Actualidad
las grandes cuencas ya tienen sus embalses a menos del 80% de su capacidad
El verano está afectando a los embalses españoles. Tras casi un año de recuperación hidrólógica, el verano pasa factura a la cantidad de agua embalsada, que se ha reducido especialmente en las cuencas del centro y norte.
Dos meses. Desde que alcanzara su pico anual antes del inicio del verano, la cantidad de agua retenida en los pantanos españoles ha descendido notablemente. Si a finales de mayo la reserva hídrica española se encontraba al 77,5% de su capacidad, nueve semanas después se encuentra al 68,4%.
A paso ligero. La velocidad a la que se están vaciando los pantanos este verano es algo más rápida que la media de los últimos años y considerablemente más rápida que en los dos últimos veranos. Si en su pico los embalses españoles acumulaban 43.407 hectómetros cúbicos (hm³), ahora cuentan con 38.311 hm³, un descenso del 11,74% respecto de este máximo (un 9,1% menos respecto a la capacidad total del sistema).
Esta caída es algo mayor de lo habitual en este periodo. Si tomamos las mismas fechas el año pasado, la caída fue del 8,88%, mientras que el promedio de los últimos 5 años fue de 11,18% para las mismas fechas. 10,98% si consideramos los últimos 10 años.
Diferentes cuencas, diferentes caídas. La cuenca más afectada por esta caída es la de la costa de Galicia. Los embalses de esta cuenca han pasado de guardar 548 a 417 hm³, o lo que es lo mismo, un 23,91% menos de agua.
Entre las grandes cuencas, las mayores caídas se han visto en las del Duero, que pasó de los 7.040 a los 6.031 hm³ (una caída del 14,33%); y del Guadalquivir, que pasó de los 4.905 a los 4.206 hm³ (un 14,25% menos).
Menos restricciones. Parte de la diferencia puede explicarse con el fin de la sequía que amenazaba nuestra reserva el año pasado a estas alturas, una sequía que afectaba a todas las cuencas de la Península. La falta de agua llevó a las administraciones a introducir medidas para limitar el consumo de agua.
Unas medidas que, conforme llegaron las lluvias, fueron siendo levantadas por las distintas administraciones que las introdujeron. Ahora, tras relajarse las medidas, el consumo de agua ha podido incrementar y, con él, la velocidad a la que nuestros pantanos se vacían.
Un mes de junio de lo más anómalo. El verano es siempre una época de estrés hídrico: las precipitaciones suelen ser menores y el consumo de agua es mayor. Este año esto es especialmente cierto, sobre todo durante el mes de junio.
El verano de 2025 empezó con fuerza. Junio no solo fue un mes extremadamente cálido (el más cálido desde que tenemos registros), también fue un mes más seco de lo que suele ser habitual en las fechas. Las precipitaciones fueron alrededor del 68% de lo habitual en la España peninsular.
El calor implica una mayor evaporación del agua de los embalses. Un estudio publicado en el año 2000 estimaba en 1.400 hm³ el agua evaporada en embalses y humedales de España. Esta cifra, como es lógico, depende de factores como la temperatura, pero también de otros como el llenado de los embalses (a más agua, más superficie; y a más superficie, más evaporación). El calor hace que consumamos más agua para refrescarnos, también a través de un mayor consumo de energía, y la falta de lluvias en algunos contextos ha de suplirse con agua procedente de embalses.
Imagen | Pedro Luis Domínguez Ruiz
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quienes jugaron en la calle hasta el anochecer ganaron una habilidad que hoy hemos perdido
En 1971, un estudio pionero del psicólogo Roger Hart pidió a decenas de niños que dibujaran un mapa de los lugares donde podían moverse solos. Lo que descubrió fue sorprendente: algunos recorrían varios kilómetros sin supervisión adulta y conocían su barrio como la palma de su mano. Décadas después, Hart repitió el ejercicio y comprobó que ese “territorio de libertad” se había reducido drásticamente, una tendencia que desde entonces se ha observado en numerosos países.
Un valor que muchos dábamos por perdido. Durante años, jugar en la calle hasta que anochecía se recordó sobre todo como una imagen cargada de nostalgia. Sin embargo, un número creciente de investigaciones está llegando a una conclusión mucho más interesante: aquella libertad cotidiana también era un entrenamiento psicológico sin igual.
