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un peaje insólito para revolucionar el comercio marítimo mundial

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En pleno siglo XVI, varios sultanes del Imperio otomano llegaron a estudiar seriamente la posibilidad de abrir una vía artificial junto al Bósforo para controlar mejor el tráfico marítimo entre el mar Negro y el Mediterráneo… el proyecto fue cancelado una y otra vez durante siglos por guerras, falta de dinero y dudas estratégicas, pero la idea nunca desapareció del todo de Turquía.

La vieja obsesión turca. Mientras el estrecho de Ormuz se ha convertido en uno de los mayores focos de tensión del planeta por la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel, ha vuelto a ganar protagonismo una idea que lleva años rondando la política y la estrategia de Turquía: construir un gigantesco canal artificial paralelo al Bósforo para crear una nueva ruta marítima bajo control directo de Ankara. 

No se trata solo de descongestionar el tráfico naval de Estambul. Detrás del proyecto aparece una ambición mucho mayor: convertir un paso natural gratuito en un corredor alternativo capaz de generar ingresos, influencia geopolítica y capacidad de presión sobre parte del comercio internacional. Precisamente ahora, cuando Ormuz demuestra hasta qué punto un cuello de botella marítimo puede alterar la economía mundial, esa vieja idea turca vuelve a sonar con más fuerza.

El Bósforo y su importancia. El Bósforo es mucho más que un estrecho que divide Estambul entre Europa y Asia. En realidad es la única salida marítima hacia el Mediterráneo para países como Ucrania, Georgia, Bulgaria o parte del sur de Rusia, y uno de los corredores más transitados del mundo. Miles de petroleros y cargueros atraviesan cada año una vía estrecha, llena de curvas y rodeada por una ciudad gigantesca de millones de habitantes. 

Turquía lleva años defendiendo que ese tráfico supone un riesgo enorme tanto para la seguridad marítima como para la propia Estambul, especialmente tras varios accidentes de buques ocurridos junto a zonas históricas y residenciales. El problema para Ankara es que el Bósforo está regulado por la Convención de Montreux de 1936, que garantiza el libre tránsito y limita enormemente la posibilidad de cobrar peajes directos a los barcos.

La idea que podría cambiar las reglas. Ahí aparece el núcleo real del proyecto del Canal de Estambul. Al ser una vía artificial y no un estrecho natural, Turquía podría intentar aplicar tarifas y servicios de tránsito similares a los de Suez o Panamá sin romper formalmente el derecho internacional marítimo. Durante años, esa posibilidad parecía más una fantasía geopolítica que una realidad cercana, pero la crisis de Ormuz apunta a devolver protagonismo a una pregunta incómoda: qué ocurre cuando los grandes corredores marítimos dejan de ser simples rutas y se convierten en herramientas de presión económica y política. 

Irán ya ha insinuado incluso la posibilidad de exigir pagos en Ormuz, algo que ha alarmado a organismos internacionales y a las grandes potencias marítimas. En ese contexto, el viejo proyecto turco empieza a encajar dentro de una tendencia más amplia: transformar ciertos pasos estratégicos en infraestructuras capaces de generar ingresos multimillonarios y aumentar el peso político de los países que los controlan.

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Estambul, Turquía, dividida por el Cuerno de Oro y el estrecho del Bósforo.

El sueño de Erdogan. Sí, porque Recep Tayyip Erdogan convirtió el Canal de Estambul en uno de sus grandes símbolos políticos. De hecho, lo ha comparado con Suez y Panamá, lo ha descrito como un proyecto destinado a transformar el papel internacional de Turquía y lo ha presentado como una obra capaz de convertir Estambul en uno de los grandes centros logísticos del mundo. 

Sobre el papel, el canal tendría unos 45 kilómetros de longitud, permitiría el paso de grandes petroleros y cargueros y estaría acompañado por puertos, zonas logísticas, nuevas urbanizaciones y enormes desarrollos inmobiliarios. También partiría físicamente la parte europea de Estambul, creando una especie de isla artificial gigantesca entre el Bósforo y el nuevo canal.

La gran duda: si alguien pagaría por usarlo. El enorme problema del proyecto siempre ha sido el mismo. Aunque Turquía podría cobrar peajes en el nuevo canal, el Bósforo seguiría existiendo como alternativa gratuita. Esa duda lleva años persiguiendo al plan: por qué una naviera aceptaría pagar millones por cruzar una vía artificial cuando dispone de otra ruta sin peajes relativamente cercana. 

Ankara confía en que la congestión, los riesgos de navegación y los posibles retrasos empujen a muchas compañías a elegir el nuevo corredor, especialmente para mercancías peligrosas y grandes petroleros. Pero numerosos economistas y expertos marítimos creen que la rentabilidad real del proyecto sigue siendo incierta y dependería de escenarios internacionales muy concretos, precisamente como los que hoy está provocando la crisis de Ormuz.

