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Los centros de datos han provocado que en EEUU la factura de la luz salga más cara. Y el Gobierno ha dicho basta

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Cada vez que le pides a una IA generativa que te resuelva un problema, un servidor al otro lado del mundo necesita energía para procesarlo y refrigeración para no fundirse. El problema es que ese contador de la luz que gira a toda velocidad no es solo el de las grandes empresas tecnológicas: es el de toda la comunidad. La revolución de la IA tiene un coste físico y económico real que ya ha empezado a golpear el bolsillo de las familias, desatando una crisis que ha obligado al mismísimo Gobierno de Estados Unidos a dar un golpe en la mesa.

El gobierno estadounidense ha dicho basta. Según datos federales, los precios residenciales de la electricidad aumentaron una media nacional del 6% en 2025. Los ciudadanos, ahogados por el coste de la vida, han empezado a atar cabos y a señalar a los inmensos centros de datos que proliferan en sus vecindarios. Tal y como detalla Politico, actualmente hay unos 680 centros de datos planificados en el país, infraestructuras gigantescas que requerirán una energía equivalente a la de 186 grandes centrales nucleares. Esta demanda brutal ha provocado una fuerte oposición ciudadana, como explica The Guardian, numerosas comunidades han empezado a rechazar y bloquear estos proyectos por miedo a que sus recibos se disparen.

La presión ha sido tan fuerte que la rebelión ha calado en feudos tradicionalmente conservadores. Según Financial Times, los legisladores republicanos en estados como Misuri, Ohio y Oklahoma han sugerido paralizar la construcción de centros de datos, mientras que el gobernador de Florida, Ron DeSantis, ha impulsado leyes para regularlos y proteger a las familias de las subidas de precios. Ante este panorama, la administración de Donald Trump se ha visto obligada a intervenir.

El “pacto histórico” de Washington. Según relata The New York Times, ejecutivos de Google, Microsoft, Meta, Amazon, OpenAI, Oracle y xAI peregrinaron a Washington para reunirse con el presidente Trump y firmar la llamada “Promesa de Protección al Contribuyente” (Ratepayer Protection Pledge). El objetivo del acuerdo es blindar a los consumidores frente al aumento de los costes eléctricos. Las empresas tecnológicas se han comprometido a “construir, aportar o comprar” los nuevos recursos de generación eléctrica que necesiten, asumiendo el 100% de los costes de las infraestructuras y las mejoras en la red de transmisión.

Durante el encuentro, Trump dejó una frase que resume a la perfección la crisis de reputación del sector: “Necesitan ayuda con las relaciones públicas, porque la gente piensa que si se instala un centro de datos, el precio de la electricidad va a subir”. El presidente aseguró que, gracias al pacto, eso “ya no va a ocurrir”. Por su parte, directivas como Ruth Porat (Google) o Dina Powell McCormick (Meta) confirmaron su compromiso de pagar por la infraestructura “terminen usando o no esa energía”, según las declaraciones publicadas por el medio neoyorkino

No podemos entender este movimiento de Washington sin mirar al calendario electoral. Políticamente, como señalan Financial Times, los estrategas republicanos alertaron a la Casa Blanca de que la inflación energética era un riesgo inminente de cara a las elecciones legislativas de mitad de mandato (midterms). Los demócratas, como el senador Mark Kelly, ya estaban usando el enfado ciudadano como arma política, tachando el pacto de Trump de ser un simple “acuerdo de apretón de manos” insuficiente.

Y el choque con la realidad: una red al límite. Sobre el papel, la promesa suena perfecta. Como ironiza el medio especializado Engadget, “las grandes tecnológicas acuerdan no arruinar tu factura de la luz”. Sin embargo, el periodismo y los expertos del sector energético coinciden en señalar que del dicho al hecho hay un trecho gigantesco. Como advierte Politico, el acuerdo es, en el fondo, “un apretón de manos” voluntario, sin fuerza legal vinculante. Rob Gramlich, exasesor económico citado por CNBC, recuerda que la Casa Blanca no tiene jurisdicción directa sobre este asunto: las reglas de la red eléctrica están descentralizadas y dependen de las comisiones de servicios públicos de los 50 estados. Son ellos, y no el Gobierno federal, quienes aprueban cómo se reparten los costes.

