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un salto que merece la pena en casi todo

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Movistar ha tardado más que otros operadores en subirse al carro del WiFi 7, pero ya lo ha hecho. Su nuevo router Smart WiFi 7 lleva un tiempo disponible para los clientes con fibra y, como suele ocurrir cada vez que la operadora estrena equipo, se abre el mismo debate de si merece la pena cambiar al nuevo. Si bien esta tecnología acaba siendo mejor en todo, dependerá de los dispositivos que tengas en casa que se vayan a conectar a la red. En este artículo repasamos las diferencias reales entre uno y otro, lo que cuesta el cambio y para quién tiene sentido hacerlo.

Concepto similar en diseño

Router Smart Wifi 7
Router Smart Wifi 7

A primera vista, los dos routers comparten filosofía, siendo equipos verticales que se apoyan sobre una peana y se colocan en cualquier rincón del salón sin demasiado disimulo. Pero ahí terminan los parecidos estéticos. El Smart WiFi 6 mantiene una carcasa blanca y gris, mientras que el nuevo Smart WiFi 7 apuesta por una combinación de negro y azul y se sitúa de canto. 

Los botones de reset, WPS y la toma telefónica se mantienen casi idénticos. Quizás el cambio más visible en este sentido es que el interruptor de encendido pasa a ser un botón.

Qué cambia por dentro: tecnología, antenas y puertos

La diferencia importante no está en la carcasa, sino en las tripas del aparato. El Smart WiFi 6 monta nueve antenas internas (5×5 en la banda de 5 GHz y 4×4 en la de 2,4 GHz). El nuevo Smart WiFi 7 incorpora diez antenas, nueve con configuración MU-MIMO y una adicional para el soporte DFS.

Eso sí, hay un detalle que conviene tener claro: el router de Movistar no opera en la banda de 6 GHz, una de las grandes promesas del estándar WiFi 7.

router smart wifi 6

router smart wifi 7

Nueve antenas:

  • 5×5 (5 GHz).
  • 4×4 (2.4 GHz).

Nueve antenas:

  • 5×5 MU-MIMO (5 GHz) con soporte DFS.
  • 4×4 MU-MIMO (2.4 GHz) con una antena adicional para soporte DFS.

Cuatro puertos Ethernet.

Un puerto óptico SC/APC compatible con redes GPON.

Tres puertos Gigabit Ethernet.

Un puerto de hasta 10 Gbps.

Un puerto óptico SC/APC compatible con redes GPON y XGS-PON.

WiFi 6 (802.11ax, compatible con 802.11 ac/n)

WiFi 7 (802.11be, compatible con 802.11ax/ac/n)

  • Una velocidad 2,5 veces superior.
  • Un 50% menos de latencia.
  • Un 70% más de capacidad.
  • Un 9% menos de consumo energético.

Seguridad WPA3

Seguridad WPA3

En conectividad por cable también hay un salto importante. El modelo anterior ofrecía cuatro puertos Gigabit Ethernet. El nuevo conserva tres puertos Gigabit, pero suma un puerto de hasta 10 Gbps preparado para sacar partido a la fibra simétrica de máxima velocidad. También cambia el puerto óptico SC/APC, pues ahora es compatible con redes XGS-PON, además de las GPON.

Sobre el rendimiento, desde Movistar cuentan que el nuevo router es hasta 2,5 veces más veloz, tiene un 50% menos de latencia, un 70% más de capacidad de tráfico y un 9% menos de consumo eléctrico. Además, según la compañía, añade una mejora del 10% en cobertura respecto al modelo previo.

La capacidad extra es probablemente el dato que más nos puede interesar en un hogar medio, ya que la casa cada vez está más plagada de cámaras, televisores, altavoces, robots aspiradores y consolas competiendo por la misma red.

Qué aporta realmente el WiFi 7

Router Smart Wifi 7 01
Router Smart Wifi 7 01

Para entender por qué Movistar habla de estas mejoras conviene tener claro qué es WiFi 7. Se trata del estándar 802.11be, sucesor del WiFi 6 y del WiFi 6E, y la WiFi Alliance le dio luz verde a la tecnología durante el CES de 2024.