Críticas dentro de Turquía. Además, el Canal de Estambul nunca ha sido únicamente una discusión sobre comercio marítimo. Desde hace años acumula críticas por su impacto ecológico, urbanístico y económico. Científicos y urbanistas advierten de que el canal atravesaría bosques, acuíferos, zonas agrícolas y ecosistemas muy sensibles del norte de Estambul. 

No solo eso. También existen temores sobre cómo podría alterar las corrientes entre el mar Negro y el mar de Mármara, afectar a la biodiversidad marina o aumentar problemas relacionados con terremotos y deslizamientos de tierra en una región ya muy vulnerable sísmicamente. Plus: el coste proyectado (que distintas estimaciones sitúan entre 15.000 y más de 60.000 millones de dólares) sigue generando dudas incluso entre sectores que apoyan reforzar la posición estratégica turca.

Ormuz ha reactivado el sueño. Durante años, el Canal de Estambul pareció moverse entre anuncios grandilocuentes, retrasos, disputas políticas y dudas financieras. Pero la guerra alrededor de Ormuz ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión mucho más amplia: el enorme poder que tienen ciertos puntos marítimos para alterar cadenas de suministro, mercados energéticos y equilibrios geopolíticos enteros. 

Turquía observa ahora cómo el mundo entero discute sobre bloqueos, seguros marítimos, peajes y control de rutas estratégicas mientras su viejo proyecto vuelve a parecer, al menos en algunos sectores del país, como una posible herramienta para aumentar su influencia global en un siglo donde los corredores marítimos vuelven a convertirse en piezas centrales del poder internacional.

Imagen | Wikimedia, NASA

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El próximo tratamiento contra la depresión podría estar en los ojos. Ya han probado con éxito unas lentillas inteligentes en ratones

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La depresión que resiste a los fármacos es uno de los mayores desafíos de la medicina actual, puesto que cuando los antidepresivos no funcionan, la psiquiatría y la neurología tienen que recurrir a terapias como la electroconvulsión. Ahora, un equipo de investigadores ha dado un giro radical a este asunto al desarrollar unas lentes de contacto inteligentes capaces de tratar la depresión estimulando el cerebro a través de la retina. 

Un estudio publicado en la revista Cell muestra unos muy buenos resultados en modelos de ratón con el uso de estas lentillas que han permitido revertir el fenotipo depresivo con una capacidad comparable a la del antidepresivo fluoxetina, o más conocido como Prozac. 

No es invasivo. Para entender el hito que supone este estudio, hay que mirar primero las terapias actuales que pasan por usar la conocida como Estimulación Magnética Transcraneal para poder hacer una neuromodulación no invasiva para pacientes con depresión resistente a los fármacos. También se está estudiando la posibilidad de hacer estimulaciones eléctricas transcraneales por corriente continua. 

Pero el problema de estas terapias que están en el último escalón de la psiquiatría es que llegar a las regiones profundas del cerebro sin recurrir a la cirugía es extremadamente difícil. Y es que uno de los riesgos de aplicar un campo eléctrico fuerte desde el exterior para llegar a la profundidad del cerebro puede acabar dañando parte del cerebro. 

La solución. Ante este inconveniente físico es donde entra la tecnología de interferencia temporal. Tal y como detalla una revisión hecha en 2025, esta estimulación es una gran estrategia, puesto que consiste en aplicar dos corrientes eléctricas de alta frecuencia que no afectan al tejido cerebral superficial. 

De esta manera, al cruzarse en las zonas profundas del cerebro, la diferencia de frecuencia crea una nueva onda de baja frecuencia que sí estimula las neuronas objetivo. Es un concepto funcional que fue demostrado por primera vez en ratones y que permite acceder a lo más profundo de nuestra anatomía sin bisturí. 

Unas lentillas. Bajo este principio es donde ahora se está buscando la forma de aplicarlo de una manera cómoda para el paciente y es donde entra en juego el uso de lentillas equipadas con electrodos fabricados con óxido de galio y platino. Aquí se aprovecha la conexión anatómica directa que existe entre el ojo y el cerebro a través del nervio óptico para conseguir transmitir esta estimulación a través de la retina que permite enviar señales de interferencia temporal hasta las redes neuronales implicadas en la depresión. 

La aplicación. En la investigación simplemente se aplicó esta estimulación durante 30 minutos al día a lo largo de tres semanas en los roedores. Lo que se consiguió aquí es una restauración de las oscilaciones cerebrales saludables y una mejoría conductual que, según los investigadores, es equiparable a la obtenida mediante la administración de fluoxetina en estos mismos modelos animales. 

