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Las tuneladoras modernas son auténticos monstruos comparadas con las de 1950. Lo paradójico es que son igual de lentas
Cada persona tiene su propio Imperio Romano. Se trata de esos cinco minutos diarios que dedicamos a pensar en lo que nos apasiona, y temas como megaestructuras o tractores absurdamente grandes pueden ser ese “Imperio Romano” personal. Hablando de maquinaria enorme, tenemos las tuneladoras. Cada vez son más grandes y tienen más tecnología, pero no están avanzando al ritmo que, quizá, necesitaríamos para transformar las ciudades.
Porque tras unos años meteóricos, su velocidad parece haberse estancado. Y… tiene sentido.
Inicios desesperantemente lentos. La historia de las tuneladoras es relativamente reciente, ya que es una maquinaria que dependió de los avances tecnológicos en maquinaria. Inspirado por el caparazón craneal de los teredos, que son moluscos con unas fauces capaces de perforar la madera de los barcos, el ingeniero francés Marc Isambard Brunel patentó en 1818 el escudo tunelador. Fue una revolución y, literalmente, un escudo: era una estructura de hierro fundido que protegía a los mineros mientras picaban.
A medida que progresaban, el tramo terminado se reforzaba con ladrillos y hacían avanzar el escudo mediante enormes gatos. No dejaba de ser un trabajo manual, pero el ir protegidos con ese escudo y no “a pecho descubierto” permitió acometer obras tan complejas como la del túnel bajo el Támesis. Y el problema es que esa prototuneladora avanzaba al ritmo del trabajo de los obreros: un metro al día, más o menos.

El escudo de Brunel. En la parte derecha vemos a los operarios picando y haciendo avanzar el escudo desde la parte trasera mientras, por detrás, otro grupo se encarga de colocar los soportes
La electricidad no mejora las cosas. En el desarrollo de las tuneladoras hubo tres momentos clave. El primero fue el de la idea del escudo, el segundo el de la mecanización de la herramienta. A lo largo del XIX y comienzos del XX, diferentes ingenieros intentaron mejorar la fórmula de Brunel añadiendo dispositivos de corte a la cabeza del escudo.
Se probaron varias ideas como taladros y discos de corte que se montaban en brazos o en una placa giratoria frontal. Esa mecanización se logró gracias a sistemas neumáticos, al vapor y, posteriormente, a la electricidad. Estaba claro que eran más seguras para los operarios gracias a esa automatización, pero el ritmo de perforación, aunque se había doblado respecto al ritmo manual, seguía siendo lento.
Las ciudades tenían hambre de túneles para sus redes ferroviarias y canales, pero el avance de las máquinas a vapor era de uno a dos metros diarios… y las eléctricas avanzaban entre dos y cinco metros al día. El colmo es que tenían problemas de fiabilidad y los operarios tenían que realizar el sostenimiento del túnel de forma tradicional.
Mediados de siglo a toda mecha. Además de los problemas técnicos, las tuneladoras seguían teniendo problemas con la roca dura. Los operarios necesitaban recurrir a la voladura, lo que hacía todo más lento y peligroso, pero en la década de los 50, al estadounidense James S. Robbins se le ocurrió algo que revolucionó el panorama: una cabeza giratoria que mezclaba los avances anteriores.
La tuneladora de la presa Oahe fue la primera tuneladora moderna y tenía una cabeza giratoria que equipaba cortadores de arrastre y discos. El tándem permitía trabajar en terrenos más duros de forma continua y, además, suponía la culminación de la idea de Brunel: la cabeza perforaba y el escudo protegía a los operarios que iban colocando el revestimiento del túnel a medida que el conjunto avanzaba. También era más seguro para esos operarios y los avances dieron paso a velocidades máximas de unos 200 metros a la semana, según el terreno.

