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la española Clevergy acaba de levantar 3,2 millones para expandir su modelo de gestión energética

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La relación entre las comercializadoras y los hogares está cambiando: ya no va solo de facturas, va de apps que te explican qué consume tu casa y qué puedes optimizar. En ese aterrizaje en el día a día destaca Clevergy, una startup española fundada en 2022 que acaba de cerrar 3,2 millones de euros para dar su salto europeo. Su propuesta permite a las compañías ofrecer no solo una aplicación personalizada con monitorización en tiempo real, alertas y recomendaciones de ahorro, sino también un conjunto de soluciones para digitalizar su negocio. El resultado prometido: clientes que entienden mejor su consumo energético y empresas que modernizan su oferta sin empezar desde cero.

Fundada en Madrid en 2022 por Beltrán Aznar, Álvaro Pérez y Juan López, Clevergy se ha movido rápido en un sector donde la digitalización ya es una exigencia. En apenas tres años ha logrado llegar, según la empresa, a “cientos de miles” de hogares españoles a través de sus acuerdos con comercializadoras. Su papel es claro: actúa bajo un modelo B2B2C, es decir, ofrece tecnología a las compañías para que sean ellas las que la pongan en manos de sus clientes finales. Esa combinación de rapidez y adopción le ha dado visibilidad en un mercado en plena transformación.

Clevergy busca convertir la gestión de la energía en una experiencia cotidiana

La propuesta de Clevergy para las comercializadoras va más allá de una app para sus clientes. La empresa ha desarrollado un portal que permite centralizar operaciones y soporte, además de identificar oportunidades de negocio y recortar costes. También ofrece una API para integrar datos de consumo y generación procedentes de contadores, paneles solares o dispositivos conectados. A ello se suman aplicaciones de marca blanca, adaptables a la identidad de cada compañía, y módulos que pueden insertarse en plataformas ya existentes.

Para los hogares, todo este despliegue se concreta en funciones pensadas para dar más visibilidad sobre la energía que consumen. Los clientes pueden monitorizar su gasto en tiempo real, recibir notificaciones cuando se detectan ineficiencias y ajustar sus hábitos de consumo. El sistema también incluye comparativas con otros usuarios, cálculo de ahorros potenciales y control remoto de equipos conectados. De esta manera, las comercializadoras buscan añadir un valor tangible a su oferta y generar confianza en un mercado donde el precio ya no es el único factor decisivo.

Clevergy Demo App
Clevergy Demo App

El crecimiento de Clevergy ha sido rápido. En apenas tres años asegura haber triplicado su crecimiento y, en solo 18 meses, ha cerrado dos rondas de financiación: la primera de 1,5 millones de euros en 2024 y la segunda, de 3,2 millones, es la que acaba de anunciar en 2025. Esta última es la que marca un punto de inflexión, al llegar en un momento en que las comercializadoras intensifican la búsqueda de servicios digitales para mejorar su relación con los clientes y reducir costes. Para la empresa, se trata de una validación más de su papel en este proceso de transformación.

Clevergy ha cerrado dos rondas de financiación: la primera de 1,5 millones de euros en 2024 y la segunda, de 3,2 millones

La ronda de 3,2 millones de euros ha sido liderada por Racine2 (gestionada por Serena y Makesense) junto a Axon Partners Group, con la participación de Satgana, Wayra (el CVC de Telefónica) y Angels, la sociedad de inversión de Juan Roig. Con estos fondos, Clevergy busca acelerar su expansión internacional y perfeccionar las capacidades de su plataforma. El objetivo declarado de la compañía es seguir afinando su tecnología y llevarla progresivamente a otros países del continente.

El reto ahora está en comprobar hasta dónde puede llegar Clevergy fuera de España. La compañía ha mostrado tracción en el mercado nacional, pero el salto a Europa implica integrarse con regulaciones distintas y competir en un escenario con otros actores tecnológicos y energéticos. Será clave ver cómo consigue desplegar su plataforma en nuevos países y si las comercializadoras realmente trasladan esa propuesta al cliente final. Su evolución marcará hasta qué punto este modelo de digitalización puede consolidarse más allá del mercado doméstico.

