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La tensión en Irán es tan alta que el estrecho de Ormuz está cerrado. Y eso va a tener consecuencias cuando vayas a repostar

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El mundo amaneció hoy con una contradicción peligrosa: mientras en los asépticos salones de Ginebra los diplomáticos de Estados Unidos e Irán se estrechan la mano con cautela, en las aguas del Golfo Pérsico las lanchas rápidas de la Guardia Revolucionaria bloquean el paso a los petroleros. No hace falta que caiga un misil para que la economía global sienta el impacto; el miedo cotiza al alza y viaja más rápido que cualquier buque.

El Estrecho de Ormuz, la yugular energética del planeta, ha sufrido un cierre “parcial y temporal” por primera vez desde que la tensión escaló en enero. Para el consumidor, esto no es un titular lejano: el precio del petróleo Brent acumula ya una subida del 13% en lo que va de año. Un encarecimiento que no responde a una falta real de suministro, sino a la prima de riesgo geopolítica. Estamos pagando por lo que podría pasar, no por lo que ha pasado.

Según confirmaron medios estatales iraníes citados por Euronews, Teherán ordenó el cierre parcial del Estrecho de Ormuz bajo la justificación de “precauciones de seguridad”. La agencia de noticias iraní Fars, referenciada por Deutsche Welle, detalló que esta maniobra responde a los ejercicios militares bautizados como “Control Inteligente del Estrecho de Ormuz”. Es un movimiento inédito en esta crisis: es la primera vez que Irán cierra físicamente sectores de la vía fluvial desde que la administración estadounidense amenazó con acciones militares el pasado enero.

Sin embargo, es importante matizar el alcance operativo para no caer en el alarmismo injustificado. Jakob Larsen, director de seguridad de Bimco (la asociación que representa a los armadores mundiales), explicó a la CNBC que no se trata de un bloqueo total indefinido. El cierre afecta al área del “esquema de separación de tráfico” entrante y dura “varias horas”. Las autoridades iraníes han solicitado a los buques comerciales que se mantengan alejados de la zona de ejercicios, lo que está provocando retrasos y “molestias menores”, pero el flujo no se ha detenido por completo.

Un embudo de 33 kilómetros para el 20% del petróleo mundial

Para entender por qué el mercado contiene la respiración, hay que mirar el mapa. La Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) califica este paso como el “punto de estrangulamiento” (chokepoint) más importante del mundo para el tránsito de petróleo.

Las cifras son contundentes:

  • Volumen: Por esta arteria fluyen diariamente unos 20 millones de barriles de crudo, condensados y productos refinados.
  • Impacto Global: Según datos de las consultoras Vortexa y Kpler, esto representa aproximadamente el 20% del consumo mundial de líquidos derivados del petróleo y cerca del 30% del comercio marítimo de crudo.

El problema es geográfico. Como explica DW, en su punto más angosto, la vía tiene apenas 33 kilómetros de ancho. Pero lo crucial es que la ruta navegable segura para los grandes superpetroleros es de solo dos millas de ancho en cada dirección. Es un embudo perfecto donde cualquier interrupción, por pequeña que sea, genera un efecto dominó inmediato.

El timing de esta operación militar no es una coincidencia; es un mensaje. Según analiza Euronews, el cierre parcial se produjo exactamente mientras se celebraba en Ginebra la segunda ronda de conversaciones nucleares entre Abbas Araghchi, ministro de Exteriores iraní, y Steve Witkoff, enviado especial de Estados Unidos. Por ese motivo, Teherán está utilizando el estrecho como palanca de negociación. Estados Unidos ha incrementado su presión militar con el despliegue del portaaviones USS Gerald R. Ford en la región, en respuesta tanto a las ambiciones nucleares de Irán como a la sangrienta represión de las protestas internas que sacuden al país persa.

Paradójicamente, la diplomacia parece avanzar mientras los cañones apuntan. Según Reuters, Araghchi confirmó tras la reunión que se ha alcanzado un “principio de acuerdo” sobre las bases de una futura relación, aunque advirtió que cerrar el pacto definitivo será un proceso lento. Irán muestra el puño en el mar mientras ofrece la mano en Suiza.

El espejismo de los precios: ¿por qué pagamos la “prima de miedo”?