Sí, resolver conflictos sin adultos, explorar el barrio, asumir pequeños riesgos o incluso inventar juegos sobre la marcha gracias al “aburrimiento” ayudaba a desarrollar habilidades como la autonomía, la confianza, la regulación emocional y la capacidad para enfrentarse a la incertidumbre, competencias que hoy muchos expertos consideran cada vez menos frecuentes entre los niños.
No son los parques, es el tamaño del mundo. Los investigadores utilizan un concepto muy gráfico para medir esa transformación: el home range, el territorio que un niño puede recorrer sin supervisión. Recordaba el Washington Post que hace apenas unas generaciones el crío podía abarcar varios kilómetros. Hoy, en muchos casos, apenas llega a la puerta de casa.
De hecho, estudios realizados en distintos países muestran que cada vez menos menores pueden ir solos al colegio, cruzar una calle principal o visitar a un amigo del barrio sin permiso o supervisión constante de un adulto, una reducción de la independencia que refleja hasta qué punto ha cambiado la infancia.
Jugar no era una pérdida de tiempo. Cuando un grupo de niños discutía las reglas de un partido, decidía quién empezaba o encontraba una solución para recuperar un balón perdido, estaba haciendo mucho más que entretenerse. Los investigadores cuentan que, sin darse cuenta, se practicaba negociación, cooperación, creatividad, tolerancia a la frustración y toma de decisiones.
Precisamente por eso, un estudio reciente de la Universidad de Aarhus concluyó que los propios niños consideran esencial que el juego les pertenezca a ellos y no a los adultos, hasta el punto de que uno de sus autores resumía la idea con una frase tan provocadora como reveladora: “A veces un adulto debería callarse e irse”.


Los pequeños riesgos también educan. Caerse de una bicicleta, trepar a un árbol o volver a casa con las rodillas llenas de raspones forman parte de recuerdos comunes para varias generaciones.
En la actualidad esos episodios suelen interpretarse como situaciones que conviene evitar, pero numerosos psicólogos sostienen que esos riesgos controlados enseñan algo difícil de adquirir de otra manera: evaluar peligros, superar el miedo y comprobar que los problemas suelen tener solución. De hecho, diversos trabajos científicos apuntan incluso a que esa exposición gradual a la incertidumbre puede fortalecer la autoconfianza y reducir el riesgo de ansiedad a largo plazo.
Los datos que dan la razón. La nostalgia puede idealizar el pasado, pero la evidencia científica empieza a respaldar parte de esa percepción. Un estudio de la Universidad de Exeter con más de 4.000 niños concluyó que quienes jugaban al aire libre con mayor frecuencia entre los dos y los cuatro años tenían más probabilidades de mantener un buen perfil de salud mental hasta los ocho años.
No solo eso. Otra investigación con 2.500 menores encontró que el juego exterior se asociaba con mejores habilidades sociales y emocionales, reforzando la idea de que estos beneficios van mucho más allá del ejercicio físico.
No son las pantallas, sino lo que han sustituido. En lo que insisten los expertos es en que el descenso del juego al aire libre no puede explicarse únicamente por la tecnología. También influyen el tráfico, la desaparición de espacios seguros, la reducción del tiempo de recreo, el miedo de los padres y una cultura que tiende a supervisar cualquier actividad infantil.
El resultado es una infancia mucho más organizada, con más actividades dirigidas y menos oportunidades para experimentar, equivocarse y aprender por cuenta propia.
La gran paradoja. Por supuesto, ningún investigador plantea volver a una época con menos medidas de seguridad ni dejar que los niños hagan cualquier cosa. El debate gira alrededor de otra cuestión: encontrar el equilibrio entre proteger y permitir que desarrollen su propia autonomía.
Después de décadas intentando eliminar cualquier riesgo de la infancia, la psicología empieza a recordar una idea que muchas generaciones aprendieron jugando en la calle hasta el anochecer: la confianza no suele aparecer cuando todo está controlado, sino cuando alguien descubre que es capaz de salir adelante por sí mismo.
