Escrito en ENTRETENIMIENTO el
Actualidad
los padres que están llevando a sus hijos a colegios sin pantallas
Carlos, que prefiere no dar su nombre real, lleva a sus tres hijos al Colegio Madrid-Fundación Santa María, un centro cuyo modelo educativo preserva la filosofía de la Institución de Libre Enseñanza. El curso pasado ha sido el primero en este colegio privado, situado en una zona acomodada del distrito madrileño de Chamartín y donde prácticamente no se utilizan pantallas hasta la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). Cambiaron a sus hijos de un concertado católico de la capital porque la mayor, cuando iba a pasar a cuarto de Primaria, estaba obligada a estudiar todas las materias en un tableta en sustitución de los libros de texto.
“Que un niño de diez años esté cinco o seis horas al día con una pantalla delante no es sano. Genera adicción”, dice este padre con convicción al otro lado del teléfono. “Ir al Colegio Madrid supone un esfuerzo económico brutal. Aunque trabajamos los dos, no contamos con una situación económica holgada”, confiesa.
“Pero tenemos que actuar ya. Es mejor tratar de evitar las adicciones en este momento. Los hijos crecen muy rápido y no podemos rectificar y enderezar la situación cuando tengan 15 años porque, a lo mejor, ya es demasiado tarde”, sostiene, subrayando que no es un “amish de la tecnología” ya que “convivimos con ella”.
Carlos explica que de los 600 o 700 euros que estarían pagando mensualmente en el antiguo concertado por sus tres hijos —incluyendo el comedor y la cuota de la Asociación de Madres y Padres y Alumnos (AMPA)—, han pasado a pagar 1.700 euros sin dejarles a comer —la horquilla de cuotas mensuales en el Colegio Madrid varía según las etapas, de los 580 euros por niño en Infantil a los 876 euros en segundo de Bachillerato—.
Si los llevase a un colegio público, tan solo tendría que pagar el comedor escolar —en Madrid la tarifa es de 5,50 euros por alumno al día, por lo que estarían haciendo un desembolso de unos 300 euros al mes—, así como la cuota del AMPA —depende de cada centro, pero suele ser de entre 20 y 30 euros anuales por hijo— o por las actividades extraescolares u horas extra.
Cada vez son más los padres que, como Carlos, están preocupados por el uso de las pantallas en las aulas. Noticias como la que publicaba el diario El País el pasado mayo sobre los resultados del Informe PISA en la última década en España sostienen estas preocupaciones: las tres regiones en las que más se usa la tecnología en clase a diario —País Vasco, Navarra y Cataluña— son las que más han descendido en el informe. En 10 años, han caído 27 puntos en las dos primeras y 26 puntos en Cataluña.
Sin embargo, a nivel científico se han publicado diversos estudios al respecto en los últimos años, realizando encuestas con diferentes tamaños de muestras a niños y adolescentes de centros educativos de varios países, sin llegar a un consenso claro o conclusiones definitorias sobre los efectos del uso o abuso de recursos digitales en la educación.
Citamos dos ejemplos contrapuestos. Por un lado, una investigación publicada en 2023 por profesores de la Universidad de Valencia y de la que se ha hecho eco este año The Review of Educational Research —revista editada desde 1931 por la American Educational Research Association— concluía que la comprensión lectora disminuye cuando los alumnos leen un texto en una pantalla, especialmente en la etapa de primaria.
Por otro lado, The Lancet Regional Health publicaba el pasado mes de abril un estudio realizado durante un año en base a una muestra de 1.127 estudiantes de 30 escuelas de Inglaterra. Una parte de estos alumnos cursaban sus estudios en centros donde estaban prohibidos los smartphone durante la jornada escolar y, otro grupo, acudía a clase a centros donde sí estaban permitidos. El documento concluía que no habían encontrado diferencias en bienestar mental, trastornos emocionales, sedentarismo o niveles de descanso entre ambos grupos.
