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En 1599 alguien anotó cómo se hacían las tortillas en España. Y zanja de una vez el debate entre “con y sincebollistas”
Quien esto escribe (honestidad ante todo) es un sincebollista irredento, uno de tantos partidarios de la firme convicción de que la tortilla española no debe llevar cebolla bajo ningún concepto. Dicho lo cual me toca reconocer lo siguiente: si hay un ingrediente que puede reclamar su lugar histórico en la tortilla patria, además de los huevos, es la cebolla. Antes incluso que el aceite o la patata. Y no solo porque esta última no llegase a Europa hasta bien entrado el siglo XVI.
Mucho antes de que los españoles se familiarizasen siquiera con lo que era una patata ya se daban festines a base de cebolla y huevos, sin necesidad de aderezo tuberculoso alguno. De hecho la patata tardó siglos en sumarse a la fiesta.
“Del arte de cozina”. Decía Jesús Munárriz que “todo está en los libros”. Eso (valga la redundancia) es aplicable a todo, desde la historia a la ciencia, pasando por las pasiones humanas, la religión, la geografía y por supuesto la gastronomía. Hace unas semanas, coincidiendo con el Día de la Tortilla (9 de marzo) la Real Academia (RAE) quiso recordárnoslo en Instagram desempolvando un antiguo libro que nos revela cómo comían nuestros ancestros del siglo XVI.
La obra en cuestión se titula ‘Libro del arte de cozina’ y básicamente es un recetario de 1599 en el que se detallan técnicas culinarias, consejos sobre comida y bebida y los secretos de los oficios de mayordomo, maître, camarero, trinchante o cocinero. También se incluyen unas cuentas recetas para carnes y pescados.
La obra es interesante tanto por su antigüedad y contenido como por su autor. Como recuerda la Real Academia de Gastronomía la escribió ni más ni menos que Diego Granado Maldonado, el jefe de cocina del mismísimo Felipe III.


¿Y habla de tortillas? Sí. Aunque probablemente las tortillas de las que nos habla Diego Granado no se parezcan a ese pincho que sueles tomarte con las cañas. Lo que hace el chef de Felipe III es explicar cómo elaborar una jugosa tortilla utilizando huevos, tocino, queso, canela… y (exacto) cebolla.
“Bástense diez huevos frescos y téngase seis onzas de tocino entreverado cortado a dados, y tres onzas de cebolla se hayan cocido en el rescoldo de las brasas, y picadas menudamente, y fritas con lardo derretido, y con el tocino cortado, póngase con los huevos tres onzas de queso mantecoso, media onza entre pimienta y canela, y yerbas picadas menudamente, y póngase todo en la sartén donde está el tocino y la cebolla, y hágase la tortilla, y sírvase caliente con zumo de naranja por encima”.
Más adelante el cocinero aclara incluso cómo hacer una tortilla doble de 14 huevos o incluso otras opciones de hasta 15 huevos con papada de cerdo salado, queso y pan rallados. En este último caso varían muchos de los ingredientes originales, pero se repiten los básicos: huevos y cebollas bien picadas.
La era ‘prepatatil’. Curiosidades aparte, el libro de Granado es interesante porque nos muestra cómo se alimentaban (y preparaban tortillas) los españoles mucho antes de que el consumo de patata se extendiese por Europa.
Al fin y al cabo los humanos llevamos milenios familiarizados con este tubérculo, pero su popularización en el viejo continente es relativamente reciente. Aunque se cree que la patata empezó a cultivarse hace 8.000 años en la cordillera de los Andes no dio el salto a la otra orilla del Atlántico hasta avanzado el XVI, gracias en gran medida a los los soldados de Gonzalo Jiménez de Quesada.
Nada de amor a primera vista. Hoy quizás nos parezca increíble que nuestros antepasados de hace 500 años no sucumbiesen a las delicias de unas buenas patatas asadas o que se apresurasen a cambiar el tocino por patatas en sus tortillas, pero lo cierto es que en un primer momento aquel tubérculo alargado llegado de Perú y Colombia no causó precisamente furor.
