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Siempre hemos creído que nos divorciamos más hoy que en tiempos de nuestros padres. La ciencia tiene algo que decir
Nos casamos menos, nos casamos más tarde, pero… ¿Nos casamos peor? ¿Son nuestros matrimonios más endebles? ¿Nos divorciamos más hoy que en la época de nuestros padres o abuelos? Hay estudios que aseguran que más del 50% de las parejas que se dan el ‘sí quiero’ en España acaban separándose, pero una nueva investigación estadounidense acaba de ahondar en ese dato con una revelación curiosa: hoy en día es mucho más raro que una pareja recién casada se separe al cabo de diez años de vida conyugal que las que se unieron hace 50 o 60 años.
La gran pregunta es… ¿Por qué?
¿Condenados al divorcio? Hace poco el Institute for Family Studies (IFS), una institución estadounidense que se dedica entre otras cosas a realizar estudios sobre familias y matrimonio, se hizo una pregunta interesante: ¿Es cierto el viejo mantra de que la mitad de los matrimonios acaban en los juzgados firmando su divorcio? No es una cuestión menor. Primero, porque al menos en EEUU parece un mantra popular. Segundo, porque ese abultado porcentaje equipara las probabilidades de tener éxito en la vida conyugal con las de lanzar una moneda y que salga cara.
¿Qué descubrió? Para su investigación el IFS echó mano de los datos de la Oficina del Censo de EEUU, por lo que sus conclusiones son básicamente un relejo de lo que ocurre al otro lado del Atlántico. Dejando claro ese punto de partida, no es descabellado pensar que los patrones y tendencias que ha identificado son más o menos trasladables a Europa. ¿El motivo? Sus expertos descubrieron un fenómeno muy claro: aunque es cierto que cada vez nos casamos menos, las parejas que se dan el ‘sí quiero’ hoy crean uniones mucho más sólidas que las de hace unas décadas, cuando había mucha más gente que formalizaba su relación.
¿Qué dicen las cifras? Que solo el 18% de los matrimonios oficializados entre 2010 y 2012 se divorciaron al cabo de diez años. Es un porcentaje algo superior al de las parejas que se casaron en la década de 1950, pero queda por debajo de las que se dieron el ‘sí quiero’ en los 60, 70, 80 y 90. IFL no ha publicado sus datos en detalle, pero sí ha elaborado un gráfico revelador que muestra que el porcentaje de matrimonios de la década de 1970 disueltos pasados diez años rondaba el 30%.
Es más, según sus datos no es correcto que la mitad de los matrimonios acaban rompiendo. Teniendo en cuenta sus registros más recientes, ese porcentaje ronda el 40%. Y su previsión es que descienda a medida que pase el tiempo.
¿Qué significa eso? “Los nuevos matrimonios son más sólidos hoy que en cualquier otra década desde los años 50. Aunque los nuevos matrimonios en la década de los 2000 se parecían inicialmente a los de los 90, las tasas de divorcio se redujeron tras cinco años. A los 20 los matrimonios en la década de 2000 tenían un comportamiento similar a los de los 60”, recoge el informe. “Hemos constatado un aumento en la estabilidad desde finales de los años 70. Y hasta ahora los matrimonios formados en la década de 2010 mantienen la tendencia”.
¿Hay más lecturas? Tras echar cuentas el IFL descubrió que el porcentaje de matrimonios disueltos tras diez años de relación variaba de forma considerable en función de cuándo las parejas se habían casado. Entre las que lo hicieron en los 50 representaban el 14%, entre las de los 60 el 18%, en el caso de las parejas casadas en los año 70 el porcentaje de divorcio alcanzaba el 30% y en las de los 80, el 27%. Desde entonces ese indicador ha disminuido hasta quedarse en el 18%.
Si hablamos de riesgo de ruptura, entre los matrimonios oficializados en la década de 2000 el punto culminante se sitúa a los cinco años de relación. A partir de ese momento el riesgo va disminuyendo poco a poco. En el caso de los matrimonios creados en los 70 el “punto álgido de inestabilidad” se da a los ocho años.
¿Qué pasa con el divorcio gris? El IFL señala que curiosamente lo que parece ganar relevancia es el “divorcio gris”, el que se da entre parejas mayores de 50 años tras décadas de relación. No es nada nuevo, ni exclusivo de EEUU. En 2022 el INE anotó 80.000 divorcios en España, de los que el 33% se dio entre matrimonios que llevaban juntos más de dos décadas. El IFL recuerda sin embargo que la mayoría de los casados mayores de 60 años pasaron por el altar en los años 70 y 80.