Donde sí hay un consenso más claro entre los profesionales de la salud es acerca de los efectos en el cerebro y en la salud mental de menores (niños y adolescentes) por una sobreexposición a los dispositivos digitales. En una nota publicada a finales de 2024 por la Asociación Española de Pediatría (AEP), los pediatras advertían de que un uso excesivo de pantallas en la infancia y en la adolescencia acarrea problemas de salud. Desde falta de horas de sueño, lo que conlleva una alteración del desarrollo cerebral, cambios de conducta o un estado de ánimo depresivo; problemas de visión, como la miopía o el estrabismo; hasta obesidad y problemas cardiovasculares por ser más propensos al sedentarismo y a una dieta menos saludable.
En dicho documento recomiendan que los niños de entre 7 y 12 años estén menos de una hora utilizando pantallas —incluyendo el tiempo escolar y los deberes— y limitar el uso de dispositivos con acceso a internet. Y hasta los seis años, cero pantallas (“no existe un tiempo seguro”).
El aumento de familias que buscan colegios sin pantallas
Desde el curso que viene, casos como el de la hija mayor de Carlos no deberían suceder en colegios públicos y concertados de la región de Madrid. Un decreto aprobado el pasado 23 de julio por la Consejería de Educación, Ciencia y Universidades de la Comunidad de Madrid elimina “el uso individual de dispositivos digitales en alumnos de Educación Infantil y Primaria de los centros educativos sostenidos con fondos públicos de la región” con el propósito de “reducir los riesgos derivados del uso temprano, intensivo o inadecuado de las tecnologías de la información”.
Esta normativa especifica que los profesores no podrán mandar deberes que requieran pantalla fuera del horario escolar y, dentro del aula, solo se permitirá un uso compartido de dispositivos digitales siempre con un fin pedagógico.
En el primer ciclo de Infantil (hasta 3 años) se evitará el uso de pantallas; en el segundo ciclo (de 3 a 6 años) se limitará el tiempo de uso compartido de dispositivos digitales a una hora semanal. En Primaria (de 6 a 11 años), los alumnos de primero y segundo tan solo podrán una hora a la semana; en tercero y cuarto se limitará a una hora y media; y hasta dos horas semanales en los dos últimos cursos.
“En los últimos años, la mayoría de las familias nuevas que llegan con sus niños pequeños [Infantil] vienen buscando un colegio sin pantallas”, explica Elena Flórez, directora del Colegio Madrid-Fundación Santa María, que recibe a Xataka en una tarde de finales de junio, durante uno de los últimos días del curso escolar pasado, cuando el decreto de la Comunidad de Madrid todavía estaba en tramitación y no era oficial.

La directora del Colegio Madrid, Elena Flórez, junto a un grupo de alumnos en clase de música. (Juan Calleja)
A este centro acuden hijos de familias como la de Carlos, en las que trabajan el padre y la madre y residen, principalmente, en los distritos de Chamberí, Chamartín, Centro y Retiro. “Lo que no tenemos son familias con un nivel económico muy alto. Osea, puede que haya alguna excepción, pero en general, vienen las que hacen un esfuerzo porque creen en el proyecto”, esgrime Flórez.
Novecientos alumnos cursan desde Infantil hasta Bachillerato en el Colegio Madrid. Ninguno tiene libros de texto, sino que crean sus propios cuadernos escritos a mano con apuntes, recortes o dibujos con los que reflejan las materias que explican los profesores en el aula con la idea, explica Flórez, de potenciar “la atención, la organización, la investigación y que el alumno, al escribir, genere sus propias ideas y desarrolle su pensamiento crítico”.
Sin embargo, no están libres de pantallas al cien por cien. En Infantil, cero pantallas —tampoco usan pizarras digitales—; en Primaria, utilizan los 22 iPad con los que cuenta el colegio únicamente dos veces a la semana durante 15 minutos para acceder a Smart Tik, una aplicación con la que se trabaja la parte más abstracta de las matemáticas, como por ejemplo entender de forma visual qué es una fracción.
