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convertir sus rayos en armas accidentales
Cuando pensábamos que la energía offshore era el futuro de las renovables, alguien miró hacia la órbita baja terrestre y exclamó un “sujétame el cubata”. Uno de los planes de conquista de las renovables de China pasa por colocar granjas que cosechen energía solar alrededor de la Tierra. El problema es que empieza a haber demasiadas cosas en la órbita baja y cualquier fallo en la transmisión de energía puede convertirse en un quebradero de cabeza geopolítico.
Porque esas granjas solares pueden ‘atacar’ con rayos láser al resto de satélites.
Ideal. Peter Glaser ya formuló en los sesenta la idea de ‘farmear’ energía solar en el espacio y enviarla a la Tierra. En su idea, la energía sería enviada mediante microondas, pero con la tecnología de la época y las estructuras necesarias para ese envío de información, la idea quedó en nada. Ahora, con la posibilidad de reutilizar cohetes, utilizar materiales ligeros y rayos láser con una precisión milimétrica, la cosa ha cambiado.
Y tiene todo el sentido. En el espacio, y sin la influencia de la atmósfera, las placas solares son capaces de captar el espectro lumínico de forma diferente. Son más eficientes porque la luz llega de forma más directa, ininterrumpida y no hay que limpiar el polvo o la nieve que interfieren con la eficiencia del panel.
Casi Todo ventajas. En un artículo de Hardvard Techology se expone cómo China, Japón o Estados Unidos están muy interesados en esta tecnología. Aunque la principal desventaja es el altísimo costo inicial y resolver la pérdida de energía que se produce en esa transmisión inalámbrica, las ventajas hacen que sea algo muy atractivo:
- Suministro de energía constante.
- Uso reducido de espacio terrestre.
- Huella de carbono más baja que en Tierra.
- Mejora en la distribución global de la energía para dar electricidad ‘limpia’ a áreas que, por condiciones terrestres, no puedan instalar grandes plantas.
El plan. Y, como decimos, China se ha embarcado en una carrera espacial tremendamente ambiciosa. Por un lado, están ultimando su propia estación espacial. Por otro, desarrollan tecnologías para sincronizar los relojes lunares y terrestres que abran las puertas a misiones más complejas en nuestro satélite. El programa espacial chino está dando pasos de gigante en poco tiempo, y el enviar satélites que actúen como granjas fotovoltaicas no sólo responde a ese plan de “el primero que llega, se queda con el espacio”, sino al interés del país por las renovables.
Ya vemos enormes plantas en sus descomunales desiertos, y en el espacio serían aún más eficientes. El plan pasa por tener una central solar orbital operativa para la próxima década, antes que competidores como Japón o Estados Unidos… y una Europa que está evaluando el potencial de esta tecnología. Y China no va de farol: llevan años probando prototipos en tierra antes de lanzar a finales de esta década una unidad a la órbita baja.
Rayos láser. El problema adyacente, porque hay una cuestión que nada tiene que ver con costes o transmisión de energía, es que empezamos a tener demasiadas ‘cosas’ alrededor de la Tierra. SpaceX acaba de recibir luz verde para desplegar otros 7.500 satélites de Starlink. Se suma a todos los satélites que ya tenían en órbita, los de otros competidores, los de geoposicionamiento, todos los satélites científicos, la chatarra que está dando vueltas y que no sirve para nada, pero ocupa un espacio… y si hay cualquier problema con el láser que transmite energía de esas granja solares espaciales, las consecuencias pueden ser considerables.
Una investigación realizada por el Instituto de Ingeniería Ambiental por Satélite de Pekín, y publicado en la revista científica china ‘High Power Laser and Particle Beams’ apunta al riesgo que representan estas granjas para el resto de satélites. Si los rayos láser que transfieren la energía no alcanzan su objetivo debido a cualquier error o imprevisto, podría desembocar en un ‘ataque’ a otros satélites o incluso cohetes que despeguen desde la Tierra.
No para que exploten, pero sí lo suficiente como para sobrecalentar paneles solares de esos sistemas, desencadenar una descarga eléctrica que obligue a parar el vehículo y, por tanto, la necesidad de reparar el sistema afectado, con todo lo que ello implica. Y el riesgo es mayor cuando se utilizan longitudes de onda más corta, que es cuando el láser ‘lleva’ más energía. Es algo que han probado utilizando modelos de laboratorio que recrean las características del entorno orbital y disparando pulsos de láser ultracortos a un panel solar de prueba.