Imagen | Joe Shlabotnik, Brittany Grater
En Xataka | David Sands, experto en psicología animal: “Si tu gato te lame, te está indicando que eres de su propiedad”
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España tiene la llave para la próxima invasión del Pentágono
En 1942, mientras preparaba la Operación Torch para desembarcar a decenas de miles de soldados aliados en el norte de África, el general Dwight D. Eisenhower llegó a una conclusión que marcaría la estrategia militar estadounidense durante las siguientes décadas: una guerra no depende solo de los soldados o de las armas, sino de la capacidad para moverlos hasta el lugar adecuado. Aquella operación convirtió el estrecho de Gibraltar en una pieza imprescindible.
Más de 80 años después, el mapa sigue diciendo prácticamente el mismo.
EEUU amenaza, la verdad es muy diferente. Donald Trump volvió a endurecer su discurso contra España hasta el punto de plantear la ruptura de las relaciones comerciales por las discrepancias sobre el gasto militar y la postura del Gobierno español dentro de la OTAN. Sobre el papel, parecía el inicio de un distanciamiento entre ambos países.
Sin embargo, basta con observar los movimientos del propio Departamento de Defensa para descubrir una contradicción evidente: mientras la Casa Blanca eleva el tono político, el Pentágono continúa destinando cientos de millones de dólares a reforzar las dos bases militares estadounidenses más importantes del sur de Europa. De hecho, horas después el propio Trump dio marcha atrás a las amenazas: “Debo admitir que tuve problemas con España, y aún los tengo, pero hoy España se redimió por completo. España fue muy generosa hoy. Accedieron a una solicitud de pago importante, y si no lo hubieran hecho, ni siquiera les habríamos hablado”, indicó.
La carta valiosa de España. El verdadero origen del choque no estuvo en los aranceles, sino en Irán. Cuando Washington solicitó utilizar Rota, Morón y el espacio aéreo español durante la operación contra el régimen iraní, Madrid se negó, obligando a Estados Unidos a reorganizar parte de su despliegue desde Alemania y Francia.
Aquella decisión recordó algo que durante décadas había permanecido casi invisible: aunque Estados Unidos invierta miles de millones en ambas instalaciones, siguen siendo bases bajo soberanía española y su utilización depende, en última instancia, del visto bueno del Gobierno español.

Rota
La respuesta de EEUU: más dinero. Lo contamos en su momento. Lo llamativo es que la reacción estadounidense no consistió en preparar una salida de España. Apenas unos meses después del veto, la Fuerza Aérea estadounidense adjudicó un contrato marco de unos 400 millones de dólares para mantener y modernizar Morón durante la próxima década, garantizando su operatividad hasta 2036.
Lejos de interpretarse como una represalia, la inversión envió exactamente el mensaje contrario: el valor estratégico de la base es tan elevado que ningún desencuentro político puntual justifica dejar de reforzarla.
Rota fue la pista. Pocos días más tarde apareció una segunda decisión todavía más significativa. Washington anunció la construcción en Rota de un enorme hangar diseñado para albergar aviones de transporte estratégico como los C-17 Globemaster y los gigantescos C-5 Galaxy, aparatos capaces de trasladar carros de combate, helicópteros, sistemas de defensa aérea o centenares de soldados en un único vuelo.
En una época en la que la velocidad para mover tropas resulta casi tan importante como el armamento, ampliar esa capacidad significa prepararse para futuras operaciones, no para abandonar la base.

Morón
La explicación está en un mapa. Rota ocupa la entrada del Mediterráneo, uno de los corredores marítimos más importantes del planeta, mientras Morón conecta en pocas horas Europa con el norte de África y Oriente Medio. Juntas forman un puente logístico desde el que Estados Unidos puede mover barcos, aviones, combustible, municiones y personal hacia varios teatros de operaciones casi de forma simultánea.
Cambiar esa combinación por otra ubicación no consiste simplemente en trasladar tropas a otra base europea: implicaría reconstruir durante años una infraestructura logística que hoy ya existe y funciona.
La imposibilidad de cambiar una geografía. Los propios análisis publicados en Estados Unidos coinciden en que perder el acceso a Rota y Morón supondría una carga adicional para las fuerzas estadounidenses, incluso aunque pudieran redistribuir parte de sus capacidades por otros países aliados.
El problema, por tanto, no reside únicamente en los hangares, los muelles o los depósitos de combustible, sino en el lugar donde están construidos. Andalucía continúa siendo la puerta natural hacia el Mediterráneo, África y Oriente Medio, exactamente igual que lo era durante la Segunda Guerra Mundial.
