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está dejando ver los submarinos nucleares
Si ese terruño gélido llamado Groenlandia ya era históricamente un enclave estratégico, de la mano del segundo mandato de Donald Trump ha vuelto a la palestra con más fuerza que nunca: Estados Unidos quiere anexionar ese territorio perteneciente a Dinamarca y razones tiene unas cuantas: desde la ingente cantidad de tierras raras que esconde al magnífico punto de vigilancia que constituye ahí, en pleno Atlántico Norte, entre Estados Unidos, el norte de Europa o Rusia. De hecho, ya tiene planes para montar un nuevo radar.
El momento ha llegado no solo porque Trump haya vuelto a la presidencia, es que el calentamiento global y el consecuente deshielo ha generado una suerte de nueva “Ruta de la seda” polar por donde China quiere pasar, EEUU quiere controlar y Rusia no quiere que controle, por lo que supondría desde un punto de vista estratégico y competitivo. Pero ese deshielo también ha dejado algo más a la vista: submarinos nucleares.
El Ártico se derrite. Enero de 2026 fue el enero más cálido jamás registrado en la parte de occidental de Groenlandia. En Nuuk, la capital de la isla perteneciente Dinamarca, la temperatura media fue 7,8 °C por encima de lo habitual. En otras localizaciones bañadas por el Ártico como la Bahía de Baffin, el Mar de Barents o Svalbard, los termómetros frecuentemente superaron los +15°C sobre la media en esas zonas.
El deshielo está batiendo récords pero desgraciadamente, no se trata de un fenómeno aislado, sino que sigue la tendencia acelerada que la comunidad científica lleva años documentando. Y en lo geopolítico, el mercurio también está al rojo.
Por qué es importante. En pocas palabras, por la geopolítica del deshielo. De forma directa, trae consecuencias en forma de:
- Rutas marítimas. La apertura del Ártico tanto por el lado canadiense como por el ruso trae la notable reducción de distancias entre Asia, Europa y América del Norte, lo que afecta al comercio a escala planetaria.
- Recursos naturales. Con el deshielo resulta más fácil acceder al petróleo, el gas, las tierras raras y otros minerales críticos para la industria tecnológica y la industria en general.
- La seguridad militar. Esa gruesa capa de hielo ha funcionado durante décadas como escudo invisibilizador de submarinos nucleares. Cuando el hielo es más fino, detectarlos se vuelve una misión más sencilla.
Abajo el periscopio. John Methven, profesor de dinámica atmosférica en la Universidad de Reading, explica para el Financial Times que conforme el hielo marino del Ártico “Se reduce y se retira, se hace más difícil ocultar buques de guerra. Esto está cambiando el panorama estratégico en el Ártico”.
Sin ir más lejos, el New York Times se hace eco de al menos 33 maniobras militares de Rusia en el Ártico, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. La base de submarinos nucleares rusos en la península de Kola y su creciente exposición cada vez es más descarada, tanto es así que ya iguala y hasta supera los niveles de la Guerra Fría, reporta el Instituto Naval de Estados Unidos. No obstante, también la flota de Estados Unidos está dejándose ver en un atraque en Reykjavik en julio del año pasado. Pero Rusia también está haciendo sus deberes: según el Washington Post, ha construido en secreto una red de sensores subacuáticos para monitorizar lo que sucede.
Suben las temperaturas, suben las tensiones. El cambio climático no es “solo” un problema ambiental, sino que sus consecuencias multiplican las tensiones geopolíticas: allí donde el hielo se derrite, aparece la competencia entre potencias.
Portada | Mil.ru, CC BY 4.0, Wikimedia
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Antes en las reuniones del G7 los focos eran para los líderes mundiales. Ahora los protagonistas son Amodei, Altman y Hassabis
Esta semana se ha celebrado la edición número 52 de la cumbre del G7. Los representantes de las siete mayores potencias mundiales debatieron sobre Ucrania, Oriente Medio, o tierras raras, como se esperaba. Lo que no se esperaba tanto es que los vedaderos protagonistas del evento no fueran esos líderes mundiales, sino los directivos de Anthropic, OpenAI, Google o Mistral que participaron en el otro gran debate de nuestro tiempo: el futuro de la IA.
El poder cambia (un poco) de manos. Jessica Brandt, del Consejo de Relaciones Extranjeras (CFR) —think tank estadounidense— definió la situación con una frase contuntende: “Estamos viendo un cambio en quién consigue un asiento en la mesa, y una señal de dónde se asienta el poder”.