El daño en algunas zonas ya está hecho. Argus Media reporta que en la red PJM —la más grande de EEUU, que abarca 13 estados e incluye el mayor clúster de centros de datos del mundo en Virginia—, los costes de capacidad se han disparado en 23.000 millones de dólares, unas tarifas récord que están bloqueadas hasta 2028, haciendo “virtualmente imposible” bajar los precios a los consumidores a corto plazo. Un organismo de control independiente llegó a calificar esta situación como una “transferencia masiva de riqueza” de los ciudadanos a las corporaciones.

La competencia por los recursos es feroz. Abe Silverman, investigador de la Universidad Johns Hopkins citado por Politico, compara la situación con “una guerra de ofertas por una entrada para un concierto de Taylor Swift”. Hay una lista de espera de cinco años para conseguir turbinas de gas, y sus precios se han duplicado. Esta urgencia tecnológica no solo encarece la red, sino que está frenando en seco la transición verde. Tal y como exponen Argus Media, la inmensa demanda de los servidores no puede ser cubierta lo suficientemente rápido con fuentes renovables. Esto está obligando a las compañías eléctricas a retrasar el cierre de plantas de carbón contaminantes y a invertir fuertemente en generación por gas natural, perpetuando la dependencia de los combustibles fósiles. El mayor riesgo, advierte Silverman, es qué pasa si Silicon Valley se equivoca en sus cálculos de crecimiento: “Gastas 3.000 millones en mejorar la red, y luego el centro de datos no se materializa (…) ¿Quién se queda con el problema? La abuela”.

¿Europa debería exigir lo mismo? Si cruzamos el charco, la situación no es menos preocupante, y el enfoque normativo es drásticamente distinto. Según datos de la Comisión Europea, los centros de datos consumen actualmente 415 Teravatios-hora (TWh) a nivel global (un 1,5% del total mundial), una cifra que, impulsada por la IA, se duplicará hasta los 945 TWh en 2030. En la Unión Europea, el consumo rondó los 70 TWh en 2024 y saltará a 115 TWh a finales de la década. Europa ha lanzado un sistema de monitorización obligatorio bajo la Directiva de Eficiencia Energética para exigir transparencia sobre este consumo y su huella hídrica y de carbono.

Pero en España, el problema ya es un atasco físico en las redes. Como hemos descrito en Xataka, la red eléctrica española es como una autopista saturada a la que, de repente, ha llegado “un convoy de camiones de tonelaje industrial”. La normativa técnica de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) provocó un “efecto en cascada” que bloqueó los permisos de conexión.

La gran paradoja es la respuesta de las administraciones. Mientras Estados Unidos exige a las tecnológicas que se paguen su propia fiesta eléctrica, España está desplegando una alfombra roja para atraerlas. El Gobierno español quiere convertir al país en la gran “nube” del sur de Europa. Para ello, les ha concedido una “amnistía técnica”: ha eliminado el antiguo requisito que obligaba a la industria a consumir en “horas valle” (de noche), adaptándose a la realidad actual donde la energía solar tumba los precios al mediodía (la famosa “curva de pato”).

El objetivo final del Ministerio de Industria es otorgar a los centros de datos el estatus de “Consumidores Electrointensivos” (añadiendo su código de actividad, el CNAE 6311, a la normativa). Esto les permitiría recibir compensaciones millonarias en su factura de la luz. Mientras el Gobierno “blinda” a las tecnológicas ante los costes, las previsiones apuntan a que los ciudadanos verán subir sus recibos en 2026 un 4% en peajes y un 10,5% en los cargos del sistema eléctrico.

Europa y España deben abrir un debate urgente: si queremos liderar la infraestructura de la IA, ¿deberíamos copiar el modelo estadounidense y obligar a firmas como Amazon y Google a costear la modernización de nuestra red, o seguiremos subvencionando su despliegue a costa del consumidor local?

Mientras EEUU cobra la entrada, Europa paga la fiesta. La Inteligencia Artificial tiene el potencial de redefinir nuestra economía y resolver problemas médicos e industriales complejos, pero en su estado actual, su apetito voraz la ha puesto a competir directamente con las familias por un recurso básico: la electricidad.

Estados Unidos ha dado el primer paso —impulsado por el miedo a las urnas y el descontento social— para recordar a los gigantes de Silicon Valley que la innovación no puede financiarse vaciando los bolsillos de la clase media. Ahora el balón está en el tejado de Europa. Inmersos en el miedo a perder el tren del progreso tecnológico, los gobiernos europeos (y particularmente el español) deben decidir si su estrategia para seducir a las grandes tecnológicas terminará cargando la millonaria factura de la modernización eléctrica sobre los hombros de sus propios ciudadanos. El enchufe es el mismo para todos; la pregunta es quién lo paga.