A partir de Secundaria, los alumnos van al aula de informática cuando tienen asignaturas de tecnología y digitalización, así como les ponen algunas películas o documentales en algunas materias como historia. Además, está prohibido el uso del teléfono móvil durante las horas lectivas: los que lo llevan al centro lo depositan en unas bandejas al llegar, luego se guardan en un armario y, cuando acaban las clases, se los devuelven.
Durante el recorrido por las instalaciones, visitamos un aula de tecnología, que está llena de drones construidos por alumnos de la ESO, vemos varias salas de música repletas de instrumentos y saludamos a unos alumnos que están en clase de teatro. Cuenta la directora que las materias artísticas cobran una gran importancia en su modelo pedagógico: “Es uno de los motivos por los que profesionales del mundo del cine y del teatro traen aquí a sus hijos”.
Padres cada vez más movilizados
En el jardín, unos estudiantes de Secundaria ensayan romances que van a representar en público. Están a punto de terminar la jornada escolar y cuando finaliza el ensayo, una joven lleva una bandeja con los móviles de sus compañeros para devolvérselos. “Algunos estudiantes de primero de la ESO (12 años) ya tienen teléfono móvil, aunque desde hace un par de cursos notamos que, general, los alumnos vienen con menos móviles”, señala Flórez.
La directora relata que durante este curso unos cuantos niños que llegan solos al colegio en transporte público tienen teléfonos sin conexión a internet, como los antiguos Nokia, para que sus padres puedan contactar con ellos.

Dos niños en la biblioteca del Colegio Madrid, un centro educativo privado situado en el distrito de Chamartín. (Juan Calleja)
En 2023, un grupo de padres con hijos cursando cuarto de Primaria en este colegio creó un grupo de WhatsApp, ‘Menores e internet’. Una madre que está en este chat, y que prefiere mantener su anonimato, explica que estaban preocupados por lo que leían sobre las consecuencias del exceso o mal uso del móvil entre los adolescentes y les angustiaba el momento en el que tendrían que dar el primer smartphone a sus hijos.
Un caso similar al de varias familias de Poblenou (Barcelona) que también en 2023 empezaron a compartir por la popular aplicación de mensajería de Meta sus inquietudes sobre el impacto del móvil en sus hijos y gracias al cual se ha creado el movimiento asociativo Adolescencia Libre de Móviles, presente por toda la geografía española.
Hasta hoy, a este grupo del centro que dirige Flórez se han sumado 200 familias. Entre otros logros, han conseguido un “pacto de familias” para evitar que sus hijos tengan un teléfono inteligente con 12 años. “Otra cosa es segundo, vamos a ver qué pasa”, dice esta madre. “La mayoría no queremos dar el móvil, al menos, hasta los 16, pero algunos padres no se sienten seguros de conseguirlo”.
“Que se retrase todo lo que se pueda. Al final, estamos dando una herramienta a un niño con una edad que, a nivel neurológico, no tiene la capacidad de autogestionarse”, dice por teléfono María Salmerón, coordinadora de Salud Digital de la AEP, grupo de trabajo que ha elaborado las recomendaciones sobre el uso de pantallas en la infancia y adolescencia.
“La corteza prefrontal [parte del cerebro involucrada en nuestra toma de decisiones o la regulación emocional, entre otras funciones cognitivas] no se termina de desarrollar, de media, hasta los 25 años, y estamos pidiendo a los niños que hagan un uso racional de la tecnología, como que aprenda a manejar su identidad digital o que sepa una información veraz de la que no lo es, sin tener todavía la capacidad racional para poder hacerlo”, agrega Salmerón.
Antes de despedirnos, preguntamos a Elena Flórez si nota alguna diferencia entre los alumnos que tenía antes de que todos nos hiciésemos con un smartphone: “Cuesta más tener a un grupo atento durante 30 minutos. Son periodos más cortos de atención y tienes que hacer otras cosas, distraerlos”.
Esta maestra, con 50 años de trayectoria profesional a sus espaldas, reconoce que incluso en el Colegio Madrid también tienen alumnos con problemas de adicción al móvil y muestra su preocupación por las redes sociales: “Han complicado mucho la educación por parte de padres y profesores”. Últimamente percibe “una vuelta al machismo en las redes” por los mensajes que les muestran algunas de sus alumnas.