Invitados de excepción. Esta experta comentaba cómo hoy en día los estados necesitan tener como aliadas a las empresas de IA. Lo que ha pasado con Anthropic y el Pentágono primero y con Claude Fable 5 después demuestran cómo la IA se ha convertido en un arma para los gobiernos de los países. Una de la que nadie quiere prescindir, así que los líderes de las principales empresas occidentales de IA han sido invitados para contribuir a un debate que se ha convertido en crucial de cara al futuro.
El cortejo de Amodei, Altman y Hassabis. Sam Altman (CEO de OpenAI), Dario Amodei (CEO de Anthropic) y Demis Hassabis (CEO de Google DeepMind) fueron los tres grandes destacados de un grupo de directivos tecnológicos entre los que también estaba Arthur Mensch, CEO de la startup francesa Mistral o Alexandr Wang, máximo responsable de IA en Meta. Los líderes mundiales cortejaron a estos directivos: Narendra Modi, primer ministro de India, se reunió con Mensch, por ejemplo, y Amodei lo hizo con Macron, y Hassabis, Altman y el citado Amodei formaron parte de una comida de trabajo en la que estaban entre otros Donald Trump o Emmanuel Macron.
Dependencia tecnológica. La situación refleja una realidad palpable: los líderes del G7 se reúnen para cerrar todo tipo de acuerdos geopolíticos, pero dependen por completo de la infraestructura privada y del hardware y software de las grandes tecnológicas. Los máximos mandatarios tienen claro que hay que llevarse bien con estas empresas, pero el equilibrio de poder es ciertamente delicado: el reciente veto de EEUU a Fable 5 es una demostración. ¿Pueden los países apropiarse de la tecnología de sus empresas y controlarla?
La IA como arma. Los anuncios recientes de modelos de IA con capacidades de ciberseguridad avanzadas como Claude Mythos Preview y Mythos 5 o GPT-5.5 Cyber han hecho que empresas y gobiernos se preocupen notabemente. Europa, por ejemplo, ya se quejó de haber sido dejada a un lado cuando Anthropic permitió a algunas empresas utilizar Mythos Preview.
EEUU va a la suya. Emerson Brooking, socio del Atlantic Council, explicó en CNBC cómo los controles de exportación sobre los modelos de Anthropic “lo han cambiado todo”. Y añadió que
“Varios paíes del G7 han aludido previamente a la necesidad de inversiones soberanas en IA, pero siempre se había asumido que éstas tendrían lugar de forma conjunta al aceso a la pila tecnológica de EEUU. Ahora EEUU ha indicado su voluntad de cortar acceso a su tecnología de IA tanto al G7 como incluso a sus tratados con potencias aliadas”.
¿Empresas por encima de gobiernos? Los modelos de IA avanzados se están convirtiendo por derecho propio en uno de los recursos más ansiados y deseados por parte ya no solo de empresas, sino de gobiernos que están dándose cuenta de lo que está en juego. El panorama geopolítico mundial ya se enfrentó a una situación similar con el desarrollo de armas nucleares: solo algunos países pueden fabricarla y desplegarla.
Brecha digital en el horizonte. La IA es más difusa, porque los modelos (sobre todo, los abiertos) se filtran, se copian y de ellos surgen versiones derivadas. Pero una cosa es cierta: los centros de datos sobre los que se ejecutan esos modelos están mayoritariamente bajo el control de empresas de EEUU y China. La energía nuclear ofreció disuasión, pero la IA puede generar una brecha digital enorme entre quienes la controlan y quienes solo pueden aspirar a usarla.
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Antes en las reuniones del G7 los focos eran para los líderes mundiales. Ahora los protagonistas son Amodei, Altman y Hassabis
Esta semana se ha celebrado la edición número 52 de la cumbre del G7. Los representantes de las siete mayores potencias mundiales debatieron sobre Ucrania, Oriente Medio, o tierras raras, como se esperaba. Lo que no se esperaba tanto es que los vedaderos protagonistas del evento no fueran esos líderes mundiales, sino los directivos de Anthropic, OpenAI, Google o Mistral que participaron en el otro gran debate de nuestro tiempo: el futuro de la IA.