Imágenes | Clevergy

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hacerse un “Erasmus” en Zambia

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Kakegawa, en la prefectura de Shizuoka, es una de las grandes regiones productoras de té de Japón. De hecho, la FAO reconoció su buen hacer con su sistema de cultivo tradicional de praderas seminaturales llamado Chagusaba y le otorgó la distinción de ser Patrimonio Agrícola Mundial de Importancia Global, una distinción reservada a aquellos sistemas agrícolas con valor cultural y ecológico excepcional. 

Pero ese paisaje está desapareciendo: entre 2010 y 2020, el número de agricultores de té en la ciudad se desplomó de 1.400 a menos de 550, un 60% menos en solo una década, según datos del Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca de Japón. Lo particular no es la crisis, es cómo Japón la está resolviendo: con un viaje al corazón de África. 

Por qué es importante. Este caso invierte la dirección habitual de la cooperación técnica agrícola: va del sur al norte y no al revés, es decir, un agricultor japonés aprende en Zambia una filosofía de uso del territorio que después aplica con éxito en uno de los sistemas agrícolas tradicionales más amenazados de Japón. 

Por otro lado, este viraje de una industria tan tradicional como el té japonés sirve como un modelo alternativo para modernizar un sector más allá técnicas conocidas como subvenciones o de mejoras en el precio de mercado, sino de diversificar la función económica del territorio.

El Erasmus japonés. Japón tiene un programa de voluntariado internacional gestionado por JICA llamado Japan Overseas Cooperation Volunteers. Desde su fundación en 1965, más de 50.000 personas han participado en él trabajando en agricultura, sanidad e ingeniería en países en desarrollo. Es precisamente lo que hizo Hirano Koshi: en 2012 tenía poco más de 20 años y pocas ganas de dedicarse al negocio familiar de cultivo de kiwis, así que se fue Lusaka (Zambia). Volvió decidido a hacerse agricultor y aplicar todo lo que había visto en su aventura africana. 

Contexto: el tradicional té japonés está en crisis. La caída del sector de té en Kakegawa obedece a un cambio en los hábitos de consumo: triunfa el té embotellado listo para beber disponible en tiendas de todo el país, pero el té de hojas de toda la vida está bajo mínimos, como cuenta Hagita Yoshihiro, jefe de sección de la división de promoción del té de la ciudad. Esto conllevó una caída de precios para el productor y, si no hay rentabilidad, la continuidad del negocio se torna imposible: nadie quiere heredar explotaciones que no rentan. 

Según la FAO, la inviabilidad de la pequeña agricultura no es cuestión de productividad, sino de la estructura de mercado y falta de diversificación en los ingresos. Kakegawa es un magnífico ejemplo: el té producido tiene una calidad mundial, pero el precio recibido era insuficiente como para mantener la actividad. 

Lo que aprendió en Zambia. Lo que Hirano observó allí es que la tierra agrícola era también el centro de la vida social, la plantación era algo más que un medio de producción. Su primera idea al retornar fue recuperar el campo como lugar de encuentro. La segunda cuestión la resolvió un médico zambiano: “Si los agricultores cultivan verduras deliciosas y la gente se alimenta bien, esa se convierte en la medicina más eficaz”. Dignificar la profesión de agricultor es esencial para una dieta saludable, algo que por cierto la ciencia ya había demostrado

La revitalización de la industria del té japonés. El agroturismo se ha convertido en una de las grandes armas para frenar el abandono, o lo que es lo mismo: convertir los campos de té en una experiencia. Hirano instaló un campamento en parcelas abandonadas y diseñó programas educativos para estudiantes y empresas de Tokio, que acuden a Kakegawa a conocer el sector. Una vía alternativa de ingresos y generar interés por el territorio. Además, ha servido de acicate para mejorar el mantenimiento y la conservación del paisaje. El caso de Kakegawa no es aislado: también en Wazuka (Kyoto) existe una iniciativa similar de turismo en plantaciones de té que está gozando de una gran acogida.

