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la industria no está lista para TikTok
En abril de 2024, varios técnicos del servicio estadístico del Departamento de Agricultura de EEUU arquearon la ceja a la vez: las ventas del queso cottage se habían disparado de forma tan descomunal que, evidentemente, solo podía tratarse de un error. Así que, como dicta el protocolo en estos casos, levantaron el teléfono y se pusieron a llamar, uno por uno, a todos los productores. No era un error.
Dos años después, esa misma “ola” llega a una fábrica de Vilalba, en Lugo. Allí, Entrepinares (el mayor fabricante de queso de España) está a punto de gastarse más de 20 millones de euros para convertirse también en el rey español del queso cottage. ¿Qué está pasando? ¿Cómo es posible que en la tierra del cabrales, el manchego y el maó esté triunfando esa cosa plana, insulsa y amorfa llamada cottage?
Pero empecemos por el lineal de Mercadona… porque ahí encontramos muchas de las respuestas. Como digo, Entrepinares destinará más de 20 millones para producir, en su planta de Vilalba, unos siete millones de kilos de este producto. El cambio para la compañía es mayor del que parece porque, pese a ser la mayor quesería de España, no produce queso fresco.
España no ha sido nunca un sitio muy dado al queso fresco. No es que no haya (desde el requesón al mató o el ‘queso de Burgos’), pero las condiciones de conservación complicaron su popularidad.
Tal es la situación que, durante todos estos años, Mercadona no ha sido capaz de encontrar un proveedor nacional para su queso. Esto ha hecho que haya habido varios cambios de proveedor y que el producto se agote con una frecuencia bastante llamativa. No era un problema grande mientras la demanda era pequeña y controlable; pero ahora la situación ha cambiado.
¿Qué ha pasado con el queso cottage? Para despistados: hablamos de una cuajada granulosa y sin prensar que contiene unos 12 gramos de proteína por cada 100 y apenas un 4% de grasas. En realidad, si queremos entender bien qué ha pasado, tenemos que pensarlo más que como un queso… como un “suplemento proteico” que está hecho con leche.
Por eso no tenía ningún éxito: no existía el “hueco cultural” hasta que la fiebre de las proteínas lo fabricó. Y vaya si lo ha fabricado: el consumo de cottage en España creció un 61% en 2025, siete veces más que el queso fresco, según NIQ.
¿Un 61%? Suena mucho (muchísimo) y lo es, pero tiene algo de truco. Al fin y al cabo, el queso cottage partía casi desde cero. El cottage sigue siendo casi anecdótico en el conjunto del mercado del queso español. Sin embargo, el patrón de crecimiento es global e incluso en mercados mucho más maduros (como EEUU o el Reino Unido) el crecimiento ronda entre un 20% y el +41,9%.
La duda que tiene todo el mundo es la misma: ¿moda o categoría fija? Y ahí las opiniones son variadas. Mientras analistas como John Crawford sostienen que no es algo pasajero (dos años creciendo a doble dígito en valor y volumen no son una moda) otros como Mike McCully son más cautos (y “creen que el auge llega tras dos décadas de declive debido a TikTok”, lo que invita a pensar que puede irse tan rápido como vino).
Sea como sea, lo que está claro es que esta historia va más allá del queso. Va de cómo nuestros sistemas alimentarios están sufriendo (y van a sufrir) presiones por parte de ‘estados de opinión’ extremadamente volátiles. Va, sobre todo, de que no estamos preparados para ello (y estarlo nos costará mucho dinero).
Imagen | Caroline Roose
En Xataka | Hay una marca devorando la industria del queso en España gracias a Mercadona: Entrepinares
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¿Por qué solo hay mujeres?
Hace poco más de una década en una cueva de Sudáfrica descubrimos a un pariente lejano del homo sapiens: el Homo naledi, uno de los homínidos más enigmáticos de la evolución. Su cuerpo tenía una forma curiosa desde el punto de vista de la paleontología: la cabeza y los hombros eran similares a los Australopithecus, pero manos, pies y cara se daban un aire al género Homo. Su cerebro era además aproximadamente un tercio del nuestro.
Algo que llamó la atención desde el principio fue lo homogéneos que eran entre sí los esqueletos encontrados en el sistema de cuevas Rising Star. Quizás, demasiado. Así que asumieron lo habitual: que había machos y hembras y que los esqueletos más grandes correspondían a los machos. Estaban equivocados.