¿Qué significa todo eso? Que la resistencia de los matrimonios parece haber evolucionado con la propia sociedad. El porcentaje de divorcios era bajo en los 50, aumentó después de que “la transformación cultural de las década de 1960 y 1970 cambiase radicalmente la estabilidad de las uniones” y ha ido reconfigurándose a medida que lo hacían las parejas, cada vez menos proclives a casarse.
“Los matrimonios más recientes ya han mostrado una mayor estabilidad, lo que podría deberse a que son más selectivos”, desliza el estudio. Son valoraciones a la luz de los datos de EEUU, pero España ha experimentado su propia deriva. En nuestro país un hito lo marcó la aprobación de la Ley de Divorcio en 1981.
¿Han cambiado las parejas? Sí. Y eso es algo que el estudio estadounidense refleja también con claridad. Si en la década de 1980 el 80% de la gente se casaba antes de cumplir los 30 años, entre 2000 y 2012 ese porcentaje había descendido al 64%. La tendencia es trasladable a nuestro país. El año pasado el Observatorio Demográfico CEU publicó un informe que muestra que la probabilidad de dejar de estar soltero antes de los 50 años ha pasado de representar casi el 100% a moverse entre el 43 y 47%, dependiendo de si hablamos de hombres o mujeres.
¿Nos casamos más tarde? Sí. El análisis de CEU constata también que en los 70 entre el 85 y 90% de las personas que se casaban lo hacían antes de los 30 años. Hoy ese porcentaje no llega siquiera al 20%. En 1976 los españoles que se casaron por primera vez tenían de media 26,7 años (24,1 si hablamos de mujeres). En 2022 la cifra era ya de 36,8, o 34,9 en el caso de las novias. El informe llega sin embargo a una conclusión diferente a la del IFS sobre divorcios: según sus cuentas, el 50% de las uniones acaban en ruptura, lo que confirmaría el mantra estadounidense.
¿Nos casamos menos? Así es. Nos casamos más tarde y desde luego nos casamos menos, una tendencia compartida con el esto de Europa. Llega echar un vistazo a los datos del INE para comprobarlo: en 1976 la tasa bruta de nupcialidad, que mide el número de matrimonios por cada mil habitantes, era de 7,18. En 1996 había bajado ya a 4,82, en 2006 se situaba en 4,64 y en 2023, el último dato publicado por el organismo en su web, el indicador marcaba ya 3,55.
“Entre los españoles y los europeos que murieron en 2021 con 80 años o más, menos del 8 % estaban solteros; con las actuales tasas de primonupcionalidad que estiman el equivalente a la probabilidad de que un adulto deje de ser soltero, algo más de la mitad de los españoles jóvenes no se casarán nunca”, recoge el informe elaborado por la CEU. Eso no significa que los jóvenes de hoy no formen parejas estables. Sencillamente hacerlo ya no es sinónimo de matrimonio.
Imagen | Leonardo Miranda (Unsplash)
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“Hemos preferido inaugurar por encima de conservar. Nadie aplaude que un puente siga en pie”
“Las infraestructuras son sistemas vivos”, resume César Franco, ingeniero industrial. La frase resume bien la pasión con la que habla una persona que ha sido decano del Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Madrid, presidente del Consejo General de Ingenieros Industriales y presidente del Consejo de la Ingeniería de España.
Porque César Franco es ingeniero industrial. Pero decir eso es quedarse muy corto. Su experiencia le ha permitido tener una doble mirada “que es fundamental”. Y es que en los últimos 25 años ha estado ligado a la estructura más digital y tecnológica de multinacionales como HP o DXC. Pero ha compaginado su trabajo con esa vocación de servicio público que lo ha llevado a los puestos relevantes antes mencionados.
Ahora, dirige el Máster de Universitario en Ingeniería Industrial en la Universidad Alfonso X el Sabio donde habla con la misma pasión que transmiten las palabras de esta entrevista que nos ha concedido para analizar el estado de las carreteras españolas.
Una entrevista que nos ayuda a entender la situación española y los retos que tiene por delante. Porque las infraestructuras, nos dice, es mucho más que el ladrillo y el hormigón.
¿Cuál es la situación española general de las infraestructuras? ¿Estamos tan mal como dice el sentir general que se mueve en redes sociales?
