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Hacer cine en tiempo de epidemias
Los retrasos en el calendario de estrenos, la pausa en las filmaciones y la postergación / cancelación de distintos eventos a causa del coronavirus han sumido al cine en una grave crisis económica, muy similar a la enfrentada por otras tantas industrias. Se ha hablado tanto al respecto de los retos económicos que se avecinan que, casi podría pensarse que todo terminará en cuanto las cuarentenas del mundo sean levantas y las salas reabiertas. Sin embargo, no debemos olvidar un desafío menos comentado: las condiciones de seguridad para garantizar el bienestar de cast y crew.
No es la primera vez que la industria cinematográfica se enfrenta a epidemias que afectan el orden mundial, pues existen por lo menos dos antecedentes históricos importantes. Un repaso a las medidas tomadas en el pasado podrían ayudar a deducir, al menos de manera parcial, cuáles serán algunas de las precauciones adoptadas en los rodajes para garantizar la seguridad de todos los involucrados.
El cine durante la gripe española
La primera crisis sanitaria enfrentada por la industria sucedió en 1918, cuando el ascenso hollywoodense fue interrumpido por la pandemia de influenza que pasó a la historia como la gripe española. Los directivos de los principales estudios que veían fascinados cómo el cine se posicionaba como la quinta industria más lucrativa de los Estados Unidos, temieron lo peor con el cierre de las salas angelinas ordenado el 11 de octubre, y que representaba cerrar todos los puntos de exhibición de la unión americana. Más grave fue el miedo a los contagios entre actores tras darse a conocer que Bryant Washburn había infectado a su compañera Anna Q. Nilsson mientras trabajaban en Venus in the East (1917), y que se acentuó con la muerte de Harold Lockwood de 31 años y que trascendió fronteras con el deceso de la estrella rusa Vera Kholodnaya de 25 años.
Los rodajes de las majors fueron detenidos durante un mes y algunas de sus principales estrellas renunciaron a sus salarios en beneficio del resto de los empleados, mientras que los pequeños estudios buscaron toda clase de apoyos en un gobierno mermado por los esfuerzos económicos de la Gran Guerra. Las presiones de ambas partes fueron determinantes para que las filmaciones fueran retomadas hacia finales de octubre y principios de noviembre, con las condiciones de que las escenas no podían incluir multitudes y que la gente que se acumulaba para ver el trabajo de sus actores debía ser dispersada.
Algunos directivos tomaron precauciones adicionales: enfermeras que rociaban polvos medicinales en las personas involucradas; mascarillas que generaban malestar porque impedían fumar; y bolsas con ungüentos aromáticos sujetas al cuello de todos los presentes, incluyendo perros y gatos. Estas medidas no impidieron que cast y crew se contagiaran, siendo el joven Walt Disney uno de los infectados más famosos. A pesar del riesgo, muchas de las principales estrellas de la época siguieron incorporándose en nuevos proyectos por temor a quedarse sin trabajo, aún a sabiendas de que algunos compañeros estaban enfermos. Estos percances hicieron que aquella época fuera conocida como “la temporada sin diversión”.

El cine en los inicios del SIDA
Más polémicas fueron las medidas tomadas durante los 80 con el SIDA, que se catalogó como la epidemia del siglo XX. Las consecuencias de esta enfermedad fueron especialmente palpables en la industria pornográfica, con 27 decesos entre 1985 y 1989. Una propagación atribuida a que algunos actores desconocían su infección, pero también a que otros mantuvieron su padecimiento en secreto por temor a perder sus empleos como por la estigmatización social.
El incremento en el número de infectados generó nerviosismo entre las estrellas de la industria que pidieron dobles para la filmación de algunas escenas. La regulación sólo empezó a darse hasta 1998 con la creación de la Fundación de Cuidados Médicos de la Industria Adulta (AIM) que exigió pruebas de VIH cada 30 días, un rastreo de tres a seis meses previos a todos los contactos sexuales de los casos positivos y el uso de condones en filmes de naturaleza homosexual.
El temor al SIDA tampoco pasó desapercibido en Hollywood, especialmente cuando reveló que Rock Hudson rodó numerosas escenas románticas con Linda Evans para Dinastía (1984) sólo unos meses antes de fallecer por la enfermedad en 1985. Esto motivó al Sindicato de Actores (SAG) a solicitar que productores y agentes enviaran una notificación previa de todas las escenas que requirieran besos con boca abierta al considerarlo «una posible amenaza para la salud de los actores a la luz de la falta de una opinión médica clara y coherente sobre cómo o de qué manera se comunica esta enfermedad» [vía], alegando que este tipo de avisos se utilizan con desnudos y secuencias de riesgo, y escudándose en el anonimato de la persona con la que se establecerá el contacto para evitar cualquier tipo de discriminación. La petición también se apoyó en recomendaciones de especialistas federales de no intercambiar saliva con miembros de grupos de riesgo, aun cuando no hubiera casos registrados de infección por besos. El sindicato acordó que los actores que no recibieran estas notificaciones podían negarse a filmar la escena en cuestión.

El cine en tiempos del coronavirus
Hasta que no haya una vacuna o tratamiento efectivo, el coronavirus obligará a tomar toda clase de medidas para garantizar el bienestar de todos los involucrados en una filmación, una labor especialmente desafiante por la cantidad de personas en este tipo de proyectos. Australia fue el primer país en regresar a los sets con la serie Neighbours (1985), que ha recurrido al uso de ángulos especiales para evitar que las audiencias aprecien el distanciamiento entre actores.
España, que retomará sus producciones a partir del 11 de mayo, ultima medidas de seguridad que incluyen las distancias entre personas, el uso de mascarillas, tomas de temperaturas y tests de anticuerpos y contagios. No se ha descifrado lo qué sucederá con las escenas que requieran contacto físico como podrían ser los besos, al grado que productores como Pilar Castro y Enrique Lavigne anticipan que algunos actores podrían exigir el uso de dobles como precaución [vía]. Más complicado ha sido encontrar seguros que cubran rodajes ante la posibilidad de nuevas pausas si un miembro del cast o crew da positivo.
El caso hollywoodense [vía] es el más complicado de todos por la magnitud de su industria y por ende, el que más rumores ha generado hasta ahora. Aunque los principales estudios no han informado sobre el reinicio de sus respectivas producciones, las diversas partes involucradas han especulado sobre las medidas que deberán tomarse para evitar contagios, lo que tentativamente incluiría la reducción de personas presentes en el set a un máximo de 75-100; equipos de peinado, maquillaje y vestuario no han decidido si bastará con extremar precauciones por el contacto físico que implica su tarea o si deberán ser aún más precavidos y limitarse a supervisar a los actores de manera remota; también están los que piensan que el uso de sets podría reducirse en beneficio de locaciones que faciliten la circulación natural del aire, que todos los involucrados podrían evitar el contacto con los riesgos del exterior mediante la concentración en espacios seguros y que los productores deberán destinar parte importante del presupuesto a equipos médicos que vigilen la salud de todos.
Mientras los países definen las medidas, las distintas partes implicadas se preguntan qué proyectos enfrentarán mejor esta nueva normalidad: las producciones independientes con menos posibilidades de contagios gracias a sus equipos reducidos o las superproducciones que en el papel no deberían tener mayores problemas para destinar presupuestos adicionales al cumplimiento de las medidas preventivas impuestas por las autoridades. Más allá de los debates, la verdadera respuesta llegará en el transcurso de los próximos meses.
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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