Lo recuerda José Carlos Capel, crítico y miembro de la Real Academia de Gastronomía (RAG), en un artículo publicado en marzo de 2024 precisamente coincidiendo con el Día de la Tortilla. La patata no empezó a triunfar hasta unos cuantos siglos después. De hecho hay que irse al XVIII, durante el reinado de Carlos III, cuando se organizaron siembras para combatir la hambruna.
Los españoles de entonces miraban el tubérculo con ojos tan distintos a los de 2026 que en 1785 un irlandés afincado en Madrid, Enrique Doyle, le dedicó un libro para despejar dudas: ‘Tratado sobre el uso y utilidades de las patatas’.
Una historia de éxito. Tal vez en la España de los Austrias las patatas no tuviesen demasiado éxito, pero la cosa cambió con el tiempo. Tanto, de hecho, que ahora mismo cada español consume de media en su hogar alrededor de 20 kilos anuales si sumamos las variedades frescas, congeladas y procesadas.
Hacia 1767 el agrónomo José Antonio Valcárcel ya escribía sobre el uso de patatas para elaborar tortillas. En algún punto entre el siglo XVI y esa fecha el tubérculo se coló en la receta, formando un exitoso tándem con los huevos que se consolidó con el paso tiempo. Tan bien funcionó que acabó eclipsando al resto de ingredientes que Granado guardaba en su despensa, en el palacio de Felipe III.
La gran incógnita. ¿Quién, cuándo y cómo tuvo la feliz ocurrencia de crear lo que hoy conocemos como ‘tortilla española’? Hay teorías que atribuyen el mérito al general Tomás de Zumalacárregui, en el siglo XIX, durante el sitio de Bilbao, pero la realidad es bastante más simple (y desalentadora): no tenemos ni idea.
“Por mucho que rebusquemos en recetarios antiguos y alusiones literarias, nunca sabremos quién creó uno de nuestros platos icónicos”, explica Capel. Lo que está claro es que la tortilla de patatas como nosotros la entendemos no es una obra culinaria tan antigua. De hecho no se consolidó hasta el XVIII o XIX. Más reciente aún es el nombre con el que la distinguimos: ‘tortilla española’.
Dando la vuelta a la tortilla. Capel aporta otra clave que complica (aún más) la historia. Quizás en España se hiciesen antes tortillas con huevos y cebollas que a base de patatas, pero pasado el tiempo y una vez ‘cuajado’ el concepto de lo que hoy entendemos por tortilla española la cebolla desapareció de la ecuación.
Es más, el crítico gastronómico recuerda que hasta la década de 1940 se elaboraba básicamente con tubérculos y huevos. Nada más. Incluso el aceite de oliva solía quedarse fuera de la receta. Lo habitual es que las patatas se cocinasen con manteca, una práctica que puede seguirse en recetarios del XIX y XX.
Una hortaliza, dos bandos. Eso no ha impedido que España se divida hoy en dos bandos aún más nítidos que los que pueda crear la política: los sincebollistas y los concebollistas. Entre los dos, por cierto, ganan de calle estos últimos, como lo demostró hace unos años el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que salió a la calle para preguntar a los españoles cómo les gustaba la tortilla.
El 20,9% respondió que sin cebolla, al 8% le da igual, el 0,5% tiene dudas y al 70,4% le gusta saborear trozos de cebolla. Ahora sabemos que el cocinero que preparaba las tortillas de Felipe III habría aplaudido esa elección.
Imágenes | Manuel Torres García (Unsplash) y RAE
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Japón no necesitaba otro portaaviones para mover ficha. Su siguiente paso militar empieza con Vietnam
Japón se ha pasado décadas midiendo cada gesto militar con una cautela casi quirúrgica. No por falta de industria, tecnología o capacidad, sino por el peso de su historia reciente y por los límites políticos que han marcado su defensa desde la posguerra. Por eso, cuando Tokio mueve una pieza en este terreno, conviene mirar más allá del tamaño aparente del gesto. Lo que tenemos delante muestra hacia dónde se mueve el país asiático.