En paralelo hay otro boom que está resultando clave: el del té matcha, lo que lleva de la mano la revalorización del té japonés de origen certificado. El Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca de Japón ha registrado un incremento de casi tres veces en la producción de matcha para 2023, llegando a 4.000 toneladas frente a las 1.500 de 2010. Si el mundo quiere cada vez más matcha, las fábricas necesitan comprar más hojas, de modo que los precios presionan al alza en origen y a los agricultores les permite superar el umbral de rentabilidad. En cualquier caso, el boom del té matcha apunta a una moda y el modelo de Hirano, sin resolver por sí solo la crisis del sector, sí que apunta a la dirección correcta: diversificar los ingresos para no depender del precio de mercado. 

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Portada |  Vije Vijendranath y Motoki Tonn 

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En el siglo XVI España quiso controlar el estrecho de Magallanes fundando una ciudad. Se convirtió en un asentamiento maldito

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Una moneda es una moneda. Y una brújula, una brújula. Eso que parece tan obvio cambia cuando hablamos de la antigua (y efímera) ciudad del Rey Don Felipe, un asentamiento español fundado hace más de cuatro siglos por Pedro Sarmiento de Gamboa en la ribera norte del estrecho de Magallanes. Su objetivo era convertirse en una fortaleza que reforzase el control de la Corona española en un paso marítimo estratégico, pero la misión se complicó tanto que el poblado acabó convertido en una trampa mortal para sus colonos.

Tan mal salió la cosa que con el paso del tiempo la ciudadela acabó rebautizándose como ‘Puerto del Hambre’, un nombre mucho más acorde con lo que allí ocurrió en el XVII, y su recuerdo se difuminó en las brumas de la historia. Hubo que esperar hasta bien entrado el siglo XX para que los secretos de Rey Don Felipe emergiesen del olvido… y la tierra.

Ahora los arqueólogos han encontrado entre sus ruinas una pequeña pieza de plata que en marzo de 1584 depositó allí el propio Pedro Sarmiento de Gamboa durante la ceremonia fundacional del poblado. En su día era una simple moneda (un real de a ocho) que se usó con fines rituales. En 2026 se ha convertido en algo más: una brújula, una guía que ayudará a los investigadores a comprender mejor la estructura y ubicación de ciudad de Rey Don Felipe, la ciudadela maldita del estrecho de Magallanes que jamás debió existir.

En los confines del mundo

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Hoy el mundo vive pendiente de lo que ocurre en el estrecho de Ormuz. Hace casi cinco siglos las miradas de la Corona española se dirigían a otro estrecho marítimo con un importante valor estratégico: el de Magallanes, una franja navegable situada al sur de lo que hoy es Chile y que destaca como la conexión natural entre el Pacífico y Atlántico.

Desde que Fernando de Magallanes lo atravesó por primera vez, en el otoño de 1520, el paso se convirtió en un objeto de deseo para el Imperio español, sobre todo después de que otras expediciones lograsen cruzarlo con éxito y los ingleses entrasen en la carrera por su control a finales de la década de 1570 de la mano del corsario Francis Drake. Para garantizar los planes geopolíticos de España y su control exclusivo del paso transoceánico, las autoridades tuvieron una idea: fundar asentamientos permanentes en la zona.

La misión recayó sobre Pedro Sarmiento de Gamboa, un bregado marinero que entre otras misiones había participado en una (frustrada) misión del Virreinato del Perú para dar caza a Drake. Sarmiento emprendió primero una expedición con dos barcos en otoño de 1579 para reconocer el litoral del estrecho y explorar sus costas y, ya de regreso en España, en 1580 jugó un papel decisivo para que el Consejo de Indias se decidiese a apostar por construir ciudadelas y fortificaciones en el paso transoceánico de América.

La expedición partió de Sanlúcar a finales de septiembre de 1581 con una flota de 23 embarcaciones y alrededor de 3.000 hombres, entre marineros y futuros pobladores. A pesar de su enorme ambición, la aventura arrancó mal. Y no solo por las diferencias entre Sarmiento y Diego Flores de Valdés, a quien habían designado capitán general de la Armada del estrecho. Antes incluso de alejarse de Cádiz, una tormenta hundió media decena de barcos y acabó con la vida de 800 hombres.