Entre sus beneficios contamos con canales de hasta 320 MHz, el doble de ancho que en WiFi 6. También ofrece modulación 4K-QAM, que permite empaquetar más datos en cada transmisión. Además de ello, WiFi 7 incorpora la tecnología MLO (Multi-Link Operation), que quizás es la que más nos interesa en casa y que permite a un dispositivo enviar y recibir datos por varias bandas a la vez. En la teoría podríamos llegar a velocidades de hasta 46 Gbps frente a los 9,6 Gbps del WiFi 6.

El matiz importante es que estas ventajas solo se materializan si el dispositivo que se conecta también es compatible con WiFi 7. Un portátil o un móvil de hace unos años se conectará al router nuevo sin problema, pero seguirá funcionando bajo el estándar anterior. Por lo tanto, no notarás un cambio sustancial en velocidad mientras no cuentes con un equipo compatible con esta tecnología.

Lo que no cambia

Hay funciones que se mantienen idénticas en los dos modelos. Ambos permiten unificar las bandas de 2,4 GHz y 5 GHz bajo un único SSID, ambos se gestionan desde la aplicación móvil Smart WiFi de Movistar (para iOS y Android), los dos son compatibles con el amplificador Smart WiFi 6 para extender la cobertura y los dos funcionan con la fibra FTTR del operador (el servicio de Movistar que usa un hilo de fibra ultrafino para llevar la conexión a cada rincón de la casa). Tampoco cambia la seguridad, pues ambos routers siguen utilizando el protocolo WPA3.

Cuánto cuesta y cómo conseguirlo

La vía más directa para llevarse el Smart WiFi 7 sin pagar nada extra pasa por contratar la fibra de 10 Gbps de Movistar. Da igual si se trata de un alta nueva, una portabilidad o un cliente que ya está en la compañía y decide subir a esa modalidad, pues en todos los casos el router entra incluido. Movistar comercializa esta velocidad por cinco euros más al mes sobre la tarifa habitual.

También hay buenas noticias para quienes contraten otras tarifas de la compañía. Tal y como comentábamos recientemente, el equipo se incluye sin coste en las nuevas altas de tarifas miMovistar desde el 16 de febrero de 2026, y la web del operador ya lo ofrece junto al paquete miMovistar Ilimitado con fibra de 1 Gbps o con 600 Mbps. Pero ojo: si la contratación es de fibra sin ningún otro servicio adicional, el equipo que se entrega sigue siendo el Smart WiFi 6.

Si eres cliente de alguna tarifa de fibra, es posible que Movistar ya te haya contactado para cambiarte el router. En caso contrario, puedes adquirirlo por separado:

  • Modalidad autoinstalable: 60 euros (frente a los 50 euros que cuesta el Smart WiFi 6).
  • Con instalación por técnico: 110 euros (frente a los 100 euros del modelo anterior).

Como con el modelo anterior, el router se entrega en régimen de cesión: el cliente paga una sola vez en factura, pero debe devolverlo si se da de baja o se cambia de operador. En caso contrario, Movistar aplica una penalización.

Entonces, ¿merece la pena el cambio?

La respuesta corta es: depende mucho del escenario.

Si te lo acaban ofreciendo sin coste por dar de alta una nueva línea con una tarifa compatible o por contratar la fibra de 10 Gbps, claro que sí. Aunque los dispositivos de casa todavía no sean WiFi 7, el router seguirá ofreciendo mejor capacidad para gestionar muchas conexiones simultáneas y un puerto de 10 Gbps que blinda el equipo de cara al futuro.

Si en cambio te ves en la situación de pagar 60 o 110 euros para cambiar el actual Smart WiFi 6, honestamente no. Las ventajas reales del WiFi 7 solo se aprovechan con dispositivos compatibles, y el puerto de 10 Gbps únicamente tiene sentido si se contrata la fibra simétrica más rápida, que conlleva ese sobrecoste mensual. Para un hogar con la fibra de 1 Gbps y unos cuantos móviles y portátiles de hace dos o tres años, el salto va a ser más bien modesto.

