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así es Lovable, la nueva promesa europea en IA
Cuando pensamos en las grandes compañías que están marcando el paso en inteligencia artificial, es fácil que los primeros nombres que nos vengan a la cabeza sean OpenAI, Google, Microsoft, Meta o Anthropic, que por cierto acaba de publicar una guía bastante útil para mejorar nuestros prompts. También podrían colarse DeepSeek o la europea Mistral AI. Y aunque cada uno tendría su propio ranking, la tendencia general refleja algo claro: el dominio de Estados Unidos en la narrativa global de la IA es difícil de ignorar.
Europa y China aparecen algo más desdibujadas en ese mapa mental colectivo. En el caso del gigante asiático, no es tanto por falta de músculo —tiene empresas como Baidu o Tencent apostando fuerte—, sino por la distancia cultural, las restricciones de acceso y una estrategia que avanza por carriles distintos. Aun así, muchos analistas coinciden en que China está ganando terreno a gran velocidad. Europa, por su parte, sigue buscando cómo hacerse un hueco mientras ajusta su criticado marco regulatorio.
En ese contexto, Mistral AI ha logrado algo que parecía fuera del alcance europeo: jugar en la misma liga que los grandes modelos estadounidenses. Su valoración supera ya los 6.000 millones de euros, y no es raro verla aparecer en comparativas técnicas con OpenAI o Google DeepMind. Fundada por antiguos ingenieros de Meta y Google, esta compañía francesa ha puesto a Europa de nuevo en el radar de la innovación. Pero no está sola.
Una startup sueca, una valoración descomunal y una IA que ya genera millones
Un nuevo actor acaba de irrumpir en escena. No llega desde París, sino desde Estocolmo. Se llama Lovable, y no ha necesitado mucho tiempo para llamar la atención. Fundada en 2023, esta startup sueca se ha convertido en uno de los nombres más prometedores del panorama europeo en IA. A finales de noviembre lanzó su producto estrella: una plataforma capaz de construir aplicaciones web completas a partir de una simple instrucción escrita. En apenas seis meses, su CEO, Anton Osika, anunciaba que ya habían alcanzado los 50 millones de ingresos recurrentes anuales. La cifra no solo impresionó a la comunidad tecnológica, también encendió todas las alertas del capital riesgo.
Según publican Financial Times y TechCrunch, Lovable está ultimando una ronda de financiación superior a los 150 millones de dólares, que situaría su valoración cercana a los 2.000 millones. La operación estaría liderada por Accel, con participación de Creandum —que ya había invertido en febrero en una ronda de 15 millones— y firmas como 20VC. No es habitual ver un salto tan brusco en tan poco tiempo, pero en este caso parece que el mercado lo está validando.


La propuesta técnica es ambiciosa: Lovable promete generar el backend, el frontend y la conexión con bases de datos como Supabase sin necesidad de escribir una sola línea de código manualmente. Algunos usuarios ya han puesto a prueba su herramienta de creación web con resultados llamativos. A partir de un prompt bastante simple, de unos 250 caracteres, la plataforma es capaz de generar en pocos segundos una página funcional, pintoresca y con una estructura coherente. Es solo una prueba, y probablemente haría falta bastante más trabajo para tener un producto real, pero el resultado no deja de ser sorprendente.


Esta plataforma funciona con un sistema de créditos —por ejemplo, 25 dólares mensuales dan derecho a 250 créditos— y se presenta como una alternativa accesible para quienes quieren desarrollar productos sin una estructura de ingeniería detrás. Pero Lovable no se ha conformado con eso. Esta misma semana ha anunciado una nueva beta: un agente de IA que va un paso más allá. La idea es que este sistema no solo genere código, sino que sea capaz de entender proyectos ya existentes, editar archivos, depurar errores y asumir tareas de mantenimiento.