Lo que siguió a continuación fue una singladura marcada por las desavenencias entre Sarmiento y Valdés, enfermedades, las inclemencias del océano y temporales que hicieron que la expedición perdiese naves, tripulantes y víveres. Tras incidentes y vicisitudes varias, Sarmiento y sus hombres llegaron al estrecha a comienzos de 1584 y fundaron una ciudad que bautizaron ‘Purificación de Nuestra Señora’.

No funcionó. Le ubicación y el clima no ayudaban, así que Sarmiento buscó un nuevo enclave, cerca del cabo Vírgenes, y fundó un asentamiento al que llamó ‘Nombre de Jesús’. Decidido a continuar con la misión, el marinero escogió a parte de las 340 personas que conservaba y buscó un tercer emplazamiento para crear otra ciudadela. En esta ocasión la bautizó con un guiño a la corte de los Habsburgo (Rey Don Felipe) y celebró la ceremonia de fundación en marzo de 1584. Sabemos que propio Sarmiento participó en el ritual.

El 25 de marzo colocó la primera piedra de la iglesia de la ciudadela y, con ella, en los cimientos, enterró un real de a ocho de plata. Como explican desde la Universidad Bernardo O’Higgins de Santiago, se trataba de “un gesto simbólico que marcaba el nacimiento de la ciudad”. Si el ritual pretendía propiciar la suerte del asentamiento, funcionó a medias.

Ha servido a los arqueólogos del siglo XXI, que acaban de encontrar la moneda “en el lugar y la posición” descritos por Sarmiento en sus escritos y ahora, gracias a esa pista, lo tendrán más fácil a la hora de interpretar un mapa del XVI en el que aparecen representadas las construcciones del poblado. A quien desde luego no les sirvió la moneda fue a los colonos que se asentaron en ciudad Rey Don Felipe.

La suya fue una historia trágica desde el comienzo.

Una ciudad maldita

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Ciudad Rey Don Felipe quizás disfrutase de una ubicación privilegiada desde un punto de vista geopolítico y estratégico, pero lo cierto es que no tardó en convertirse en un infierno para sus colonos. Y no solo porque la tripulación de la malhadada (y menguada) Armada del Estrecho llegó a Magallanes al límite de sus fuerzas. En ‘Puerto del Hambre. Más allá de la leyenda’, obra firmada por la historiadora Soledad González y el arqueólogo Simón Urbina, se aporta un dato clave: “A bordo de las naves o en tierra vieron morir o desertar a nueve de cada diez compañeros, amigos o familiares”.

Por si eso no fuera suficiente, tras fundar el asentamiento Nombre de Jesús la tripulación se dividió en grupos para expandirse hacia la península de Santa Ana, precisamente para establecer Rey Don Felipe.

Una vez allí, y a pesar de que Sarmiento de Gamboa se apresuró en poner los cimientos de la nueva ciudadela (tanto en un sentido metafórico como literal), las cosas no mejoraron. El escenario pintaba tan mal que hubo colonos que intentaron desertar o incluso robar el barco de la expedición para regresar a Chile, lo que llevó a Sarmiento a tomar medidas drásticas: clavó las cabezas de los ajusticiados en picas para que sirviesen de aviso al resto de la tripulación.

Una cosa era sin embargo tener controlada a los colonos (mal que bien) y otro muy distinta doblegar las duras condiciones que ofrecía la región de Magallanes, un territorio castigado por el frío, las nevadas y fuertes rachas de viento.

Los intentos de los colonos por aplicar los conocimientos de agricultura que traían de Europa cayeron en saco roto. Como recuerda la obra de González y Urbina, solo germinaron las habas. Y lo hicieron tras pasarse meses bajo un espeso manto de nieve. “La angustia y el hambre se propagaron como la peste. Hubo episodios de desesperación extrema y canibalismo”, relatan los expertos sobre el trágico destino de los pobladores de Nombre de Jesús y Rey Don Felipe.

Se calcula que antes de que se cumpliese un año desde la ceremonia en la que Sarmiento depositó el real de a ocho en los cimientos de la iglesia, en Rey Don Felipe quedaban apenas 90 pobladores. A los dos años esa cifra se había reducido a la tercera parte: alrededor de 30. 

