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En su camino para convertirse en el gran resort de Europa, España está a las puertas de un hito: 100 millones de turistas
Hay cifras que son más que cifras. Desde hace tiempo el sector turístico español fantasea con una que dice mucho por ejemplo sobre sus obsesiones, objetivos o la deriva que ha seguido la industria a lo largo de los últimos años: rebasar la marca de los 100 millones de visitantes extranjeros anuales. En 2024 España se quedó cerca, con casi 94 millones de viajeros foráneos, y si las cosas no se tuercen hay quien cree que este año logrará crecer hasta coronar el hito de los tres dígitos.
La gran pregunta es… ¿Qué nos dice eso del turismo español?
Una cifra: 100 millones. Las cifras son solo eso. Cifras. En ocasiones sin embargo están cargadas de simbolismo, como está comprobando el sector turístico español, inmerso desde hace tiempo en la carrera por rebasar la barrera de los 100 millones de visitantes anuales. El año pasado se quedó cerca de esa cifra redonda, con un saldo de 93,8 millones de turistas extranjeros (un 10,1% más que en 2023), y desde entonces son muchas las voces que han teorizado (a favor y en contra) sobre si el codiciado hito de los tres dígitos se alcanzará a lo largo de 2025.


¿Será posible? La pregunta del millón. A principios de verano junio ObservaTUR lo veía factible siempre y cuando, matizaban, se mantenga la tendencia alcista y el mercado no se vea sacudido por imprevistos. Otros creen que España se quedará con la miel en los labios y no pasará de 98 millones de turistas o incluso deslizan, basándose en el INE, que en 2024 ya se pulverizó la marca de los 100 millones.
Un porcentaje: 4,7%. Vaticinios y elucubraciones aparte, de momento la pista más fiable que tenemos para saber si España logrará o no coronar la cumbre de los 100 millones es la estadística de movimientos fronterizos del INE, que aporta ya una ‘foto’ del primer semestre de 2025. ¿Qué nos muestra? Que hay motivos para el optimismo. Y la cautela. Entre enero y junio el flujo de turistas que visitó España creció un 4,7% hasta rozar los 44,5 millones, lo que aproxima al país al hito anual.
¿Bien, no? Sí. Y no. Ese balance oculta otra lectura menos halagüeña. En los últimos meses el flujo de turistas internacionales se ha ralentizado de forma clara, lo que arroja dudas a su vez sobre el ritmo de crecimiento en lo que resta de 2025. Entre enero y abril la afluencia de visitantes internacionales creció entre un 3,8% y 10,1%, pero en mayo bajó marchas hasta quedarse en el 1,5% y en junio marcó un 1,9%. Teniendo en cuenta que en 2024 España recibió 93,8 millones de turistas, para alcanzar los 100 millones este año debería subir en conjunto un 6,6%.
“El poder de la banalidad”. En una columna publicada hace poco en El País Óscar Perelli del Amo, vicepresidente de Execeltur, quitaba importancia a si los tres dígitos se coronarán este año, el que viene o al siguiente. “La posibilidad de alcanzar en 2025 los 100 millones de llegadas de turistas internacionales a España (no de turistas, algunos nos visitan varias veces al año) ha suscitado un interés exagerado”, advierte. “Es el poder de las cifras redondas y de la banalidad”.
En su opinión hay otros parámetros igual o incluso más relevantes, como la demanda doméstica, la duración de la estancia media o el gasto por visitante. “Lo importante es que en 2025 el turismo generará en España 220.000 millones de euros, superará los tres millones de empleos, con un volumen diario de turistas (españoles y extranjeros) algo superior a 7,4 por cada cien residentes”, señala. Por lo pronto, el Ministerio de Industria calcula que durante el primer semestre el gasto de los turistas extranjeros ha superado los 59.600 millones de euros.
Más allá de las cifras. Aunque es cierto que el hito de los 100 millones es únicamente eso, un hito, una marca simbólica, en realidad ayuda a entender algunas claves del sector turístico. La principal, la saturación. A medida que se encamina hacia los 100 millones de visitantes o tontea con la idea de superar a Francia y convertirse en el destino más concurrido del planeta (algo factible en 2040, según los cálculos de Google y Deloitte), España lidia con los efectos de la hipermasificación turística, lo que ha derivado ya en protestas en las calles.