La baza española: la logística militar. Por eso resulta difícil imaginar que las amenazas comerciales terminen algún día convirtiéndose en una ruptura real entre ambos países. Trump puede utilizar España como argumento político en sus discursos, pero el Pentágono lleva meses enviando una señal completamente distinta con su presupuesto.
Cada dólar invertido en Morón y cada nueva infraestructura levantada en Rota recuerdan una realidad incómoda para Washington: cuando llegue la próxima gran crisis internacional, conato de invasión o inicio de una nueva guerra, existe una posibilidad extremadamente alta de que el camino hacia ella vuelva a empezar en el sur de España.
Imagen | Commander, U.S. Naval Forces Europe-Africa/U.S. 6th Fleet
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Hay gente tapando el LED de las gafas de Meta para grabar a escondidas. La compañía acaba de tomar una decisión drástica
Hoy es relativamente fácil saber cuándo alguien nos está grabando con un móvil: lo vemos levantado, apuntando hacia nosotros, convertido en una señal casi universal. Con unas gafas inteligentes no ocurre lo mismo. Pueden parecer unas gafas normales, estar en la cara de alguien que mira en nuestra dirección y pasar desapercibidas para quien no sabe qué buscar. En ese escenario, la pequeña luz blanca que se enciende al capturar fotos o vídeos no es un detalle menor: es la pista visible que permite entender que esas gafas están grabando. El problema empieza cuando esa pista desaparece.
Eso es justo lo que Meta intenta impedir ahora. La compañía afirma que sus gafas con IA, una categoría que ya va más allá de las Ray-Ban Meta, desactivarán la cámara si detectan que el LED de captura ha sido manipulado físicamente o destruido, no solo si está cubierto. Hasta ahora, Meta decía que, desde su segunda generación de gafas, el sistema ya bloqueaba fotos y vídeos cuando detectaba que esa luz estaba tapada. La novedad es que la protección se amplía a intentos más agresivos de anular el aviso visible. No es una garantía absoluta contra todos los usos indebidos, pero sí una respuesta directa a una grieta concreta del producto.
El problema de las gafas no era solo tapar la luz
Meta llama a esa señal “capture LED”: una luz blanca situada en el frontal de cada par de gafas que parpadea cuando se está capturando contenido para la galería. Según la compañía, en el caso de una foto el aviso aparece durante un instante, mientras que en vídeo se mantiene durante toda la grabación. Sobre el papel, su función es sencilla: que las personas alrededor sepan que alguien está tomando una imagen o registrando una escena. En la práctica, esa pequeña luz carga con una responsabilidad enorme: hacer visible una cámara que, por diseño, puede confundirse con unas gafas convencionales.
El salto está en que no todo se quedaba en poner un trozo de cinta sobre la luz. Meta reconoce que ha visto intentos que iban más allá: esfuerzos para modificar o destruir físicamente el LED de captura. Medios como 404 Media y BGR han documentado ese tipo de prácticas con más detalle. El primero publicó el caso de un servicio que ofrecía modificar las Ray-Ban Meta para inutilizar la luz, mientras que el segundo recogió métodos más rudimentarios y otros más elaborados, desde accesorios pensados para ocultarla hasta intervenciones físicas sobre la zona del indicador. La cuestión de fondo era clara: si la señal podía desaparecer y la cámara seguía funcionando, la salvaguarda perdía buena parte de su sentido.
En España ya hemos visto hasta dónde puede llegar esa brecha. En Xataka contamos hace poco más de un año el caso de un joven detenido en Barcelona tras grabar con gafas inteligentes a cientos de mujeres sin su conocimiento, un episodio que convirtió una preocupación hasta entonces difusa en un problema mucho más tangible. La clave no era solo el dispositivo, sino la falta de alarma social ante él: muchas personas todavía no reaccionan igual ante unas gafas aparentemente normales que ante un móvil apuntando en su dirección.
La compañía presenta la actualización como una nueva capa de privacidad, pero también es la admisión de que el LED se había convertido en un punto atacable del sistema. Si el aviso visible podía taparse, modificarse o destruirse mientras la cámara seguía funcionando, la promesa de transparencia quedaba debilitada. Ahora Meta intenta convertir esa luz en algo más que un indicador: una condición para que la cámara pueda operar.