La cabeza de la tuneladora de Oahe, la primera tuneladora moderna
Estancamiento. En medio siglo, la velocidad se había multiplicado por diez en el mejor de los casos, pero los avances del siglo XXI fueron por otros derroteros. Las máquinas continuaron evolucionando y perfeccionando la idea de ese ‘morro’ híbrido de Robbins. También se hicieron más grandes, eficientes, seguras y con sistemas automatizados a la hora de colocar los refuerzos. Pero pese a todas las mejoras, la velocidad no se multiplicó como en las décadas pasadas. Se dobló, pero hay un problema: esta velocidad es la teórica, no la real.

Fauces de la parte frontal de una tuneladora con cabeza en forma de doble ‘o’
Llega The Boring Company. Ahí entra Elon Musk en escena con su The Boring Company (un juego interesante, ya que Boring Machine es “máquina aburrida”, pero también es como se conoce a las tuneladoras). El empresario tenía el proyecto de Hyperloop, lo que daba sentido a que tuviese una empresa de tuneladoras, y el objetivo era aumentar drásticamente la velocidad de excavación.
¿Su objetivo? Superar la velocidad de 140 metros diarios de un caracol, 980 a la semana. Prufrock es su gran apuesta con, una velocidad prometida de más de 1.600 metros semanales y un objetivo de 80.000 metros semanales. Es un objetivo que parece utópico, pero su idea es que las máquinas trabajen sin detenerse para mantenimiento ni para instalar el revestimiento. En lugar de instalar los tradicionales rieles de transporte de segmentos de revestimiento, la máquina es más autónoma y se elimina ese tiempo de instalación de rieles para transportar los segmentos del revestimiento del túnel.

La idea de The Boring Machine es soltar la tuneladora, que empiece a excavar de forma ininterrumpida y vuelva a la superficie. Es buena, pero en terrenos urbanos y suelo poco estable, es más utópica
Realmente no es novedoso porque hay otras máquinas que lo hacen, pero en terrenos blandos, trabajar sin revestimiento puede ser peligroso. En proyectos actuales, como la Línea 2 del Metro de Lima, la velocidad ronda los 15 metros al día y todo tiene que ver porque el terreno es complejo y urbano. Hay muchos factores a tener en cuenta al hablar de la velocidad de estas máquinas, vaya.

La Prufrock
¿Y si la carrera ya no es la de la velocidad? Dejando a un lado los objetivos de The Boring Company, puede que el problema es que queremos máquinas más rápidas cuando los avances se están haciendo en un área más importante: la seguridad. Porque, aunque las máquinas ahora son más capaces y su velocidad se ha incrementado ligeramente, ese aparente estancamiento puede responder a un cambio de objetivo.
La velocidad de las máquinas está condicionada por la geología, por la logística de evacuación de escombros, por el montaje de revestimiento y por la seguridad de todos los que están trabajando dentro del túnel recién excavado. Podrían ir más rápido, pero se prioriza la precisión y la seguridad sobre la velocidad máxima. Y un ejemplo es China.
China y prioridades. El gigante asiático es sinónimo de inversión en tuneladoras con maquinaria descomunal que sea capaz de seguir el ritmo de los planes sobre infraestructuras en el país. Combinando máquinas enormes y potentes con técnicas más clásicas como la voladura, China está acometiendo obras de una gran dificultad, y lo hace con máquinas cuyo mayor avance no es la velocidad, sino la sostenibilidad y la seguridad.
Como decíamos, este es un elemento crucial y, por ejemplo, una de sus últimas tuneladoras es capaz de detectar las condiciones del terreno 40 metros por delante para tomar decisiones autónomas. También están investigando formas de optimizar el uso de energía y reducir las emisiones para que sean más sostenibles.
Por tanto, puede que la velocidad de las tuneladoras no aumente de forma tan sorprendente como lo visto hace unas décadas, pero están avanzando rápidamente en otra dirección. ¿Podrían ser más rápidas? Sí, pero da la sensación de que no quieren por un cambio en las prioridades.
Imágenes | TRJN, TBM, Robbins, Tambo
En Xataka | Inglaterra e Irlanda quisieron crear el túnel más largo del mundo. Uno “estúpido” y “adelantado a su tiempo”
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El ciudadano quiere un tren que pase a su hora y no se averíe
Con el Gobierno tratando de impulsar los viajes en tren los servicios de Cercanías, media distancia convencional y larga distancia de alta velocidad perdieron viajeros. Eso es lo que nos dice el informe de la CNMC, que tiene disponible su informe anual sobre cómo le van a nuestros trenes.