El hallazgo. Esa suposición nunca se verificó a escala molecular, algo que ahora sí que se ha hecho: por primera vez un equipo ha analizado sus dientes. Más concretamente, el esmalte de 23 dientes de al menos 20 ejemplares. Lo que les interesaba era buscar la proteína Amelogenina-Y, que solo existe en los machos ya que está codificada en el cromosoma Y. No la encontraron. ¿Qué quiere decir eso? Que todos los especímenes analizados eran biológicamente femeninos.
Por qué es importante. Porque este análisis es el de mayor escala realizada sobre una población de homínidos extinto y sugiere que Rising Star es el primer yacimiento de enterramiento exclusivamente femenino creado por una especie que no era Homo sapiens. O sea, que cientos de miles de años antes de lo que pensábamos ya existían rituales funerarios.
Y además resuelve uno de los enigmas del homo naledi: por qué se parecen tanto entre sí a nivel morfológico. Pues porque lo que parecía una característica biológica de la especie es simplemente el resultado de que todos los individuos conocidos pertenecen a un único sexo.
Contexto. El naledi ha sido una especie controvertida para la paleontología desde el principio. Cuando se descubrió en 2015, los investigadores ya señalaron que era la especie de homínido antiguo con menor diferencia de tamaño entre sus individuos adultos jamás encontrada. Ahora sabemos el por qué.
El esmalte dental es el tejido más duro del cuerpo, tanto que protege las proteínas de la degradación ambiental una eternidad. Por esta razón, la técnica se ha usado en restos que tienen hasta dos millones de años de antigüedad: los fósiles de H. naledi “solo” tienen entre 241.000 y 335.000 años, así que están dentro de ese rango analizable.
En detalle. Para validar los resultados y descartar errores internos, el análisis se realizó en dos laboratorios de forma independiente y además el equipo de la Universidad de York analizó los aminoácidos para descartar que las proteínas fueran producto de la contaminación. Lee Berger, uno de los autores del estudio, sostiene que si los adultos vivían separados por sexos, esperaríamos encontrar al menos bebés masculinos en la cueva, pero no fue el caso. Más que una casualidad, apunta a que esa segregación era una práctica mortuoria.
El paper explica también que el Homo naledi tiene un aminoácido único nunca visto en otros homínidos y que comparte una característica en una proteína de los huesos con el Paranthropus robustus, lo que ayuda a contextualizar a ambas especies en el árbol de la evolución.
Sí, pero. El estudio recoge una posibilidad a tener en cuenta: que la ausencia de marcador masculino se deba a una mutación o desaparición del gen a lo largo de la evolución, lo que haría que machos biológicos resultaran indistinguibles de hembras con esta técnica. Elizabeth Sawchuk, conservadora de evolución humana en el Cleveland Museum of Natural History y ajena al estudio, lo resume: “es un resultado extraño en una especie que ya era de por sí extraña”. La interpretación más espectacular, que H. naledi enterraba a sus muertos separados por sexo, es también la más difícil de probar.
En Xataka | 77 esqueletos, una sola cabeza: el misterio de la fosa común de Eslovaquia que atormenta a los arqueólogos
Portada | Rising Star Program (Hawks et al., eLife (2017))
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Seguimos encontrando explicaciones a la crisis de fertilidad en los sitios más insospechados, como la alergia a los perros
Una mujer lituana de 29 años estaba desesperada ante sus problemas para concebir. Tras intentarlo de forma natural sin ningún resultado, su pareja y ella acudieron a una clínica de reproducción asistida, donde se sometió a dos tratamientos de fecundación in vitro (FIV). Ambos fracasaron. Las pruebas anatómicas y bioquímicas mostraban que, aparentemente, no debía tener problemas para quedarse embarazada. Pero no lo conseguía. Tras pasar por muchos especialistas, un alergólogo dio con la clave. La mujer era alérgica al semen de su pareja. Y quizás también al de cualquier ser humano.