A lo largo de los últimos meses se han visto marchas en Cataluña, Baleares, Canarias o Cantabria, entre otros puntos del país, que advierten sobre los efectos de la masificación y claman por un modelo económico más sostenible. Entre otras razones por el impacto que ha tenido en el mercado de la vivienda la proliferación de pisos turísticos, lo que incluso ha llevado a las administraciones locales, autonómicas y estatal ha mover ficha para poner freno a su oferta.
Bajando al detalle. La carrera de los 100 millones de visitantes anuales oculta además otra realidad que ha marcado la deriva turística del país. A medida que los vuelos y el alojamiento se encarecía hasta alcanzar niveles récord, España se ha ido convirtiendo más en un destino para extranjeros que para locales. La razón es muy sencilla: a menudo a los segundos ya les resulta igual o incluso más rentable viajar al extranjero que a las islas Canarias o Baleares. Los precios han subido tanto que incluso hay británicos cambiando el litoral española por Marruecos.
¿Qué dicen los datos? El INE aporta algunos datos que ayudan a entender mejor esa realidad. Su estadística Frontur, sobre movimientos de turistas en las fronteras, muestra que en 2024 España recibió 93,8 turistas internacionales, un 10,1% más que el año anterior. El crecimiento estuvo liderado por los británicos, franceses y alemanes y los destinos más demandados fueron Cataluña y Baleares.
Si hablamos del flujo de turistas españoles la foto es bastante distinta. La estadística Familitur que mide los viajes que realiza la población residente en el país refleja que en 2024 los españoles realizamos 184,4 millones de viajes, un 0,8% menos que el año anterior. Ese retroceso oculta sin embargo una lectura aún más interesante: cuando planeamos nuestras vacaciones, los españoles miramos cada vez con más interés los destinos situados fuera de nuestras fronteras.
“Los [viajes] de destino interno disminuyeron un 2,3% mientras que los realizados al extranjero aumentaron un 12,1%”, aclara el INE, que precisa en cualquier caso que la mayoría de los desplazamientos siguen concentrándose dentro de España (88,3% de los viajes, frente al 11,7% que tuvieron como destino el extranjero).
¿Hay más indicadores? Sí. Los hoteles. Aunque su foto es incompleta porque hay muchos turistas que se alojan en pisos turísticos, con familiares o en viviendas de su propiedad, los negocios hoteleros ofrecen un indicador de cómo la demanda doméstica y la extranjera crecen a ritmos distintos. El año pasado los viajeros con residencia en el extranjero pagaron por un 7,43% más de pernoctaciones, mientras que en el caso de los españoles esa demanda apenas creció un testimonial 0,33%.
El dato muestra entre otras cosas la dependencia creciente que tienen los hoteles del turismo internacional, con uno de los mayores niveles de Europa. En lo que va de año por ejemplo los visitantes internacionales protagonizaron el 66,8% de las pernoctaciones hoteleras, lo que deja botando una pregunta interesante: ¿Por qué modelo de turismo está apostando España? ¿Se encamina hacia uno que se apoya en el flujo internacional y cuyos precios alejan a los propios viajeros nacionales?
Imágenes | Jordi Espinosa (Unsplash) y Jorge Franganillo (Flickr)
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de 2.700 a 1.300 euros
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Procesador XR y un brillo que desafía a la gama media
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Canarias acaba de encender la primera plataforma que genera electricidad “hirviendo” el océano
Llevan décadas prometiéndonos que el océano sería la batería del futuro. La diferencia ahora es que alguien por fin ha enchufado el cable. La compañía británica Global OTEC ha instalado en las aguas de Canarias la primera plataforma flotante del mundo capaz de extraer energía directamente del calor del mar. No es un concepto. No es una simulación. Está ahí, en el Atlántico, funcionando.
El fin de la intermitencia. A diferencia de la energía eólica o la solar, que dependen de las condiciones meteorológicas, el océano ofrece una fuente constante y fiable las 24 horas del día. Es lo que los expertos denominan “energía de carga base”. Hasta ahora, la tecnología de Conversión de Energía Térmica Oceánica (OTEC, por sus siglas en inglés) se había probado en entornos terrestres.
Hasta ahora, el principal obstáculo para llevar esta tecnología a escala real era infraestructural. Los prototipos terrestres necesitaban tuberías enormes para bombear agua fría desde las profundidades hasta la costa: kilómetros de instalación, costes desorbitados. Por ese motivo, la apuesta de Global OTEC ha sido mover la plataforma directamente al mar, eliminando ese recorrido. El resultado: un 80% menos de tubería. Y un modelo que, por primera vez, parece realmente escalable.