Queda por ver si Lovable logrará consolidar su lugar en un terreno tan competitivo como el de la IA generativa. Pero lo que ha conseguido hasta ahora no es menor: en apenas dos años ha construido una herramienta funcional, ha alcanzado cifras que muchas startups tardan años en rozar y ha despertado un interés creciente entre usuarios e inversores. Europa ya estaba dando señales claras de que quería jugar un papel relevante en esta carrera, y la irrupción de Lovable no hace más que reforzar esa tendencia.
Imágenes | Lovable | Captura de pantalla Xataka
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Si la pregunta es cómo evitar que nuestro coche sea un horno, unos expertos alemanes creen que llevamos toda la vida equivocándonos
Playa por la mañana, visita al chiringuito y siesta en la casita alquilada. No suena mal. Uno sale del chiringuito con la tripa llena y el alma embriagada de la dulce sensación de despreocupación que te invade cuando llega el postre y dices “por qué no me iba a comer ese helado de tres bolas”.
Pero al ir al coche, la dura realidad. El sol golpea como nunca. Tocar cualquier cosa dentro del coche es jugarse una visita al hospital con una quemadura de segundo grado y no parece haber manera de bajar la temperatura del interior. “Pero si yo puse el parasol”, dirás. Pero… ay, amigo. ¿Y si lo has puesto mal? ¿Y si lo has hecho todo al revés?
Eso es lo que defienden los expertos alemanes del ADAC, una suerte de RACE alemán famoso por sus estudios de fiabilidad pero que ponen el foco en todo aquello que gira alrededor de nuestros coches. Y su última publicación es un buen ejemplo de ello.
Más “fresquito”
El club de automovilistas ADAC ha publicado un artículo en el que explica qué temperatura alcanza un coche al sol y qué medidas podemos tomar para reducir la temperatura que nos encontraremos en su interior.
Hay que tener en cuenta que la temperatura del habitáculo en un coche no solo es importante por evitar quemaduras al tocar el volante o la palanca de cambios. Según la DGT, conducir en un interior que supere los 30 grados puede tener efectos sobre nuestro organismo similar a conducir bajo los efectos del alcohol.
Por eso, cuando llegamos a un coche que está aparcado al sol es importante intentar rebajar la temperatura lo antes posible. La mejor idea es poner en marcha lo que se viralizó como “el truco japonés”: abrir las ventanas y abanicar el coche con la propia puerta para mover el aire del interior e intentar que salga lo antes posible. Si pones el aire acondicionado, debes jugar con él para lanzarlo a los pies o el techo en función de si estamos o no conduciendo y las ventanillas están o no abiertas.
Pero para facilitar la tarea, es muy importante tomar precauciones antes. Una de ellas es, por supuesto, el parasol. Desde el RACC aseguran que utilizar el parasol puede reducir hasta 11 grados la temperatura interior del vehículo. Llegamos a nuestro destino, pillamos el parasol en la zona superior y nos cercioramos que cubra toda la superficie del parabrisas, cerramos el coche y nos vamos.
¿Seguro?
Lo que dicen los expertos del ADAC esta no es la mejor manera de actuar. Para ello han puesto al sol a cinco Dacia Sandero exactamente iguales y han buscado cuál es la mejor manera de conseguir que la temperatura del habitáculo sea la más baja posible.
En su estudio, el coche que estaba sin protección alcanzó una temperatura interior de 53ºC (benditos 53ºC si los comparamos con las temperaturas que puede alcanzar el interior de nuestro coche al sol en España) y la temperatura más baja se había conseguido cubriendo el coche con una lona que refleja los rayos solares. Evidentemente, esta opción es la menos práctica por el tamaño de la lona que hay que mover en el maletero y por las inconveniencias de ponerla y quitarla. Eso sí, los 43ºC conseguidos en el interior marcaban la diferencia.
La segunda opción menos útil fue poner un paño blanco sobre el coche. En este caso, la temperatura alcanzada fue de 50ºC.