El poder cambia (un poco) de manos. Jessica Brandt, del Consejo de Relaciones Extranjeras (CFR) —think tank estadounidense— definió la situación con una frase contuntende: “Estamos viendo un cambio en quién consigue un asiento en la mesa, y una señal de dónde se asienta el poder”.
Invitados de excepción. Esta experta comentaba cómo hoy en día los estados necesitan tener como aliadas a las empresas de IA. Lo que ha pasado con Anthropic y el Pentágono primero y con Claude Fable 5 después demuestran cómo la IA se ha convertido en un arma para los gobiernos de los países. Una de la que nadie quiere prescindir, así que los líderes de las principales empresas occidentales de IA han sido invitados para contribuir a un debate que se ha convertido en crucial de cara al futuro.
El cortejo de Amodei, Altman y Hassabis. Sam Altman (CEO de OpenAI), Dario Amodei (CEO de Anthropic) y Demis Hassabis (CEO de Google DeepMind) fueron los tres grandes destacados de un grupo de directivos tecnológicos entre los que también estaba Arthur Mensch, CEO de la startup francesa Mistral o Alexandr Wang, máximo responsable de IA en Meta. Los líderes mundiales cortejaron a estos directivos: Narendra Modi, primer ministro de India, se reunió con Mensch, por ejemplo, y Amodei lo hizo con Macron, y Hassabis, Altman y el citado Amodei formaron parte de una comida de trabajo en la que estaban entre otros Donald Trump o Emmanuel Macron.
Dependencia tecnológica. La situación refleja una realidad palpable: los líderes del G7 se reúnen para cerrar todo tipo de acuerdos geopolíticos, pero dependen por completo de la infraestructura privada y del hardware y software de las grandes tecnológicas. Los máximos mandatarios tienen claro que hay que llevarse bien con estas empresas, pero el equilibrio de poder es ciertamente delicado: el reciente veto de EEUU a Fable 5 es una demostración. ¿Pueden los países apropiarse de la tecnología de sus empresas y controlarla?
La IA como arma. Los anuncios recientes de modelos de IA con capacidades de ciberseguridad avanzadas como Claude Mythos Preview y Mythos 5 o GPT-5.5 Cyber han hecho que empresas y gobiernos se preocupen notabemente. Europa, por ejemplo, ya se quejó de haber sido dejada a un lado cuando Anthropic permitió a algunas empresas utilizar Mythos Preview.
EEUU va a la suya. Emerson Brooking, socio del Atlantic Council, explicó en CNBC cómo los controles de exportación sobre los modelos de Anthropic “lo han cambiado todo”. Y añadió que
“Varios paíes del G7 han aludido previamente a la necesidad de inversiones soberanas en IA, pero siempre se había asumido que éstas tendrían lugar de forma conjunta al aceso a la pila tecnológica de EEUU. Ahora EEUU ha indicado su voluntad de cortar acceso a su tecnología de IA tanto al G7 como incluso a sus tratados con potencias aliadas”.
¿Empresas por encima de gobiernos? Los modelos de IA avanzados se están convirtiendo por derecho propio en uno de los recursos más ansiados y deseados por parte ya no solo de empresas, sino de gobiernos que están dándose cuenta de lo que está en juego. El panorama geopolítico mundial ya se enfrentó a una situación similar con el desarrollo de armas nucleares: solo algunos países pueden fabricarla y desplegarla.
Brecha digital en el horizonte. La IA es más difusa, porque los modelos (sobre todo, los abiertos) se filtran, se copian y de ellos surgen versiones derivadas. Pero una cosa es cierta: los centros de datos sobre los que se ejecutan esos modelos están mayoritariamente bajo el control de empresas de EEUU y China. La energía nuclear ofreció disuasión, pero la IA puede generar una brecha digital enorme entre quienes la controlan y quienes solo pueden aspirar a usarla.
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Raquel González, directora de Airbus Space en España, sobre el desafío de España como potencia espacial: “Nos faltan personas”
No es habitual cruzar las puertas de Airbus Space en Getafe y recorrer unas instalaciones donde la industria espacial deja de ser una sucesión de nombres propios para convertirse en algo físico. Durante la visita organizada por los 60 años de Airbus Espacio en España, el recorrido iba dejando ver zonas de producción, áreas limpias, piezas vinculadas a lanzadores y tecnologías y componentes de satélites que acabarán operando fuera de la Tierra. La primera impresión no era la de una celebración corporativa, sino la de una cadena industrial mucho más amplia de lo que sugieren sus programas por separado.