Comunidades Waldorf contra los excesos
Hace unos años, medios de todo el mundo se hicieron eco de cómo directivos y fundadores de tecnológicas de Silicon Valley apostaban por colegios Waldorf para que sus hijos estudiaran sin pantallas. En la localidad madrileña de Las Rozas, a unos 40 kilómetros de distancia del Colegio Madrid y a muchas horas de vuelo de California, se ubica la Escuela Libre Micael, el primer centro educativo basado en la pedagogía Waldorf de España —hoy cuentan con más de 77 centros por todo el territorio nacional—.
En 1975, un grupo de padres y profesores decidieron poner en marcha un jardín de infancia basado en este modelo educativo nacido en 1919 en Alemania de la mano del filósofo y educador Rudolf Steiner. Además de no utilizar prácticamente pantallas en todas sus etapas, esta pedagogía se caracteriza por focalizar la enseñanza en el momento evolutivo de cada niño, concediéndole autonomía para aprender a pensar y cultivar su talento, fomentando su sensibilidad artística, expresión social y el contacto con el medio natural.
Los 450 alumnos que estudian hasta Bachillerato en este colegio rodeado de naturaleza y ubicado muy cerca de la autopista A-6, comparten similitudes en la forma de aprender con los estudiantes del Colegio Madrid. También confeccionan sus propios cuadernos, salvo en algunas asignaturas en las que siguen libros de texto al uso para preparar la Selectividad, estudian sin tocar o ver apenas pantallas y quienes llevan móvil lo dejan en una caja al llegar y no lo recogen hasta acabar el día.
“En primero de la ESO tenemos proyectores porque, de forma puntual, los profesores a veces ponen alguna película o un documental. A partir de tercero y cuarto de Secundaria van al aula de ordenadores para aprender a programar, pero sin conexión a internet, menos cuando tienen que buscar algo. Y en Bachillerato, los alumnos utilizan a veces su propio móvil en alguna asignatura en concreto y si es necesario”, especifica Alfredo Sánchez, director y exalumno de este colegio que nos recibe el 20 de junio, último día del pasado curso.
Hay un trajín de niños y jóvenes que se mueven de aquí para allá porque están trasladando sus sillas y pupitres de madera al aula en la que estudiarán a partir de septiembre. Pizarras llenas de dibujos, muebles con carpetas archivadoras y papeles, muchos papeles, conforman parte de la estética del edificio de Primaria.

El director de la Escuela Libre Micael, Alfredo Sánchez, en una de las aulas de Bachillerato. (Juan Calleja)
Desde las ventanas de una de las aulas se divisa un amplio jardín con maleza y grandes árboles, y un huerto. “Un niño tiene que estar en la imitación y observación del entorno y la naturaleza es una fuente de aprendizaje grandísima. Y nosotros queremos vivirlo de la manera más pura posible”, contextualiza Sánchez.
“En esta escuela entendemos que la sociedad es como es y que el niño va a recibir estresores que no le corresponden a su edad. Por este motivo tratamos de preservar la mayor cantidad de tiempo posible un espacio adecuado para cada momento evolutivo de los alumnos”, explica el director, que cuenta cómo los lunes notan cómo hay niños que llegan más o menos alterados o desconcentrados en función del fin de semana que hayan tenido: “desde pasar una tarde en un centro comercial al haber estado tiempo con pantallas”.
Así como le sucede a Elena Flórez con algunos de sus alumnos, en este centro Waldorf también hay adolescentes que tienen comportamientos traumáticos que “probablemente, tengan que ver con los contenidos inapropiados que ven en las redes sociales fuera del aula. Muchísimas violencia, muchísima pornografía”. No obstante, saca pecho y destaca cómo gracias a que tratan de impulsar el espíritu crítico ha hablado con alumnos de cuarto de la ESO que reconocen abiertamente que cuando pasan mucho tiempo en Instagram o TikTok “tienen una sensación de malestar, un poco deprimente”.