La noticia concreta. El movimiento aparece en un comunicado del Ministerio de Defensa japonés después de la reunión que el ministro de Defensa Shinjiro Koizumi mantuvo dos días antes con el general Phan Van Giang, viceprimer ministro y ministro de Defensa Nacional de Vietnam. Según Tokio, ambos acordaron iniciar conversaciones para concretar nuevas formas de cooperación en equipamiento y tecnología de defensa. La parte más llamativa es la posibilidad de desarrollar y producir conjuntamente embarcaciones rápidas de desembarco.
Vietnam, socio sin alianza. La elección de Vietnam no es casual. Hablamos de un país cuya historia reciente quedó marcada por la guerra con Estados Unidos, que desde la normalización diplomática de 1995 ha elevado su relación con Washington al rango de asociación estratégica integral y que, al mismo tiempo, evita presentarse como parte de un bloque militar. Esa combinación es precisamente lo que hace interesante su papel para Japón: Hanoi necesita reforzar sus capacidades, diversificar socios y proteger sus intereses marítimos, pero sin quedar atrapado en una alianza formal. En ese equilibrio, Tokio aparece como un socio útil, avanzado y políticamente menos estridente que otros actores.
La política de equilibrio. Esa posición tiene una traducción muy concreta en la doctrina de defensa vietnamita: los llamados “cuatro noes”. Hanoi sostiene que no participa en alianzas militares, no se alinea con un país contra otro, no permite bases militares extranjeras ni que otros países usen su territorio contra terceros, y no recurre al uso o la amenaza de la fuerza en sus relaciones internacionales. Es una arquitectura pensada para cooperar sin quedar absorbido por nadie.
El mapa marítimo. El comunicado japonés no menciona a China como destinatario directo del mensaje, pero sí coloca la conversación en dos espacios muy concretos: el mar de China Oriental y el mar de China Meridional. Para Tokio,el primero forma parte de sus grandes preocupaciones de seguridad; para Hanoi, el segundo es el escenario donde se concentran algunas de sus principales tensiones marítimas. Por eso los dos ministros subrayaron la libertad de navegación y sobrevuelo, además del respeto al derecho internacional y a la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.
Por qué importan. La expresión “embarcaciones rápidas de desembarco” puede sonar menor frente a submarinos, cazas o grandes buques de guerra, pero su función es muy concreta: mover tropas, vehículos, equipos o suministros hacia una costa, una isla o una zona de acceso difícil. En un entorno marítimo fragmentado, con archipiélagos, arrecifes y territorios donde la distancia no siempre se mide en kilómetros sino en capacidad de llegar antes, esa movilidad tiene valor estratégico. No hablamos de un arma espectacular, sino de una herramienta práctica para operar donde el mapa se estrecha.
Japón mueve su industria. La posible cooperación con Vietnam encaja en una transformación más amplia: Japón está intentando que su base industrial de defensa pese más dentro y fuera del país. Lo hemos visto en la reforma de sus reglas de transferencia de equipamiento militar, revisadas de nuevo en abril de 2026 para promover más cooperación defensiva con aliados y países afines, y también en proyectos avanzados que siguen en fase de investigación, como el cañón de riel electromagnético. El punto es que Tokio está dejando de mirar su industria militar como un asunto puramente doméstico.
Un giro muy medido. Lo interesante es que ninguno de los dos países necesita presentar esto como una ruptura para que tenga peso. Japón no abandona de golpe su cautela histórica, y Vietnam no firma una alianza militar formal. Lo que vemos es una fórmula mucho más discreta: cooperación industrial, tecnología defensiva y capacidades navales en una zona donde cada pequeño movimiento se lee en clave estratégica. Por eso unas embarcaciones de desembarco pueden parecer poca cosa sobre el papel, pero decir bastante sobre hacia dónde se está moviendo el Indo-Pacífico.