A la baja. Eso es lo que dicen los datos de la CNMC en cuyo informe se especifican algunos detalles sobre el uso del tren a lo largo de todo el año 2025. Según estos datos, el número de viajeros cayó el año pasado frente a 2024 en todo tipo de conexiones y tipo de viajes ofrecidas por Renfe como operador de servicio público:
- Cercanías: bajada del 0,4%. Empate técnico.
- Media y larga distancia convencional: caída del 10,8% respecto a 2024. Bajada en la ocupación del 67,9% en 2024 al 60,2%.
- Media distancia de alta velocidad: bajada del 0,7% pero con una ocupación del 77,5% respecto al 79,3% de ocupación del 2024.
Competencia. Si nos atenemos a los datos donde sí hay competencia, el uso del tren ha subido. Y es que en la larga distancia de alta velocidad donde las vías están liberalizadas, el número de viajeros creció un 12,2%. El Madrid-Sevilla (+18,7%) y el Madrid-Málaga (+14,1%) fueron los corredores que más viajeros subieron al tren respecto a 2024.
Estas cifras tienen sentido si tenemos en cuenta que Ouigo ha estado dedicando más recursos a Andalucía en la segunda mitad del año. También, de hecho, explica que los pasajeros en el Madrid-Barcelona cayeran un 1,7%, el único corredor que redujo el número de viajeros en 2024.
Puntuales y fiables. Los datos confirman que, sin competencia, subirse o no al tren depende en gran medida de lo fiable y puntual que sea el tren. César Franco, ingeniero y expresidente del Consejo General de Ingenieros Industriales, nos apuntaba hace unos días que “el ciudadano prefiere un tren convencional que pase a su hora y que no se averíe, antes que una estación monumental semivacía (…) Si la respuesta es que vamos a gastar cientos de millones para que circulen tres trenes al día, estamos cometiendo un error económico”
El año pasado, Renfe publicaba su primer informe de puntualidad. Según los datos recogidos entonces, la media distancia acumulaba retrasos medios de 15,4 minutos. A final de año, el portal donde Renfe ofrece sus datos sobre la puntualidad recogía que sólo el 59,4% de los trenes de media distancia llega puntual o con un retraso inferior a cinco minutos. El 19,4% de los trenes sufrieron retrasos por encima de los 10 minutos.
¿Y 2026? En 2026 veremos, muy probablemente, datos mucho peores que en 2025. Hay que tener en cuenta que el accidente de Adamuz (en el que un tren Avant de Renfe descarriló y chocó contra un tren de Iryo que viajaba en sentido contrario) cerró parte del corredor andaluz durante semanas y derivó en una cascada de retrasos en todas las líneas, sometidas a un intenso escrutinio y la decisión de algunos maquinistas de reducir la velocidad.
De hecho, según los datos del portal de Renfe, el 28,8% de los trenes de larga distancia y alta velocidad de Renfe han llegado con retraso en los primeros cinco meses del año (mayo es el último mes con datos consolidados) y el 11,7% se ha retrasado más de 30 minutos.
Una oportunidad. Perder la fiabilidad en la red de trenes española es, también, perder la ocasión de priorizar un sistema de transporte más eficiente y menos contaminante. De hecho, permite reducir la presión en las grandes ciudad, como está sucediendo con los trabajadores de Madrid que viven en Valladolid.
Salvador Galve, presidente de la Comisión del Ferrocarril del Consejo de Colegios de Ingenieros Industriales, aseguraba hace unos días en el Senado que “cuando yo de Zaragoza voy a Barcelona y tengo una reunión, voy en coche. Cuando voy a Madrid intento ir en tren porque suele llegar, pero la mayoría de directivos que van de Zaragoza van en coche porque no saben cuándo van a llegar”.