“Nos ha cambiado la vida”
Sánchez también comparte con Elena Flórez la percepción de que cada vez llegan más familias que, además de por su pedagogía, buscan un entorno donde puedan criar a sus hijos libres de pantallas “con el apoyo de otros padres que están alineados”. Son familias con diferentes grados de poder adquisitivo: “Las hay que podrían pagar diez veces más de lo que pagan y, otras, que hacen verdaderos esfuerzos económicos o de desplazamiento geográfico para traer aquí a sus hijos”.
Marta Machín es una de las madres que lleva a sus dos hijos al colegio que dirige Sánchez. Durante algunos meses de la pandemia tuvo que pedir una de las becas que ofrece este centro Waldorf para ayudar a familias que, en determinados momentos, tienen problemas económicos. “Nos quedamos a cero”, dice sentada en un establecimiento comercial de Las Rozas. Ella y su marido son autónomos y se dedican al mundo de la fotografía.
Hoy su situación es estable. “Pagamos alrededor de 1.000 euros al mes por los dos [las cuotas mensuales son parecidas a las del Colegio Madrid], pero no se quedan a comer”, detalla Machín, que cuenta cómo, en su caso, es un dinero que no les permite ahorrar para comprarse una casa, les obliga a escatimar en vacaciones o no pueden cambiar de coche. No obstante, reconoce que actualmente, al igual que otras familias, ellos están “muy por encima de la media” a nivel económico para afrontar los gastos de la educación de sus hijos.
Viven de alquiler en un piso de alquiler en Las Matas, a pocos minutos en coche del colegio al que llegaron hace unos años cuando notaron que su hijo mayor —ahora de 11 años— no estaba a gusto en el colegio público de Majadahonda al que iba desde segundo de Infantil.

Entrada a la Escuela Libre Micael, situada en las afueras de la localidad madrileña de Las Rozas. (Juan Calleja)
“Cuando llegaba a recogerlo estaban viendo vídeos de Youtube en una pizarra digital y les daban galletas de chocolate. Ahí, venga, bien de azúcar, ¿sabes? Y así todos los días”, cuenta esta madre. “El rollo de las pantallas no me gustaba nada. Veía que no le hacían bien”, añade. Y relata el momento en el que se dio cuenta de que su hijo “no era él”: “Fue cuando las profesoras nos enseñaron un vídeo del curso y, cuando vi a mi hijo, notaba como que era otra persona. Poco hablador, tímido…”.
También influyó que la profesora de su hijo “tenía cero sensibilidad” y que no les acababa de convencer la enseñanza por fichas. Así que se pusieron a buscar centros con pedagogías alternativas, “en la que pudiese estar más libre”, y toparon con la Escuela Libre Micael. Unos cuantos años después, su hijo “se ha podido desarrollar tal y como es, no tiene miedo a hablar con nadie y puede ir a cualquier lado”, según ellos.
“La comunidad Waldorf nos ha cambiado la vida”, sostiene. En su caso, el peso del modelo educativo, además del hecho de evitar las pantallas, cobró una gran importancia para mudarse de municipio: “Creo que el no uso de las pantallas en la escuela nos ha llevado a un estilo de vida más sencillo, de reducir estímulos y tener más contacto con la naturaleza”.
Sin embargo, al igual que Carlos, el padre que lleva los niños al Colegio Madrid, no es contraria a la tecnología, ni mucho menos, pero sí haciendo un uso sensato y equilibrado de la misma según la edad. Su hija pequeña, de ocho años, y su hijo mayor, además de ver películas de vez en cuando, tienen dos iPad viejos sin acceso al navegador Safari, ni aplicaciones de juegos online ni a Youtube. Lo utilizan para escuchar pódcast sobre historia, música o cuentos. Además, su hijo a veces les pide el móvil para mandar mensajes.
A la pregunta de qué harán cuando a los menores les toque toparse con otra realidad educativa, confiesa que es consciente de que están metidos “en una burbujita que se tiene que ir abriendo, sobre todo de cara a la universidad”. “Pero no a la bomba del instituto, ¿sabes?”.