La reacción de los mercados ha sido una montaña rusa emocional en las últimas 24 horas:

  • El espejismo del martes: Inicialmente, al conocerse los avances en Ginebra, el precio del petróleo cayó. El barril de Brent bajó un 1,8% (hasta los 67,36 dólares) y el West Texas Intermediate (WTI) cedió un 1%. Los mercados “compraron” la esperanza de paz.
  • La realidad de hoy miércoles: La tendencia se ha revertido. Los precios se están recuperando y vuelven a subir. Como explican en OilPrice, los traders han reevaluado la situación: el acuerdo final se ve lejano y el cierre físico del estrecho, aunque parcial, es una realidad tangible hoy.

Tal y como señala Sugandha Sachdeva, analista citada por Reuters, el mercado está experimentando un “repunte técnico” porque la duda domina el escenario. Aunque el 82% del crudo que pasa por Ormuz va a Asia (China, India, Japón), el petróleo es un mercado global. Si falta oferta en Asia, esos países pujarán por el crudo disponible en otras regiones, encareciendo el barril para todos. 

Esto tiene un efecto inmediato en Europa debido a la “financiarización” de la energía. El gas y el petróleo han dejado de ser simples commodities para convertirse en activos financieros que operan con algoritmos de alta velocidad. La volatilidad es tal que “un titular de madrugada sobre Irán puede alterar el precio de la calefacción en Berlín antes de que amanezca”.

El talón de Aquiles europeo

La situación es especialmente delicada para el Viejo Continente. Europa vive un “doloroso déjà vu“: al huir de la dependencia rusa, ha caído en la dependencia del gas que llega por barco (GNL). Las reservas europeas de gas están en mínimos preocupantes (al 44% a finales de enero) y la vulnerabilidad es máxima.

Aquí es donde Ormuz juega un papel crítico más allá del petróleo. Como hemos detallado en Xataka, la Unión Europea mira hacia Qatar como alternativa vital para su suministro de gas, pero “las tensiones militares entre EEUU e Irán en el Estrecho de Ormuz ponen en riesgo esa ruta”. Si se cierra el estrecho, no solo se bloquea el petróleo a Asia, sino también el gas natural licuado qatarí que Europa necesita desesperadamente para rellenar sus almacenes de cara al próximo invierno.

El horizonte a corto plazo es sombrío. Según una estimación de Eurasia Group recogida por OilPrice, existe un 65% de probabilidades de que Estados Unidos lance un ataque militar contra Irán en abril si las conversaciones actuales fracasan. Por su parte, Irán no parece dispuesto a ceder en su retórica. El almirante Alireza Tangsiri, comandante de la Armada de la Guardia Revolucionaria, declaró sin ambages a la televisión estatal: “Estamos listos para cerrar el estrecho cuando nuestras autoridades lo ordenen”.

Sin Plan B: por qué cerrar el grifo sería un suicidio económico

Es fundamental añadir un matiz de experto que a menudo se pasa por alto: cerrar Ormuz completamente sería un arma de doble filo, o incluso un “suicidio económico” para Irán. Analista de JPMorgan, citados por Reuters, señalan que la economía iraní depende del libre tránsito por esa vía. “Cortar el Estrecho de Ormuz sería contraproducente para la relación de Irán con su único cliente petrolero actual: China”, explican los expertos.

¿Existen alternativas si el cierre se vuelve total? Pocas y limitadas.

  • Arabia Saudita opera el oleoducto Este-Oeste.
  • Emiratos Árabes Unidos cuentan con una conexión hacia Fujairah, en el Golfo de Omán.
  • Sin embargo, la EIA estima que estas rutas alternativas solo tienen capacidad para desviar unos 2,6 millones de barriles diarios de los 20 millones que transitan habitualmente. El mundo no tiene un “Plan B” real para sustituir a Ormuz.

El Estrecho de Ormuz ha dejado de ser solo una línea estratégica en los mapas militares para convertirse en el termómetro del miedo global. Lo que ha ocurrido esta semana es un aviso: la vía se ha cerrado “parcialmente” y el mercado ha temblado. 

Si la diplomacia que ahora se teje en Ginebra fracasa y ese 65% de probabilidad de conflicto bélico se materializa, el encarecimiento del 13% que hemos visto este año en el petróleo podría parecer una anécdota menor. La estabilidad de nuestra factura de la luz, paradójicamente, se está jugando hoy en unas coordenadas lejanas, entre lanchas rápidas y destructores, en las aguas calientes de Oriente Medio.