Imagen | Gage Skidmore y Rawpixel 

Xataka | Meta ha gastado varios años desarrollando sus chips IA para terminar rendida a la evidencia: mejor usar los de NVIDIA

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quién reparte las direcciones IP

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Hay una parte de internet que casi nunca vemos y, precisamente por eso, tendemos a darla por resuelta. No hablamos de las webs, de las aplicaciones ni de los grandes centros de datos, sino de los números que permiten que unas redes encuentren a otras sin pisarse el terreno. Esa administración silenciosa es una de las razones por las que internet funciona como una red común y no como una suma de sistemas incompatibles. Cuando esa capa entra en disputa, lo que se discute es bastante delicado.

El movimiento. Malasia ha puesto sobre la mesa una reforma legal que apunta directamente a esa capa básica de la red. En una consulta pública se ha planteado dar a MCMC, el regulador de comunicaciones del país, autoridad legal para gestionar y administrar recursos de direccionamiento electrónico, incluidas direcciones IP, números AS y tasas asociadas. La propuesta también abre la puerta a desarrollar un Registro Nacional de Internet para Malasia.

La capa invisible. Como decimos, aquí no hablamos de dominios, sino de la numeración que sostiene el encaminamiento de internet. Una dirección IP identifica un recurso dentro de la red; un número AS identifica a una red autónoma, por ejemplo la de un operador o un gran proveedor, que intercambia rutas con otras redes. Es una distinción técnica, sí, pero con una consecuencia muy concreta: estos recursos no pueden depender de reglas que se contradigan entre sí. Su valor está precisamente en que todos los reconocen bajo un sistema común.

Ese sistema no depende, en condiciones normales, de cada Estado por separado. El modelo actual se apoya en cinco registros regionales de Internet, conocidos como RIR, que gestionan la distribución de direcciones IP y números AS en distintas zonas del mundo. APNIC es el registro correspondiente a Asia-Pacífico, mientras que ARIN cubre Norteamérica y parte del Caribe, LACNIC América Latina y el Caribe, RIPE NCC Europa, Oriente Medio y parte de Asia Central, y AFRINIC África. La lógica es evitar que una infraestructura global quede partida en decisiones nacionales incompatibles.

El precedente nacional. Hay economías que ya cuentan con un Registro Nacional de Internet, pero eso no significa que cualquier país pueda crear uno cuando quiera. En la región de APNIC existen siete casos reconocidos, asociados a China, India, Indonesia, Japón, Corea, Taiwán y Vietnam. La diferencia es que esos registros vienen de una etapa anterior, cuando algunas estructuras nacionales ya existían o estaban formándose antes de que el modelo regional quedara consolidado. Por eso la propuesta malasia no parte de cero, pero sí choca con una puerta que APNIC considera cerrada desde hace años.

APNIC sostiene que esa puerta está cerrada por una razón concreta. En 2012 dejó de aceptar nuevas solicitudes para crear Registros Nacionales de Internet y, en febrero de 2024, hizo permanente esa moratoria. También retiró el antiguo marco que servía para evaluar nuevos NIR, de modo que hoy no existe un procedimiento vigente para reconocer otro registro nacional en la región. En su correspondencia con la MCMC, APNIC insiste en ese punto: no puede tramitar una solicitud malasia bajo un modelo que ya considera superado.

La lectura malasia. Desde el lado del regulador, el argumento pasa por poner al día una norma nacida en 1998, antes de que la economía digital tuviera el peso actual. La consulta plantea dar a MCMC una autoridad más clara sobre la administración de recursos de direccionamiento electrónico y sobre las tasas vinculadas a esa gestión. APNIC, además, recoge en su correspondencia que MCMC ha defendido más control local sobre las asignaciones, un acceso más sencillo a recursos y un empuje a IPv6. El planteamiento oficial apunta a ordenar y reforzar esa administración, aunque el alcance de ese control es precisamente lo que abre la disputa.