En Xataka | Hay padres en contra de prohibir el uso del móvil en los colegios. Y la ciencia les da la razón
Imagen | Juan Calleja para Xataka
ues de anuncios individuales.
Source link
Actualidad
invertir una millonada en una infraestructura echada a perder durante décadas
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha dejado a la administración de Donald Trump como “tutor” de facto del sector petrolero más rico —y a la vez más castigado. En este nuevo tablero geopolítico, el CEO de Repsol, Josu Jon Imaz, fue seleccionado para participar en una reunión clave en el Salón Este de la Casa Blanca junto a otros gigantes petroleros. Según informa Bloomberg, Repsol busca ahora licencias urgentes para retomar la exportación de crudo, una actividad que quedó congelada tras el embargo comercial de marzo de 2025.
La consigna para que Repsol pueda cumplir su plan estratégico y sacar a bolsa su negocio de upstream (exploración y producción) en Wall Street, necesita que sus activos venezolanos dejen de ser un apunte contable de riesgo y se conviertan en barriles reales.
Resucitar una industria “echada a perder”. Durante el encuentro, Trump ha pedido a las petroleras una inversión conjunta de 100.000 millones de dólares para resucitar una industria obsoleta. Pero la infraestructura está tan deteriorada que la estatal PDVSA ha llegado a desmantelar oleoductos para vender el metal como chatarra. Aún así, como ha explicado RTVE, Repsol ha prometido triplicar su producción, pasando de 45.000 a 135.000 barriles diarios en un plazo de tres años.
Desafío titánico. El crudo venezolano es “extrapesado”, denso como el alquitrán, y llega a las refinerías “sucio”, cargado de sal y metales. Solo empresas con un arraigo histórico como Repsol (presente en el país desde 1993) tienen el know-how para procesar esta “comida pesada”. Pero el problema no es solo el petróleo. El 90% de lo que Repsol produce en el yacimiento La Perla es gas natural, un recurso que alimenta el 33% del suministro eléctrico de Venezuela. Sin el gas de Repsol, el país se apaga; pero para que este gas sea rentable y pueda exportarse, la compañía necesita construir plantas de licuefacción que hoy simplemente no existen.
“Pragmatismo ante el entorno Trump”. Para facilitar el desembarco, Washington ha decretado una “emergencia nacional” que permite al Tesoro de EEUU blindar los ingresos petroleros venezolanos en cuentas estadounidenses. Esta medida, calificada por Expansión como un movimiento sin precedentes, busca evitar que los fondos sean confiscados por los miles de acreedores que aguardan en la puerta, ofreciendo la “seguridad total” que Trump prometió a los ejecutivos.
Mientras Repsol se declara “lista para invertir con fuerza”, el CEO de ExxonMobil, Darren Woods, lanzó un jarro de agua fría en la misma Casa Blanca. Según recoge el Financial Times, Woods afirmó que Venezuela sigue siendo “ininvertible” sin cambios drásticos en el marco legal y recordó que sus activos fueron confiscados dos veces en el pasado.
En el horizonte. Repsol camina sobre un campo de minas financiero. Todavía arrastra una deuda patrimonial de 330 millones de euros por parte de PDVSA. Además, Financial Times advierte que competidores como Chevron parten con ventaja por su estrecha relación personal con Trump y por haber mantenido operaciones constantes bajo licencias especiales durante los años de embargo.
A esto se suma la advertencia del analista Ron Bousso en Reuters: Trump ha sugerido que las empresas deben “olvidar” las deudas del pasado para empezar con “igualdad de condiciones”. Para Repsol, esto podría significar renunciar definitivamente a cobrar lo perdido bajo el chavismo a cambio de mantener sus derechos de explotación futuros.
Una apuesta final. La compañía debe decidir si entierra miles de millones en reconstruir una infraestructura fósil en un mundo que clama por la transición energética. El “agujero” de 1.160 millones de euros en el déficit comercial de España con Venezuela es solo el síntoma de una dependencia peligrosa.