Imagen de portada | Movistar

En Xataka | Guía de las luces de tu router: qué significa cada piloto luminoso y que esté encendido o apagado

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Un ayuntamiento catalán multó a un particular por “talar unos árboles”. Han descubierto una red internacional de tráfico ilegal de basuras

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La Guardia Civil, la Europol y la Gendarmería francesa acaban de detener a cuatro personas por meter en Cataluña al menos 46.000 toneladas de residuos franceses de forma ilegal. Y el caso tiene miga.

Porque cuando uno habla de ‘tráfico internacional de basura’ se imagina camiones pasando a oscuras por puertos perdidos del Pirineo y barcos descargando a mitad de la noche. Pero la verdad es que ningún camión tuvo que esconderse: cruzaron la frontera entre Francia y España sin mayor problema. 

Los papeles estaban, “en teoría”, en regla.

¿En teoría? Ahí estaba el kid de la cuestión y lo que despistó a las autoridades. No tenía sentido meter basura en Cataluña desde Francia porque el canon catalán (75 euros) es más alto que el francés (69): aunque los costes globales sean más altos, el ahorro sería muy pequeño. La clave era otra cosa: que los camiones se movían por Europa declarando que lo que llevaban en sus cubas era “tierra”. 

Y eso era lo novedoso. La red había dado un paso más y ya no “vendía” vertederos baratos, vendía recalificar los residuos completamente. De esa forma, la basura viajaba a España como material y acaba enterrado en un campo de frutales. 

Al usar el término “tierra” todo se simplificaba radicalmente: nadie cobraba, ningún expediente se activaba. 

¿Tenemos un vacío legal? No exactamente: la legislación no solo es clara, sino que incluso en este caso, las alertas se activaron. Sant Esteve Sesrovires detectó las actuaciones irregulares, abrió expediente, informó a Fiscalía y propuso una multa de 814.900 euros. ¿Por qué concepto? Por vertidos de tierras y abatimiento de árboles.

Fue al investigar el asunto cuando se descubrió el fondo de la cuestión.

¿Por qué es importante? Porque es el tercer episodio del mismo patrón en cuatro meses: en marzo, una macrooperación europea con 337 detenidos; en abril, 167.000 toneladas de escombros y amianto en la Axarquía; ahora, esto.

Y, sobre todo, porque la legislación española sigue siendo muy laxa. Nuestra ordenación exige “perjudicar gravemente el equilibrio de los sistemas naturales”. Hay que modificarlo (es una exigencia Europea), pero aún no lo hemos hecho. 

Por eso, este caso se juzgará en términos de falsedad documental, delito fiscal, blanqueo. Es decir, aunque entre los delitos imputados está el medioambiental, la experiencia reciente sugiere que la condena, si llega, vendrá por el papeleo. Es una buena metáfora de un país que ha construído una de las fiscalidades más caras de Europa, pero la hemos dejado entera en manos de la autodeclaración responsable

Imagen | Zibik

En Xataka | Europa tiene un problemón con la gestión de residuos, hasta el punto de que hay mafias “exportándolos” ilegalmente de Italia a Cuenca

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“Hemos preferido inaugurar por encima de conservar. Nadie aplaude que un puente siga en pie”

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“Las infraestructuras son sistemas vivos”, resume César Franco, ingeniero industrial. La frase resume bien la pasión con la que habla una persona que ha sido decano del Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Madrid, presidente del Consejo General de Ingenieros Industriales y presidente del Consejo de la Ingeniería de España

Porque César Franco es ingeniero industrial. Pero decir eso es quedarse muy corto. Su experiencia le ha permitido tener una doble mirada “que es fundamental”. Y es que en los últimos 25 años ha estado ligado a la estructura más digital y tecnológica de multinacionales como HP o DXC. Pero ha compaginado su trabajo con esa vocación de servicio público que lo ha llevado a los puestos relevantes antes mencionados. 

Ahora, dirige el Máster de Universitario en Ingeniería Industrial en la Universidad Alfonso X el Sabio donde habla con la misma pasión que transmiten las palabras de esta entrevista que nos ha concedido para analizar el estado de las carreteras españolas.