Y es que contar con las frecuencias necesarias y la fiabilidad mínima exigida en los trenes de media y larga distancia de vía convencional y alta velocidad es clave para miles de personas que necesitan coger el tren para, por ejemplo, ir al médico a una gran ciudad y volver a su lugar de residencia en el mismo día, con la tranquilidad de que van a llegar y volver a la hora esperada. Sin sobresaltos.
Foto | Nelso Silva
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los niños ya no juegan
Antes de que existieran los carritos de Amazon y los vídeos de unboxing, muchas infancias se construyeron pegadas al cristal. Un sábado cualquiera, los chiquillos se amontonaban frente al escaparate de la juguetería, con la nariz dejando vaho en la luna, absortos en esa pista de Scalextric, la Nancy de nuevo vestido o el castillo de plástico que quizá llegaría en Reyes. Luces de bombilla, catálogo doblado en el bolsillo y la mirada de intentar memorizar detalles que luego tocará explicar a los padres. O escribirlo en la carta.
Durante décadas, el tablero (que no el tablao) de sueños malagueño tenía nombre propio: entrar en Juguetes Carrión era casi un rito de paso para muchas familias. A mediados de abril de 2026 bajaron la persiana de su última tienda. “Los niños ya no juegan, el sector ya no es rentable”, esgrime el gerente de la firma, Arturo García Carrión. Como se puede ver desde su web, ya no hay venta al público.
De aceitunas a juguetes. Lo más alucinante de esta historia empieza por el principio: La historia no nace como juguetería. En 1953, Francisco Carrión Ruiz, creador de Aceitunas Carrión, compra un local en la calle Compañía. Lo llama Almacenes Carrión. Vende confección, perfumería, mercería. Y también juguetes. Lo conozco bien porque en mi pueblo, Quintanar de la Orden, hubo un enclave de Aceites Carrión que alimentó a varias familias durante toda una vida.
Porque vaya que si les fue bien. Los juguetes pasaron a ser el centro neurálgico del negocio. Durante los 80 abrieron tiendas en Mártires, Alarcón Luján, Santa Lucía y Mármoles. El almacén mayor se fijó en la calle Bodegueros, paralela a la arteria de El Gallo, en el polígono industrial Ronda Exterior. No pocos malagueños recuerdan esta nave llena de cajas. La segunda generación, con María Dolores Carrión Martín, convirtió la empresa en cadena. En los 90 llegó a tener casi 30 tiendas repartidas por toda Andalucía, incluidas en centros comerciales, donde cada diciembre se vestían con sus árboles navideños.
25 tiendas y una marca mítica. A la marca de juguetes matriz se sumó Don Dino, la enseña que agrupa a otros asociados independientes, y acabó extendiéndose por toda España. Hace una década, el negocio familiar llegó a contar con 25 tiendas propias y hasta 45 franquicias bajo la enseña Don Dino. En la práctica, la red cubría buena parte de Andalucía oriental, con locales propios en Málaga, Granada y Jaén.
Hace poco más de dos meses, el mapa ya era mucho más exiguo: tan solo quedaban las tres tiendas de la calle Nueva, Juan Sebastián Elcano y Motril. También el almacén de Bodegueros, que ya estaba centrado en la reconversión digital, sirviendo los pedidos de la web y funcionando como outlet. El réquiem comenzó con la tienda de la avenida de Velázquez, después le siguió la de Teatinos, y así hasta que la tercera generación decidió que no había manera de cuadrar los números. “Lo hemos intentado de todas las formas posibles”, decían.
“Los niños ya no juegan”. “No podemos seguir perdiendo dinero, no es rentable”, decía García Carrión hace unos meses. Los hábitos de consumo han cambiado: más tiempo con pantallas, menos con juguetes físicos —herencia e influencia directa de los propios hábitos de consumo de los padres—. Y la feroz competencia llega de todas partes. De los hipermercados, que venden juguetes a gran escala a plataformas como Temu y AliExpress que incluso seguirán haciendo ruido pese a los nuevos aranceles, esa “tasa Shein” de 3 euros más IVA por cada venta a distancia B2C enviada fuera de la UE que ya aplica a todas las importaciones de compras inferiores o iguales a 150 euros.