Cautela. Aquí hay que tener en cuenta que esta es la primera vez que se usan unas lentillas para tratar un trastorno cerebral, y aunque el diseño del dispositivo es un alarde de la ingeniería, hay que ser cautos. Como suele ocurrir con estos avances, el paso del laboratorio al paciente va muy lento por la necesidad de numerosos ensayos para valorar el efecto y la seguridad en humanos. Pero la idea ahora mismo ya está sobre la mesa y solo hay que esperar que la ciencia siga avanzando. 

Imágenes | rawpixel.com en Magnific

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el bloqueo de Ormuz está a punto de provocar serios problemas a Samsung y TSMC

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El cierre del estrecho de Ormuz por el conflicto con Irán ha puesto patas arriba a toda la industria tecnológica y energética, más allá de toda la tensión geopolítica que ha ido arrastrando. Se trata de un terremoto que recorre toda la cadena de suministro de semiconductores, incluyendo componentes clave que a priori no tenemos en mente, pero que son esenciales para la producción de todo tipo de microchips. Desde los gases más especializados hasta disolventes, minerales y, en esencia, toda materia prima crítica que ahora es bastante más complicada y cara de obtener.

Materia prima. Aparte del silicio, hay otras materias primas esenciales para la fabricación de chips que últimamente están siendo muy difíciles de obtener. Tal y como cuentan desde Bloomberg, la producción de estos chips requiere decenas de materiales tan específicos como gases ultrapuros, ácidos, disolventes, resinas… Muchos de los cuales provienen de una región geográfica muy concreta: Oriente Medio.

El bloqueo del estrecho de Ormuz ha cortado de golpe el suministro de buena parte de ellos, y aunque los grandes fabricantes como TSMC y Samsung tienen algo de inventario acumulado, el margen se estrecha con cada semana que pasa.

El Helio no tiene sustituto. El helio es quizás el material más crítico de todos. Se usa para enfriar obleas durante el grabado de circuitos, en los procesos de litografía EUV y para mantener la estabilidad térmica del silicio. No tiene sustituto. Qatar producía aproximadamente un tercio del suministro mundial, pero los ataques iraníes sobre sus instalaciones energéticas en Ras Laffan y Mesaieed han paralizado prácticamente toda su producción.

Según Bloomberg, una restauración completa podría tardar hasta cinco años. Corea del Sur importaba en torno al 65% de su helio de Qatar, lo que convierte a Samsung y SK Hynix en los fabricantes más vulnerables. Y es que los chips de memoria requieren mucho más helio que los chips lógicos.

Bromo, ácido sulfúrico y disolventes. Más allá del helio, el bloqueo también está afectando a otros materiales igual de críticos. El gas de bromuro de hidrógeno de alta pureza, esencial para los procesos de grabado, escasea. El ácido sulfúrico de alta pureza, usado para limpiar obleas y eliminar fotorresistentes una vez impresos los circuitos, también está enfrentándose a restricciones.

Tal y como explican en The Guardian, el Golfo exporta alrededor del 45% del azufre mundial, la materia prima de la que se obtiene. Y luego están los disolventes para fotorresistentes, como el PGMEA, que se obtiene del nafta, un derivado del petróleo crudo que antes llegaba en buena medida desde Irán.

Inventarios. Los grandes fabricantes han salido a decir que, de momento, tienen reservas suficientes para aguantar varios meses. El gobierno surcoreano confirmó en abril que los inventarios de bromo y helio cubrían varios meses de producción. TSMC, por su parte, contaba que no espera impacto inmediato, aunque advertía que los precios de ciertos gases y químicos probablemente subirán.

El problema es que muchos de estos materiales tienen una vida útil limitada, ya que no se pueden almacenar indefinidamente. El helio líquido se evapora durante el transporte (especialmente ahora que los barcos deben rodear África), y los disolventes para fotorresistentes caducan una vez abiertos. Jonathan Colehower, director general del departamento de Operaciones Globales y Cadena de Suministro de UST, contaba a PC Gamer que empresas como Samsung “venían operando con inventarios muy ajustados” siguiendo el modelo justo a tiempo, y que “esto no estaba en su radar”.

Concentración geográfica. Una de las lecciones más duras de esta crisis es que la cadena de suministro tecnológica tiene puntos de estrangulamiento muy concretos. Y es que no se trata solo de que el Golfo produzca petróleo; es que produce materiales muy específicos en instalaciones muy concretas que no tienen equivalente fácil en otro lugar.

Jenna Ingram, directora de Inteligencia Proactiva en Exiger, contaba a PC Gamer que los fabricantes que antes compraban helio en el Golfo ahora compiten por el mismo volumen limitado que producen Canadá y Estados Unidos, que ya tenían sus propios clientes. Cabe añadir que China acaba de restringir sus exportaciones de ácido sulfúrico y que Rusia ha impuesto controles temporales sobre las exportaciones de helio, por lo que el panorama se complica aún más.