Un circuito cerrado que “recicla” el líquido. El sistema aprovecha, literalmente, la diferencia de temperatura que existe entre la superficie del mar y sus profundidades oscuras. El mecanismo es un circuito cerrado sumamente ingenioso:
- Evaporación: El agua cálida de la superficie calienta un líquido especial que, por sus características químicas, entra en ebullición rápidamente.
- Generación: Al hervir, este líquido se transforma en vapor, el cual empuja una turbina que, al girar, genera electricidad.
- Reciclaje del ciclo: Para que el sistema no se detenga jamás, el vapor necesita volver a su estado líquido. Aquí es donde entra en juego la profunda tubería recién instalada, que succiona agua muy fría de las profundidades marinas para enfriar el vapor y reiniciar el ciclo.
Además de generar energía totalmente libre de emisiones de carbono, la instalación ocupa poco espacio y es silenciosa. Incluso ofrece un beneficio adicional invaluable para los ecosistemas insulares: la desalinización de agua dulce.
Un salvavidas ecológico. El proyecto no ha nacido pensando en alimentar grandes redes eléctricas continentales. Su objetivo es más concreto y, en cierta manera, más urgente. El consorcio europeo PLOTEC, que financia este desarrollo, tiene en el punto de mirar a los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo, los llamados SIDS. Son regiones que hoy dependen de generadores diésel, contaminantes y caros, y que además encajan de lleno en el cinturón de huracanes. Por eso la plataforma ha sido diseñada específicamente para aguantar tormentas tropicales extremas.
Canarias, el gran laboratorio de Europa. Que este hito mundial haya ocurrido en España no es casualidad. La plataforma se ha instalado en la Plataforma Oceánica de Canarias (PLOCAN). Según explica el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, se trata de una infraestructura gestionada por un consorcio financiado a partes iguales por el Estado y el Gobierno de Canarias.
Este enclave se ha convertido en un auténtico foco de atracción tecnológica internacional. De acuerdo con un comunicado de PLOCAN, sus aguas no solo acogen proyectos térmicos, sino que a finales de 2026 también recibirán al proyecto europeo WHEEL, liderado por la ingeniería española ESTEYCO. Este demostrador de energía eólica marina flotante refuerza el papel de Canarias como enclave estratégico y posiciona a la región como uno de los principales polos europeos para el desarrollo y validación de tecnologías offshore.
Próxima parada: el salto comercial. Con la plataforma oceánica ya instalada y la validación técnica en marcha en el Atlántico, el horizonte de esta tecnología parece despejado. “Este es el momento en el que la tecnología OTEC se aleja de los entornos controlados y pasa al mundo real”, afirma con rotundidad Dan Grech, fundador y CEO de Global OTEC. Su siguiente objetivo es instalar el primer módulo de energía comercial en Hawái, un mercado insular con todas las condiciones que esta tecnología necesita.
La compañía estima que existen más de 25 GW de capacidad diésel en islas tropicales que podrían ser candidatos a esta transición. Aunque conviene no perder de vista que pasar del prototipo a la escala comercial ha sido, históricamente, el valle de la muerte de muchas tecnologías energéticas prometedoras. La curva de aprendizaje que Grech compara con la del solar o el eólico tardó décadas en bajar los costes a niveles competitivos. Dicho esto, la plataforma está en el agua. Y eso, en este sector, ya es mucho.
Imagen | Global OTEC
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por qué en momentos de cansancio o ansiedad buscamos ciertos sabores y texturas
Llegar al final de la jornada laboral, cerrar el ordenador y tener los niveles de ansiedad muy elevados son los componentes ideales para ir a la cocina casi automáticamente. Y no buscamos una comida saludable como una ensalada o una manzana, sino que el cerebro parece que está pidiendo con urgencia una pizza o un bote de helado. Y no es una cuestión de gula, sino que es neurobiología pura y dura.
La evolución. Algo que conocemos bastante bien es que la relación del ser humano con la comida trasciende por completo la mera necesidad calórica de supervivencia, sino que es una de las herramientas primitivas más importantes de la regulación emocional.
Pero no siempre funciona en el sentido de comer cuantas más calorías, mejor. Y es que, mientras que el estrés crónico y el cansancio nos empujan hacia un atracón de carbohidratos, las emociones profundamente negativas, como la tristeza extrema o el duelo por perder a alguien, provocan exactamente lo contrario: el cierre hermético del estómago.