Venezuela sigue siendo la mayor gasolinera del mundo, pero hoy es una instalación en ruinas. El éxito de Repsol no dependerá ya solo de su pericia técnica en los campos de Quiriquire o La Perla, sino de su capacidad para bailar al ritmo que marque Washington en una reconstrucción que, según los expertos, podría tardar décadas en completarse.
Imagen | Repsol
ues de anuncios individuales.
Source link
Actualidad
Brillan los Globos de Oro: “Golden”, de la cinta “K-pop demon hunters”, gana la categoría de mejor canción
El sencillo “Golden” de la película “K-pop demon hunters” ganó este domingo el premio a mejor canción una película animada en la edición 83 de los Globos de Oro.
Esta cinta fenómeno de Netflix también está nominada en la categoría de mejor largometraje animado, premio que todavía no se entrega.
Esta es la primera canción coreano-estadounidense en recibir un Globo de Oro, premios considerados la antesala de los Óscar, en la categoría de canción original.
El galardón fue recibido por la artista EJAE, Kim Eun-Jae, su nombre real, quien narró que pese a su duro entrenamiento no era elegida para formar parte de las agrupaciones femeninas de K-pop.
La película sobre un grupo femenino de K-pop que persigue demonios míticos se convirtió el pasado agosto en la película más vista de la plataforma de contenidos en línea con al menos 236 millones de visualizaciones, según datos de Netflix.
La canción ”Golden” superó los 100 millones de reproducciones semanales en todo el mundo por primera vez, según Billboard
ues de anuncios individuales.
Source link
Actualidad
Eric Schmidt, ex-CEO de Google, está construyendo un enorme telescopio espacial. La pregunta no es cómo, sino para qué
Si hoy alguien quisiera construir algo parecido a un nuevo Hubble, lo lógico sería pensar en años de informes, revisiones y comités antes de que la primera pieza de hardware siquiera se fabrique. Sin embargo, esa lógica acaba de romperse con un anuncio inesperado: Eric Schmidt, ex-CEO de Google, y su esposa Wendy han puesto sobre la mesa su propio dinero para impulsar no uno, sino cuatro telescopios, entre ellos un observatorio espacial de gran envergadura.
El movimiento no solo desafía la inercia del sector, sino que plantea una pregunta más profunda que la del presupuesto o la tecnología, qué persigue exactamente un antiguo directivo de Silicon Valley al meterse en el corazón de la astronomía moderna. Se trata de un proyecto impulsado por el Schmidt Observatory System, busca cubrir desde el cielo profundo hasta el estudio detallado de fenómenos transitorios.
Un cambio de modelo. En la actualidad, los telescopio están generalmente en manos agencias públicas y consorcios académicos. Construir espejos cada vez mayores y, después, poner instrumentos en órbita convirtió la astronomía en un asunto de presupuestos nacionales. La entrada de los Schmidt en este terreno sugiere que, con nuevas tecnologías y otra forma de financiar el riesgo, ese equilibrio histórico podría estar empezando a moverse de nuevo.
Riesgo, velocidad y ciencia abierta. El planteamiento detrás del sistema de observatorios no es competir con las agencias espaciales, sino cubrir el espacio que dejan sus propios procesos, largos, conservadores y muy condicionados por presupuestos públicos. Los Schmidt buscan financiar conceptos que ya han sido imaginados por la comunidad científica, pero que rara vez superan la barrera de la financiación oficial por su nivel de riesgo o por los plazos que exigen.
La pieza que da sentido al conjunto y que marca realmente la diferencia es Lazuli, el único de los cuatro proyectos que saldrá de la Tierra. Su objetivo es cubrir un amplio abanico de ciencia, desde eventos transitorios que duran minutos u horas hasta el estudio detallado de exoplanetas, con un nivel de flexibilidad que los grandes observatorios públicos no siempre pueden ofrecer.
Más lejos, más ágil. Una de las rupturas más claras de Lazuli frente al Hubble está en dónde va a operar y cómo. Mientras el telescopio de la NASA orbita a unos 500 kilómetros de la Tierra, Lazuli se situará mucho más lejos, en una órbita elíptica que debería darle una vista más despejada y permitir un enlace de datos rápido y continuo.