Muchas alergias. Según cuentan en un reporte de caso publicado en 2024 por algunos de los médicos que la atendieron, la mujer tenía un amplio historial de asma y alergias. Hacía mucho tiempo que había manifestado alergia al moho, el polvo y los gatos. Sin embargo, una serie de pruebas más recientes había apuntado también a la sensibilidad frente a los ácaros, el polen de varias plantas y algunas proteínas de los insectos y los perros. Destacaba sobre todo su alergia a la proteína alérgeno 5 de Canis familiaris (Can f 5). Se trata de una proteína que está en la caspa y la orina de los perros y es responsable de buena parte de las alergias a estos animales de compañía. Pero hay algo más. Resulta que en el semen humano hay proteínas que se parecen mucho a Can f 5.
La mujer reconoció que, después de tener relaciones sexuales sin protección, solía experimentar síntomas como estornudos y congestión nasal, por lo que todo cuadraba. Posiblemente, su cuerpo estaba reaccionando frente a algunas proteínas del semen, impidiendo que se quedase embarazada.
La prueba definitiva. Tras llegar a esta sospecha, su alergólogo decidió someterla a una nueva prueba. En ella, se expuso de forma controlada al semen de su pareja, con un resultado claramente positivo. Era alérgica al plasma seminal humano. Es decir, a la parte líquida del semen. Esto es algo raro, pero no excepcional. Se conocen 80 casos en todo el mundo y es cierto que pueden relacionarse con infertilidad.
Las causas de la infertilidad. Las alergias son, a grandes rasgos, reacciones equivocadas del sistema inmunitario. Confunde proteínas totalmente inocuas, como algunas de la caspa de los perros, con agente patógenos, y reacciona frente a ellas como si se tratase de una bacteria potencialmente dañina, por ejemplo. Esa reacción genera una gran inflamación; que, en este caso, podría afectar también a los órganos reproductivos, impidiendo el embarazo.
Aunque hay algo que no cuadra. Los tratamientos de FIV consisten en poner los óvulos y los espermatozoides en contacto en el laboratorio para obtener el embrión, que después se transfiere a la madre. Por lo tanto, ella no está en contacto con el semen, sino con el embrión ya formado. A pesar de este fleco suelto, los médicos decidieron probar con alguno de los tratamientos habituales.

La mujer solía estornudar después de tener relaciones sexuales
El tratamiento. Generalmente, estas alergias se tratan como cualquier otra: con una exposición gradual a concentraciones crecientes del alérgeno, que en este caso sería el semen de su pareja. El problema es que este tratamiento no está disponible en Lituania. Por eso, se le pautaron a la mujer antihistamínicos para que los tomara justo antes de tener relaciones. Así, evitaría una reacción exagerada de su organismo frente a las proteínas del semen.
No hubo un final feliz. Lamentablemente, cuando la mujer acudió a revisión tres años después, seguía sin quedarse embarazada. Además, había comenzado a manifestar síntomas nuevos con las relaciones sexuales, como ardor en la vagina, inflamación en los párpados y ojos llorosos. El reporte de caso termina aquí. De momento, la paciente no había conseguido poner fin a su infertilidad. Quizás haya otros motivos.
En el estudio no se menciona si se sometió a su pareja a pruebas de fertilidad, aunque forma parte de la rutina de las clínicas de reproducción asistida. Deberían habérselas hecho. Quizás haya algo más y por eso tampoco se quedó embarazada con la FIV. No se han publicado más estudios, así que no sabemos si después lo consiguió. Lo que está claro es que estas alergias deberían contemplarse como posibilidad en casos de infertilidad de causa desconocida. Es raro, pero ya vemos que no es imposible.
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En Xataka | Ha llegado la época del año en Japón donde todos llevan mascarilla. La culpa es de la Segunda Guerra Mundial
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Se vende como la meta dorada, pero para algunos es un abismo existencial
Leo tiene 79 años y sigue trabajando en la tienda de frutos secos que abrió hace 51 junto con su marido. Amadeo, un “tabernero” de 96, puede que sea el hostelero en activo más longevo de España; después de toda una vida trabajando, sigue diciendo con orgullo que está enamorado del gremio y que lo suyo es “un juego” que le alimenta espiritualmente.