Para nada. Las redes sociales tienden a amplificar la anomalía y el descontento, pero si miramos la radiografía con ojos técnicos, España cuenta con una red de infraestructuras realmente potente. Tenemos carreteras que, en términos generales, son envidiables; una red ferroviaria de alta velocidad que es un referente de ingeniería a nivel internacional; puertos estratégicos en las rutas globales y aeropuertos de primer nivel, todo ello respaldado por una ingeniería patria de una solidez tremenda.
El verdadero problema es que durante décadas las administraciones han padecido una clara tendencia a la priorización de la obra nueva: se ha preferido construir e inaugurar por encima de conservar lo que ya funcionaba. Una inauguración ante las cámaras ofrece un retorno político inmediato.
El mantenimiento se relega a los presupuestos: nadie aplaude que un puente siga en pie o que un asfalto continúe liso; se nota poco cuando se hace bien y se nota de golpe cuando se abandona. Con las vacas flacas, la conservación suele ser la primera víctima. No es un colapso instantáneo; es un deterioro silencioso que se va acumulando año a año. El firme se va cuarteando, las estructuras envejecen sin supervisión, los sistemas de drenaje se taponan, los taludes pierden estabilidad y la señalización se vuelve invisible.
A eso hay que sumar fenómenos meteorológicos mucho más extremos, una presión logística exigente y una red ferroviaria hiperutilizada tras la liberalización. No tenemos malas infraestructuras, tenemos unas infraestructuras excelentes sometidas a un estrés sin precedentes y con un déficit de mantenimiento acumulado que ya no se puede ocultar.
La Asociación Española de la Carretera considera que las carreteras españolas están en “el peor estado de su historia”. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?
El titular es muy duro pero la señal de alarma está justificada. Estamos hablando de que más de la mitad de los tramos analizados muestran deficiencias graves o muy graves en sus firmes. Hay unos 34.000 kilómetros que necesitan intervención de manera urgente. La propia DGT reconoce que es el peor escenario registrado desde que se iniciaron estos estudios históricos en 1985.
Para que el ciudadano lo entienda: esto no significa que viajar por España sea una ruleta rusa o que las autovías se vayan a quebrar por la mitad mañana. La red sigue siendo funcional. Lo que nos están diciendo los indicadores es que el pavimento ha entrado en una pendiente de degradación acelerada.
Un asfalto en mal estado no es solo una molestiaque hace vibrar el coche. El riesgo de accidentes es mayor, dispara el consumo y las emisiones contaminantes y acorta la vida útil de los vehículos. En ingeniería tenemos una máxima: una actuación a tiempo es eficiente pero si esperas demasiado la reparación se vuelve exponencialmente más costosa y compleja.
Según AEC, España necesita invertir 4.721 millones de euros en 26.000 km gestionados por el Estado y 8.770 millones en 75.300 km gestionados por gobiernos autonómicos y forales. ¿Qué intervenciones cree que se deberían realizar?
Efectivamente, el déficit es colosal: la red estatal reclama 4.721 millones de euros, pero el volumen principal está en las carreteras autonómicas y forales, que necesitan 8.770 millones.
Si yo tuviera que gestionar esos recursos, jamás cometería el error de lanzar una campaña masiva e indiscriminada de asfaltado. Hay que priorizar por niveles de criticidad: dónde hay más densidad de tráfico, puntos negros de accidentalidad, mayor exposición climática y cuáles son arterias vitales para la economía local.
Como propuesta técnica orientativa, la inversión debería estructurarse bajo un esquema de prioridades muy definido:
|
Prioridad |
Tipo de intervención |
Peso en el presupuesto |
criticidad |
|---|---|---|---|
|
1 |
Firmes y pavimentos |
40–50% |
Muy alta |
|
2 |
Drenaje, escorrentías y adaptación a lluvias extremas |
15–20% |
Muy alta |
|
3 |
Puentes, viaductos, túneles y estructuras |
15–20% |
Muy alta |
|
4 |
Taludes, desmontes, terraplenes y estabilidad geotécnica |
5–10% |
Alta |
|
5 |
Señalización, balizamiento, barreras y seguridad vial |
5–10% |
Alta |
|
6 |
Auscultación, inventario digital y mantenimiento predictivo |
3–5% |
Media-Alta |
|
7 |
Proyectos, inspecciones especiales y contingencias |
3–5% |
Media |
El firme se lleva la mitad del presupuesto porque es lo que pisamos, pero arreglar solo el asfalto es inútil si no se subsana el origen del problema estructural. El drenaje es el gran campo de batalla del siglo XXI. Con las DANAs y las lluvias torrenciales actuales, las carreteras no fallan por el desgaste habitual, sino porque las cunetas se desbordan, los pasos inferiores se inundan y el agua erosiona los cimientos de los terraplenes.
