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EEUU dice que la guerra ha terminado… mientras vuelan misiles y drones kamikaze

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Durante la llamada “Guerra de los Petroleros” entre Irán e Irak, varias compañías marítimas llegaron a pintar banderas de otros países sobre sus buques y a cambiar nombres y registros casi de un día para otro para intentar cruzar el Golfo Pérsico sin ser atacadas. Aun así, muchas tripulaciones seguían navegando convencidas de que cualquier error, radar o movimiento extraño podía convertir un viaje comercial rutinario en una zona de combate improvisada.

La guerra más incierta. La situación alrededor de Irán y el estrecho de Ormuz se ha convertido en una paradoja difícil de sostener. Hace escasas horas, la Casa Blanca ha insistido en afirmar que la guerra terminó hace semanas. De hecho, Marco Rubio asegura que la operación “Epic Fury” ya concluyó mientras Trump habla ahora del conflicto como una suerte de “miniwar” o un episodio temporal donde se están terminando las pequeñas y últimas rencillas.. 

Ocurre que al mismo tiempo siguen volando drones y misiles, los buques estadounidenses continúan interceptando ataques iraníes y las fuerzas de ambos países siguen cruzando fuego por todo el Golfo. Dicho de otra forma, Washington intenta vender la idea de que el conflicto ya está en fase diplomática mientras sobre el terreno continúan ocurriendo acciones militares casi diarias, especialmente en Emiratos Árabes Unidos, donde los incidentes de bombardeos son casi diarios

Cómo bloquear Ormuz sin cerrarlo del todo. La gran baza iraní no ha sido destruir flotas estadounidenses, sino convertir el estrecho en un lugar demasiado peligroso para el comercio normal. Aunque prácticamente cada día algunos barcos atraviesan la zona escoltados por EEUU, el tráfico sigue muy por debajo de los niveles previos a la guerra porque navieras y aseguradoras continúan viendo el paso como una apuesta arriesgada. 

Irán mantiene así una presión enorme sobre la economía global sin necesidad de imponer un bloqueo absoluto, utilizando ataques limitados, amenazas constantes y la sensación permanente de que cualquier tránsito puede acabar en un incidente militar.

El fracaso del plan de EEUU. Trump presentó “Project Freedom” como la operación que demostraría que Washington podía reabrir Ormuz por la fuerza y restaurar la libertad de navegación. Sin embargo, el plan apenas consiguió mover unos pocos barcos antes de quedar pausado menos de dos días después de arrancar. 

La decisión del presidente norteamericano refleja el gran problema de Washington: proteger el estrecho exige asumir riesgos militares constantes, pero abandonar la operación deja a Irán con capacidad para seguir condicionando el comercio energético mundial. Estados Unidos ha quedado atrapado entre evitar otra gran guerra en Oriente Medio y no parecer incapaz de imponer su propia estrategia.

Iranian Drone Exercise In 2022 Day 2 55
Iranian Drone Exercise In 2022 Day 2 55

La tregua funciona como una guerra limitada y controlada. Lo cierto es que sobre el papel existe un alto el fuego, pero en la práctica ambos países siguen actuando como si el conflicto continuara abierto. El Pentágono describe los ataques iraníes como “hostigamiento” por debajo del umbral de una nueva guerra total, lo que permite a Trump evitar una gran escalada. 

Mientras tanto, Irán continúa lanzando ataques limitados y poniendo a prueba hasta dónde puede tensar la situación sin provocar una respuesta masiva estadounidense. El resultado es una especie de guerra híbrida donde oficialmente no hay guerra… pero tampoco paz.

Los aliados árabes empiezan a desconfiar de EEUU. Los ataques iraníes sobre Emiratos Árabes Unidos han provocado una creciente inquietud entre las monarquías del Golfo. Muchos gobiernos de la región perciben que Trump está más centrado en salir del conflicto que en responder con dureza a Teherán, incluso después de nuevos lanzamientos de misiles y drones. 

La sensación es que albergar bases estadounidenses puede convertir a esos países en objetivos prioritarios sin garantizar necesariamente una protección total. Esa duda empieza a extenderse también entre aliados europeos y asiáticos que observan cómo Washington redefine continuamente qué considera una guerra real.

China se ha convertido en la pieza diplomática clave. En medio del bloqueo parcial de Ormuz, Pekín intenta mantener el equilibrio entre su relación con Irán y la necesidad de estabilizar los mercados energéticos. Estados Unidos está presionando a China para que convenza a Teherán de reabrir completamente el estrecho, especialmente antes de la próxima reunión entre Trump y Xi Jinping. 