Estas dos historias se han hecho virales en el perfil en redes sociales de @comilonestv, que lleva tiempo recuperando historias de personas que “han pasado toda una vida trabajando” y continúan haciéndolo a pesar de haber superado la edad de jubilación. Los comentarios que acompañan a estos vídeos recogen una mezcla de asombro y admiración, pero sobre todo dejan claro que estos casos representan una realidad no tan reducida en España —decenas de usuarios mencionan ejemplos similares en sus ciudades y entornos cercanos— .
El momento de la jubilación suele imaginarse como una meta deseada tras décadas de trabajo: una etapa asociada a más libertad, tiempo propio y la posibilidad de retomar aficiones o descubrir otras nuevas. Sin embargo, para una parte de la población, la llegada de la jubilación no implica una ruptura total con su profesión. Mientras algunas personas se desvinculan completamente de su actividad laboral, otras optan por mantener cierto vínculo con ella o incluso deciden continuar trabajando más allá de la edad de retiro.
El peso económico
El paso de cobrar una nómina a recibir una pensión implica, en muchos casos, una reconfiguración de la economía en muchas casas. El dinero aparece entonces como una de las posibles motivaciones entre aquellas personas que eligen seguir trabajando cuando llega la oportunidad de jubilación.
Esta tendencia se ha disparado en la última década en Estados Unidos, donde estudios señalan cómo ha crecido el número de trabajadores de 65 años o más que permanecen en el mercado laboral. De hecho, algunas estadísticas señalan que en 2024 algo más del 22% de adultos de más de 65 seguían empleados, ya fuera a tiempo completo o parcial.
Mientras, en España, la última Encuesta de Población Activa (EPA) de 2025 ha situado el empleo entre los mayores de 65 años en máximos históricos, pasando de un 5% a un 14% en los últimos diez años. Detrás de este aumento hay múltiples factores, pero el económico aparece de forma recurrente en quienes deciden prolongar su vida laboral.
Antonio, médico de 67 años que sigue ejerciendo en el ámbito privado tras jubilarse del sistema público —y que prefiere mantener su identidad reservada— , asegura que “el tema económico suele pesar mucho” en esta decisión. Especialmente, explica, porque muchas personas llegan a la jubilación con hijos todavía dependientes económicamente. “Es muy raro que a los 65 años la gente tenga a sus hijos ya colocados, emancipados y todos los gastos pagados”, señala.
Asegura que la situación ha cambiado mucho respecto a generaciones anteriores: “Antes cuando los padres se jubilaban los hijos ya estaban emancipados. Ahora no”. El retraso en la emancipación y el aumento del coste de vida hacen que muchas familias sigan teniendo cargas económicas importantes incluso después de alcanzar la edad de retiro, lo que según Antonio hace que en el sector sanitario sea “tan común” mantener la actividad: “Es muy raro el que a los 65 años dice: ‘Me llevo los zuecos y el fonendo para siempre’”.
Sin embargo, reducir este fenómeno únicamente a una cuestión económica sería simplificarlo demasiado para Gema Pérez Rojo, catedrática de la Universidad CEU San Pablo y psicóloga colegiada por el Colegio Oficial de Psicología de Madrid. Aunque el dinero pesa —y mucho en algunos casos—, la psicóloga cree que es una decisión multifactorial y “rara vez es solo por dinero”.
Una decisión con diferentes “aristas”
Las razones para seguir trabajando llegada la edad de jubilación rara vez responden a un único motivo. Para Antonio, de hecho, son varias: menciona los ingresos económicos, pero también la necesidad de mantenerse activo y evitar el aburrimiento —“¿Qué hago yo en mi casa 24 horas sin ninguna actividad profesional?”—, seguir sintiéndose útil, conservar una rutina, continuar ejerciendo una profesión que define como vocacional o “esperar” a su pareja, que aún no tiene edad para jubilarse.
Rosa María Álvarez Barral, psicóloga en activo en Venezuela, tampoco cree que exista un “perfil concreto” de persona que elija continuar su actividad laboral más allá de los 65 años. A su juicio, se trata de una decisión en la que se mezclan factores motivacionales, sociales y económicos.
“El trabajo hace que uno se sienta importante, valioso, distraído y que siga teniendo desafíos interesantes”, explica. Además, sostiene que la profesión puede convertirse en una parte importante de la identidad personal y aportar reconocimiento social, especialmente en personas con trayectorias largas o prestigio dentro de su sector.