Quién aguantará y quién no. En este escenario, el tamaño importa mucho. Los grandes (TSMC, Samsung, SK Hynix) tienen poder de compra suficiente para colarse al principio de la cola cuando hay escasez, pagar primas por materiales de alta pureza y tirar de relaciones estratégicas si hace falta. Los más pequeños, no. Según Gartner, si la situación se prolonga, podría llegar a afectar también a la industria de la IA.

Para los consumidores, el pronóstico no es para nada esperanzador. Y es que lo más probable es que las prioridades de suministro favorezcan a la infraestructura de IA sobre la electrónica de consumo.

Cuánto durará esto. “Creo que en el mejor de los casos estamos ante otros 12 o 18 meses de dificultades. No creo que esto se resetee de la noche a la mañana,” explicaba al medio Derek Lemke, Vicepresidente sénior de Inteligencia a nivel de producto en Exiger. Colehower, por su parte, explica que “una buena parte del daño no es solo una interrupción del suministro, sino infraestructuras dañadas” que hay que reconstruir. Y, sobre todo, subraya que “los precios son pegajosos. Suben, pero raramente bajan.”

Imagen de portada | Harrison Broadbent

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El gran desafío de Ozempic es el efecto rebote. La ciencia ya tiene dos prometedoras soluciones para evitarlo

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El auge de medicamentos como Ozempic, Wegovy o Mounjaru ha transformado por completo el panorama clínico y social de la pérdida de peso, haciendo que muchas personas no duden en pedir a su médico de cabecera que se lo recete para poder perder peso y también regular la glucemia. Los resultados durante el tratamiento son innegables, pero la gran pregunta que plantea sobre las consultas médicas es qué ocurre exactamente cuando se interrumpe la medicación.

Lo que sabemos. Uno de los puntos más temidos de este tipo de tratamientos está en el ‘efecto rebote’ que provoca que, en el momento de dejar el tratamiento y si no se han ajustado los hábitos alimentarios, se vaya a ver un gran aumento de peso. Esto es algo que provoca que mucha gente vea que este tratamiento solo da unos meses de ‘delgadez’, pero la ciencia trata ahora de evitar este efecto. 

El rebote. Un exhaustivo análisis publicado en The BMJ puso por fin cifras exactas a este fenómeno para que se pueda hablar con propiedad a los pacientes. Y lo que se ha visto tras analizar a 9.300 participantes es que los pacientes recuperan una media de 0,4 kilos al mes tras suspender el tratamiento. 

A este ritmo, el retorno al peso inicial antes de comenzar la terapia se produce en apenas 1,7 años. Pero esto también se viene acompañado de una pérdida del escudo cardiovascular a los 1,4 años. 

La solución. Una de ellas pasa por tomar una pastilla diaria conocida como orforglipron, que no es más que un agonista del receptor GLP-1 no peptídico, lo que hace que se pueda tomar de manera oral y no a través de inyecciones subcutáneas. Aquí la idea es utilizar el tratamiento inyectable, que es más potente, durante las primeras semanas para luego hacer una transición a esta pastilla diaria para consolidar los resultados sin el efecto rebote. 

Esto no solo mejora enormemente la comodidad del paciente, sino que facilita la producción masiva, ya que no se depende de los problemáticos ‘bolígrafos’ que contienen la semaglutida, y ayuda a mantener la señalización de saciedad a nivel cerebral sin el impacto invasivo de la aguja. 

Una bacteria. La segunda línea de investigación apunta al microbioma intestinal, al analizar la suplementación con la bacteria Akkermansia muciniphila MucT pasteurizada como herramienta para evitar el efecto rebote tras una dieta hipocalórica. Una bacteria que es una vieja conocida en el ámbito de la nutrición por su papel en la integridad de la barrera intestinal. 

Tras hacer los análisis, se vio que el grupo de pacientes que recibió el suplemento bacteriano registró una recuperación de peso de apenas el 13,6%, frente al 32,9% del grupo de control. Pero más allá de la báscula, se ha visto que con esta bacteria se muestra una notable preservación de la sensibilidad a la insulina, un factor crucial para evitar el desarrollo de diabetes tipo 2 y mantener el metabolismo lipídico bajo control.

El futuro. Estamos sin duda ante el inicio de un cambio de paradigma, puesto que la narrativa médica está pasando de la “guerra contra los kilos” a corto plazo a la gestión crónica y sostenible. Pero lógicamente, para que esto llegue al mercado, hay que esperar (y no poco) a tener mejores resultados y sobre todo que se ensaye en humanos. 

Imágenes | stefamerpik en Magnific

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