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batallas de robot contra robot donde los humanos solo miran
En el año 2024 se produjo un hecho relevante en el contexto de la guerra en Ucrania. Entonces, el número de drones producidos para uso militar superó ampliamente al de vehículos blindados tradicionales, con decenas de miles de unidades desplegadas en el frente. Aquel cambio no solo reflejaba una cuestión de coste, sino una transformación profunda en cómo se concibe y se libra una guerra moderna hoy. Una donde los humanos cada vez tienen menos que decir.
Prohibido para humanos. En Ucrania ha emergido un nuevo tipo de campo de batalla que rompe con todo lo conocido: las llamadas “kill zones”, esas franjas de varios kilómetros donde cualquier movimiento es detectado y destruido casi al instante por enjambres de drones.
En estos espacios, la presencia humana se ha vuelto extremadamente limitada y peligrosa, casi inaccesible, obligando a los soldados a permanecer enterrados durante semanas o meses y a moverse solo en condiciones excepcionales, mientras el terreno entre líneas se convierte en una especie de “no man’s land” permanente, uno saturado de sensores, minas y vigilancia constante. Si en el siglo XIX las batallas y rencillas se libraban con pasos y pistolas en duelos al sol, dos siglos después los duelos han mutado a disputas entre maquinas.
Guerras sin tropas. Recordaba hace unas semanas el Financial Times que, en este nuevo entorno, el combate directo entre personas ha dejado de ser el elemento central, sustituido por enfrentamientos donde las máquinas asumen el protagonismo.
Drones aéreos patrullan, detectan y atacan objetivos de forma continua, mientras vehículos terrestres no tripulados avanzan, resisten posiciones o ejecutan emboscadas en lugares donde un infante no podría sobrevivir. Incluso se han documentado situaciones en las que sistemas de ambos bandos se enfrentan sin presencia humana directa, evidenciando un cambio cualitativo en la naturaleza del combate.
Robots contra robots. El resultado más llamativo es la aparición de auténticos “duelos” entre sistemas no tripulados, donde UAV y UGV se buscan, se cazan y se destruyen entre sí. Drones que esperan en el suelo como minas inteligentes, vehículos que emboscan rutas de suministro o sistemas diseñados específicamente para localizar y neutralizar a otros robots reflejan una dinámica de combate autónomo en constante evolución.
Así, cada avance genera una respuesta inmediata del adversario, creando un ciclo acelerado de innovación que recuerda más a un ecosistema tecnológico o al videojuego de guerra de corte futurista que a una guerra convencional.
Logística totalmente automatizada. Incluso las tareas que históricamente definían la retaguardia, como los suministros, evacuación o colocación de minas, han sido absorbidas y reemplazadas por máquinas. Ahora los drones transportan comida, agua y munición, mientras vehículos terrestres extraen heridos o despliegan explosivos en zonas inaccesibles.
Este cambio, además, no es solo táctico, sino más bien estructural, porque el campo de batalla parece no admitir la presencia humana continua, obligando a una especie de externalización funciones esenciales a sistemas que pueden asumir riesgos que ningún soldado podría aceptar.
El salto a lo autónomo. Explicaban en Forbes que, aunque muchos de estos sistemas siguen dependiendo de operadores humanos, la tendencia apunta hacia una creciente autonomía, con robots cada vez más capaces de detectar, decidir y actuar con menor intervención.
Si se quiere también, la integración de inteligencia artificial, sensores avanzados y coordinación en enjambres anticipa un escenario donde cientos de sistemas operen simultáneamente en aire, tierra y mar, ampliando aún más estas zonas inaccesibles y reduciendo el margen de maniobra humana.
El futuro en tiempo real. En resumen, lo que está ocurriendo en Ucrania no es solo una adaptación al conflicto actual, sino que podría decirse que es un anticipo de cómo serán las guerras del futuro. La inédita combinación de vigilancia total, automatización del combate y sustitución progresiva del soldado en las zonas más peligrosas está transformando la guerra en un enfrentamiento sin precedentes entre sistemas, uno donde los humanos quedan relegados a la supervisión y la decisión estratégica.