Una entrevista que nos ayuda a entender la situación española y los retos que tiene por delante. Porque las infraestructuras, nos dice, es mucho más que el ladrillo y el hormigón.

¿Cuál es la situación española general de las infraestructuras? ¿Estamos tan mal como dice el sentir general que se mueve en redes sociales?

Para nada. Las redes sociales tienden a amplificar la anomalía y el descontento, pero si miramos la radiografía con ojos técnicos, España cuenta con una red de infraestructuras realmente potente. Tenemos carreteras que, en términos generales, son envidiables; una red ferroviaria de alta velocidad que es un referente de ingeniería a nivel internacional; puertos estratégicos en las rutas globales y aeropuertos de primer nivel, todo ello respaldado por una ingeniería patria de una solidez tremenda.

El verdadero problema es que durante décadas las administraciones han padecido una clara tendencia a la priorización de la obra nueva: se ha preferido construir e inaugurar por encima de conservar lo que ya funcionaba. Una inauguración ante las cámaras ofrece un retorno político inmediato. 

El mantenimiento se relega a los presupuestos: nadie aplaude que un puente siga en pie o que un asfalto continúe liso; se nota poco cuando se hace bien y se nota de golpe cuando se abandona. Con las vacas flacas, la conservación suele ser la primera víctima. No es un colapso instantáneo; es un deterioro silencioso que se va acumulando año a año. El firme se va cuarteando, las estructuras envejecen sin supervisión, los sistemas de drenaje se taponan, los taludes pierden estabilidad y la señalización se vuelve invisible.

A eso hay que sumar fenómenos meteorológicos mucho más extremos, una presión logística exigente y una red ferroviaria hiperutilizada tras la liberalización. No tenemos malas infraestructuras, tenemos unas infraestructuras excelentes sometidas a un estrés sin precedentes y con un déficit de mantenimiento acumulado que ya no se puede ocultar.

La Asociación Española de la Carretera considera que las carreteras españolas están en “el peor estado de su historia”. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?

El titular es muy duro pero la señal de alarma está justificada. Estamos hablando de que más de la mitad de los tramos analizados muestran deficiencias graves o muy graves en sus firmes. Hay unos 34.000 kilómetros que necesitan intervención de manera urgente. La propia DGT reconoce que es el peor escenario registrado desde que se iniciaron estos estudios históricos en 1985.

Para que el ciudadano lo entienda: esto no significa que viajar por España sea una ruleta rusa o que las autovías se vayan a quebrar por la mitad mañana. La red sigue siendo funcional. Lo que nos están diciendo los indicadores es que el pavimento ha entrado en una pendiente de degradación acelerada.

Un asfalto en mal estado no es solo una molestiaque hace vibrar el coche. El riesgo de accidentes es mayor, dispara el consumo y las emisiones contaminantes y acorta la vida útil de los vehículos. En ingeniería tenemos una máxima: una actuación a tiempo es eficiente pero si esperas demasiado la reparación se vuelve exponencialmente más costosa y compleja.

Según AEC, España necesita invertir 4.721 millones de euros en 26.000 km gestionados por el Estado y 8.770 millones en 75.300 km gestionados por gobiernos autonómicos y forales. ¿Qué intervenciones cree que se deberían realizar?

Efectivamente, el déficit es colosal: la red estatal reclama 4.721 millones de euros, pero el volumen principal está en las carreteras autonómicas y forales, que necesitan 8.770 millones.

Si yo tuviera que gestionar esos recursos, jamás cometería el error de lanzar una campaña masiva e indiscriminada de asfaltado. Hay que priorizar por niveles de criticidad: dónde hay más densidad de tráfico, puntos negros de accidentalidad, mayor exposición climática y cuáles son arterias vitales para la economía local.