Overbooking. Con este estudio, los investigadores advierten sobre los riesgos y avisan a los responsables de los sistemas de que es algo que deberían tener en cuenta de cara a, por ejemplo, seleccionar parámetros de potencia del láser que sean más seguros o equipar los paneles solares de lo que se lance al espacio con una especie de escudo. Evidentemente, cuando lleguen esas granjas fotovoltaicas espaciales, los ingenieros que realizan los cálculos de lanzamiento y trayectoria tendrán que tener en cuenta no sólo que hay más cuerpos flotando, sino el segmento de láser hacia la Tierra.
Y es un problema mayor cuando vemos que la órbita baja no sólo va a estar más concurrida a corto plazo, con todos los competidores para ofrecer internet global o los satélites militares, sino también porque las grandes tecnológicas tienen interés en colocar centros de datos en el espacio. El funcionamiento sería muy similar: recoger energía solar, procesar los datos de la IA en órbita y transferirlos por microondas a la Tierra.
Imagen | HTR
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Anthropic y OpenAI saben que donde la IA está dando dinero es en las empresas. Han encontrado la forma de exprimir esa estrategia
Los usarios finales no importamos mucho ya para los gigantes de la IA. Estas empresas están confirmando que los ingresos están de momento en el mundo profesional, y ya están haciendo movimientos para conquistar ese semento. Y si tienen que hacerlo empresa por empresa, que así sea, porque ahora OpenAI y Anthropic son un poquito menos empresas de IA y un poquito más consultoras.
La IA es más empresarial que nunca. Anthropic y OpenAI han comprendido que el verdadero negocio de la IA no está actualmente en las suscripciones individuales de 20 dólares, sino en lograr integrar sus modelos de IA en todo tipo de corporaciones. Ambas empresas han lanzado casi simultáneamente alianzas con otras compañías para proporcionar servicios de consultoría. El objetivo es simple: dejar de ser herramientas web externas para convertirse en el “sistema operativo” de miles de negocios a través de esos canales de venta tan exclusivos.
Anthropic por un lado… La compañía liderada por Dario Amodei ha formado una joint venture con Blackstone, Goldman Sachs y Hellman & Friedman valorada en 1.500 millones de dólares. Esta nueva firma actuará como una consultora que llevará Claude directamente a los entornos operativos de empresas medianas, desde bancos de tamaño medio hasta fabricantes locales o sistemas de salud. Estas empresas se han comprometido a aportar 300 millones de dólares cada una para que los ingenieros de IA trabajen codo con codo con esos clientes para integrar soluciones a medida.
… y OpenAI por el otro. A su vez, la empresa de Sam Altman no ha tardado en replicar esa iniciativa con la creación de la llamada The Development Company, una entidad valorada en unos 10.000 millones de dólares. Está respaldada por fondos como TPG, Bain Capital y SoftBank. Teóricamente OpenAI ya ha recaudado 4.000 millones de dólares para acelerar la adopción de sus modelos de IA en más de 2.000 empresas que ya forman parte de las carteras de esos inversores. La iniciativa está liderada por Brad Lightcap, hasta ahora COO de la empresa, y que quiere convertir a los modelos de la familia GPT en parte integral de la operativa de todo tipo de empresas.
Ingenieros en la línea de fuego. Para impulsar estas estrategias, ambas empresas están adoptando el modelo del llamado ‘Forward Deployed Engineer’ (FDE), un sistema de despliegue que ya fue popularizado por Palantir y que usan tradicionalmente las consultoras. En lugar de vender una API sin más, Anthropic y OpenAI enviarán a sus ingenieros a trabajar con médicos, analistas financieros o personal IT para que sus modelos de IA puedan integrarse a la perfección en los flujos de trabajo reales de esos profesionales.
La salida a bolsa como objetivo. En los últimos meses parecemos estar viviendo una carrera contra el reloj hacia la salida a bolsa en ambos casos. Con valoraciones absolutamente estratosféricas (OpenAI 852.000 millones, Anthropic rondando los 900.000 millones), la presión por justificar estas cifras ante el mercado público es inmensa. La integración de herramientas de programación como Claude Code ha sido motor de crecimiento claro reciente, pero la verdadera mina de oro está en la automatización de procesos en sectores como la salud o las finanzas. Si estas joint ventures no logran escalar rápidamente, la burbuja de la valoración podría desinflarse antes de esas salidas a bolsa.
Conflictos de intereses. Cuando un fondo de capital riesgo invierte en un proveedor de tecnología y simultáneamente presiona a las empresas de su cartera para que adopten esa misma tecnología, la competencia deja de existir. Muchas empresas no tendrán demasiada capacidad de elección real basada en la calidad de producto. Lo que se vuelve a reforzar aquí es esa “economía circular” en la que la innovación no se elige, sino que se impone por intereses financieros y empresariales. El cliente no compra porque necesita la herramienta, sino porque su propio dueño financiero tiene una participación en quien suministra esa herramienta.