Por otra parte, los puentes, viaductos y túneles son elementos de criticidad extrema. Si un tramo de carretera se estropea, haces un desvío; si un viaducto falla, aíslas a una comarca entera. Necesitamos inspecciones estructurales exhaustivas. Y por último, destinaría una partida obligatoria a digitalizar la red: sensores de auscultación, inventarios digitales en tiempo real y gemelos digitales. No se puede gestionar ni proteger lo que no se conoce al milímetro.
El plan anunciado por el Ministerio para intervenir 5.000 kilómetros de la red estatal con 1.629 millones entre 2027 y 2031 va en la buena dirección, pero no podemos depender de planes de choque puntuales; la conservación debe ser una corriente presupuestaria constante y protegida.
“Si un tramo de carretera se estropea, haces un desvío; si un viaducto falla, aíslas a una comarca entera. Necesitamos inspecciones estructurales exhaustivas”
¿A qué retos nos enfrentamos que no se contemplaran hace 20 años?
Nos enfrentamos a una pinza compleja: un uso intensivo sin precedentes y los efectos del cambio climático.
El tráfico en las carreteras estatales subió un 3,55% en 2024, y el de camiones pesados un 2,94%. El transporte por carretera sigue cargando con el peso de nuestra economía.
Por el lado del clima, los parámetros de diseño han cambiado. Hace veinte años proyectábamos los puentes y los drenajes basándonos en series históricas de lluvia o calor relativamente estables. Hoy esas series ya no son predictivas.
Tal y como recoge el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático 2021-2030, hay que reformular los criterios de explotación de toda la red. El CEDEX lo explica de forma clara: sufrimos amenazas de evolución lenta, como el aumento térmico continuado que ablanda el asfalto, combinadas con eventos extremos violentos como DANAs o borrascas históricas que erosionan los taludes y provocan desprendimientos que cortan corredores vitales.
¿Tenemos un problema con los tiempos a la hora de proyectar y construir una nueva infraestructura? Hay carreteras que tardan décadas en construirse por completo y cuando se quieren sacar adelante las necesidades de la población ya pueden ser otras.
Es una de las grandes frustraciones públicas y un mal endémico que la OCDE ha analizado con rigor. Para entender el retraso hay que mirar lo que ocurre antes de que entre la primera máquina. La obra civil en sí es solo la fase final del proceso.
Antes de mover un solo metro de tierra, una infraestructura debe superar una compleja tramitación burocrática y legal que rara vez baja de los 8 o 10 años en proyectos estándar, y que se va fácilmente a los 12, 15 o 20 años si hay túneles complejos o zonas de alta sensibilidad ambiental. Estudios informativos, declaraciones de impacto ambiental, periodos de alegaciones, conflictos de competencias interadministrativas, expropiaciones forzosas, redacción del proyecto constructivo, licitaciones internacionales y los inevitables recursos de los licitadores. Al final, la fase de construcción dura quizás 3 o 4 años; el resto del tiempo se lo ha llevado la gestión documental.
¿Cuál es la consecuencia? Que, si diseñas una carretera pensando en el tráfico de hoy, cuando la inaugures dentro de quince años el entorno habrá cambiado por completo. Por eso la ingeniería actual no puede ser rígida; hay que proyectar manejando escenarios de futuro y con la flexibilidad suficiente para adaptar la obra sobre la marcha.
Desde 2008 y especialmente desde 2010 las inversiones en infraestructuras caen. Sin embargo, España ha crecido en unos 9 millones de habitantes en lo que llevamos de siglo ¿Hemos pecado de dejar de construir infraestructuras porque se dejó de ver con buenos ojos inaugurar nuevas carreteras, aeropuertos o líneas de tren?
Pasamos de una etapa de sobredimensionamiento a una de parálisis inversora. Hubo una época en la que se proyectaba con alegría, a veces buscando más el equilibrio del peso político territorial o el impacto público que la rentabilidad social y el tráfico real. Como respuesta a los excesos, caímos en la tendencia opuesta: penalizar cualquier obra nueva etiquetándola de innecesaria.