Como propuesta técnica orientativa, la inversión debería estructurarse bajo un esquema de prioridades muy definido:

Prioridad

Tipo de intervención

Peso en el presupuesto

criticidad

1

Firmes y pavimentos

40–50%

Muy alta

2

Drenaje, escorrentías y adaptación a lluvias extremas

15–20%

Muy alta

3

Puentes, viaductos, túneles y estructuras

15–20%

Muy alta

4

Taludes, desmontes, terraplenes y estabilidad geotécnica

5–10%

Alta

5

Señalización, balizamiento, barreras y seguridad vial

5–10%

Alta

6

Auscultación, inventario digital y mantenimiento predictivo

3–5%

Media-Alta

7

Proyectos, inspecciones especiales y contingencias

3–5%

Media

El firme se lleva la mitad del presupuesto porque es lo que pisamos, pero arreglar solo el asfalto es inútil si no se subsana el origen del problema estructural. El drenaje es el gran campo de batalla del siglo XXI. Con las DANAs y las lluvias torrenciales actuales, las carreteras no fallan por el desgaste habitual, sino porque las cunetas se desbordan, los pasos inferiores se inundan y el agua erosiona los cimientos de los terraplenes.

Por otra parte, los puentes, viaductos y túneles son elementos de criticidad extrema. Si un tramo de carretera se estropea, haces un desvío; si un viaducto falla, aíslas a una comarca entera. Necesitamos inspecciones estructurales exhaustivas. Y por último, destinaría una partida obligatoria a digitalizar la red: sensores de auscultación, inventarios digitales en tiempo real y gemelos digitales. No se puede gestionar ni proteger lo que no se conoce al milímetro.

El plan anunciado por el Ministerio para intervenir 5.000 kilómetros de la red estatal con 1.629 millones entre 2027 y 2031 va en la buena dirección, pero no podemos depender de planes de choque puntuales; la conservación debe ser una corriente presupuestaria constante y protegida.

“Si un tramo de carretera se estropea, haces un desvío; si un viaducto falla, aíslas a una comarca entera. Necesitamos inspecciones estructurales exhaustivas”

¿A qué retos nos enfrentamos que no se contemplaran hace 20 años?

Nos enfrentamos a una pinza compleja: un uso intensivo sin precedentes y los efectos del cambio climático.

El tráfico en las carreteras estatales subió un 3,55% en 2024, y el de camiones pesados un 2,94%. El transporte por carretera sigue cargando con el peso de nuestra economía.

Por el lado del clima, los parámetros de diseño han cambiado. Hace veinte años proyectábamos los puentes y los drenajes basándonos en series históricas de lluvia o calor relativamente estables. Hoy esas series ya no son predictivas. 

Tal y como recoge el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático 2021-2030, hay que reformular los criterios de explotación de toda la red. El CEDEX lo explica de forma clara: sufrimos amenazas de evolución lenta, como el aumento térmico continuado que ablanda el asfalto, combinadas con eventos extremos violentos como DANAs o borrascas históricas que erosionan los taludes y provocan desprendimientos que cortan corredores vitales.

¿Tenemos un problema con los tiempos a la hora de proyectar y construir una nueva infraestructura? Hay carreteras que tardan décadas en construirse por completo y cuando se quieren sacar adelante las necesidades de la población ya pueden ser otras.

Es una de las grandes frustraciones públicas y un mal endémico que la OCDE ha analizado con rigor. Para entender el retraso hay que mirar lo que ocurre antes de que entre la primera máquina. La obra civil en sí es solo la fase final del proceso.

Antes de mover un solo metro de tierra, una infraestructura debe superar una compleja tramitación burocrática y legal que rara vez baja de los 8 o 10 años en proyectos estándar, y que se va fácilmente a los 12, 15 o 20 años si hay túneles complejos o zonas de alta sensibilidad ambiental. Estudios informativos, declaraciones de impacto ambiental, periodos de alegaciones, conflictos de competencias interadministrativas, expropiaciones forzosas, redacción del proyecto constructivo, licitaciones internacionales y los inevitables recursos de los licitadores. Al final, la fase de construcción dura quizás 3 o 4 años; el resto del tiempo se lo ha llevado la gestión documental.