El problema es que China sigue comprando petróleo iraní y rechaza parte de las sanciones estadounidenses, aunque al mismo tiempo la subida de los precios energéticos está perjudicando seriamente a su economía. Eso convierte a Pekín en un actor indispensable para cualquier salida negociada.

Irán cree que el tiempo juega a su favor. La dirigencia iraní parece convencida de que Estados Unidos quiere evitar a toda costa otra guerra larga en Oriente Medio y posiblemente por ello está utilizando esa percepción para aumentar poco a poco la presión. Teherán mantiene los ataques limitados, conserva parcialmente cerrado Ormuz y continúa demostrando que todavía puede alterar los mercados mundiales sin cruzar una línea roja definitiva. 

El resultado es una situación de lo más inédita, una donde Washington intenta declarar victoria y pasar página, mientras Irán sigue utilizando la amenaza militar como herramienta de negociación diaria.

Imagen | USN, Mostafa Tehrani

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La primera “red social” de la historia tiene 57.000 años, la formaban cazadores y recolectores y sirvió para evitar la extinción

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La supervivencia de los cazadores-recolectores de la prehistoria se ha explicado históricamente por dos cosas: el clima y los recursos naturales disponibles. Y aunque a grandes rasgos es cierto, un nuevo estudio propone que las relaciones sociales entre grupos humanos de por aquel entonces fueron tan decisivas que el entorno físico. 

El hallazgo. El equipo de investigación se centra en pequeños grupos de cazadores-recolectores que vivieron en el sur del Cáucaso hace entre 57.000 y 27.000 años. Al parecer, estos pequeños grupúsculos viajaban largas distancias y compartían herramientas y técnicas con otros grupos. 

Inicialmente pensaban que  por su tamaño y distancia vivirían casi aislados entre ellos, pero no. La prueba clave está en objetos de obsidiana, una roca volcánica usada para hacer herramientas cortantes, presente en yacimientos situados entre 40 y 200 km de la cantera de origen.

Por qué es importante. Porque obliga a replantearse los modelos clásicos sobre la evolución humana que atribuían el éxito o fracaso de una población casi exclusivamente a su capacidad de adaptación climática. Ahora vislumbramos que la cooperación y la circulación de información fue un factor de supervivencia esencial, lo que tiene implicaciones para entender la resiliencia humana frente al cambio ambiental.

Contexto. La zona del estudio es el sur del Cáucaso, el puente natural entre Europa y Asia donde confluyen montañas, valles y climas muy distintos en poco espacio, de modo que es un lugar clave para entender cómo se movían los humanos antiguos. En la época en la que se enmarca el estudio en otras partes del mundo convivieron neandertales y humanos modernos y también cuando las herramientas de piedra cambiaron de estilo. Por eso el Cáucaso es un magnífico lugar para comprobar si esos cambios fueron un reemplazo brusco de una población por otra o hubo convivencia entre ambas culturas.

En detalle. Cada cantera de obsidiana tiene una composición química única, lo que permite determinar exactamente cuál es el origen de cada herramienta localizada. Según el equipo de investigación, la distancia a la que están dispersas estas herramientas es demasiado grande como para que la recorriera un único grupo en busca de alimento: la explicación más plausible es que distintos grupos estaban en contacto e intercambiaban materiales.

Pero hay otra pista más: la forma de tallar la piedra se repite en yacimientos muy alejados entre sí, lo que sugiere que unos grupos aprendían de otros, no que llegaran a la misma conclusión por azar. Además, al datar las capas de tierra de distintos yacimientos, se ve que las culturas del Paleolítico Medio y el Paleolítico Superior convivieron durante miles de años en la misma zona, es decir, que una no sustituyó a la otra. Tres poderosas razones para sostener que las redes sociales ayudaron a estos grupos a sobrevivir.

Sí, pero. La inferencia de “redes sociales” o alianzas a partir de piedra tallada no deja de ser una interpretación, no una observación directa: no existen registros escritos, orales ni testimoniales del Paleolítico, así que toda conclusión sobre relaciones sociales se construye indirectamente, a partir de patrones materiales. De hecho, que la obsidiana viaje entre 40 y 200 km no prueba por sí solo intercambio social entre grupos: podría explicarse también por un único grupo con un territorio muy amplio o por reutilización de herramientas durante generaciones.

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El live action de “Moana” tiene un estreno sin éxito: navega en la taquilla con 95 mdd en su primer fin de semana

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AP.- El liveaction de “Moana” de The Walt Disney Company no tuvo gran impacto en su primer fin de semana en los cines de Norteamérica.