¿Por qué? Cuando hablamos de comer por estrés, la ciencia tiene bastante claro que este patrón no busca saciar el “hambre fisiológica” que todos sentimos para poder sobrevivir y que aparece de manera gradual y se sacia casi con cualquier cosa. Aquí hablamos específicamente de un “hambre emocional” que aparece de manera repentina y que se sacia con un alimento muy específico, y para nada sano.
La culpa de este secuestro alimentario la tiene, en gran medida, el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal. Este es un sistema muy importante que ante una situación de estrés agudo, como por ejemplo cuando un coche está a punto de atropellarnos, libera una gran cantidad de adrenalina. En pocas palabras, es un sistema que nos prepara para luchar o huir, y lógicamente suprime el apetito porque en este momento de peligro, en lo último que ‘piensa’ el cuerpo es en hacer la digestión, sino que ‘piensa’ en mandar sangre a nuestros músculos para que funcionen a máximo rendimiento.
El problema llega con el estrés crónico que nos puede generar el trabajo, las facturas o los estudios, donde el organismo está liberando de manera constante cortisol. Y esto es fundamental, puesto que como demostró el clásico estudio de la investigadora Elissa Epel, los altos niveles de cortisol reactivo alteran las señales de saciedad y envían un mensaje que avisa de que el organismo está en peligro constante y necesita almacenar energía rápidamente por si es necesario en un futuro.
Aquí es donde vemos que nuestro sistema en general se desarrolló en un momento donde la comida no estaba siempre disponible, y todavía no se ha adaptado a la ‘vida moderna’ para no tener este tipo de reacciones.
Los carbohidratos. No solo buscamos calorías, sino que buscamos un rescate neuroquímico. Aquí es donde el consumo de azúcares y grasas activa de forma explosiva el sistema de recompensa del cerebro, liberando un torrente de dopamina que es una forma de automedicación, ya que aquí la comida actúa temporalmente como un amortiguador del malestar emocional.
Además, los carbohidratos simples juegan un papel fundamental en la síntesis de serotonina, el neurotransmisor asociado al bienestar y la calma. De esta manera, al ingerir un plato de pasta o un dulce, facilitamos que el triptófano cruce hacia el cerebro y el resultado es un efecto tranquilizador real, aunque efímero, que condiciona a nuestro cerebro a repetir la acción cada vez que nos sintamos muy agobiados.
El caso de la tristeza. Si el estrés nos empuja a la nevera, el dolor agudo y el duelo nos alejan de ella, ya que en el caso de estar triste es bastante común no tener apenas apetito, siendo también uno de los síntomas más clásicos de algunos tipos de depresión. Algo que lo vemos bastante lógico, pero la realidad es que hemos visto que la comida es reconfortante; la pregunta obligada sería: ¿por qué no ayuda en la tristeza?
La razón. El duelo por la pérdida de alguien muy querido instaura en el organismo un estado de alarma biológica distinto al del estrés cotidiano que nos genera el trabajo o los estudios. La tristeza profunda activa el sistema nervioso simpático, manteniéndolo en una hipervigilancia agotadora, y esto es un problema.
El problema radica en que la digestión está gestionada por el sistema parasimpático y el nervio vago y en este estado de tristeza está completamente inhibido, porque cuando el simpático se activa, el parasimpático se ‘apaga’. La consecuencia más inmediata es que el vaciado gástrico se ralentiza de forma drástica, provocando náuseas, sensación de nudo en el estómago y una incapacidad física para tragar o digerir sólidos.
Prioridades. De esta manera, el cuerpo en su máximo estado de tristeza prioriza la supervivencia psíquica y el procesamiento emocional del trauma que se ha vivido por encima del mantenimiento metabólico rutinario. A partir de aquí, la comida simplemente pierde su sabor, y la incapacidad por sentir placer bloquea la liberación de dopamina que normalmente nos daría un bocado apetitoso y calórico.
Una cuestión cultural. Dado que el estado de dolor provoca que alguien no se pueda alimentar correctamente o haga tareas cotidianas como cocinar, todas las culturas humanas han desarrollado rituales alimentarios en torno al duelo y la muerte. Esto se traduce en compartir comida en estos momentos de dolor o al menos dejarla disponible para todo aquel que la necesite.
Pero también hemos visto cómo en algunas culturas se comparte comida tras un funeral para reforzar el tejido social. Aquí la comida actúa como un recordatorio tangible de que la vida continúa y de que el individuo no ha quedado aislado del grupo.
Imágenes | Drazen Zigic en Magnific Robin Stickel
En Xataka | Comer frente a una pantalla no es una manía moderna: es el nuevo ritual social
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