¿Cuál es la consecuencia? Que, si diseñas una carretera pensando en el tráfico de hoy, cuando la inaugures dentro de quince años el entorno habrá cambiado por completo. Por eso la ingeniería actual no puede ser rígida; hay que proyectar manejando escenarios de futuro y con la flexibilidad suficiente para adaptar la obra sobre la marcha.

Desde 2008 y especialmente desde 2010 las inversiones en infraestructuras caen. Sin embargo, España ha crecido en unos 9 millones de habitantes en lo que llevamos de siglo ¿Hemos pecado de dejar de construir infraestructuras porque se dejó de ver con buenos ojos inaugurar nuevas carreteras, aeropuertos o líneas de tren?

Pasamos de una etapa de sobredimensionamiento a una de parálisis inversora. Hubo una época en la que se proyectaba con alegría, a veces buscando más el equilibrio del peso político territorial o el impacto público que la rentabilidad social y el tráfico real. Como respuesta a los excesos, caímos en la tendencia opuesta: penalizar cualquier obra nueva etiquetándola de innecesaria.

Y la realidad es tozuda: las grandes áreas metropolitanas como Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, Sevilla o Bilbao están tensionadas y sus accesos se han quedado cortos ante el crecimiento demográfico.

En los años 90, la inversión en infraestructuras era del 1% del PIB, pero desde 2018 es inferior al 0,5%. ¿Es relevante o es la consecuencia de unas infraestructuras ya asentadas que hay que mantener?

Ambas lecturas tienen su parte de razón. España no puede mantener el ritmo inversor de los años 90 o los 2000. Aquella fue una época de expansión muy intensa en la que pasamos de una red de carreteras nacionales obsoleta a construir una de las redes de autovías y de alta velocidad más moderna de Europa. Una vez que ese esqueleto está de pie, no necesitas volver a construirlo desde cero.

El error de bulto es creer que una red madura se cuida sola o requiere pocos recursos. Cambia el objeto de la inversión, pero no la necesidad del flujo financiero. Ahora el dinero debe ir a la adaptación climática, a la seguridad, a la digitalización y a desatascar nodos metropolitanos que sufren cuellos de botella.

Las infraestructuras implican un compromiso a largo plazo: no se pagan solo el día de la inauguración, se pagan durante los siguientes 50 años en forma de energía, mantenimiento, actualizaciones normativas y reparaciones. En España adolecemos de una notable falta de cultura de mantenimiento; nos entusiasma la primera piedra, pero relegamos la gestión diaria del activo. Ya lo advirtió la OCDE: nuestro problema no es solo de recursos económicos, sino de gobernanza, de saber planificar a largo plazo y de evaluar qué proyectos aportan valor real antes de iniciar las obras.

¿Cómo podemos financiar el coste de estas construcciones? La UE lleva años exigiendo a España que imponga algún tipo de pago por uso, peajes, viñeta…

Es hora de madurar el debate en este aspecto: las carreteras sin coste no existen. Existen las carreteras financiadas a través de los Presupuestos Generales del Estado. Es decir, mediante los impuestos de todos los ciudadanos, usen la carretera o no y las carreteras financiadas de forma directa por quien las utiliza.

Bruselas lleva tiempo impulsando dos principios claros: “quien usa paga” y “quien contamina paga”. La normativa comunitaria permite y fomenta que los países recuperen los costes de construcción y mantenimiento gravando el uso de las vías, especialmente en la red transeuropea. En España convivimos con un modelo heterogéneo: no tenemos una viñeta generalizada, pero mantenemos peajes en ciertos tramos y autopistas de peaje que han revertido al Estado.

Un modelo de pago por uso mal planteado es profundamente regresivo. No puedes castigar igual al trabajador que carece de alternativas y debe utilizar un acceso metropolitano cada mañana, al transportista profesional que mueve nuestra economía o a los habitantes de la España rural que no disponen de transporte público eficiente. Si pones un peaje excesivo en una autovía, provocas un “efecto desvío”: los vehículos se desplazan a las carreteras secundarias, incrementando la siniestralidad.