Y aquí llega lo interesante porque es la opción que más utilizamos. Los expertos probaron a poner el parasol dentro del coche, bajo el parabrisas, y fuera del coche, sobre el parabrisas. Y el resultado fue que ponerlo sobre el parabrisas redujo en 4ºC la temperatura respecto a ponerlo bajo el cristal. De hecho, poner el parasol sobre el parabrisas dejó la temperatura en 45ºC, muy cerca de la mejor opción. Al contrario, poner el parabrisas de la manera tradicional dejó la temperatura interior en 49ºC.

“Semigaraje” es la traducción que hace Google sobre ponerle al coche una lona que lo recubra
Lo cierto es que tiene sentido. Cuando el sol actúa directamente sobre el cristal del coche, éste se calienta y actúa de lupa por lo que la temperatura en el habitáculo sube todavía más. Además, el propio cristal emite más calor al interior al estar caliente, por eso no es del todo recomendable comprar un coche con techo solar sin cortinilla si vives en climas especialmente cálidos. En ese caso, el calor del cristal se proyecta sobre las cabezas de los pasajeros.
Poniendo el parabrisas en el interior evitamos que los rayos incidan directamente sobre el cristal y, por tanto, esa capacidad para retener el calor y elevar más la temperatura es inferior. En ese caso, lo que debemos hacer antes de irnos es “pillar” unas cintas del parasol al cerrar las puertas para que el parasol no salga volando.
Foto | Andrew Bone
En Xataka | La mejor manera de utilizar el aire acondicionado en el coche: las claves para luchar contra el calor
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Llevamos décadas enfriando las casas con máquinas cada vez más caras. El método persa no consume un solo vatio desde hace 2.500 años
Durante décadas, el aire acondicionado ha sido la gran respuesta al calor. Cuanto más subían las temperaturas, más potente era la máquina que instalábamos. Sin embargo, hace más de 2.500 años, en una ciudad del desierto iraní, alguien planteó una idea completamente distinta: quizá el problema no era cómo enfriar una casa, sino cómo construirla para que nunca llegara a calentarse demasiado.
El calor tiene un nuevo enemigo. El planeta atraviesa una escalada de temperaturas sin precedentes y los edificios están empezando a pagar la factura. Las fachadas de cristal convierten oficinas y viviendas en auténticos invernaderos, el hormigón acumula calor durante horas y las ciudades irradian por la noche la energía absorbida durante el día.
La consecuencia es una dependencia cada vez mayor del aire acondicionado. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, los sistemas de refrigeración ya consumen alrededor del 20% de toda la electricidad mundial, una cifra que seguirá creciendo a medida que las olas de calor sean más frecuentes.
El rediseño persa. En pleno altiplano iraní se encuentra Yazd, una ciudad donde las temperaturas estivales superan con facilidad los 40 ºC y donde sobrevivir nunca fue una cuestión de comodidad, sino de ingeniería. Allí apareció uno de los sistemas de refrigeración pasiva más sofisticados jamás concebidos: el bâdgir, conocido como captador de viento.
Su planteamiento era radicalmente distinto al actual. En lugar de combatir el calor una vez había entrado en la vivienda, la propia arquitectura se encargaba de capturar el aire fresco, expulsar el caliente y mantener un interior habitable sin consumir electricidad.

Yazd
El “método persa”: una forma de pensar. A primera vista, un bâdgir parece una chimenea alta y decorativa que sobresale de los tejados. En realidad, es un sistema cuidadosamente calculado para aprovechar dos fenómenos naturales.
Por un lado, captura las corrientes de aire que circulan varios metros por encima del suelo y las canaliza hacia el interior. Por otro, incluso cuando apenas sopla viento, actúa como una chimenea solar: el aire caliente asciende por la torre y, al escapar, genera una depresión que atrae aire más fresco hacia el edificio. En muchas viviendas ese flujo pasaba además sobre depósitos subterráneos de agua o canales conectados a los qanats, aumentando todavía más el efecto refrigerante.