La película, que según se informó costó 250 millones de dólares producir, recaudó apenas 43 millones por venta de entradas en Estados Unidos y Canadá, de acuerdo con estimaciones del estudio difundidas el domingo.

En el plano internacional, obtuvo 52 millones de dólares en 50 mercados, lo que suma un debut global de 95 millones de dólares.

El estudio apostó fuerte por “Moana”, una de sus franquicias más populares, la película animada de 2016 es la más vista en Disney+.

Su secuela, que se armó a partir de una serie para streaming que estaba prevista, superó los mil millones de dólares y estableció un récord del Día de Acción de Gracias cuando se estrenó con 225 millones de dólares en 2024. “Moana 2” también se estrenó hace apenas 19 meses.

Esta nueva “Moana”, dirigida por Thomas Kail, trae de vuelta a Dwayne Johnson como el semidiós Maui e incorpora a Catherine Laga’aia como la princesa polinesia aventurera. Pese a los elogios para Laga’aia, la película zarpó en una ola de críticas desalentadoras por parte de especialistas, al considerarse que es, en esencia, una recreación plano por plano de la original.

Actualmente tiene una calificación de 34% en Rotten Tomatoes. El público, en su mayoría mujeres (66%), fue menos negativo: según PostTrak, el 63% afirmó que “definitivamente” recomendaría la película a sus amigos. Las reacciones de los padres fueron aún más contundentes: el 78% dijo que la recomendaría a otros padres. Además, obtuvo una prometedora calificación A- en CinemaScore.

Las nuevas versiones de liveaction de Disney de películas animadas queridas, nuevas y antiguas, han tenido éxitos y decepciones.

Algunas han superado los mil millones de dólares, entre ellas “Lilo & Stitch”, “The Lion King” y “Beauty and the Beast”. Otras han naufragado, en especial “Blancanieves” del año pasado, que recaudó apenas 205 millones de dólares en todo el mundo.

Paul Dergarabedian, responsable de tendencias del mercado en Rentrak, señaló que el debut de “Moana” también podría ser producto de una sobresaturación de títulos con clasificación PG en el mercado: “Minions & Monstruos” de Universal quedó en segundo lugar con 20.5 millones de dólares y “Toy Story 5” estuvo muy cerca detrás, en el tercer puesto, con 18.5 millones.

“A las familias les encanta ir al cine, pero ahora mismo hay tres (películas)”, señaló Dergarabedian. “Eso es mucha competencia”.

Las películas con clasificación PG recaudaron más que otras en 2024 y 2025, por lo que el desempeño de “Moana” quizá no sea un caso de “fatiga de cine familiar”, sostuvo, sino que simplemente muestra que puede haber un techo.

Las familias tienen que elegir y, tras cuatro fines de semana, “Toy Story 5” sigue con fuerza, con un acumulado global de 879.1 millones de dólares.

También hay indicios de que estas películas quizá no se hundan o floten basándose únicamente en el fin de semana de estreno.

Aunque “Minions & Monstruos” abrió por debajo de lo esperado durante el feriado del 4 de julio, este fin de semana también tuvo una caída moderada del 45%. Su total acumulado nacional se ubica actualmente en 108.3 millones de dólares

El otro gran estreno del fin de semana definitivamente no fue PG: la cinta de terror con clasificación R “Evil Dead Burn”, un lanzamiento de Warner Bros., debutó con 13-7 millones de dólares y quedó en cuarto lugar.

La película de Angel Studios sobre George Washington, “Young Washington”, completó los cinco primeros puestos en su segundo fin de semana en salas, con 6.4 millones de dólares.

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Creíamos que para construir una GPU hacían falta laboratorios y millones. Un maker está montando una en casa

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Durante años hemos asumido que construir una GPU era un terreno reservado a empresas con fábricas avanzadas, equipos de ingeniería y presupuestos millonarios. No era una idea absurda: basta mirar la complejidad de cualquier tarjeta gráfica moderna para entender por qué parecía fuera del alcance de una persona. Pero lo que ha hecho Matthias Balwierz, conocido como Bitluni, obliga a matizar esa certeza. No ha replicado una GeForce ni pretende competir con NVIDIA, pero sí está construyendo desde casa una máquina gráfica con miles de microcontroladores RISC-V.

La primera fase reúne 8.192 de esos microcontroladores, cada uno vinculado directamente a un LED RGB. Esa decisión convierte el montaje en algo difícil de encajar en las categorías habituales: el diseño reúne en una misma estructura el procesamiento gráfico y la superficie en la que debe aparecer el resultado. En términos técnicos, está concebido para actuar a la vez como tarjeta gráfica y como pantalla, sin depender de un monitor separado. Eso sí, el proyecto sigue siendo un prototipo parcial, todavía lejos de la escala y las capacidades previstas para el sistema completo.