Y la realidad es tozuda: las grandes áreas metropolitanas como Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, Sevilla o Bilbao están tensionadas y sus accesos se han quedado cortos ante el crecimiento demográfico.
En los años 90, la inversión en infraestructuras era del 1% del PIB, pero desde 2018 es inferior al 0,5%. ¿Es relevante o es la consecuencia de unas infraestructuras ya asentadas que hay que mantener?
Ambas lecturas tienen su parte de razón. España no puede mantener el ritmo inversor de los años 90 o los 2000. Aquella fue una época de expansión muy intensa en la que pasamos de una red de carreteras nacionales obsoleta a construir una de las redes de autovías y de alta velocidad más moderna de Europa. Una vez que ese esqueleto está de pie, no necesitas volver a construirlo desde cero.
El error de bulto es creer que una red madura se cuida sola o requiere pocos recursos. Cambia el objeto de la inversión, pero no la necesidad del flujo financiero. Ahora el dinero debe ir a la adaptación climática, a la seguridad, a la digitalización y a desatascar nodos metropolitanos que sufren cuellos de botella.
Las infraestructuras implican un compromiso a largo plazo: no se pagan solo el día de la inauguración, se pagan durante los siguientes 50 años en forma de energía, mantenimiento, actualizaciones normativas y reparaciones. En España adolecemos de una notable falta de cultura de mantenimiento; nos entusiasma la primera piedra, pero relegamos la gestión diaria del activo. Ya lo advirtió la OCDE: nuestro problema no es solo de recursos económicos, sino de gobernanza, de saber planificar a largo plazo y de evaluar qué proyectos aportan valor real antes de iniciar las obras.
¿Cómo podemos financiar el coste de estas construcciones? La UE lleva años exigiendo a España que imponga algún tipo de pago por uso, peajes, viñeta…
Es hora de madurar el debate en este aspecto: las carreteras sin coste no existen. Existen las carreteras financiadas a través de los Presupuestos Generales del Estado. Es decir, mediante los impuestos de todos los ciudadanos, usen la carretera o no y las carreteras financiadas de forma directa por quien las utiliza.
Bruselas lleva tiempo impulsando dos principios claros: “quien usa paga” y “quien contamina paga”. La normativa comunitaria permite y fomenta que los países recuperen los costes de construcción y mantenimiento gravando el uso de las vías, especialmente en la red transeuropea. En España convivimos con un modelo heterogéneo: no tenemos una viñeta generalizada, pero mantenemos peajes en ciertos tramos y autopistas de peaje que han revertido al Estado.
Un modelo de pago por uso mal planteado es profundamente regresivo. No puedes castigar igual al trabajador que carece de alternativas y debe utilizar un acceso metropolitano cada mañana, al transportista profesional que mueve nuestra economía o a los habitantes de la España rural que no disponen de transporte público eficiente. Si pones un peaje excesivo en una autovía, provocas un “efecto desvío”: los vehículos se desplazan a las carreteras secundarias, incrementando la siniestralidad.
La solución no es un sí o un no rotundo a los peajes. Necesitamos un modelo de financiación finalista donde lo recaudado vaya exclusivamente a conservar la vía, transparente y modulable. Si se implanta el pago por uso, debe contar con un esquema inteligente de bonificaciones y exenciones para residentes, usuarios recurrentes por motivos laborales, transporte de mercancías y vehículos de bajas emisiones.
Foto | Consejo General de Ingenieros Industriales y Ava Tyler
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El argumento de la creación de empleo ha sido la gran baza para levantar centros de datos. Estaría bien si fuera cierto
Los centros de datos consumen mucha electricidad, haciendo que suba la factura de la luz, contaminan el aire y a veces también el agua. Argumentos en contra hay cada vez más, mientras que los argumentos a favor para quien vive cerca de uno de estos mastodontes se reducen básicamente a uno: generan muchos puestos de trabajo. ¿Seguro?
Qué está pasando. Estados Unidos concentra un tercio de todos los centros de datos del mundo. Cuentan en Futurism que hay estados compitiendo por atraer a las grandes tecnológicas, ofreciendo recursos y exenciones fiscales a cambio de que generen empleo y ayuden a desarrollar sus comunidades. Sin embargo, cada vez está más claro que la creación de empleo estable y duradero es una promesa incumplida.