Lo delicado es el precedente. Un Registro Nacional de Internet con más autonomía de la prevista por APNIC no solo afectaría a Malasia, también enviaría una señal a otros gobiernos interesados en gestionar desde casa recursos que hasta ahora se coordinan regionalmente. The Register apunta que, si un NIR malasio asumiera parte de las funciones de APNIC, podría reabrirse el debate sobre el papel de los gobiernos en la asignación de recursos de internet. La preocupación política existe, pero conviene formularla con cuidado: el riesgo no está en lo que la consulta dice hacer, sino en el poder que podría concentrarse si ese modelo se amplía.

No estamos, por tanto, ante una pelea por una web, una aplicación o una plataforma concreta. La disputa baja a una capa mucho más básica: quién administra la numeración que permite que internet siga funcionando como una red compartida. Si Malasia insiste en avanzar hacia un Registro Nacional de Internet, el choque con APNIC no tiene por qué ser ruidoso en el primer momento.

Imágenes | Xataka con Nano Banana

En Xataka | Por algún motivo, la gente sigue lanzando al mar mensajes en una botella. Y un señor se ha especializado en recogerlos

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Guillermo del Toro se suma al Museo de la Academia de Hollywood como miembro de la junta directiva

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Escrito en ENTRETENIMIENTO el

EFE.- El director mexicano de cine Guillermo del Toro, el productor de Broadway John Gore y la productora de cine Gale Anne Hurd fueron elegidos por el Museo de la Academia de Hollywood como parte de su Junta Directiva, anunció este martes la institución en un comunicado.

“Sus diversas perspectivas ayudarán a seguir expandiendo el impacto del museo en todo el mundo”, expresó Amy Homma, directora y presidenta del museo en un comunicado.

Los mandatos de los tres nuevos miembros entrarán en vigor el 1 de julio.

De acuerdo con el escrito, la junta asegura que el museo pueda mantenerse a largo plazo de forma estable, tanto financiera como organizativamente, y garantiza su transparencia ante el público.

Del Toro, quien cuenta con tres premios Óscar, ha aumentado su participación en la Academia este año. A mediados de junio, la institución más reputada del cine anunció que el mexicano fue elegido por primera vez como miembro de la Junta de Gobernadores, en la rama de directores.

Gore es un galardonado productor y empresario del entretenimiento cuyo trabajo abarca teatro, cine y televisión. Ha recibido el mayor número de premios Tony de la historia (27), así como dos premios Emmy, y junto a su productora ha presentado éxitos teatrales como “Wicked” o “Hamilton”.

Por su parte Hurd, ha producido las películas nominadas y ganadoras del premio de la Academia “Aliens” (1986), “The Abyss” (1989), “Armageddon” (1998), entre otros.

En televisión, Hurd es productora ejecutiva de la exitosa serie “The Walking Dead” y su universo expandido.

Actualmente el museo tiene activas exposiciones como “Marilyn Monroe: Hollywood Icon”, “Jaws: The Exhibition” o “Studio Ghibli’s PONYO”, entre otras.

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Creíamos que dormir con nuestro perro o gato era una idea reconfortante y saludable. La ciencia demuestra que destroza tu descanso nocturno

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Hace más de diez años se realizó una encuesta a 23.000 dueños de mascotas. Hubo datos curiosos: un cuarto de ellos reconoció tratar a su mascota como si fueran niños pequeños y un poco menos del 75% reconoció guardar fotos de ellas.

Pero quizá lo más llamativo es que la mitad reconocían dormir con sus mascotas. No se recuerda una división sociológica de este calado desde la tortilla de patatas. Así que nos hemos preguntado qué decía la ciencia sobre dormir con tu perro o tu gato.

¿De verdad la gente duerme con sus mascotas?

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La verdad es que los investigadores del sueño no han prestado mucha atención al tema. Tenemos un montón de pseudo-teorías sobre ‘dominancia’ o ‘alma perruna’ que gozan de mucho éxito en los realities de televisión, pero la investigación en el ‘colecho humano-animal‘ era un área relativamente olvidada que en los últimos años ha experimentado un boom.

Como hemos hablado en otras ocasiones, el sueño es un fenómeno más cultural de lo que parece y cambia mucho entre regiones y épocas (Blunden, Thompson y DawsonWorthman y MelbyMunroe, Munroe y Whiting). De la misma forma en que hace relativamente poco que las sociedades occidentales separaron los lugares de descanso por edades (niños y adultos), hace solo relativamente un poco poco que se separaron de forma total los espacios entre humanos y animales. De hecho, hay muchas culturas en que se mantienen esas prácticas de convivencia de forma natural. Y los estudios más sólidos (Albert y BulcroftWestgarth y otrosOvergaauw) coinciden con la encuesta en que existe una división al 50% en colecho con perros y gatos – que son los acompañantes nocturnos más habituales (Albert y Bulcroft). Y es curioso porque desde 2018 sabemos que los perros molestan menos que los gatos. 