¿Pero la IA no iba a automatizarlo todo? La dependencia del modelo FDE es paradójica. La teoría nos dice que el software debe ser infinitamente replicable a coste marginal cero. Sin embargo, estas alianzas demuestran que la IA aún no es lo suficientemente inteligente para funcionar sin supervisión humana directa. Necesitamos que alguien nos enseñe a usarla bien, dicen las empresas, y tanto OpenAI como Anthropic van a aprovechar esa necesidad aunque lo que en realidad tengamos sea una consultoría personalizada de lujo. La IA será de momento más parte de los servicios que ofrece una consultora que una herramienta “plug and play” verdaderamente autónoma.
Nuevo trabajo: ingeniero de despliegue. Ahora Anthropic y OpenAI no solo serán empresas de IA: también serán consultoras con necesidad de mano de obra. Eso también sirve como ejemplo de que aunque la IA teóricamente eliminará puestos de trabajo, también creará otros nuevos. Aquí nos enfrentamos a una creciente demanda de “ingenieros de despliegue” —OpenAI ya los solicita—, profesionales que se encarguen precisamente de adaptar estos modelos de IA a las necesidades de las empresas que quieran implantarlos en su día a día.
Y los datos, qué. Hay otro problema fundamental: las empresas medianas no tendrán demasiada capacidad para gestionar su soberanía de datos. Para que Claude o GPT funcionen de forma adecuada en la empresa, necesitarán acceso a flujos de trabajo críticos, historiales médicos o datos financieros sensibles. Y cuando uno cede ese control a terceras partes, quedan vulnerables. No solo eso: la seguridad de esos datos queda comprometida porque para poder procesarlos deben salir y ser procesados en la nube de un proveedor externo. Los modelos de IA de estas empresas además probablemente pueda aprender de esos procesos, aunque aquí es razonable pensar que entrarán en juego las políticas Zero Data Retention (“No retención de datos”).
Imagen | TechCrunch | Wikimedia Commons
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un dron kamikaze de cartón por 2.000 dólares
Desde la invasión de Ucrania en 2022, los drones se han convertido en una pieza central de la guerra moderna, una marcada por el uso masivo de drones baratos para saturar las defensas aéreas. Sin embargo, aunque sean mucho más económicos que otro tipo de armamento, su uso como munición merodeadora hace que la tasa de destrucción sea altísima. En este contexto de volumen y costes disparados, una startup japonesa tiene una solución radical: drones desechables hechos literalmente de cartón.
Drones desechables. El ministro de defensa japonés, Shinjirō Koizumi, se reunió con los responsables de la empresa AirKamuy y posó con su invento estrella: un dron hecho de cartón, diseñado para su destrucción en el campo de batalla. Su uso está pensado para contramedidas, lanzando enjambres de drones para absorber ataques de otros drones o defensas antiaéreas. Su punto fuerte es el coste: unos 2.000 dólares la unidad. Por ponerlo en contexto, un dron iraní Shahed (uno de los más usados por Rusia) cuesta en torno a 35.000 dólares, 50.000 si se trata de un modelo mejorado.
Detalles. El AirKamuy 150 está hecho de cartón con un acabado que lo hace resistente a la lluvia. Lleva un motor eléctrico y una autonomía que le permite volar durante 80 minutos. Con respecto al peso que puede transportar, solamente puede llevar 3 libras (poco más de un kg), por lo que sólo puede mover pequeñas cargas de suministros o munición. No es un dron de combate pesado, sino una herramienta de saturación: su valor no está en lo que puede hacer uno solo, sino en lo que pueden hacer muchos a la vez.
Por qué es importante. En un contexto donde el coste y la escala lo son todo, la apuesta de AirKamuy tiene una lógica aplastante: si el enemigo lanza cientos de drones baratos, pues le lanzamos drones aún más baratos. Pocos materiales son tan baratos y fáciles de producir en masa como el cartón, y de hecho sus creadores afirman que no hace falta nada especial para producirlos, sino que cualquier planta de producción de cartón podría hacerlo. Que una empresa de packaging pueda convertirse en una línea de producción militar es una solución tan ingeniosa como inquietante.
Logística a lo IKEA. No sólo es más barato de producir sino que también se puede transportar en grandes cantidades y ocupando muy poco espacio. El AirKamuy 150 viene en un paquete totalmente plano, lo que permite meter 500 unidades en un contenedor de carga estándar. Una vez en el destino, el montaje lleva apenas diez minutos, sin necesidad de herramientas especiales ni personal técnico cualificado.