La solución no es un sí o un no rotundo a los peajes. Necesitamos un modelo de financiación finalista donde lo recaudado vaya exclusivamente a conservar la vía, transparente y modulable. Si se implanta el pago por uso, debe contar con un esquema inteligente de bonificaciones y exenciones para residentes, usuarios recurrentes por motivos laborales, transporte de mercancías y vehículos de bajas emisiones.

Foto | Consejo General de Ingenieros Industriales y Ava Tyler 

En Xataka | En 2021, Cataluña consiguió librarse de los peajes de la AP-7. Cinco años después tiene una idea: recuperarlos

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El argumento de la creación de empleo ha sido la gran baza para levantar centros de datos. Estaría bien si fuera cierto

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Los centros de datos consumen mucha electricidad, haciendo que suba la factura de la luz, contaminan el aire y a veces también el agua. Argumentos en contra hay cada vez más, mientras que los argumentos a favor para quien vive cerca de uno de estos mastodontes se reducen básicamente a uno: generan muchos puestos de trabajo. ¿Seguro? 

Qué está pasando. Estados Unidos concentra un tercio de todos los centros de datos del mundo. Cuentan en Futurism que hay estados compitiendo por atraer a las grandes tecnológicas, ofreciendo recursos y exenciones fiscales a cambio de que generen empleo y ayuden a desarrollar sus comunidades. Sin embargo, cada vez está más claro que la creación de empleo estable y duradero es una promesa incumplida.

Miles de millones por un puñado de empleos. En Cedar Rapids, Iowa, hay dos proyectos en marcha para dos centros de datos de QTS y Google respectivamente. Tal y como refleja el Centro de Desarrollo Económico de Cedar Rapids, para incentivar la construcción de estas infraestructuras, la ciudad les ha ofrecido una exención del 70% del impuesto sobre la propiedad durante 20 años, además de devolverles el 75% de las tasas eléctricas (un recargo municipal que se aplica en la factura). Google y QTS van a gastar 1.300 millones en sus centros de datos, pero se calcula que van a ahorrar más de 580 millones en impuestos y tasas municipales. Y dirás ¿Cuántos puestos de trabajo van a crear? Según el contrato, sólo están obligados a crear 61 puestos de trabajo permanentes. 

Por qué es importante. Los centros de datos se han convertido en el motor de la economía estadounidense, pero una cosa es la salvaje inversión de las big tech para construirlos y otra muy distinta el impacto en el empleo local. Son infraestructuras enormes, que cuestan muchísimo dinero, pero que una vez puestas en marcha funcionan prácticamente en piloto automático. Las tareas que realmente necesitan intervención humana son muy pocas en comparación a su envergadura. 

En Aragón también. Esta situación no es exclusiva de Estados Unidos, en Aragón también está pasando lo mismo. Hace poco supimos las cifras de empleo que Amazon generará en Villanueva del Gállego, donde están construyendo seis centros de datos. La empresa había hablado de hasta 29.900 puestos a tiempo completos vinculados al proyecto, pero ahí estaban contando el empleo indirecto y el inducido, como proveedores y servicios asociados. La realidad es que entre seis centros de datos, van a contratar a sólo 180 personas fijas que trabajarán a turnos para que puedan operar las 24 horas, los 365 días del año. De nuevo, la narrativa del empleo masivo hace aguas por todas partes. 

Empleo sí, pero temporal. Para construir centros de datos de esa magnitud hay que mover muchas empresas de distintos sectores, lo que indirectamente sí que genera mucho empleo. En el caso de Cedar Rapids, la ciudad presume de que los proyectos crearán “miles de empleos de construcción y oficios”, el problema es qué pasará con todos ellos cuando el centro de datos se ponga en marcha. 

Según un informe reciente de Turner & Townsend del que se hacen eco en Futurism, la urgencia por construir nuevos centros de datos ha provocado que suban precios en otros proyectos como la construcción de viviendas, además de que está acaparando la mano de obra especializada en las zonas de construcción. 

Imagen | Xataka con Magnific

En Xataka | Mientras la mayoría se opone a los centros de datos de IA hay un grupo entusiasmado con ellos: los ladrones de mercancías

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