No prosperaron los cultivos, pero tampoco los intentos de abandonar el estrecho. Asediados por el hambre, las enfermedades, la vigilancia de los indígenas y un clima adverso, no les quedó más remedio que aprovechar lo poco que les ofrecía el litoral para subsistir. “El primer invierno debió de haber afectado gravemente a la población adulta que había llegado de España y que debía cazar en un territorio desconocido”, explica Urbina en una entrevista con Live Science.

No es nada sorprendente si se tiene en cuenta que la expedición partió ya de España con las cartas marcadas. La suerte no la favoreció, eso es innegable, pero también lo es que la mayoría de quienes acompañaron a Sarmiento no estaban preparados para habitar en la zona austral de Chile.

El grupo de colonos estaba formado básicamente por agricultores habituados a subsistir con cultivos que no prosperaban en Magallanes. Tampoco conocían el clima y la tierra. Y tras las malas experiencias con expediciones europeas anteriores, los nativos no parecían dispuestos a echarles una mano.

Si todo lo anterior no fuese suficiente, los desdichados colonos no tardaron en ver cómo su situación se agravaba con una nueva penalidad que selló su destino: el aislamiento.

En cuanto la meteorología se lo permitió, Sarmiento se subió a la nao María para regresar a Nombre de Jesús y agrupar a los colonos. Durante la singladura se desató sin embargo una tormenta que llevó su barco hasta el sur de Brasil. Incapaz de regresar al Estrecho, el navegante acabó optando por volver a España en 1585 para advertir de lo que había ocurrido. La misión volvió a complicársele, con enfermedades y cautiverios incluidos, y no la completó hasta 1590.

Demasiado tiempo para los infelices que se habían quedado abandonados a su suerte en la región de Magallanes. Recuerda Marcelino González Fernández en la plataforma Historia Hispánica que acabaron pereciendo todos los colonos salvo dos, entre ellos el escribano Tomé Hernández, quien fue rescatado en 1587 por un barco de bandera británica.

Lo que dice la leyenda es que cuando el corsario Thomas Cavendish llegó a las costas de Santa Ana, hacia 1587, se encontró con que lo que en su día aspiraba a ser una sólida ciudadela defensiva había quedado reducida a una ruina.

De Rey Don Felipe se conservaban básicamente cadáveres y un puñado de supervivientes. Quizás para dar una lección de lo que allí había ocurrido y sacarle los colores a la Corona española decidió rebautizar la zona: omitió el nombre del rey Habsburgo y lo cambio por Puerto del Hambre, un topónimo más dramático… aunque también ajustado a la realidad.

Con el tiempo el recuerdo de Ciudad del Rey Rodrigo/Puerto del Hambre fue difuminándose. Incluso llegó a perderse la referencia exacta de dónde se situaba. Eso empezó a cambiar el siglo pasado, cuando se localizaron vestigios e incluso, en la década de 1970, un plano del siglo XVI que daba algunas pistas sobre la ubicación y distribución del poblado.

Desde entonces los arqueólogos han seguido ahondando en sus misterios, una empresa que ahora ha conseguido un hito clave gracias a una pequeña moneda de a ocho reales de plata.

Imágenes | Consejo de Monumentos Nacionales de Chile, Universidad Austral de Chile, Wikipedia 1 y 2

En Xataka | Al final la respuesta a “de dónde es Cristóbal Colón” siempre será la misma: depende de dónde vivas tú



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se han disparado los soldados que vuelven con otro rostro tras un permiso médico

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Hace pocos años, una encuesta realizada entre jóvenes surcoreanos reveló un dato muy poco habitual en cualquier otro país: una parte significativa de los encuestados consideraba que recibir cirugía estética como regalo de graduación era algo completamente normal. De hecho, en ciudades como Seúl, los anuncios de clínicas ocupan edificios enteros y algunos barrios acumulan cientos de centros especializados a pocos metros unos de otros.

El hype ha llegado ahora a los militares. 