Raquel González, directora de Airbus Space en España, lo resumió con una frase muy directa durante la presentación: “España es una potencia espacial”. No lo planteó como una aspiración pendiente, sino como una realidad que, a su juicio, se explica por la acumulación de capacidades desarrolladas en el país. Sobre la mesa aparecían satélites como PAZ, PAZ-2, Ingenio, CHEOPS o LSTM, programas de comunicaciones seguras como Spainsat NG, participación en lanzadores europeos como Ariane 6 y hasta antenas fabricadas en España para comunicarse con los rovers Curiosity y Perseverance en Marte. La afirmación tenía peso porque no descansaba en un solo proyecto, sino en una presencia sostenida en varias capas del sector espacial.
El músculo espacial español y sus desafíos
Con esa afirmación sobre la mesa, la siguiente pregunta era casi obligada: si España ha alcanzado esa posición, cómo se mantiene en una industria tan competitiva como la espacial. La presión no llega solo por el acceso al espacio, aunque lanzar con más frecuencia y a menor coste se haya convertido en una de las grandes batallas del sector. También pesa la capacidad de diseñar, fabricar y preparar sistemas cada vez más complejos, de responder a necesidades estratégicas y de hacerlo en un tablero donde los ritmos se han acelerado. SpaceX es el símbolo más visible de ese cambio, pero no el único: EEUU mantiene un ecosistema comercial muy activo, China acelera sus capacidades comerciales y estatales, India abre más espacio a la participación privaday Europa intenta reforzar su autonomía.

Área de fabricación de estructuras para Ariane 6 en Airbus Espacio España, dentro de las instalaciones de Getafe
Esa fue la pregunta que le trasladé a González: qué desafíos aparecen ahora para mantenerse en esa posición y cuál debería ser el siguiente paso. La directora de Airbus Space en España abrió el foco hacia toda la industria espacial europea, pero enseguida aterrizó la respuesta en el terreno que conoce de primera mano. “Ahora hay un desafío de talento. Los presupuestos están aumentando, los programas siguen surgiendo. Hay mucha ambición”.
“Ahora hay un desafío de talento. Los presupuestos están aumentando, los programas siguen surgiendo. Hay mucha ambición”
La idea quedó todavía más clara cuando lo condensó en dos palabras: “faltan personas”. González convirtió entonces el diagnóstico en una llamada a quienes están todavía decidiendo su camino formativo. Su mensaje iba dirigido a universitarios, pero también a estudiantes más jóvenes que empiezan a elegir hacia dónde orientar sus estudios: el espacio necesita perfiles científicos, tecnológicos y de ingeniería, pero no solo eso. También hacen falta trayectorias de formación profesional y perfiles vinculados a la producción, porque una industria así no se sostiene únicamente con diseño sobre el papel. Entre una misión aprobada y una tecnología lista para salir de la Tierra hay años de trabajo especializado, y esa cantera no aparece de un día para otro.

Raquel González, directora de Airbus Space en España, durante el encuentro con la prensa en las instalaciones de Getafe
La dimensión del problema se entiende mejor al mirar las cifras que Airbus puso sobre la mesa. Según la compañía, Airbus Espacio en España cerró 2025 con 295 millones de euros de facturación y 530 empleados directos, pero su impacto no termina en su propia plantilla. Alrededor del 30% de esa facturación revierte en subcontratistas, un dato que ayuda a medir hasta qué punto la actividad espacial se reparte por un ecosistema más amplio. Por eso la falta de talento no afecta solo a una empresa concreta: cuando crecen los programas, también aumenta la presión sobre proveedores, técnicos especializados y equipos capaces de sostener trabajos de alto valor añadido.
Esa actividad se entiende mejor cuando se baja de la cifra al tipo de trabajo que hay detrás. Airbus sostiene que su división espacial en España es la única empresa del país capaz de diseñar, construir, integrar y entregar satélites complejos en órbita, una afirmación que sitúa el foco en responsabilidades industriales de alto nivel. González lo llevó al terreno de la capacidad acumulada durante la presentación: “Todo lo que son construcciones de satélites, ahí es donde estamos como líder en Espacio España”. PAZ aparece como uno de los ejemplos ya en servicio dentro de esa trayectoria, mientras que PAZ-2 y LSTM muestran hacia dónde se está moviendo ahora esa capacidad.