Bajo ese prisma, más que una evolución gradual, el conflicto en Europa del este ha acelerado de golpe una transición que parecía muy lejana hace muy pocos años, convirtiendo la ciencia ficción en algo parecido a una realidad operativa.
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Esta semana llegan las bootidas, la lluvia de estrellas más lenta e impredecible que existe
Si pensamos en lluvias de estrellas y el verano del hemisferio norte, posiblemente la única que nos venga a la cabeza es la de las perseidas. Sin duda, es la más famosa de todas, eso es indiscutible. Pero no es la única. Justo al inicio del periodo estival podemos disfrutar también de las bootidas, una lluvia de estrellas muy especial por ser, posiblemente, la más impredecible de todas.
No dejes de mirar al cielo esta semana. Las bootidas pueden verse surcando el cielo entre el 22 de junio y el 2 de julio, aunque su pico tiene lugar entre el 22 y el 30 de junio, normalmente el 27. Por eso es recomendable que esta semana vayamos mirando al cielo, especialmente durante la noche del sábado, cuando es más probable que se produzca el pico. Y ojalá también un estallido.
Una cantidad variable de meteoros. Normalmente sabemos cuántos meteoros por hora veremos con una lluvia de estrellas. Por ejemplo, las perseidas suelen dejar entre 50 y 100 meteoros por hora. Es todo un espectáculo, que aun así queda en nada en comparación con las gemínidas de diciembre, que pueden llegar a los 120-150 meteoros por hora. Las bootidas, en cambio, apenas nos regalan 1 o 2 meteoros cada hora.
Deberíamos estar muy concentrados en el firmamento para poder verlos. Sin embargo, cada cierto tiempo experimentan estallidos en los que se puede llegar a una cantidad de meteoros comparable a los de las perseidas. El último de estos estallidos tuvo lugar en 2004 y no se sabe cuándo será el siguiente. Por eso es una ocasión tan especial.
La explicación. Cuando los cometas y asteroides pasan cerca del Sol, a menudo dejan tras de sí una nube de escombros originados por varios motivos, pero especialmente por la sublimación del hielo que suelen tener en su superficie o su núcleo (en el caso de los cometas). Esa nube se queda flotando en el espacio, normalmente en un lugar definido. Por eso, cuando la Tierra gira alrededor del Sol, se va encontrando con esas nubes siempre en el mismo momento del año. Al cruzar nuestra atmósfera, los escombros se queman, dando lugar a pequeñas bolas de fuego surcando el cielo. Esos son los meteoros o, como los conocemos coloquialmente, las estrellas fugaces.
Si hay un planeta cerca de la órbita de un cometa o asteroide, puede ejercer un efecto gravitacional sobre sus escombros, evitando que se distribuyan homogéneamente. Eso es lo que pasa con las bootidas. Provienen de los escombros del cometa 7P/Pons-Winnecke, fuertemente influenciado por Júpiter. En su caso, en vez de dejar una nube homogénea de escombros, estos se conforman en hilos densos, de modo que la Tierra cada año se encuentra con un punto de distinta densidad. Algunos de esos hilos están bien estudiados. Por ejemplo, se sabe que el hilo que dio lugar a estallidos en 1916, 1998 y 2004 podría dejar otro estallido en 2037. No obstante, puede haber otros hilos sin identificar que dejen estallidos en otros años distintos. ¿Quizás este 2026?
Otros datos que la hacen especial. Otra razón por la que la lluvia de las bootidas es tan especial es la velocidad de los meteoros. Mientras que las perseidas surcan el cielo a 59 km/s y las gemínidas hacen lo propio a 35 km/s, las bootidas se mueven a 18 km/s. Son mucho más lentas, por lo que, si conseguimos verlas, nos deleitaremos mucho mejor con ellas. ¡Tendremos más tiempo para pedir un deseo! Sí, científicamente no sirve de nada, pero todos nos hemos sorprendido alguna vez intentando hacerlo.
Cómo verlas. Para ver las bootidas, básicamente hay que seguir los mismos pasos que para ver cualquier lluvia de estrellas. Lo mejor es no usar telescopios ni prismáticos, ya que no sabremos a dónde apuntar. La opción ideal es buscar un lugar bien alejado de la contaminación lumínica y fijar la vista en un punto del cielo hasta que nuestros ojos se habitúen a la oscuridad. La radiante de las bootidas es, como su propio nombre indica, la constelación de Bootes. Eso significa que ese es el lugar del cielo en el que parece que nacen las estrellas fugaces. Sin embargo, pueden proceder de cualquier punto. Lo importante es eso: fijar la vista y acostumbrar los ojos.