Un problema inesperado. Sí, el ejército de Corea del Sur está descubriendo un problema que hace apenas unos años habría parecido absurdo incluso allí: cada vez hay más soldados que regresan de permisos con operaciones estéticas recientes que afectan directamente al funcionamiento de las unidades militares. Contaba el Korean Times que hay de todo, desde narices recién operadas, hasta párpados inflamados o rostros todavía en recuperación que están obligando a oficiales a excluir soldados de entrenamientos, guardias nocturnas o tareas físicas por motivos médicos y de seguridad. 

Lo que antes era algo relativamente excepcional reservado a los últimos meses del servicio militar se ha convertido en una tendencia mucho más amplia entre la Generación Z surcoreana. Y el fenómeno refleja hasta qué punto la cultura estética del país ya no afecta solo a la vida civil, sino también a una de las instituciones más rígidas y tradicionales del Estado: el ejército.

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La presión estética. De fondo, algo que hemos contado antes. Corea del Sur lleva años siendo uno de los epicentros mundiales de la cirugía estética. Operaciones de párpados, rinoplastias o retoques faciales forman parte de una cultura extremadamente competitiva donde la apariencia física influye en relaciones sociales, empleo y estatus. Lo novedoso es que esa lógica ha penetrado de lleno en jóvenes soldados en servicio activo. 

Al parecer, muchos aprovechan permisos y salarios militares más altos para ahorrar y someterse a operaciones mientras siguen destinados. Algunos incluso priorizan la cirugía sobre cualquier otro gasto personal. Clínicas del distrito de Gangnam ofrecen descuentos específicos para militares y utilizan redes sociales para captar clientes jóvenes, mientras foros online se llenan de preguntas de soldados sobre tiempos de recuperación compatibles con la vida militar.

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Choque entre disciplina militar y cultura. El problema para los mandos no es únicamente médico, sino organizativo. Cuando un soldado vuelve con los ojos inflamados tras una cirugía de párpados o con una rinoplastia todavía cicatrizando, alguien tiene que cubrir sus guardias, ejercicios o tareas físicas. Oficiales surcoreanos empiezan a describir situaciones incómodas donde deben reorganizar entrenamientos completos para evitar riesgos o posibles responsabilidades legales si una operación reciente se complica. 

Además, algunos comandantes están recibiendo incluso llamadas de padres pidiendo trato especial para sus hijos mientras se recuperan de intervenciones estéticas. La escena refleja un choque cultural muy profundo: un ejército diseñado alrededor de la disciplina colectiva y el sacrificio que empieza a enfrentarse a valores mucho más individualistas propios de la Generación Z.

Ausencia de reglas claras. Recordaba el Times que uno de los mayores problemas es que el ejército surcoreano prácticamente no tiene regulación específica para gestionar este fenómeno. Las normas militares contemplan bajas médicas y lesiones, pero no situaciones donde un soldado decide voluntariamente operarse por motivos estéticos en mitad del servicio. 

Eso deja a los oficiales atrapados en una posición complicada. Si permiten ciertas excepciones, generan malestar entre otros soldados obligados a asumir más carga de trabajo. Si no las permiten y ocurre una complicación médica, pueden asumir responsabilidades disciplinarias o legales. El resultado es un vacío organizativo que empieza a afectar directamente a la preparación operativa de algunas unidades.

Una transformación que preocupa al ejército. Más allá de las cirugías concretas, el caso revela una transformación mucho más profunda dentro de Corea del Sur. Si se quiere, el ejército está descubriendo que la cultura digital, las redes sociales y la obsesión estética de la sociedad surcoreana están modificando incluso la manera en que los jóvenes viven el servicio militar obligatorio. 

Para muchos reclutas, mejorar su apariencia ya no es algo secundario que se deja para después del ejército, sino una prioridad inmediata integrada dentro de su propia identidad personal y social. Y eso está obligando a las fuerzas armadas a adaptarse a una realidad completamente nueva: una generación que puede aceptar la disciplina militar, pero que al mismo tiempo sigue considerando perfectamente normal volver del permiso con un rostro distinto.

Imagen | RawPixel, Unsplash, Republic of Korea Armed Forces

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