Imagen | Goran_tek-es y Freepik

Xataka | Europa creía haber ganado la guerra del gas a Rusia. Ahora se enfrenta a una realidad mucho más incómoda: su dependencia de Estados Unidos

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apps que no venden nada

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Hay pocos placeres culpables tan satisfactorios como la compra online: ese emocionante momento de búsqueda hasta encontrar lo que más te encaja para meterlo después en el carrito. Ya lo disfrutarás luego, cuando llegue a tus manos. O no, porque en realidad da casi más gustito ese proceso en sí que el producto en cuestión. Eso por no hablar de una obviedad: para comprar hace falta tener dinero en la cuenta y que este no te haga falta para otros menesteres, como por ejemplo pagar el alquiler o comer.

Si no puedes permitirte la experiencia real, la juventud de Corea del Sur ha encontrado una forma de engañar al cerebro para que libereesa dopamina de la compra: aplicaciones que no venden nada. Fake it till you make it.

Que está pasando. El Korean Times recoge el fenómeno de los dopamine sites y su funcionamiento en dos modalidades de apps: las de comida a domicilio y las de pausas para fumar, en la que te echas un cigarro virtual con otra gente con esa conversación banal propia de la ocasión. Así, puedes consultar menús, seleccionar artículos para añadir al carrito y saber tiempos de entrega o valoraciones de restaurantes sin cerrar la transacción. Y también puedes decir, si así lo prefieres, algo como “martes, de mierda te hartes” en una sala virtual.

Kim Heon-sik, profesor de la Universidad Jungwon, conecta estas apps que no venden nada con la cultura del Muk-Bang, en la que la gente observa a otra gente comiendo tremendas cantidades de comida. Curiosidad, voyeurismo y satisfacer la gula de quien está al otro lado de la pantalla sin tener que llevarse nada a la boca. La satisfacción vicaria en su máxima expresión.


Captura De Pantalla 2026 06 14 A Las 11 24 30
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Por qué es importante. Por un lado, estos dopamine sites funcionan como un chivato de la salud mental de una generación: en Corea del Sur, el agotamiento digital y la dependencia del smartphone son ya problemas de salud pública documentados con un factor de riesgo estrella: la ansiedad.

Por otro, revelan una desconexión entre dos mundos: el económico y el neurológico. Las apps de delivery y las de ecommerce llevan años depurando sus interfaces y la experiencia para potenciar el impulso de comprar: scrolls infinitos, ofertones exclusivos por tiempo limitado (spoiler: que no acaban nunca), goteo incesante de notificaciones…la “tecnología de la persuasión” que acuñó Tristan Harris, antiguo diseñador de Google. El resultado es que según la neurociencia, la dopamina se libera en la anticipación, no al recibir el pedido. Los dopamine sites hacen exactamente lo mismo, pero a coste cero, algo ideal para una generación que no puede permitirse ese gasto.

Contexto. Ese diseño deliberado de las apps y la liberación de dopamina puede terminar en una adicción a las compras… si tienes dinero. La cuestión está en que la juventud coreana no lo tiene: un informe reciente del Bank of Corea retrata su peliaguda situación. Cada año que un joven pasa sin trabajo reduce su salario futuro un 6,7%, su deuda ha aumentado y la proporción de estos viviendo en casas precarias pasó del 5,6% en 2010 al 11,5% en 2023. La OCDE confirma que la tasa de empleo juvenil coreana está por debajo de la media y que prácticamente hacen cola para acceder a grandes empresas o el sector público.

Este problema estructural ya tiene nombre: generación Sampo, que hace referencia a las tres renuncias de esta juventud, el amor, el matrimonio y ser padre o madre, provocadas por empleos inestables y deudas educativas elevadas. 

En detalle. El mecanismo psicológico detrás de esas apps que no venden nada está bien documentado: el cerebro no distingue bien entre el proceso de pedir comida y la simulación de pedirla, de modo que la dopamina actúa sobre todo en esa fase de búsqueda y anticipación, no al recibir el premio. Por esa razón la app falsa funciona: le da al sistema de recompensa aquello que activa el proceso sin necesidad de pasar la tarjeta.

Respecto a las apps de pausa para fumar, más de lo mismo: este estudio sobre soledad en adultos coreanos encontró que aquellos jovenes más expuestos al entorno digital reportaban niveles de soledad significativamente mayores que generaciones anteriores. Ver que hay más gente conectada a la vez, aunque sean completos desconocidos y no hables con ellos, activa la sensación de presencia social, lo que reduce la ansiedad.