Una GPU hecha píxel a píxel

Esa arquitectura no estaba definida desde el principio. El maker comenzó pensando en construir algún tipo de pantalla, pero al estudiar el coste y la dificultad del proyecto descartó recurrir a componentes RGB direccionables, que habrían encarecido demasiado el conjunto. La alternativa fue más directa: soldar un LED a cada microcontrolador y convertir cada chip en una unidad gráfica visible por sí misma. La decisión contenía parte del presupuesto, aunque multiplicaba el trabajo de diseño, montaje y programación necesario para coordinar miles de elementos.

La escala termina de entenderse cuando miramos el objetivo completo. Una resolución de 1920×1080 habría exigido más de dos millones de microcontroladores, disparando el coste y la complejidad mucho más allá de lo que Bitluni se había marcado. El maker rebajó entonces la ambición hasta 320×200 píxeles, una resolución asociada a los videojuegos de la era DOS, pero que todavía requiere 64.000 chips. Los componentes instalados hasta ahora representan apenas una primera etapa de una máquina que multiplicaría casi por ocho su tamaño si llega a completarse.

Para ordenar semejante cantidad de hardware, Bitluni dividió el sistema en placas de 16×32 “píxeles”, concebidas como módulos independientes dentro del conjunto. Estas se distribuyen en una disposición circular que recuerda al Cray-1, el histórico superordenador de los años setenta, aunque la referencia es principalmente visual. La coordinación interna también está jerarquizada: cada grupo de 32 microcontroladores queda bajo el control de una unidad CH32V más potente, encargada de organizar el funcionamiento de esa sección y de servir como nivel intermedio dentro de la máquina.

Gpu 3
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La elección del QingKe CH570 explica parte de la lógica económica del proyecto. Se trata de un microcontrolador con una CPU RISC-V de 32 bits, un conjunto de instrucciones limitado y una frecuencia de hasta 100 MHz. También integra un controlador USB, un transceptor de 2,4 GHz y compatibilidad con Bluetooth 5.0 LE. Bitluni pudo comprar cada unidad por unos 0,13 dólares, pero la ventaja se diluye al multiplicarla por toda la matriz prevista: solo los chips necesarios para alcanzar los 320×200 píxeles superarían los 8.000 dólares.

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El problema crece al proyectar la alimentación del sistema completo. Habla de una estimación de 2.161 W, equivalentes a unos 655 amperios a 3,3 V, para la configuración final prevista. El medio señala que cada microcontrolador consume alrededor de 10 mA, aunque no ofrece un desglose que permita separar el gasto de los chips, los LED y la electrónica auxiliar. Para sostener semejante carga, Bitluni ha recurrido a una fuente Corsair WS3000 y a convertidores propios capaces de transformar los 12 V de salida en los 3,3 V requeridos.

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Buena parte del proyecto consiste también en fabricar la infraestructura que permite que todo lo demás funcione. Bitluni diseñó las PCB, los circuitos de alimentación, las placas de interfaz y las placas de prueba, y se enfrentó por primera vez a una placa de seis capas. Lla complejidad del diseño terminó llevándole hasta los límites del servicio de fabricación que utilizó. En paralelo, estudió una solución de refrigeración por inmersión y llegó a dimensionar el contenedor acrílico que habría necesitado, aunque dejó esa opción en suspenso por razones económicas y medioambientales.

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La programación planteaba otro problema de escala: no bastaba con fabricar las placas, también había que cargar el código en cada microcontrolador. Para evitar hacerlo a mano, Bitluni imprimió en 3D una pequeña herramienta con tres contactos y la fijó al carro de una impresora 3D. Un script de Python enviaba órdenes G-code para moverla hasta la posición exacta de cada chip y completar el proceso de forma repetible. La impresora dejó así de fabricar piezas para convertirse en una máquina de programación automatizada.

Esta máquina no compite en rendimiento, eficiencia ni tamaño con una tarjeta gráfica moderna, y tampoco ha alcanzado todavía la escala que Bitluni proyectó. Su valor está en exponer, mediante componentes separados, tareas que una solución comercial concentra o reparte entre chips y circuitos especializados: cálculo, control, alimentación, coordinación y visualización. Al reconstruirlas con microcontroladores de bajo coste, el maker ha convertido una idea poco habitual en un sistema que puede diseñarse, probarse y ampliar por etapas. No es una GPU doméstica convencional, sino un experimento de ingeniería llevado hasta límites poco frecuentes.

Imágenes | Bitluni

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