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Las bases de refrigeración para portátiles fueron durante un tiempo omnipresentes. Hoy han desaparecido sin darnos cuenta
Los marcos de fotos digitales, los yogures Yoplait, el Aquarius cola. Hay objetos que desaparecen sin avisar, y en esa lista quizás estén entrando las bases de refrigeración para portátiles, esos armatostes con ventiladores que poblaban los escritorios hace unos años. Y que ahora parecen haberse esfumado de las tiendas sin que nadie se despidiera de ellas.
En los mágicos 2000, cuando los Pentium 4 convertían a cualquier portátil en una turbina de reactor, parecían casi obligatorias, sobre todo con la llegada del verano. Hoy parecen tan anacrónicas como las fundas para disquetes.
¿Qué ha pasado? Hay varias teorías que parecen factibles en conjunto.
Una de ellas son los quince años de ingeniería silenciosa. Los fabricantes han refinado el diseño térmico, optimizado las arquitecturas y perfeccionado el proceso de fabricación hasta hacer del calor un problema residual.
Apple Silicon marcó un punto de inflexión, pero incluso chips de Intel y AMD han ganado en eficiencia… si bien siguen calentándose con tareas exigentes. Pero en el uso cotidiano no parecen necesitar esa refrigeración externa.
Por otro lado, está nuestra forma de usar los ordenadores. La mayoría del software pesado que requería recursos locales ha migrado a la nube, sobre todo el enfocado al consumidor. Vivimos en navegadores, consumimos SaaS, delegamos en servicios remotos.
Los portátiles ya no son tanto estaciones de trabajo donde procesar como ventanas a Internet que no requieren demasiado esfuerzo. No el de antes. Mientras tanto, el móvil ha absorbido mucho tiempo de pantalla, relegando el portátil a tareas puntuales, pero no a hacer tanto y durante tantas horas como antaño.
Las bases de refrigeración se unen así al mismo cementerio de accesorios donde reposan los restos de los protectores de pantalla de cristal líquido de los noventa, las cajas organizadores de CDs, los protectores de teclado de silicona, el cajetín con cerradura y todo para guardar disquetes. Tempus fugit.
Son el testimonio de problemas que la tecnología ha ido resolviendo, recordándonos que el progreso real no siempre llega con fanfarrias. A veces simplemente hace que dejemos de necesitar lo que antes parecía imprescindible.
Incluso en plena ola de calor.
Imagen destacada | Amazon, Unsplash
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Actores de EU exigen a Meta que solicite permiso para generar imágenes con su nueva IA
EFE.- El principal sindicato de actores de Estados Unidos, SAG-AFTRA, criticó este jueves el funcionamiento de Muse Image, el nuevo generador de imágenes con inteligencia artificial (IA) de Meta, al considerar “inaceptable” que las fotografías de usuarios de Instagram puedan utilizarse para crear contenido generado por IA sin un consentimiento explícito previo.
La organización, que representa a unos 160 mil actores y profesionales de los medios en Estados Unidos, reaccionó al lanzamiento de Muse Image con un mensaje publicado en redes sociales en el que reclamó que Meta adopte un sistema de autorización voluntaria (“opt-in”) para cualquier uso de las imágenes de los usuarios.
“Cualquier cosa que no sea un consentimiento claro y visible para este tipo de usos de las imágenes de los usuarios de Instagram es inaceptable y constituye un enorme error de cálculo sobre el sentir del público respecto de los evidentes peligros y daños inherentes a ese uso”, afirmó el sindicato.
Meta presentó el martes Muse Image, su primer modelo de generación de imágenes desarrollado por Meta Superintelligence Labs, que permite crear imágenes mediante inteligencia artificial a partir de instrucciones de texto y también incorporar fotografías públicas de perfiles de Instagram cuando un usuario menciona una cuenta en sus solicitudes.
La herramienta está disponible de forma gratuita en Meta AI y se está integrando gradualmente en WhatsApp e Instagram, mientras la compañía prevé extenderla próximamente a Facebook y Messenger.
La empresa sostiene que los usuarios mantienen el control sobre ese uso mediante una opción de configuración que permite impedir que sus fotografías públicas sean reutilizadas para funciones de IA. No obstante, esa protección no está activada por defecto para las cuentas públicas, por lo que los usuarios deben modificar manualmente sus ajustes si desean excluir su contenido.
El lanzamiento ha generado críticas de organizaciones defensoras de la privacidad y expertos en derechos digitales, que consideran que el mecanismo debería requerir una autorización expresa antes de permitir el uso de imágenes públicas para generar contenido con inteligencia artificial, en lugar de obligar a los usuarios a desactivar la función posteriormente.
La controversia se produce mientras Meta acelera su estrategia en inteligencia artificial y este jueves la compañía también anunció Muse Spark 1.1, una nueva versión de su modelo de razonamiento para asistentes inteligentes, y adelantó que trabaja en Muse Video, un modelo de generación de video que busca ampliar sus capacidades de IA generativa.