Las tiendas de calle sufren la tormenta perfecta porque, con márgenes mínimos, alquileres crecientes y costes fijos que no se pueden recortar sin vaciar la tienda, no queda otra que irse a otra parte, como le pasó a Tobarix. Y los clientes que comparamos precios con el móvil tampoco tenemos argumentos para bajar al centro. Salvo cuando recordamos que un trato humano y una selección y recomendación profesional siempre valdrá más que el propio precio del producto que queramos regalar.
El mapa que se encoge sin parar. El cierre de Carrión es solo otro ejemplo de la muerte de un sector entero. O en retirada, al menos: entre 2019 y 2023, España pasó de 1.340 tiendas especialistas a 1.160. Son 180 jugueterías menos en cuatro años. La cifra ha seguido bajando, como los índices de natalidad del país.
Han caído cadenas icónicas como Imaginarium, la marca que sirvió de puerta de entrada para mis hijos. Echó el cierre tras 32 años funcionando. Poly Juguetes también desapareció. Juguettos fue quien compró sus marcas y nueve de sus locales, y ya está trabajando en una reestructuración para cerrar el año con unas 200 tiendas operativas. A finales de 2025 se hablaba de 44 asociados, 700 personas en plantilla y el objetivo de llegar a 100 millones en 2026, tras su alianza con Eurekakids. Eso sí, aunque los juguetes siguen siendo el corazón del negocio, ni de lejos son algo excluyente.
¿Cuáles quedan? Juguettos y Toy Planet concentran la mitad de las jugueterías especializadas que quedan en España. Detrás siguen redes como Don Dino —con su sede en Carballo (A Coruña) y enlace en Aldaya (Valencia)—, Drim o Juguetilandia. Todas pelean en un mercado que flaquea poco a poco. La muerte de la venta de videojuegos en caja física también golpeará en los tobillos a esta silla que son los comercios de escaparate. Lego lo resume con un dato tan sencillo como que, en España, su “socio minorista número uno” es Amazon, que le crece un 25% anual. El canal online global creció un 30% y el de tiendas se redujo en una cifra equivalente.
Ante esta carestía de opciones, no desaparecen solo unos cuantos metros de estantería, se pierden también esos espacios donde las criaturas tocan, prueban y piden sin pasar por una app. Málaga se ha quedado en semanas sin dos míticas como son Carrión y la Confitería Aparicio de Caldedería. Pero el problema de fondo es ese, dos puertas menos donde entrar y dos ritos de infancia que se sustituyen por la ironía de grandes superficies y un menú de alternativas más estrecho. Al problema de la rentabilidad se suma otro de un país cuyo núcleo de conversación se desplaza a las plataformas tematizadas, muchas sin caja ni cajero.
Imágenes | Almacenes Carrión de la calle Compañía (enero, 1970); Fondo Bienvenido-Arenas, AF-UMA. / Málaga Hoy
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la máquina de hacer helados que mi “yo” de siete años siempre quiso tener en casa
“Haaaaaaaacer helados, en la heladera Famoplay, soooon buenísimos, de fresa, chocolate y vainillaaaaaa”. Tengo pocos recuerdos de mi infancia (para mi desgracia), pero recuerdo ese anuncio del año 2001 como si lo hubieran emitido en plena pausa del Mundial hace unos días. Recuerdo a ese Jose de siete tiernos años pegado a la Sony negra de tubo en la salita de sus padres, pensando, goloso, en lo guay que sería tener su propia heladera en casa. Nunca pasó.
Hoy, 25 años después, el Jose de 32 años que peina canas y se casa en unos meses ha podido probar una heladera. Una que, sorpresa, deja a la heladera Famoplay a la altura del betún. Porque la Ninja CREAMi Scoop & Swirl tiene poco de juguete. Es uno de esos electrodomésticos que nadie necesita, que la mayoría solo va a usar unos meses al año (un helado en diciembre siempre entra, he dicho), que es un capricho como la copa de un pino, pero que es una verdadera maravilla.
Hoy, el Jose de siete años sonríe.
✅ Cómpralos si…
- Tienes la paciencia suficiente para esperar un día para comerte el helado.