Otra parte del recorrido llevaba a una capa menos visible, pero igual de importante: la tecnología que permite que una misión observe, mida o transmita información útil desde el espacio. Airbus habló de radares, radiómetros de microondas y antenas activas como áreas en las que su división española ha ido acumulando conocimiento. No son elementos pensados para llamar la atención fuera del sector, pero pueden marcar la diferencia entre una plataforma espacial y una misión con capacidad real de prestar servicio.

Personal de Airbus Espacio España trabaja en la sala limpia de Getafe, donde la compañía ensambla sistemas espaciales de alta complejidad
El mapa se completaba con otra pieza sensible para Europa: el acceso al espacio. Airbus recordó durante la presentación que su actividad en España está vinculada desde hace décadas a la familia Ariane y a Vega, con estructuras y subsistemas que forman parte de los lanzadores europeos. En el caso de Ariane 6, la compañía señaló además que está aumentando la producción para suministrar 27 conjuntos completos, conocidos como shipsets, que incluyen grandes estructuras ligeras de fibra de carbono para Ariane 6 en los próximos años. No hace falta entrar en el detalle de cada componente para entender la relevancia de esa línea de trabajo: sin lanzadores fiables y con cadencia suficiente, buena parte de la ambición espacial europea queda condicionada.

Área de fabricación de estructuras para Ariane 6 en Airbus Espacio España, dentro de las instalaciones de Getafe
El recorrido por lanzadores servía para aterrizar una idea más amplia: la industria espacial europea necesita más escala. González defendió que Europa ha dado pasos importantes con programas como Galileo y Copernicus, pero también que el momento actual exige ir más allá. “Ahora llega el momento de pisar el acelerador y pasar al siguiente paso”, señaló. La frase no hablaba solo de un programa concreto, sino de la necesidad de coordinar mejor capacidades industriales que siguen repartidas entre varios países y compañías.
Todo eso necesita algo más que contratos y conocimiento acumulado. Airbus sitúa esa actividad en dos sedes de la Comunidad de Madrid, Getafe y Tres Cantos, y describe sus instalaciones como parte de la capacidad que le permite trabajar en sistemas espaciales de alta complejidad. En Getafe, según la compañía, conviven la producción vinculada a lanzadores y áreas preparadas para el ensamblaje de satélites, una infraestructura que no funciona como escaparate, sino como condición material para sostener programas de años. El talento del que hablaba González necesita precisamente ese entorno: proyectos largos, equipos estables y procesos capaces de mantener la fiabilidad a lo largo de todo el ciclo de trabajo.

Área de lanzadores de Airbus Espacio España en Getafe, donde la compañía trabaja en estructuras para Ariane 6
La falta de personas no se resuelve únicamente abriendo procesos de selección. En una actividad como esta, formar a alguien implica años de aprendizaje, exposición a proyectos reales y familiaridad con procedimientos donde la fiabilidad pesa tanto como la innovación. González apuntó precisamente a esa dimensión cuando habló de reforzar la formación y de desarrollar capacidades que requieren tiempo. Después añadió un segundo elemento: foco. Su planteamiento era que el sector tiene ambición y oportunidades, pero necesita decidir dónde concentrar esfuerzos para que esa energía no se disperse.
Ese foco también aparece en el debate europeo. Airbus, Leonardo y Thales han firmado un memorando para impulsar la creación de un actor espacial de mayor escala, un movimiento que Airbus enmarca como respuesta a la fragmentación del sector en Europa y a la necesidad de ganar escala para competir en un mercado más exigente. No es un detalle menor dentro de esta conversación: si los programas espaciales son caros, largos y tecnológicamente complejos, la escala importa tanto como la especialización. Para Airbus, la autonomía europea no depende solo de tener buenos proyectos nacionales, sino de coordinar capacidades para competir, precisamente, en un sector tan dinámico y veloz.
La visita a Getafe dejaba así una lectura menos evidente que la de los satélites, los lanzadores o las instalaciones. Airbus puede defender que España es una potencia espacial apoyándose en sus programas, tecnología y trayectoria. Sin embargo, el siguiente paso no depende solo de conservar lo ya construido ni de sumar nuevas misiones a la lista. Si el sector quiere crecer en un entorno cada vez más rápido y exigente, necesitará algo presumiblemente mucho más difícil: conseguir una cantera suficiente de personas capaces de hacer que todo eso siga funcionando.
Imágenes | Xataka
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