En cuanto a la hora, lo ideal es empezar a buscar después de la medianoche, al menos en latitudes cercanas a la española, ya que será entonces cuando se vean suficientemente altas en el cielo. Si no hay estallido, no habrá mucho que ver, ¿pero y si al final hay uno y no probamos a salir a mirar? Mejor aburrirse que arrepentirse por no haberlo intentado.
Imagen | Michal Mancewicz (Unsplash)
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Los expertos coinciden en que abrir las ventanas de noche y cerrarlas de día está dejando de ser la mejor estrategia frente al calor
Durante décadas, mucho antes de que se inventaran los aires acondicionados y los ventiladores tomaran cada rincón de su geografía, España sabía cómo manejar el calor: de día, todo cerrado a cal y canto; de noche, todo abierto y a ventilar.
Suena rudimentario, pero en 2026 esa sigue siendo la estrategia que recomienda el Ministerio de Sanidad. Y, sin embargo, hay un problema.
La España del juego de persianas no dormía en ciudades a 26 grados a las cuatro de la mañana. Ni 26, ni 28, ni más de 30, como ha venido ocurriendo estos días en Almería. La llegada de las ‘noches infernales’ pone en jaque todo lo que creíamos saber sobre gestión doméstica del calor. Por eso, nos hemos preguntado… ¿y ahora qué?
Lo que hacíamos hasta ahora. Ese saber popular del que hablaba se hace viral cada vez que el calor hace acto de presencia. Y, como digo, tiene sentido. En un mundo en el que refresca por la noche, la estrategia ganadora es el enfriamiento nocturno y el aislamiento diurno. Lo que dice el Plan de Sanidad frente a las altas temperaturas.
El asunto central aquí es que ese mundo ha dejado de existir.
Porque la clave no es la hora, es el termómetro. En realidad, lo que buscamos es abrir cuando hace fresco y cerrar cuando hace calor. Normalmente hace fresco por la noche, pero…
¿Y si deja de hacerlo? El verano se ha estirado cinco semanas y España es unos dos grados más cálida que a comienzos los ochenta. Las noches tórridas (con mínimas de 25 grados o más) se han multiplicado por diez desde 1984 en las diez capitales más pobladas y, según datos de AEMET, eso afecta a unos nueve millones de personas. Incluso las tropicales (mínimas de 20 o más) suman hoy una docena más al año que hace décadas.
Que no podemos dormir… aunque los investigadores no se han puesto de acuerdo en cuál es la temperatura ideal para dormir (algunos apuntan que son unos 18,3ºC, pero no hay un consenso), sí lo han hecho en una idea fundamental: dormir con calor es objetivamente una mala idea.
Sea por el motivo que sea, es cierto que nuestra temperatura cambia entre la vigilia y el sueño. De hecho, “la regulación térmica es un factor significativo” en el control del sueño, explicaba el profesor Cameron Van Den Heuvel, de la Universidad de Adelaida. “En torno a una hora o treinta minutos antes de dormir, el cuerpo empieza a perder calor corporal. Esto hace que aumenten los sentimientos de cansancio en adultos normales sanos”.
Las personas con insomnio, sin ir más lejos, “muestran que tienen una temperatura basal justo antes de dormir más alta que las personas que no tienen problemas de sueño”. El calor ambiente no ayuda a esa reducción térmica y parece demostrado que cuando la temperatura es muy alta, es más difícil conciliar el sueño y, cuando se consigue, este es de muy poca calidad.
¿Y entonces qué hacemos? En el interior peninsular, como la amplitud térmica sigue siendo alta, abrir de madrugada rinde. No hay nada que cambiar.
El problema es para quien vive en la costa o en la gran ciudad. Cuando la noche supera los 20 grados, la estrategia se invierte. Ventilar por la noche deja de ser la técnica principal y la batalla se gana de día: hay que sellar la casa en cuanto la calle se caliente, exprimir la inercia térmica y usar el aire acondicionado con cabeza.