- Tienes peques y buscas una actividad culinaria para hacer juntos.
- Tienes espacio en casa y 350 euros que no necesitas.
❌ No lo compres si…
- Quieres hacerte un helado al momento y desde cero.
- Tienes una cocina pequeña o espacio limitado.
- Quieres un dispositivo silencioso.
Lo esencial en 30 segundos
La Ninja CREAMi Scoop & Swirl es como la Ninja CREAMi, pero con un sistema de dispensación similar al que encontrarías en una tienda de yogures helados. Además, tiene más programas pensados para recetas de helados suaves. La idea y el funcionamiento, no obstante, son idénticos: haces la receta, la vuelcas en una tarrina, la congelas y la procesas en la máquina. En una Ninja Creami normal te comes el helado de la tarrina y en la Scoop and Swirl tienes más opciones.
La gracia del modelo que nos ocupa es la palanca. Si haces helado suave o yogur helado, puedes poner la tarrina en un extrusor que, tirando de la palanca hacia abajo, permite extraerlo por una boquilla y verter el producto en un cucurucho o una tarrina.
La máquina funciona de verdadero miedo, tanto que es complicado, por no decir imposible, sacarle pegas. El único “pero” que se le puede sacar es que es grande (aunque no por ello pesada) y ruidosa con avaricia. Por lo demás, el rendimiento es excepcional y ha dado la talla en todas y cada una de las recetas que he hecho estas semanas.
Ninja CREAMi Scoop & Swirl La heladera con 2 tarrinas y 13 funciones prepara helados, helados cremosos, gelatos, batidos y más, y cuenta con la opción de añadir extras, piedra/dorado, NC701EUSTGD
El precio podría variar. Obtenemos comisión por estos enlaces
Nuestra experiencia con la Ninja CREAMi Scoop & Swirl

Imagen | Xataka
Cómo funciona. A diferencia de las heladeras, que enfrían y baten al mismo tiempo, la Ninja Creami procesa bloques sólidos ya preparados en una tarrina. Por eso es “pequeña”, porque no necesita compresor. Tiene una cuchilla bautizada como Creamerizer que, grosso modo, se desplaza hacia abajo y “raspa” y “peina” el producto congelado. La técnica es parecida a la que se sigue para hacer granizados, solo que variando la velocidad de rotación, profundidad y frecuencia de bajada (de ahí los diferentes modos) se pueden conseguir diferentes texturas. Es el motivo, también, por el que hace ruido, mucho ruido, no apto para hacerse un heladito a la hora de la siesta.
En este vídeo podéis escuchar el ruido que hace.
¿Hacemos helado? Esa es la pregunta que hay que hacerse antes de nada. Entender la máquina como un sistema mágico que hace helados es un error. Requiere cierta planificación y paciencia, ya que las tarrinas deben congelarse durante al menos un día. No es tanto “voy a comerme un helado”, sino “voy a prepararme el helado que me quiero comer mañana”. En las fotos estáis viendo una tarrina de açaí que preparé el día de antes.
Necesitas otra máquina. Una batidora, concretamente. Aunque pueda parecerlo, la Ninja Creami no es una batidora. No bate. Mezcla ingredientes duros en preparados ya procesados, pero no bate. Lo ideal es que las recetas las hagas en una batidora para, luego, volcarlas en la tarrina. Un minipunto negativo es que las tarrinas son pequeñas, de 480 ml cada una, así que si haces helados para cuatro mejor preparar dos tarrinas y ser precavido.
Las recetas. La máquina incluye un librito con algunas recetas de diferentes tipos (no está en español, como apunte) para probar todos los modos, y TikTok está lleno de ideas. En cualquier caso, a la larga yo he acabado usando solo dos modos: ice cream para los helados y frozen yoghurt para mis preparados de açaí. En cuanto a las recetas, te puedes poner tan exquisito como quieras. Dependerá de lo profunda que sea tu despensa y las ganas que tengas de comprar productos que vas a usar esporádicamente.