Un bâdgir en Yazd
Una ciudad diseñada para el clima. Lo verdaderamente extraordinario de Yazd es que el bâdgir no funcionaba de manera aislada. Formaba parte de un ecosistema arquitectónico donde cada elemento cumplía una función. Los gruesos muros de adobe absorbían lentamente el calor. Los patios interiores creaban microclimas protegidos del sol.
Los qanats transportaban agua subterránea desde las montañas y ayudaban a refrescar el aire. Incluso existían los yakhchal, enormes estructuras capaces de fabricar y conservar hielo durante meses en mitad del desierto. El resultado era una ciudad concebida para trabajar con el clima, no contra él.

Yakhchal en Yazd
Y llegó el aire acondicionado. Durante el siglo XX, gran parte de Oriente Medio y otras regiones cálidas abrazaron modelos arquitectónicos importados que poco tenían que ver con sus condiciones climáticas. El hormigón sustituyó al adobe, las fachadas acristaladas reemplazaron a los muros macizos y las soluciones pasivas fueron cediendo terreno a los sistemas mecánicos.
Muchos bâdgir quedaron abandonados por la falta de mantenimiento, por la entrada de polvo o insectos y, sobre todo, porque el aire acondicionado ofrecía una respuesta inmediata. El problema es que también trasladó el consumo energético al centro de la ecuación y convirtió la refrigeración en una necesidad permanente.


La ironía de Occidente. Mientras muchas torres de viento caían en desuso en Irán, sus principios empezaban a reaparecer discretamente en otros lugares del mundo. Entre finales de los años setenta y mediados de los noventa se instalaron miles de versiones modernas de captadores de viento en edificios públicos británicos. Centros comerciales, hospitales y colegios incorporaron sistemas de ventilación inspirados en aquellos diseños milenarios.
En Estados Unidos, el centro de visitantes del Parque Nacional Zion consiguió reducir drásticamente la necesidad de aire acondicionado gracias a estrategias de refrigeración pasiva basadas en el mismo concepto. Hoy arquitectos e ingenieros recurren a simulaciones por ordenador para optimizar una tecnología que nació hace siglos observando simplemente cómo se movía el viento.
El futuro quizás no está en máquinas más eficientes. La arquitectura contemporánea empieza a asumir una idea que durante décadas quedó relegada a un segundo plano: el edificio también forma parte del sistema de climatización. Normativas recientes en países como Reino Unido priorizan la sombra, la ventilación natural y la reducción de la ganancia solar antes de recurrir a soluciones mecánicas.
Persianas exteriores, lamas, cubiertas vegetales, materiales con alta inercia térmica o patios vuelven a ganar protagonismo. Incluso quienes defienden el uso del aire acondicionado coinciden en que estas medidas pueden reducir de forma notable su consumo energético.
La gran lección: no repetir el mismo error. La historia del método persa y su bâdgir no demuestra que debamos renunciar al aire acondicionado. Demuestra algo mucho más incómodo: durante décadas hemos intentado solucionar el calor añadiendo máquinas a edificios que, en muchos casos, fueron diseñados como si el clima no importara.
Los persas siguieron el camino contrario hace más de dos milenios. Antes de pensar en cómo enfriar una casa, pensaron en cómo construir una que necesitara enfriarse lo menos posible. Quizá la tecnología más revolucionaria para afrontar las próximas olas de calor no sea una máquina nueva, sino recuperar una vieja idea que llevaba siglos esperando en los tejados del desierto.
Imagen | Mohammad Hosseini, Diego Delso, Pastaitaken, Dinkun Chen
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Los restos humanos más antiguos de la Antártida tienen más de 200 años. El problema es que eso no tiene ningún sentido
En 1912, el explorador británico Robert Falcon Scott llegó al Polo Sur convencido de que sería el primero en pisarlo. Allí encontró una sorpresa inesperada: una tienda de campaña con la bandera noruega y una carta de Roald Amundsen demostraban que alguien se le había adelantado más de un mes. La historia de la exploración polar está llena de “primeras veces” que, con el paso del tiempo, han acabado siendo revisadas.