Lazuli Space Observatory
En la descripción oficial, Schmidt Sciences enmarca esa operación en una órbita “lunar-resonant”. A eso se suma un espejo mayor, de 3,1 metros frente a los 2,4 metros de Hubble, y una filosofía de observación pensada para reaccionar con rapidez ante fenómenos inesperados.
Una plataforma, varios instrumentos. Lazuli está diseñado como una plataforma única que integra tres instrumentos pensados para cubrir desde observaciones de gran campo hasta el estudio detallado de exoplanetas y fenómenos transitorios.
- Imager óptico de campo amplio con alta cadencia para series temporales fotométricas, campo de visión de 30′×15′ y filtros entre 300 y 1000 nm
- Espectrógrafo de campo integral que cubre de forma continua 400–1700 nm, optimizado para espectrofotometría estable y clasificación rápida
- Coronógrafo de alto contraste para observar directamente exoplanetas y entornos circumestelares, con contrastes de 10⁻⁸ y hasta 10⁻⁹ tras procesado
La era de los telescopios-array. Argus, DSA y LFAST son telescopios tradicionales, sino sistemas distribuidos que aprovechan los avances recientes en computación, almacenamiento y análisis automatizado. En lugar de concentrar todo en una sola estructura, reparten la captación de luz o de señales de radio entre decenas o miles de módulos que luego se sincronizan digitalmente. Esa modularidad pretende acelerar despliegues y abre la puerta a observar el cielo casi en tiempo real, algo fundamental para la astronomía de eventos fugaces.

Render del Argus Array (izquierda), Deep Synoptic Array (derecha)
Argus Array reunirá 1.200 telescopios ópticos en Texas para observar de forma casi continua el cielo del norte, con la idea de poder “rebobinar” lo ocurrido minutos u horas antes de un evento como una supernova. DSA, en Nevada y bajo la dirección de Caltech, desplegará 1.600 antenas de radio para mapear más de mil millones de fuentes y actualizar su visión del cielo cada quince minutos. LFAST, por su parte, se instalará en Arizona como un sistema de 20 espejos de 80 centímetros orientado a espectroscopía de gran apertura y a la búsqueda de biosignaturas, con un prototipo previsto para mediados de 2026.
Lo que los Schmidt han puesto en marcha es, en el fondo, un experimento sobre el propio sistema científico. Lazuli y sus tres compañeros en tierra pretenden mostrar que es posible construir observatorios de gran escala con más rapidez y con una apertura de datos que no siempre encaja en los modelos tradicionales. Que esa visión se materialice dependerá de factores aún por despejar, como los contratistas finales, los costes reales o la viabilidad de los calendarios, pero si sale bien, el impacto no se medirá solo en nuevos descubrimientos, sino en una nueva manera de decidir qué ciencia se hace.
Imágenes | Village Global | Schmidt Observatory System
ues de anuncios individuales.
Source link
-
Actualidad1 día agoobligar a Estados Unidos a salir de su zona de confort
-
Actualidad2 días agoLos móviles chinos conquistaron el mercado dividiéndose en mil marcas distintas. Ahora están haciendo justo lo contrario
-
Musica1 día ago¿Quién era Yeison Jiménez, el artista fallecido en un accidente aéreo?
-
Actualidad2 días agolos proveedores a los que está haciendo de oro
-
Actualidad2 días agoLlegan los Globos de Oro este domingo; Leonardo DiCaprio, Timothée Chalamet y Ariana Grande, entre los nominados
-
Actualidad1 día agoDespiden en redes al cantante Yeison Jiménez, fallecido en accidente aéreo en Colombia; decretan tres días de luto
-
Actualidad21 horas agoLa red eléctrica de EEUU no soporta tantos centros de datos así que han tenido una idea: desconectarlos para evitar apagones
-
Actualidad2 días agodos versiones diferentes, millones de cuentas en jaque y una buena idea