- Si no te quieres complicar la vida, toma nota: 100 ml de nata para montar (mínimo 35% MG), 200 ml de leche entera, 70 gramos de azúcar en polvo, dos cucharadas soperas bien llenas de cacao puro en polvo y una cucharadita de extracto de vainilla. Ahí tienes un helado de chocolate super simple. Si no gusta el chocolate, cámbialo por dos cucharadas soperas de extracto de vainilla y tendrás helado de vainilla.

Preparado de açaí casero | Imagen: Xataka
¿Cómo salen los helados? En pocas palabras, y asumiendo que no la líes con la receta, salen espectaculares. La textura y el sabor son brutales. No voy a decir que sustituyan a los de una buena heladería, pero a mí, que me encanta el helado, me hacen pensar si volvería a comprar tarrinas industriales. Ya no solo porque el helado a secas salga bien, sino porque, una vez procesada la tarrina, puedes echarle trozos de galleta, por ejemplo, y mezclarlo usando la función “Mix-in”. Una maravilla, no puedo decir nada más.
- Entiendo que esto es algo que depende mucho de las recetas, de los materiales usados, del procesado, etc. Hay un componente (simpático, en mi opinión) de ensayo y error y de encontrar mezclas que funcionen. La cocina es un arte y es mejor no frustrarse cuando algo no sale bien. Mi primer helado, que lo hice con ciruelas, fue un desastre monumental.

Nah, de locos la textura | Imagen: Xataka
La gracia de la palanca. Con ciertas texturas, como la de frozen yoghurt, puedes usar la palanca para extruir el helado en un bol o en un cono. Para ello, se coloca la tarrina en el hueco dispuesto a tales efectos con una tapa especial (que es, básicamente, un tope que la máquina empuja hacia delante). Funciona bien, pero es posible que no lo haga a la primera porque la textura sea más sólida de la cuenta. A mí me ha pasado alguna vez con el açaí. En ese caso, normalmente lo he solucionado dándole una segunda pasada con la función “Re-spin”.
La limpieza. La máquina tiene bastantes piezas, no solo las tarrinas, que hay que limpiar cada vez que hacemos una receta. Las tapas y las cuchillas son muy proclives a desaparecer en un momento de despiste, por lo que recomiendo guardarlos bien y tener cuidado. El lavado conviene que sea concienzudo, algo que no siempre es fácil en algunos recovecos de las tarrinas y las tapas.
Ninja CREAMi Scoop & Swirl, la opinión de Xataka

Imagen | Xataka
La Ninja CREAMi Scoop & Swirl es una fantasía. Quitando las cosillas propias de este tipo de máquinas, a saber su tamaño, volumen y el ruido que hace, es de esos pequeños electrodomésticos que cumplen con las expectativas. Los helados y demás preparados salen, sencillamente, bien. Dependerá de las recetas y de cómo procesemos los alimentos, pero mi experiencia ha sido sensacional. Si tengo que sacar pegas, diría dos: el ruido y que las tarrinas sean de plástico.
No es, eso sí, un dispositivo indispensable como tampoco lo son un hervidor de agua o una freidora de aire. No es para todo el mundo ni todo el mundo le va a sacar provecho. Y eso está bien. ¿Es un capricho? Sin lugar a dudas. ¿Es una máquina que funciona bien y que, si tienes peques, va a ser la estrella del verano? También.
¿Te la recomiendo?
Aquí la cosa es sencilla: lo más probable es que no la necesites. Son 350 euros que siempre, pero en verano más, vienen estupendamente. No es un dispositivo barato y no lo puedes meter en cualquier sitio. Piensa, también, en si la vas a usar de verdad o si, por el contrario, las vas a usar igual que la yogurtera que tienes en una caja en el trastero. Ahora bien, si tienes ganas de hacer tu propio helado, te gusta la cocina, tienes espacio y, como a mí, te gusta liar algún enredo en la cocina siempre que puedes, adelante, porque funciona de verdadero miedo. Y si tienes niños, es una actividad super chula para hacer en familia.
Imágenes | Xataka
Este dispositivo ha sido cedido para prueba por parte de Ninja. Puedes consultar cómo hacemos las reviews en Xataka y nuestra política de relaciones con empresas.
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