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Llevamos años creyendo que las mujeres viven más por su estilo de vida. La ciencia tiene una explicación mucho más profunda
Si echamos un vistazo a las estadísticas globales del Banco Mundial, hay un patrón inquebrantable que se repite en prácticamente todos los países del mundo: las mujeres viven más que los hombres. A menudo, la sabiduría popular despacha este fenómeno con una respuesta rápida basada en el estilo de vida o en que “los hombres asumen más riesgos”. Y aunque hay parte de verdad en ello, la realidad científica es mucho más compleja.
¿Por qué? Para entender la longevidad femenina, hay que centrarse en el ADN que tenemos en todas nuestras células. Algo muy básico es que las mujeres poseen dos cromosomas X, mientras que los hombres tienen un cromosoma X y un cromosoma Y. Una diferencia fundamental, porque ese segundo cromosoma X en las mujeres actúa como una especie de copia de seguridad.
Esto quiere decir que si un gen en un cromosoma X sufre una mutación o está dañado, el cuerpo femenino puede recurrir a la copia sana del otro cromosoma. Los hombres, sin embargo, se la juegan a una sola carta, puesto que si su único cromosoma X tiene un defecto, no hay plan B. Además, este cromosoma es vital porque alberga una gran cantidad de genes relacionados con el sistema inmunológico, lo que otorga a las mujeres una respuesta más robusta frente a infecciones.
Va más allá. La genética no lo es todo aquí, sino que el organismo guarda un as bajo la manga, que son las mitocondrias, que no son más que las “centrales energéticas” de nuestras células. Estos orgánulos se heredan únicamente por vía materna y, según se propuso en 2007, la diferenciación sexual tiene un coste biológico directo para los hombres, traduciéndose en una menor función mitocondrial y, por tanto, un mayor estrés oxidativo celular que acelera su envejecimiento.
Las hormonas. Más allá de la genética y las mitocondrias, debemos hacer mención a las hormonas sexuales, que están en proporciones muy diferentes entre sexos. Los estrógenos, por ejemplo, son las principales hormonas sexuales femeninas que, además de regular el ciclo reproductivo, actúan como un poderoso escudo antioxidante.
Entre sus efectos destaca el mantenimiento de la flexibilidad de los vasos sanguíneos, la reducción del colesterol “malo” y la prevención de la inflamación. Esto explica en gran medida por qué la incidencia de enfermedades cardiovasculares en mujeres es significativamente menor antes de la menopausia.
En el hombre. En la otra cara de la moneda tenemos a la testosterona. Si bien es crucial para el desarrollo de la masa muscular y ósea, niveles altos de esta hormona en los hombres se asocian históricamente a un mayor riesgo cardiovascular a edades tempranas y a una depresión del sistema inmunológico a largo plazo.
La evolución. Alguien puede caer en la idea de que este sistema es algo exclusivo del ser humano, pero la biología evolutiva nos demuestra lo contrario. Aquí un estudio de 2025 analizó a 1.176 especies y los resultados revelaron que en los mamíferos las hembras viven de media un 13% más que los machos.
El motivo radica en las estrategias reproductivas y el desgaste biológico derivado de la competencia sexual masculina, como las peleas por el territorio o por aparearse. Sin embargo, se vio que en las aves, los machos viven un 5% más; puesto que en el mundo aviar, los machos suelen tener dos cromosomas sexuales iguales (ZZ) y las hembras diferentes (ZW). Además, en muchas especies de aves, el cuidado parental es compartido o recae en el macho, lo que disminuye sus conductas de riesgo.
La conducta humana. Por supuesto, la biología no opera en el vacío y a los factores genéticos y hormonales hay que sumarles la brecha conductual y social. Por ejemplo, el consumo de tóxicos tiene una mayor prevalencia en los hombres, asociándose a cáncer, cirrosis o enfermedades respiratorias. Pero, como hemos dicho antes, la testosterona también está vinculada a una mayor propensión a asumir riesgos, lo que se traduce en mayores tasas de mortalidad por accidentes de tráfico o en casos de violencia.
Por otro lado, las mujeres sufren el “síndrome de invulnerabilidad” que hace que acudan con mucha más frecuencia a los servicios médicos preventivos. Los hombres tienden a posponer las visitas al médico hasta que las enfermedades están en estadios más avanzados, dificultando el tratamiento. Además, las mujeres suelen tejer redes sociales y de apoyo emocional más sólidas, un factor directamente ligado a una mayor supervivencia en la vejez.