Imágenes | Meta
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las grandes cuencas ya tienen sus embalses a menos del 80% de su capacidad
El verano está afectando a los embalses españoles. Tras casi un año de recuperación hidrólógica, el verano pasa factura a la cantidad de agua embalsada, que se ha reducido especialmente en las cuencas del centro y norte.
Dos meses. Desde que alcanzara su pico anual antes del inicio del verano, la cantidad de agua retenida en los pantanos españoles ha descendido notablemente. Si a finales de mayo la reserva hídrica española se encontraba al 77,5% de su capacidad, nueve semanas después se encuentra al 68,4%.
A paso ligero. La velocidad a la que se están vaciando los pantanos este verano es algo más rápida que la media de los últimos años y considerablemente más rápida que en los dos últimos veranos. Si en su pico los embalses españoles acumulaban 43.407 hectómetros cúbicos (hm³), ahora cuentan con 38.311 hm³, un descenso del 11,74% respecto de este máximo (un 9,1% menos respecto a la capacidad total del sistema).
Esta caída es algo mayor de lo habitual en este periodo. Si tomamos las mismas fechas el año pasado, la caída fue del 8,88%, mientras que el promedio de los últimos 5 años fue de 11,18% para las mismas fechas. 10,98% si consideramos los últimos 10 años.
Diferentes cuencas, diferentes caídas. La cuenca más afectada por esta caída es la de la costa de Galicia. Los embalses de esta cuenca han pasado de guardar 548 a 417 hm³, o lo que es lo mismo, un 23,91% menos de agua.
Entre las grandes cuencas, las mayores caídas se han visto en las del Duero, que pasó de los 7.040 a los 6.031 hm³ (una caída del 14,33%); y del Guadalquivir, que pasó de los 4.905 a los 4.206 hm³ (un 14,25% menos).
Menos restricciones. Parte de la diferencia puede explicarse con el fin de la sequía que amenazaba nuestra reserva el año pasado a estas alturas, una sequía que afectaba a todas las cuencas de la Península. La falta de agua llevó a las administraciones a introducir medidas para limitar el consumo de agua.
Unas medidas que, conforme llegaron las lluvias, fueron siendo levantadas por las distintas administraciones que las introdujeron. Ahora, tras relajarse las medidas, el consumo de agua ha podido incrementar y, con él, la velocidad a la que nuestros pantanos se vacían.
Un mes de junio de lo más anómalo. El verano es siempre una época de estrés hídrico: las precipitaciones suelen ser menores y el consumo de agua es mayor. Este año esto es especialmente cierto, sobre todo durante el mes de junio.
El verano de 2025 empezó con fuerza. Junio no solo fue un mes extremadamente cálido (el más cálido desde que tenemos registros), también fue un mes más seco de lo que suele ser habitual en las fechas. Las precipitaciones fueron alrededor del 68% de lo habitual en la España peninsular.
El calor implica una mayor evaporación del agua de los embalses. Un estudio publicado en el año 2000 estimaba en 1.400 hm³ el agua evaporada en embalses y humedales de España. Esta cifra, como es lógico, depende de factores como la temperatura, pero también de otros como el llenado de los embalses (a más agua, más superficie; y a más superficie, más evaporación). El calor hace que consumamos más agua para refrescarnos, también a través de un mayor consumo de energía, y la falta de lluvias en algunos contextos ha de suplirse con agua procedente de embalses.
Imagen | Pedro Luis Domínguez Ruiz
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quienes jugaron en la calle hasta el anochecer ganaron una habilidad que hoy hemos perdido
En 1971, un estudio pionero del psicólogo Roger Hart pidió a decenas de niños que dibujaran un mapa de los lugares donde podían moverse solos. Lo que descubrió fue sorprendente: algunos recorrían varios kilómetros sin supervisión adulta y conocían su barrio como la palma de su mano. Décadas después, Hart repitió el ejercicio y comprobó que ese “territorio de libertad” se había reducido drásticamente, una tendencia que desde entonces se ha observado en numerosos países.
Un valor que muchos dábamos por perdido. Durante años, jugar en la calle hasta que anochecía se recordó sobre todo como una imagen cargada de nostalgia. Sin embargo, un número creciente de investigaciones está llegando a una conclusión mucho más interesante: aquella libertad cotidiana también era un entrenamiento psicológico sin igual.