Los restos que no deberían estar. La Antártida nunca ha tenido una población permanente. Cuando los seres humanos llegaron a sus costas, ya era un continente demasiado frío y aislado para ser habitado sin tecnología moderna.
Por eso resulta tan desconcertante que los restos humanos más antiguos encontrados allí pertenezcan a una mujer fallecida entre 1819 y 1825, justo cuando apenas comenzaban las primeras exploraciones documentadas del continente.
Un cráneo semienterrado. El hallazgo se produjo en 1985, cuando el biólogo chileno Daniel Torres Navarro encontró un cráneo parcialmente enterrado en la playa Yámana, en el cabo Shirreff.
Años después aparecieron otros huesos dispersos, entre ellos un fémur, que probablemente pertenecían a la misma persona. Los análisis apuntan a que era una mujer joven, posiblemente de origen chileno, cuya muerte se produjo en algún momento entre 1819 y 1825.
La cronología convierte el hallazgo en un puzzle. El problema no es solo quién era aquella mujer, sino cuándo murió. La primera observación confirmada de la Antártida suele atribuirse a la expedición rusa de Fabian Gottlieb von Bellingshausen en 1820.
Si la datación de los restos es correcta, la mujer vivió exactamente durante el periodo en el que las primeras expediciones apenas empezaban a acercarse al continente. Esa coincidencia temporal hace extremadamente difícil explicar cómo acabó en una de las regiones más inhóspitas del planeta.

La primera expedición rusa a la Antártida (1819-1821)
Las hipótesis y el misterio. Los investigadores manejan varias posibilidades. La primera plantea que pudiera formar parte de un grupo de cazadores de focas del siglo XIX que la abandonó tras su muerte. La segunda propone que falleciera a bordo de un barco, fuera enterrada en el mar (como era habitual entonces) y que las corrientes, junto con aves carroñeras, dispersaran posteriormente sus restos hasta la playa donde fueron encontrados.
Ninguna de estas explicaciones ha podido demostrarse y, cuatro décadas después del descubrimiento, siguen sin aparecer nuevos restos que permitan reconstruir lo sucedido.
La alternativa. Mientras ese enigma sigue abierto, otro estudio invita a revisar otra de las grandes certezas sobre el continente. Investigadores de la Universidad de Otago sostienen que navegantes polinesios, y en particular el explorador Hui Te Rangiora, pudieron alcanzar las aguas antárticas ya en el siglo VII.
La hipótesis se apoya en tradiciones orales maoríes que describen un océano helado, grandes masas de hielo y un paisaje oscuro y cubierto de niebla, descripciones que algunos especialistas consideran compatibles con el océano Austral.
Entre las leyendas y las pruebas arqueológicas. Los autores del estudio dejan claro que estas tradiciones no constituyen una demostración definitiva de que los maoríes llegaran a contemplar la Antártida. Sin embargo, sí cuestionan la idea de que la historia del continente comenzara exclusivamente con las expediciones europeas del siglo XIX y reivindican el papel de las tradiciones indígenas en la reconstrucción de las grandes exploraciones oceánicas.
Si esa interpretación terminara confirmándose, el primer contacto humano con el extremo sur del planeta sería más de mil años anterior a lo que suele aparecer en los libros de historia.
Dos investigaciones que obligan a mirar con otros ojos. Los dos estudios hablan de épocas muy diferentes, pero convergen en una misma conclusión: todavía sabemos sorprendentemente poco sobre los primeros contactos humanos con el continente más aislado de la Tierra. Uno plantea que navegantes polinesios pudieron llegar mucho antes de lo que se creía. El otro recuerda que los restos humanos más antiguos encontrados allí pertenecen a una mujer cuya presencia sigue siendo extraordinariamente difícil de explicar.
Dos siglos después de su muerte, el mayor misterio no es quién era, sino por qué apareció en el único continente donde, sencillamente, nadie esperaba encontrarla.
Imagen | US Embassy, Bourrichon
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