Imágenes | Xataka con Nano Banana
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Japón no necesitaba otro portaaviones para mover ficha. Su siguiente paso militar empieza con Vietnam
Japón se ha pasado décadas midiendo cada gesto militar con una cautela casi quirúrgica. No por falta de industria, tecnología o capacidad, sino por el peso de su historia reciente y por los límites políticos que han marcado su defensa desde la posguerra. Por eso, cuando Tokio mueve una pieza en este terreno, conviene mirar más allá del tamaño aparente del gesto. Lo que tenemos delante muestra hacia dónde se mueve el país asiático.
La noticia concreta. El movimiento aparece en un comunicado del Ministerio de Defensa japonés después de la reunión que el ministro de Defensa Shinjiro Koizumi mantuvo dos días antes con el general Phan Van Giang, viceprimer ministro y ministro de Defensa Nacional de Vietnam. Según Tokio, ambos acordaron iniciar conversaciones para concretar nuevas formas de cooperación en equipamiento y tecnología de defensa. La parte más llamativa es la posibilidad de desarrollar y producir conjuntamente embarcaciones rápidas de desembarco.
Vietnam, socio sin alianza. La elección de Vietnam no es casual. Hablamos de un país cuya historia reciente quedó marcada por la guerra con Estados Unidos, que desde la normalización diplomática de 1995 ha elevado su relación con Washington al rango de asociación estratégica integral y que, al mismo tiempo, evita presentarse como parte de un bloque militar. Esa combinación es precisamente lo que hace interesante su papel para Japón: Hanoi necesita reforzar sus capacidades, diversificar socios y proteger sus intereses marítimos, pero sin quedar atrapado en una alianza formal. En ese equilibrio, Tokio aparece como un socio útil, avanzado y políticamente menos estridente que otros actores.
La política de equilibrio. Esa posición tiene una traducción muy concreta en la doctrina de defensa vietnamita: los llamados “cuatro noes”. Hanoi sostiene que no participa en alianzas militares, no se alinea con un país contra otro, no permite bases militares extranjeras ni que otros países usen su territorio contra terceros, y no recurre al uso o la amenaza de la fuerza en sus relaciones internacionales. Es una arquitectura pensada para cooperar sin quedar absorbido por nadie.
El mapa marítimo. El comunicado japonés no menciona a China como destinatario directo del mensaje, pero sí coloca la conversación en dos espacios muy concretos: el mar de China Oriental y el mar de China Meridional. Para Tokio,el primero forma parte de sus grandes preocupaciones de seguridad; para Hanoi, el segundo es el escenario donde se concentran algunas de sus principales tensiones marítimas. Por eso los dos ministros subrayaron la libertad de navegación y sobrevuelo, además del respeto al derecho internacional y a la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.
Por qué importan. La expresión “embarcaciones rápidas de desembarco” puede sonar menor frente a submarinos, cazas o grandes buques de guerra, pero su función es muy concreta: mover tropas, vehículos, equipos o suministros hacia una costa, una isla o una zona de acceso difícil. En un entorno marítimo fragmentado, con archipiélagos, arrecifes y territorios donde la distancia no siempre se mide en kilómetros sino en capacidad de llegar antes, esa movilidad tiene valor estratégico. No hablamos de un arma espectacular, sino de una herramienta práctica para operar donde el mapa se estrecha.
Japón mueve su industria. La posible cooperación con Vietnam encaja en una transformación más amplia: Japón está intentando que su base industrial de defensa pese más dentro y fuera del país. Lo hemos visto en la reforma de sus reglas de transferencia de equipamiento militar, revisadas de nuevo en abril de 2026 para promover más cooperación defensiva con aliados y países afines, y también en proyectos avanzados que siguen en fase de investigación, como el cañón de riel electromagnético. El punto es que Tokio está dejando de mirar su industria militar como un asunto puramente doméstico.
Un giro muy medido. Lo interesante es que ninguno de los dos países necesita presentar esto como una ruptura para que tenga peso. Japón no abandona de golpe su cautela histórica, y Vietnam no firma una alianza militar formal. Lo que vemos es una fórmula mucho más discreta: cooperación industrial, tecnología defensiva y capacidades navales en una zona donde cada pequeño movimiento se lee en clave estratégica. Por eso unas embarcaciones de desembarco pueden parecer poca cosa sobre el papel, pero decir bastante sobre hacia dónde se está moviendo el Indo-Pacífico.