Imágenes | Age Cymru
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En 1962 Estados Unidos explotó una bomba atómica en órbita para crear un “muro” antimisiles. El resultado fue un caos eléctrico a 1.000 km de distancia
9 de julio de 1962, una aurora se dibuja en los cielos de Hawái, Tonga y Samoa. Sería extraño que se formen estos fenómenos tan lejos de los polos, aunque la experiencia nos ha demostrado que no es imposible. Aun así, en este caso las auroras no se formaron a causa de una tormenta solar, sino por Starfish Prime, un experimento de Estados Unidos que salió mal. Muy mal. Básicamente, decidieron lanzar una bomba atómica al espacio para ensanchar el anillo de radiación natural que rodea la Tierra y, con ello, crear un muro contra misiles soviéticos. Lograron distorsionarlo, sí, pero no de la forma que esperaban. Además, de paso dañaron sistemas eléctricos, satélites y teléfonos, causaron apagones a más de 1.000 kilómetros de distancia e incluso se llegó a temer por la salud de los astronautas que viajarían a la Luna 7 años más tarde.
A raíz de ese incidente, se firmó un acuerdo internacional para prohibir la realización de ensayos atómicos en la atmósfera, el espacio exterior o el fondo del mar. Desde entonces, todos los países lo han cumplido, aunque hay científicos que no confían en que se siga haciendo, por lo que han ideado un plan curiosamente relacionado con Starsfish Prime.
Starfish prime. El proyecto Starfish Prime consistió en la detonación en la órbita terrestre baja de una cabeza nuclear de 1,44 megatones. Es decir, usaron una bomba 100 veces más poderosa que la que se lanzó sobre Hiroshima. El objetivo era estirar el cinturón de Van Allen, un anillo compuesto por enjambres de partículas cargadas muy energéticamente que se encuentran atrapadas en la red del campo magnético terrestre. Si se lograba estirar el anillo, pensaron que se podría incapacitar a los misiles soviéticos que suponían una amenaza para la nación. Lograron el objetivo. Pero el resto de consecuencias fueron demasiado graves para querer repetir.
Más radiación. La cantidad de radiación en el anillo de Van Allen aumentó. Para 1969, cuando los astronautas del Apolo 11 viajaron a la Luna, aún había un ligero aumento de radiación que ellos podrían absorber en su trayecto hacia nuestro satélite. Se realizaron varios estudios para comprobar si se pondría en serio riesgo su salud, pero se vio que el peligro era manejable, así que se decidió seguir adelante con la misión.
Un acuerdo internacional. En 1963, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Prohibición Limitada de Ensayos Nucleares, en el que se comprometían a liberar la atmósfera, el espacio exterior y el fondo marino de ensayos nucleares. Más tarde, en 1967, se firmó el Tratado Internacional del Espacio Exterior, con el que las grandes potencias mundiales establecieron un modo de actuación para la exploración y utilización del espacio ultraterrestre.
Desde entonces no hay constancia de que se hayan enviado armas nucleares al espacio. Sin embargo, hay científicos que no se fían de que otros países puedan estar actuando según lo acordado. Uno de ellos es Areg Danagoulian, del MIT, y la idea que ha tenido para solventarlo resulta, cuando menos, curiosa.
Espalación de neutrones. La propuesta de Danagoulian consiste en aprovechar un fenómeno llamado espalación de neutrones, por el cual las partículas muy altas en energía son capaces de hacer que los núcleos atómicos expulsen sus neutrones. ¿Y dónde hemos visto que hay partículas cargadas con mucha energía? Efectivamente, en el cinturón de Van Allen. Este científico del MIT cree que si un satélite cargado con un dispositivo nuclear pasara a través de este anillo, algo que tiene que hacer necesariamente, sus partículas provocarían que los núcleos de los átomos de uranio perdiesen neutrones. Por eso, propone construir un detector específico para este tipo de neutrones, que se encargaría de dar la voz de alarma si detecta dicha expulsión.

Aurora vista desde Hawái
Un estudio de viabilidad. De momento, Danagoulian no ha construido nada. Ha llevado a cabo un estudio de viabilidad en el que demuestra que su proyecto es plausible. Se basa en una física sólida y las técnicas que se necesitan ya existen. Si Rusia tuviese un satélite nuclear, como temen este y otros científicos, podría ser un dispositivo útil. Ahora bien, que sea posible no quiere decir que sea sencillo. Habría que diferenciar los neutrones procedentes del uranio de los de otros elementos y, además, distinguirlos de los que pudiesen venir directamente de la Tierra. Hay mucho trabajo por delante.
Con Starfish Prime se descubrió que las consecuencias de una liberación abrupta de radiación en el campo magnético terrestre pueden ser muy graves, tanto si ocurre de forma artificial, con una bomba atómica, como naturalmente por la actividad solar. Es importante que estemos preparados. Lo ideal sería que todo el mundo cumpla los acuerdos; pero, por si acaso, no está de mal recurrir a técnicas de detección. Sin duda, es una forma mucho más sana de aprovechar lo que nos brinda el cinturón de Van Allen.
Imagen | U.S. Air Force 1352nd Photographic Group, Lookout Mountain Station/NASA
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