Sí, pero. El reportaje de Korean Times se hace eco de escasos testimonios sobre este fenómeno, pero no hay datos sobre cuánta gente usa estas apps ni con qué frecuencia. Aunque fuera una tendencia, la pregunta del millón es qué efecto tienen estas apps que no venden nada: es cierto que no tienen impacto en las carteras de quienes la usan y que puntualmente alivian, pero también que no ayudan a resolver el problema que hay detrás: la ansiedad, la soledad y la dependencia unidas a una precarización de sus expectativas de vida. 

En Xataka | Un Ferrari ‘a pachas’: el truco de la Generación Z en Japón para tener un supercoche

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Portada |  Pesce Huang y Gemini

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apps que no venden nada

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Si no puedes permitirte la experiencia real, la juventud de Corea del Sur ha encontrado una forma de engañar al cerebro para que libereesa dopamina de la compra: aplicaciones que no venden nada. Fake it till you make it.

Que está pasando. El Korean Times recoge el fenómeno de los dopamine sites y su funcionamiento en dos modalidades de apps: las de comida a domicilio y las de pausas para fumar, en la que te echas un cigarro virtual con otra gente con esa conversación banal propia de la ocasión. Así, puedes consultar menús, seleccionar artículos para añadir al carrito y saber tiempos de entrega o valoraciones de restaurantes sin cerrar la transacción. Y también puedes decir, si así lo prefieres, algo como “martes, de mierda te hartes” en una sala virtual.

Kim Heon-sik, profesor de la Universidad Jungwon, conecta estas apps que no venden nada con la cultura del Muk-Bang, en la que la gente observa a otra gente comiendo tremendas cantidades de comida. Curiosidad, voyeurismo y satisfacer la gula de quien está al otro lado de la pantalla sin tener que llevarse nada a la boca. La satisfacción vicaria en su máxima expresión.


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Por otro, revelan una desconexión entre dos mundos: el económico y el neurológico. Las apps de delivery y las de ecommerce llevan años depurando sus interfaces y la experiencia para potenciar el impulso de comprar: scrolls infinitos, ofertones exclusivos por tiempo limitado (spoiler: que no acaban nunca), goteo incesante de notificaciones…la “tecnología de la persuasión” que acuñó Tristan Harris, antiguo diseñador de Google. El resultado es que según la neurociencia, la dopamina se libera en la anticipación, no al recibir el pedido. Los dopamine sites hacen exactamente lo mismo, pero a coste cero, algo ideal para una generación que no puede permitirse ese gasto.

Contexto. Ese diseño deliberado de las apps y la liberación de dopamina puede terminar en una adicción a las compras… si tienes dinero. La cuestión está en que la juventud coreana no lo tiene: un informe reciente del Bank of Corea retrata su peliaguda situación. Cada año que un joven pasa sin trabajo reduce su salario futuro un 6,7%, su deuda ha aumentado y la proporción de estos viviendo en casas precarias pasó del 5,6% en 2010 al 11,5% en 2023. La OCDE confirma que la tasa de empleo juvenil coreana está por debajo de la media y que prácticamente hacen cola para acceder a grandes empresas o el sector público.

Este problema estructural ya tiene nombre: generación Sampo, que hace referencia a las tres renuncias de esta juventud, el amor, el matrimonio y ser padre o madre, provocadas por empleos inestables y deudas educativas elevadas. 

En detalle. El mecanismo psicológico detrás de esas apps que no venden nada está bien documentado: el cerebro no distingue bien entre el proceso de pedir comida y la simulación de pedirla, de modo que la dopamina actúa sobre todo en esa fase de búsqueda y anticipación, no al recibir el premio. Por esa razón la app falsa funciona: le da al sistema de recompensa aquello que activa el proceso sin necesidad de pasar la tarjeta.

Respecto a las apps de pausa para fumar, más de lo mismo: este estudio sobre soledad en adultos coreanos encontró que aquellos jovenes más expuestos al entorno digital reportaban niveles de soledad significativamente mayores que generaciones anteriores. Ver que hay más gente conectada a la vez, aunque sean completos desconocidos y no hables con ellos, activa la sensación de presencia social, lo que reduce la ansiedad.

Sí, pero. El reportaje de Korean Times se hace eco de escasos testimonios sobre este fenómeno, pero no hay datos sobre cuánta gente usa estas apps ni con qué frecuencia. Aunque fuera una tendencia, la pregunta del millón es qué efecto tienen estas apps que no venden nada: es cierto que no tienen impacto en las carteras de quienes la usan y que puntualmente alivian, pero también que no ayudan a resolver el problema que hay detrás: la ansiedad, la soledad y la dependencia unidas a una precarización de sus expectativas de vida. 