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“Algo se acerca”: lanzan el primer tráiler de “Avengers Doomsday” y se anticipa un enorme “crossover” del UCM
EFE.- El primer tráiler de “Avengers Doomsday”, lanzado este lunes por Marvel y Disney, promete oscuridad, mucha acción, incontables superhéroes y un nuevo y poderoso enemigo enmascarado: el Doctor Doom, interpretado por Robert Downey Jr, tras dejar atrás a Iron Man.
Thor (Chris Hemsworth) trata de concentrar a la mayor cantidad de superhéroes de la historia del cine para combatir a un enemigo tan poderoso que para vencerlo necesitarán “un milagro”, como reconoce el dios del trueno.
En este primer y oscurísimo tráiler se ve el regreso de Chris Evans como el Capitán América, algo que ya se había avanzado en uno de los videos cortos que han ido lanzando los estudios Marvel en los últimos meses, tan solo para presentar a personajes.
Lo hicieron para Capitán América y anteriormente para Thor; el rey M’Baku (Winston Duke) de Wakanda, junto a Shuri/Pantera Negra (Letitia Wright) y La Mole (Ebon Moss-Bachrach) o los X-Men, en concreto Charles Xavier (Patrick Stewart), Magneto (Ian Mckellen) y Cíclope (James Marsdem).
Ahora, en el primer avance de la película se ve desfilar al Hombre Elástico (Pedro Pascal), Ant-Man (Paul Rudd), Yelena Belova (Florence Pugh), el Capitán América de Anthony Mackie, la Mujer Invisible (Vanessa Kirby), Xu Shang-Chi (Simu Liu), Loki (Tom Hiddleston), y de nuevo a Cíclope, Charles Xavier y Magneto.
Mientras, Thor va explicando la situación: “Algo se acerca, algo que tal vez no podamos evitar. Antes de que acabe el día nos enfrentaremos a una decisión inconcebible”.
“He juntado a muchos guerreros en mi vida, guerreros más fuertes que todos nosotros juntos. Y murieron, murieron enfrentándose a amenazas y a enemigos que me infundían menos temor que este. Todos sus sacrificios habrán sido en vano si no nos mantenemos unidos”, afirma Thor, que se erige así en el líder espiritual de este enorme grupo de superhéroes.
Y en este primer avance del filme, que llegará a los cines de todo el mundo el 18 de diciembre, se ve a Thor tratando de enfrentarse a un impávido Doctor Doom (Doctor Muerte), que parece inmune a los poderes del rey asgardiano.
Un personaje interpretado por Downey Jr., que regresa así a los Vengadores después de que el Iron Man al que dio vida en ocho películas muriera al final de Endgame (2019).
El tráiler se cierra con el primer encuentro entre Thor y Steve Rogers, que colgó su traje de Capitán América después de que los Vengadores vencieran a Thanos y decidió regresar al pasado para retomar su relación con Peggy Carter.
El Capitán América, aún sin su traje, atrae con facilidad el martillo de Thor, escena interrumpida por la cuenta atrás hasta el estreno: quedan 4 meses, 27 días, 15 horas.
La película, dirigida por Anthony y Joe Russo, se podrá ver en las salas certificadas como Infinity Vision, un sistema que “garantiza una experiencia cinematográfica excepcional gracias a pantallas de gran formato, imágenes de gran luminosidad y una calidad de sonido sobresaliente”, según explicó Disney en un comunicado.
En el filme también participan Wyatt Russell, Channing Tatum, Joseph Quinn, Sebastian Stan, David Harbour, Lewis Pullman, Kelsey Grammer, Kathryn Newton, Danny Ramirez, Winston Duke, Alan Cumming, Hannah John-Kamen, Rebecca Romijn, Mabel Cadena y Tenoch Huerta Mejía.
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