“La jubilación se vende a menudo como la meta dorada de la existencia, pero psicológicamente es un territorio complejo. No es solo un cambio de horario; es una metamorfosis de la propia identidad”. Así explica la catedrática Pérez Rojo cómo la llegada de la jubilación puede ser “para unos un puerto de paz y para otros un abismo existencial”.
Durante la vida laboral, la profesión es parte de nuestra carta de presentación. Y tras décadas dedicadas a un puesto, Pérez Rojo, que también forma parte del grupo de investigación Envejecimiento (BUENAVEJEZ), advierte cómo el “autoconcepto se fusiona con el rol”. De manera que, “al jubilarse no solo se deja un empleo, se deja una identidad”. La psicóloga Álvarez Barral habla de “simbiosis” o “matrimonio”: una “sensación de que tu identidad está ligada a tu profesión”.
Es el caso de Nacho Valbuena, un periodista que a pesar de haberse jubilado hace tres años, sigue colaborando con medios de comunicación de manera muy activa. Para él, la vocación ha sido clave y la edad no ha representado un impedimento, ya que asegura no poder vivir sin ejercer el periodismo: “No pienso en la edad, tendré 90 años y seguiré con esta profesión (…) Se lleva muy dentro”.
Y es que el tipo de empleo resulta determinante a la hora de afrontar la transición hacia la jubilación. Quienes han desempeñado “trabajos con alta carga de estrés físico o mental o puestos monótonos” suelen recibir el retiro como “una auténtica liberación y un rescate de su salud”. Sin embargo, según señala Pérez Rojo, quienes han ocupado puestos de alta responsabilidad, prestigio o fuerte vocación, “tienden a vivirlo como una pérdida afectiva y de estatus”.
De oficio a hobby
Epifanía Martín—o Epi, como prefiere que la llamen— se jubiló hace cuatro años, y después de toda una vida dedicada a la confección, ha transformado su oficio en su hobby. “No es que no quiera desvincularme de mi profesión, es que mi profesión también forma parte de la vida cotidiana (…) Muchas veces tienes que coser”. Aun así, reconoce que le “encanta” y que le ayuda a relajarse cuando está “un poco más intranquila o preocupada”.
Ha sustituido el horario fijo de su trabajo por el de las clases de costura que Epi da en la asociación de vecinos de su barrio, donde enseña a otras mujeres “una profesión que se está perdiendo”. Aunque pudiera parecerlo, recalca que ni esas clases ni lo que cose ahora “tiene nada que ver” con sus años en activo: “Ya no hago trajes como solía hacer, ahora hago cosas chiquititas que me apetecen. Disfruto mucho más de mi profesión. Aunque me encantaba mi trabajo, no echo nada de menos trabajar”.
Epi señala a Xataka que es “bastante común” mantenerse activo entre “modistas y costureras”: “La gente que cose o ha cosido en su profesión, sigue haciéndolo. Además, suele ser habitual tener cosas que hacer como arreglar un bajo o ayudar a alguien con algún arreglo (…) Desde luego que se hace, hasta que te lo permitan las manos, tu tiempo o tu salud”.
Mantenerse ligado a la profesión suele ser común en algunos sectores. Según señala Nacho Valbuena, el periodismo es otro ejemplo, como también lo son algunos oficios como la carpintería y la herrería, o las profesiones artísticas. Según señala Pérez Rojo, “el jubilado que mantiene la actividad como afición experimenta ‘motivación intrínseca”. Es decir, mantiene la estimulación cognitiva, la destreza manual y la satisfacción del logro, pero elimina el “estresor del rendimiento obligatorio: “Es la transición perfecta: quedarse con el disfrute del ocio y desechar la presión del empleo”.
En definitiva, alcanzar la edad de jubilación no siempre implica querer detenerse por completo. Para algunas personas, dejar de trabajar supone también abandonar una rutina, una identidad y una forma de sentirse útiles. Mientras unos optan por romper de forma tajante con su vida laboral, otros prefieren transformar esa relación con el trabajo: reducir el ritmo, mantener una actividad parcial o convertir el oficio en una dedicación más flexible y menos exigente.
Porque, más allá de lo económico, la jubilación también obliga a redefinir qué hacer con el tiempo, con la vocación y con una parte importante de quién se ha sido durante décadas.
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