No obstante, a medida que las noches se calientan los trucos domésticos se acaban. Si la tendencia se confirma, tendremos que asumir que hay que transformar el parque de viviendas: protección solar, rehabilitación y refugios climáticos serán las palabras de moda en pocos años.
Imagen | Fernando Rosado
En Xataka | Los otorrinos coinciden: “Dormir con el aire acondicionado obliga a trabajar a la nariz de forma excesiva”
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aumento repentino del 500% en las tasas de visado para los extranjeros que ingresan al país
En Japón existe desde 2019 una “tasa Sayonara”: un impuesto de salida de 1.000 yenes que pagan todos los viajeros al abandonar el país, japoneses incluidos. Se creó para financiar infraestructuras turísticas justo cuando el país empezaba a batir récords de visitantes. Ahora, con otra subida vinculada al acceso, Tokio parece seguir la misma lógica: convertir el boom turístico en una fuente directa de ingresos.
Rompiendo medio siglo de estabilidad. Japón ha decidido sacudir una de las partes más estables de su política migratoria: el precio de entrada para extranjeros. El Gobierno ha aprobado un aumento del 500% en las tasas de visado, una subida histórica que multiplica por cinco el coste actual y que rompe una congelación de precios que llevaba intacta desde 1978.
¿Cuánto? Ahora, el visado de entrada única pasa de 3.000 a 15.000 yenes y el de múltiples entradas salta de 6.000 a 30.000, marcando la primera revisión en 48 años.


La explicación oficial, y la “otra”. El ministro de Exteriores, Toshimitsu Motegi, justificó la decisión apelando a la inflación y al estado actual del yen, una moneda debilitada frente al dólar y otras divisas. Sobre el papel, la lógica es sencilla: si todo cuesta más, tramitar visados también.
Pero el razonamiento tiene grietas. La gestión administrativa del visado se realiza dentro del propio aparato estatal japonés, con costes mayoritariamente internos, así que la referencia al tipo de cambio parece menos una necesidad estructural y más una oportunidad fiscal.
Una subida pensada para aprovechar. La clave está en el contexto. Japón vive un boom turístico alimentado precisamente por la debilidad del yen, que hace al país más barato para millones de visitantes. El cálculo político es simple: si el viaje sigue siendo barato en alojamiento, comida y compras, un visado más caro apenas alterará la decisión de viajar.
Motegi lo dijo sin rodeos al afirmar que “no esperan una influencia inmediata sobre el número de visitantes extranjeros”. La frase es importante porque deja claro que Tokio cree que tiene margen para apretar sin romper el flujo.


Quién pagará la factura de verdad. El golpe no será uniforme. Muchos turistas de países como Estados Unidos, Reino Unido, Canadá o miembros de la Unión Europea seguirán entrando sin visado durante 90 días, así que para ellos el impacto es limitado.
Donde sí duele es en los viajeros de países fuera de esa lista (especialmente China) y en quienes viajan por trabajo, estudios o residencia, incluso si provienen de países exentos como turistas. Ahí es donde la subida se convierte en una barrera económica mucho más visible.
China, el gran nombre detrás de la operación. Hay un dato que explica buena parte de la maniobra: los visitantes chinos representan uno de los mayores bloques de entrada extranjera a Japón y necesitan visado. El propio Gobierno japonés estima que esta medida generará 116.100 millones de yenes adicionales en el año fiscal 2026.
Eso convierte la subida en algo más que una actualización administrativa; es una herramienta de recaudación apoyada en el volumen masivo de movilidad regional. En la práctica, cuanto más crezca el turismo chino, más rentable será este nuevo peaje.
El mensaje de fondo. Si se quiere también, lo interesante es que esta decisión refleja una tendencia más amplia: los países empiezan a monetizar de forma más agresiva el acceso a sus fronteras. Durante décadas, los visados fueron sobre todo una herramienta de control migratorio.
Ahora también son una fuente de ingresos y un instrumento económico. Porque Japón no está cerrando la puerta, simplemente está cobrando más por abrirla. Y si esta subida funciona sin frenar llegadas, otros podrían tomar nota muy pronto.
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