Sí, resolver conflictos sin adultos, explorar el barrio, asumir pequeños riesgos o incluso inventar juegos sobre la marcha gracias al “aburrimiento” ayudaba a desarrollar habilidades como la autonomía, la confianza, la regulación emocional y la capacidad para enfrentarse a la incertidumbre, competencias que hoy muchos expertos consideran cada vez menos frecuentes entre los niños.
No son los parques, es el tamaño del mundo. Los investigadores utilizan un concepto muy gráfico para medir esa transformación: el home range, el territorio que un niño puede recorrer sin supervisión. Recordaba el Washington Post que hace apenas unas generaciones el crío podía abarcar varios kilómetros. Hoy, en muchos casos, apenas llega a la puerta de casa.
De hecho, estudios realizados en distintos países muestran que cada vez menos menores pueden ir solos al colegio, cruzar una calle principal o visitar a un amigo del barrio sin permiso o supervisión constante de un adulto, una reducción de la independencia que refleja hasta qué punto ha cambiado la infancia.
Jugar no era una pérdida de tiempo. Cuando un grupo de niños discutía las reglas de un partido, decidía quién empezaba o encontraba una solución para recuperar un balón perdido, estaba haciendo mucho más que entretenerse. Los investigadores cuentan que, sin darse cuenta, se practicaba negociación, cooperación, creatividad, tolerancia a la frustración y toma de decisiones.
Precisamente por eso, un estudio reciente de la Universidad de Aarhus concluyó que los propios niños consideran esencial que el juego les pertenezca a ellos y no a los adultos, hasta el punto de que uno de sus autores resumía la idea con una frase tan provocadora como reveladora: “A veces un adulto debería callarse e irse”.


Los pequeños riesgos también educan. Caerse de una bicicleta, trepar a un árbol o volver a casa con las rodillas llenas de raspones forman parte de recuerdos comunes para varias generaciones.
En la actualidad esos episodios suelen interpretarse como situaciones que conviene evitar, pero numerosos psicólogos sostienen que esos riesgos controlados enseñan algo difícil de adquirir de otra manera: evaluar peligros, superar el miedo y comprobar que los problemas suelen tener solución. De hecho, diversos trabajos científicos apuntan incluso a que esa exposición gradual a la incertidumbre puede fortalecer la autoconfianza y reducir el riesgo de ansiedad a largo plazo.
Los datos que dan la razón. La nostalgia puede idealizar el pasado, pero la evidencia científica empieza a respaldar parte de esa percepción. Un estudio de la Universidad de Exeter con más de 4.000 niños concluyó que quienes jugaban al aire libre con mayor frecuencia entre los dos y los cuatro años tenían más probabilidades de mantener un buen perfil de salud mental hasta los ocho años.
No solo eso. Otra investigación con 2.500 menores encontró que el juego exterior se asociaba con mejores habilidades sociales y emocionales, reforzando la idea de que estos beneficios van mucho más allá del ejercicio físico.
No son las pantallas, sino lo que han sustituido. En lo que insisten los expertos es en que el descenso del juego al aire libre no puede explicarse únicamente por la tecnología. También influyen el tráfico, la desaparición de espacios seguros, la reducción del tiempo de recreo, el miedo de los padres y una cultura que tiende a supervisar cualquier actividad infantil.
El resultado es una infancia mucho más organizada, con más actividades dirigidas y menos oportunidades para experimentar, equivocarse y aprender por cuenta propia.
La gran paradoja. Por supuesto, ningún investigador plantea volver a una época con menos medidas de seguridad ni dejar que los niños hagan cualquier cosa. El debate gira alrededor de otra cuestión: encontrar el equilibrio entre proteger y permitir que desarrollen su propia autonomía.
Después de décadas intentando eliminar cualquier riesgo de la infancia, la psicología empieza a recordar una idea que muchas generaciones aprendieron jugando en la calle hasta el anochecer: la confianza no suele aparecer cuando todo está controlado, sino cuando alguien descubre que es capaz de salir adelante por sí mismo.