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que el software siga cabiendo en un disquete

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Nos hemos acostumbrado a que el software pese cada vez más. Lo vemos en aplicaciones que tardan en descargarse, en herramientas simples que llegan acompañadas de demasiadas capas y en servicios que prometen comodidad a cambio de ocupar más espacio, consumir más recursos y depender de más piezas invisibles. Por eso resulta llamativo que, en 2026, cuando buena parte de la conversación tecnológica gira alrededor de la IA y de sistemas cada vez más ambiciosos, haya quien reivindique una idea que parece salida de otra época.

La iniciativa se llama Fits on a Floppy y parte de un manifiesto publicado por el desarrollador Matt Sephton. Su regla es tan sencilla como llamativa: una aplicación que quiera lucir su insignia debe tener un tamaño total de descarga inferior a 1,44 MB, la capacidad de un disquete clásico de 3,5 pulgadas. El propio texto lo resume con una frase directa, “el software ha perdido el rumbo”, pero su propuesta no consiste en echar de menos el soporte físico, sino en recuperar la disciplina que imponía trabajar con límites muy estrechos.

Durante mucho tiempo, hacer software también consistía en renunciar. Si algo no era necesario, se quedaba fuera, porque la memoria, el almacenamiento y la paciencia del usuario tenían un límite muy visible. Luego llegó una etapa distinta: los equipos empezaron a tener más margen, las descargas dejaron de parecer una aventura y el tamaño de una aplicación dejó de ser una preocupación central. Ahí empezó a abrirse una puerta peligrosa.

El software no ha engordado por accidente

No todo ese crecimiento vino de añadir funciones visibles. Buena parte llegó por debajo, en forma de capas que el usuario no siempre ve: librerías, motores, sistemas de actualización, componentes pensados para sostener más de una versión del mismo producto y dependencias que permiten avanzar más rápido sin resolver cada problema desde cero. Esa forma de construir tiene sentido en muchos casos, sobre todo cuando se quiere mantener el mismo producto en varios sistemas. Pero también cambia la escala.

Ahí entra el valor real de la propuesta de Sephton. Fits on a Floppy no intenta demostrar que todo deba comprimirse hasta caber en 1,44 MB, sino que una restricción artificial puede servir para ordenar prioridades. Si una app nace para resolver una tarea concreta, el manifiesto pide que descargue rápido, arranque sin espera, consuma pocos recursos, sea nativa y evite dependencias innecesarias. La idea de fondo es sencilla: cuanto menos equipaje arrastra una herramienta, más fácil resulta entender qué hace, por qué lo hace y cuánto cuesta mantenerla.

La pregunta, entonces, es si esa disciplina puede volver a tener recorrido fuera del manifiesto. En una parte del software, probablemente sí. No hablamos de navegadores, editores de vídeo o servicios con inteligencia artificial integrada, sino de utilidades pequeñas, herramientas de una sola función y aplicaciones nativas que muchas veces no necesitan cargar con una arquitectura enorme. Ahí el argumento de Sephton resulta más fuerte: si el objetivo es limitado, el tamaño también debería poder serlo. No por nostalgia, sino porque una herramienta simple tiene menos excusas para comportarse como una plataforma completa.

El otro lado de la historia es que buena parte del software no se va a hacer más pequeño. Muchas aplicaciones actuales ya no son solo una ventana con una función concreta: integran cuentas, sincronizan datos, ofrecen colaboración en tiempo real, funcionan en varios sistemas y acumulan funciones que hace años no formaban parte de una aplicación de escritorio. Todo eso puede estar justificado, pero pesa. Por eso la promesa de volver al software ligero tiene límites claros. En muchos productos, la pregunta real no será si pueden caber en un disquete, sino si están creciendo por necesidad o por acumulación.

La gracia del disquete, en realidad, está en que ya no parece razonable. Precisamente por eso obliga a mirar el software desde otro lugar y a preguntarnos si todo ese peso responde a una necesidad real o a una acumulación que nadie se atrevió a revisar. Fits on a Floppy no pretende detener la evolución de las herramientas modernas ni negar que muchas necesitan ser grandes. Su utilidad está en otra parte: recordarnos que la eficiencia también es una decisión de diseño, y que el tamaño de una aplicación dice algo sobre cómo fue pensada.

Imágenes | Fernando Lavin

En Xataka | iOS 27 no deja ningún iPhone atrás, pero WatchOS 27 no puede decir lo mismo con los Apple Watch

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