En este sentido, tampoco se puede decir que los resultados de la encuesta sean sorprendentes. La investigación sostiene que los humanos siguen mostrando un fuerte apego hacia sus mascotas y a menudo son considerados miembros importantes de la familia (Archer). Como dice Smith, esto no es gratuito: los animales son una fuente de apoyo, cariño, confort, seguridad y estabilidad que puede llegar a tener importantes beneficios para la salud.

Es cierto que el tamaño de la mascota tiene mucho que ver y si miramos con más detalle (por ejemplo, en perros) vemos que el 76.85% de los Yorkshire Terriers o el 62.96% de Chihuahuas duermen con sus dueños frente al 18.18% de los San Bernardos o el 30.27% de los labradores. Aún y con todo, el porcentaje de los San Bernardos es un porcentaje muy alto. Además de eso que ya señaló Eckstein, otros factores que intervienen son el número de niños en la familia (más probabilidad donde no hay niños – Albert and Bulcroft) o el género (más probable con mujeres).

Algunos problemas de compartir cama con animales domésticos

Las investigaciones sugieren que hay algunos posibles problemas en compartir lecho con los animales.

  • Riesgos para la salud. Estos incluyen algunas respuestas inmunológicas, alergias, asma o neumonitis por hipersensibilidad; también se pueden producir mordeduras y arañazos a través de los que se puede contraer enfermedades infecciosas asociadas a los animales domésticos (Plaut, Zimmerman y Goldstein). Los más susceptibles a este tipo de problemas son los niños pequeños, las mujeres embarazadas y los pacientes inmunodeficientes (Smith). Sin embargo, los riesgos de salud en general son muy bajos; casi insignificantes si los animales reciben cuidados médicos y mantienen una higiene apropiada.
  • Problemas del sueño. En general, los principales problemas relacionados con la calidad del sueño involucran a compañeros (patadas, ronquidos, etc) y niños, pero las mascotas también tienen un papel importante. Sin ir más lejos, un estudio de la Clínica Mayo encontró que al cincuenta y tres por ciento de los dueños de mascotas que dormían con ellas tenía problemas derivados de ello. No obstante, es difícil saber el impacto real de estas interrupciones porque son interrupciones muy cortas que por sí mismas explican poco: no obstante, parece que sí hay diferencia entre que duerman en el dormitorio o en la cama. Esto es así porque las interrupciones pueden estar relacionados con desajustes entre temperaturas entre los humanos y las mascotas; así como las diferencias en los ciclos de sueño y vigilia (Campbell y Tobler). Si solo duermen en el dormitorio, todo se vuelve más sencillo.
  • Problemas de conducta en los animalesJagoe y Serpell encontraron que los perros a los que se les permite dormir con sus dueños pueden experimentar un aumento en la agresividad y problemas relacionados con la separación.
  • Efecto en las relaciones interpersonales. Por último, los animales pueden ser una importante fuente de conflicto y estrés en las relaciones de pareja. Llegando a generar problemas de intimidad (Jagoe y Serpell)

¿Debemos dormir con nuestras mascotas?

Smith y su equipo de investigación encontraron que dormir con animales domésticos en la cama tenía un pequeño impacto en la calidad del sueño en el tiempo necesario para conciliar el sueño o en la sensación de cansancio al despertar. No obstante, los autores sostienen que la práctica continuada del colecho con mascotas indica beneficios de apoyo social, interacción social y seguridad personal, a pesar de las desventajas.

En general, parece que la ciencia le da la razón al sentido común. Dormir acompañados de animales puede tener algunos problemas pero siempre relacionados con problemas previos a nivel sanitario y conductual. Y, por otro lado, si nuestra mascota está sana, tiene una higiene apropiada y una ‘buena educación’ no sólo no hay problemas, sino que puede tener efectos muy positivos. La evidencia se ha dividido en los últimos años, pero sigue siendo unánime en este sentido

Imágenes | Faith GobleJohn LiuTony AlterJon-Eric Melsæter.

Xataka | Llevamos años mirando el síndrome de Noé como un problema minoritario y controlado. Nos equivocábamos

*Una versión anterior de este artículo se publicó en enero de 2016

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