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España tiene la llave para la próxima invasión del Pentágono
En 1942, mientras preparaba la Operación Torch para desembarcar a decenas de miles de soldados aliados en el norte de África, el general Dwight D. Eisenhower llegó a una conclusión que marcaría la estrategia militar estadounidense durante las siguientes décadas: una guerra no depende solo de los soldados o de las armas, sino de la capacidad para moverlos hasta el lugar adecuado. Aquella operación convirtió el estrecho de Gibraltar en una pieza imprescindible.
Más de 80 años después, el mapa sigue diciendo prácticamente el mismo.
EEUU amenaza, la verdad es muy diferente. Donald Trump volvió a endurecer su discurso contra España hasta el punto de plantear la ruptura de las relaciones comerciales por las discrepancias sobre el gasto militar y la postura del Gobierno español dentro de la OTAN. Sobre el papel, parecía el inicio de un distanciamiento entre ambos países.
Sin embargo, basta con observar los movimientos del propio Departamento de Defensa para descubrir una contradicción evidente: mientras la Casa Blanca eleva el tono político, el Pentágono continúa destinando cientos de millones de dólares a reforzar las dos bases militares estadounidenses más importantes del sur de Europa. De hecho, horas después el propio Trump dio marcha atrás a las amenazas: “Debo admitir que tuve problemas con España, y aún los tengo, pero hoy España se redimió por completo. España fue muy generosa hoy. Accedieron a una solicitud de pago importante, y si no lo hubieran hecho, ni siquiera les habríamos hablado”, indicó.
La carta valiosa de España. El verdadero origen del choque no estuvo en los aranceles, sino en Irán. Cuando Washington solicitó utilizar Rota, Morón y el espacio aéreo español durante la operación contra el régimen iraní, Madrid se negó, obligando a Estados Unidos a reorganizar parte de su despliegue desde Alemania y Francia.
Aquella decisión recordó algo que durante décadas había permanecido casi invisible: aunque Estados Unidos invierta miles de millones en ambas instalaciones, siguen siendo bases bajo soberanía española y su utilización depende, en última instancia, del visto bueno del Gobierno español.

Rota
La respuesta de EEUU: más dinero. Lo contamos en su momento. Lo llamativo es que la reacción estadounidense no consistió en preparar una salida de España. Apenas unos meses después del veto, la Fuerza Aérea estadounidense adjudicó un contrato marco de unos 400 millones de dólares para mantener y modernizar Morón durante la próxima década, garantizando su operatividad hasta 2036.
Lejos de interpretarse como una represalia, la inversión envió exactamente el mensaje contrario: el valor estratégico de la base es tan elevado que ningún desencuentro político puntual justifica dejar de reforzarla.
Rota fue la pista. Pocos días más tarde apareció una segunda decisión todavía más significativa. Washington anunció la construcción en Rota de un enorme hangar diseñado para albergar aviones de transporte estratégico como los C-17 Globemaster y los gigantescos C-5 Galaxy, aparatos capaces de trasladar carros de combate, helicópteros, sistemas de defensa aérea o centenares de soldados en un único vuelo.
En una época en la que la velocidad para mover tropas resulta casi tan importante como el armamento, ampliar esa capacidad significa prepararse para futuras operaciones, no para abandonar la base.

Morón
La explicación está en un mapa. Rota ocupa la entrada del Mediterráneo, uno de los corredores marítimos más importantes del planeta, mientras Morón conecta en pocas horas Europa con el norte de África y Oriente Medio. Juntas forman un puente logístico desde el que Estados Unidos puede mover barcos, aviones, combustible, municiones y personal hacia varios teatros de operaciones casi de forma simultánea.
Cambiar esa combinación por otra ubicación no consiste simplemente en trasladar tropas a otra base europea: implicaría reconstruir durante años una infraestructura logística que hoy ya existe y funciona.
La imposibilidad de cambiar una geografía. Los propios análisis publicados en Estados Unidos coinciden en que perder el acceso a Rota y Morón supondría una carga adicional para las fuerzas estadounidenses, incluso aunque pudieran redistribuir parte de sus capacidades por otros países aliados.
El problema, por tanto, no reside únicamente en los hangares, los muelles o los depósitos de combustible, sino en el lugar donde están construidos. Andalucía continúa siendo la puerta natural hacia el Mediterráneo, África y Oriente Medio, exactamente igual que lo era durante la Segunda Guerra Mundial.
