muy altas en energía son capaces de hacer que los núcleos atómicos expulsen sus neutrones. ¿Y dónde hemos visto que hay partículas cargadas con mucha energía? Efectivamente, en el cinturón de Van Allen. Este científico del MIT cree que si un satélite cargado con un dispositivo nuclear pasara a través de este anillo, algo que tiene que hacer necesariamente, sus partículas provocarían que los núcleos de los átomos de uranio perdiesen neutrones. Por eso, propone construir un detector específico para este tipo de neutrones, que se encargaría de dar la voz de alarma si detecta dicha expulsión.

Aurora vista desde Hawái
Un estudio de viabilidad. De momento, Danagoulian no ha construido nada. Ha llevado a cabo un estudio de viabilidad en el que demuestra que su proyecto es plausible. Se basa en una física sólida y las técnicas que se necesitan ya existen. Si Rusia tuviese un satélite nuclear, como temen este y otros científicos, podría ser un dispositivo útil. Ahora bien, que sea posible no quiere decir que sea sencillo. Habría que diferenciar los neutrones procedentes del uranio de los de otros elementos y, además, distinguirlos de los que pudiesen venir directamente de la Tierra. Hay mucho trabajo por delante.
Con Starfish Prime se descubrió que las consecuencias de una liberación abrupta de radiación en el campo magnético terrestre pueden ser muy graves, tanto si ocurre de forma artificial, con una bomba atómica, como naturalmente por la actividad solar. Es importante que estemos preparados. Lo ideal sería que todo el mundo cumpla los acuerdos; pero, por si acaso, no está de mal recurrir a técnicas de detección. Sin duda, es una forma mucho más sana de aprovechar lo que nos brinda el cinturón de Van Allen.
Imagen | U.S. Air Force 1352nd Photographic Group, Lookout Mountain Station/NASA
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Hace 20 años que vimos su último capítulo pero las audiencias no caen, y la siguen viendo 5,9 millones de espectadores cada mes
El 6 de julio de 2006, Antena 3 emitió el último episodio de ‘Aquí no hay quien viva‘. Dos décadas después, la comedia de Alberto y Laura Caballero reúne una media mensual de 5,9 millones de espectadores únicos en streaming, en plataformas como Netflix, Prime Video, Disney+, Atresplayer y Movistar+, con picos de 8,8 millones y una audiencia acumulada de 10,4 millones en el último año. La consultora la sitúa como el contenido más visto del mercado OTT en seis de los últimos doce meses.
El reparto de esa audiencia entre plataformas dice mucho acerca de dónde crece hoy la serie. Prime Video encabeza con 2,2 millones de espectadores y Netflix le sigue de cerca con 2,1 millones, por delante de Atresplayer (0,9 millones) y Disney+ (0,7 millones). El estudio también se pregunta por el motivo de este éxito sostenido: el 37,2% de los espectadores encuestados dice que la serie “desconecta, entretiene y nunca cansa”, frente a un 15,7% que apela a la nostalgia y un 12,9% que considera vigentes sus tramas. El 72,4% ya la vio en su emisión original, pero más de una cuarta parte la descubre ahora.
Antes de ser un fenómeno en streaming, el edificio de Desengaño 21 ya había sumado marcas difíciles de igualar. A lo largo de sus 93 episodios reunió a más de 40 millones de espectadores únicos, y su capítulo más visto rozó los 8,4 millones de media con un 43,1% de cuota de pantalla. De ese mismo tándem creativo nació ‘La que se avecina‘, que aún sigue en emisión y comparte con su antecesora catálogo y número de espectadores.
Hay una lógica muy sencilla detrás de este éxito, más allá de la calidad de la serie. Un título ya conocido ahorra en marketing y llega con el éxito demostrado, a un coste muy inferior al de una producción original. Es la razón por la que clásicos como ‘Friends’, ‘The Office’ o ‘Seinfeld’ siguen presumiendo de licencias multimillonarias: continúan atrayendo a la gente. A ello se suma el componente inequívocamente local de ‘Aquí no hay quien viva’, que tras la televisión pasó a las reposiciones de la TDT, en especial en FDF, antes de dar el salto al streaming. Y desde ahí, generación tras generación se sigue enganchando a nuestra serie más Bruguera.
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