Miles de millones por un puñado de empleos. En Cedar Rapids, Iowa, hay dos proyectos en marcha para dos centros de datos de QTS y Google respectivamente. Tal y como refleja el Centro de Desarrollo Económico de Cedar Rapids, para incentivar la construcción de estas infraestructuras, la ciudad les ha ofrecido una exención del 70% del impuesto sobre la propiedad durante 20 años, además de devolverles el 75% de las tasas eléctricas (un recargo municipal que se aplica en la factura). Google y QTS van a gastar 1.300 millones en sus centros de datos, pero se calcula que van a ahorrar más de 580 millones en impuestos y tasas municipales. Y dirás ¿Cuántos puestos de trabajo van a crear? Según el contrato, sólo están obligados a crear 61 puestos de trabajo permanentes.
Por qué es importante. Los centros de datos se han convertido en el motor de la economía estadounidense, pero una cosa es la salvaje inversión de las big tech para construirlos y otra muy distinta el impacto en el empleo local. Son infraestructuras enormes, que cuestan muchísimo dinero, pero que una vez puestas en marcha funcionan prácticamente en piloto automático. Las tareas que realmente necesitan intervención humana son muy pocas en comparación a su envergadura.
En Aragón también. Esta situación no es exclusiva de Estados Unidos, en Aragón también está pasando lo mismo. Hace poco supimos las cifras de empleo que Amazon generará en Villanueva del Gállego, donde están construyendo seis centros de datos. La empresa había hablado de hasta 29.900 puestos a tiempo completos vinculados al proyecto, pero ahí estaban contando el empleo indirecto y el inducido, como proveedores y servicios asociados. La realidad es que entre seis centros de datos, van a contratar a sólo 180 personas fijas que trabajarán a turnos para que puedan operar las 24 horas, los 365 días del año. De nuevo, la narrativa del empleo masivo hace aguas por todas partes.
Empleo sí, pero temporal. Para construir centros de datos de esa magnitud hay que mover muchas empresas de distintos sectores, lo que indirectamente sí que genera mucho empleo. En el caso de Cedar Rapids, la ciudad presume de que los proyectos crearán “miles de empleos de construcción y oficios”, el problema es qué pasará con todos ellos cuando el centro de datos se ponga en marcha.
Según un informe reciente de Turner & Townsend del que se hacen eco en Futurism, la urgencia por construir nuevos centros de datos ha provocado que suban precios en otros proyectos como la construcción de viviendas, además de que está acaparando la mano de obra especializada en las zonas de construcción.
Imagen | Xataka con Magnific
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Carles Porta estrena hoy en Movistar Plus una nueva temporada de ‘Crímenes’
El true crime tiene mucha presencia en casi todas las plataformas de streaming. Lógico: cada vez tiene más adeptos. Si hablamos de producción nacional, una de las figuras que más destaca entre este género es Carles Porta, que no está descansando ni en vacaciones. Hoy mismo, 14 de julio, se estrena nueva temporada de ‘Crímenes’ en Movistar Plus: puedes verla al completo por solo 4,99 euros al mes.
Más true crime de calidad llega a Movistar Plus


Es una razón más para darle una oportunidad a esta plataforma de streaming. Esta producción llega al Plan Libre de Movistar Plus con cine y series, que tiene un precio muy económico. Como ocurre con el otro plan que incluye deportes (que cuesta 9,99 euros al mes), no tiene ningún tipo de permanencia. Además, podemos compartir la cuenta con un amigo o familiar sin ningún tipo de problema.
De entre todo el true crime que tiene Movistar Plus, es Carles Porta de lo más destacado que hay dentro de su catálogo. Ya hay mucho de sus producciones en esta plataforma, como ‘Mátalo ya’, ‘Tor’ o ‘Peregrina’. Hoy se estrena esta nueva temporada de ‘Crímenes’ con un caso llamado ‘El asesino de la pandemia‘ que promete mantener el mismo nivel de calidad true crime de Porta.
Este estreno se une a una lista muy potente de pelis que llegarán en los próximos días a la plataforma, como ‘La bola negra’, ‘Anaconda’ o ‘Vida Privada’ entre otras. Te recordamos que puedes descargar lo que quieras de Movistar Plus y verlo sin conexión, lo que te puede ir genial de cara a estas vacaciones para hacer más ameno esos ratos muertos entre vuelos o viajes en tren .
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