La baza española: la logística militar. Por eso resulta difícil imaginar que las amenazas comerciales terminen algún día convirtiéndose en una ruptura real entre ambos países. Trump puede utilizar España como argumento político en sus discursos, pero el Pentágono lleva meses enviando una señal completamente distinta con su presupuesto.
Cada dólar invertido en Morón y cada nueva infraestructura levantada en Rota recuerdan una realidad incómoda para Washington: cuando llegue la próxima gran crisis internacional, conato de invasión o inicio de una nueva guerra, existe una posibilidad extremadamente alta de que el camino hacia ella vuelva a empezar en el sur de España.
Imagen | Commander, U.S. Naval Forces Europe-Africa/U.S. 6th Fleet
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Hay gente tapando el LED de las gafas de Meta para grabar a escondidas. La compañía acaba de tomar una decisión drástica
Hoy es relativamente fácil saber cuándo alguien nos está grabando con un móvil: lo vemos levantado, apuntando hacia nosotros, convertido en una señal casi universal. Con unas gafas inteligentes no ocurre lo mismo. Pueden parecer unas gafas normales, estar en la cara de alguien que mira en nuestra dirección y pasar desapercibidas para quien no sabe qué buscar. En ese escenario, la pequeña luz blanca que se enciende al capturar fotos o vídeos no es un detalle menor: es la pista visible que permite entender que esas gafas están grabando. El problema empieza cuando esa pista desaparece.
Eso es justo lo que Meta intenta impedir ahora. La compañía afirma que sus gafas con IA, una categoría que ya va más allá de las Ray-Ban Meta, desactivarán la cámara si detectan que el LED de captura ha sido manipulado físicamente o destruido, no solo si está cubierto. Hasta ahora, Meta decía que, desde su segunda generación de gafas, el sistema ya bloqueaba fotos y vídeos cuando detectaba que esa luz estaba tapada. La novedad es que la protección se amplía a intentos más agresivos de anular el aviso visible. No es una garantía absoluta contra todos los usos indebidos, pero sí una respuesta directa a una grieta concreta del producto.
El problema de las gafas no era solo tapar la luz
Meta llama a esa señal “capture LED”: una luz blanca situada en el frontal de cada par de gafas que parpadea cuando se está capturando contenido para la galería. Según la compañía, en el caso de una foto el aviso aparece durante un instante, mientras que en vídeo se mantiene durante toda la grabación. Sobre el papel, su función es sencilla: que las personas alrededor sepan que alguien está tomando una imagen o registrando una escena. En la práctica, esa pequeña luz carga con una responsabilidad enorme: hacer visible una cámara que, por diseño, puede confundirse con unas gafas convencionales.
El salto está en que no todo se quedaba en poner un trozo de cinta sobre la luz. Meta reconoce que ha visto intentos que iban más allá: esfuerzos para modificar o destruir físicamente el LED de captura. Medios como 404 Media y BGR han documentado ese tipo de prácticas con más detalle. El primero publicó el caso de un servicio que ofrecía modificar las Ray-Ban Meta para inutilizar la luz, mientras que el segundo recogió métodos más rudimentarios y otros más elaborados, desde accesorios pensados para ocultarla hasta intervenciones físicas sobre la zona del indicador. La cuestión de fondo era clara: si la señal podía desaparecer y la cámara seguía funcionando, la salvaguarda perdía buena parte de su sentido.
En España ya hemos visto hasta dónde puede llegar esa brecha. En Xataka contamos hace poco más de un año el caso de un joven detenido en Barcelona tras grabar con gafas inteligentes a cientos de mujeres sin su conocimiento, un episodio que convirtió una preocupación hasta entonces difusa en un problema mucho más tangible. La clave no era solo el dispositivo, sino la falta de alarma social ante él: muchas personas todavía no reaccionan igual ante unas gafas aparentemente normales que ante un móvil apuntando en su dirección.
La compañía presenta la actualización como una nueva capa de privacidad, pero también es la admisión de que el LED se había convertido en un punto atacable del sistema. Si el aviso visible podía taparse, modificarse o destruirse mientras la cámara seguía funcionando, la promesa de transparencia quedaba debilitada. Ahora Meta intenta convertir esa luz en algo más que un indicador: una condición para que la cámara pueda operar.
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