Imagen | Shinjirō Koizumi en X
En Xataka | Ucrania acaba de reinventar el combate aéreo con una pieza de la era soviética: un avión que dispara drones
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fundó dos repúblicas de las que fue presidente
En la actualidad, los millonarios están centrados en su propia carrera espacial para “salvar a la humanidad” de sí misma. En el siglo XIX, los millonarios concentraban todo ese ímpetu en conquistar territorios de terceros países de forma independiente, utilizando su propio ejército privado y gobernando sus colonias como antiguos señores feudales.
Ese fue el caso de William Walker, considerado por muchos como el “último gran filibustero“, que actuaba como un mercenario independiente que conquistó territorios en México, Nicaragua.
William Walker: el dictador centroamericano
La historia de William Walker es un relato de ambición, poder y la formación de la identidad latinoamericana. Nacido en Tennessee en 1824, Walker era hijo de unos empresarios muy influyentes en la política local. Estudió medicina, periodismo y derecho.
Sin embargo, abandonó estas profesiones para convertirse en filibustero, una suerte de mercenarios privados que fomentaban revoluciones no autorizadas por ningún país con el fin de hacerse con los territorios y con sus recursos. Para entender el contexto de las invasiones privadas de países, es importante conocer el concepto sobre el que se sustentaba la Doctrina del Destino Manifiesto. Esta doctrina, uno de los pilares fundacionales de Estados Unidos.
Esta doctrina del siglo XIX justificaba la expansión territorial de Estados Unidos a través de América del Norte, basada en la creencia de ser una nación “elegida” con el derecho divino de extender su civilización. Esta idea se asoció con la anexión a Estados Unidos de territorios como Texas y California, y guerras como la de México y España, promoviendo la idea de que la expansión era obvia y predestinada, reflejada en la frase “Por la autoridad divina o de Dios”.
Esta ideología influyó en políticas de intervencionismo y expansionismo, cuya máxima expresión es la famosa frase de Thomas Jefferson: “América tiene un hemisferio para sí misma”.
Con solo 29 años, en 1853, Walker reclutó a 32 mercenarios esclavistas estadounidenses y se lanzó a la conquista de las fronteras del sur del país cual Hernán Cortés, en busca de poder y riquezas. La incursión no se les dio mal y conquistaron las ciudades de La Paz y Ensenada en México, autoproclamándose presidente de la República de Sonora, donde se apresuró a imponer una nueva legislación permisiva con el esclavismo para obtener una rápida rentabilidad de su conquista.
Su presidencia duró poco, ya que cinco meses más tarde, la resistencia mexicana y la falta de suministros lo obligaron a retirarse.
A río revuelto, ganancia de invasores
Lejos de desmotivarse tras el fracaso de la primera incursión en eso del colonialismo privado, William Walker se alió con el Partido Demócrata de Nicaragua, que en ese momento se encontraba en plena disputa territorial por el control del país centroamericano con el partido Legitimista.
Walker vio la ocasión de meter baza en el asunto y se ofreció a la burguesía local para ayudarles militarmente a conseguir sus objetivos, y de paso, a engordar un poco más sus propios intereses económicos. Tras ganar la batalla en Granada con un ejército de mercenarios llamados “Los inmortales“, fue simbólicamente elegido presidente, imponiendo políticas y costumbres estadounidenses.
William comenzó a aplicar su política colonialista en la zona iniciando una política de gobierno por decretos, en la que se restableció la esclavitud, se instituyó el inglés como idioma oficial y se fomentó la llegada de norteamericanos, además de cambiar la constitución y la bandera del país.
También estableció por decreto que todos los bienes de los “enemigos del Estado” serían confiscados a favor de la República y repartidos por una Junta Especial especialmente generosa con los intereses de William Walker y de los Estados Unidos.
Ahí se encuentra de hecho el “germen” del Canal de Panamá. Dado el carácter estratégico de la zona, esta conquista no pasó desapercibida por los Estados Unidos, que se apresuraron en reconocer la legitimidad de la nueva república creada por William Walker.
El interés de EEUU en el control de esta zona se basaba en la importancia de crear una ruta comercial interoceánica que conectara el Atlántico con el Pacífico. De forma inmediata se estableció la Vía del Tránsito que conectaba ambos océanos a través del Rio San Juan en el sur del país.
La vuelta del héroe. Atenazado por las presiones de los intereses comerciales y sus países vecinos, el gobierno de Walker es derrocado y el millonario debe volver a su Tennessee natal aclamado como un héroe victorioso.
Su destierro no duraría mucho, ya que, tres años más tarde, William Walker volvía a las andadas y ya planeaba la conquista de Honduras. Esta aventura golpista duró menos que la anterior. Walker es apresado por las tropas británicas asentadas en la zona y rápidamente es entregado a las autoridades locales en Trujillo, donde sin más demora es juzgado y sentenciado a muerte.
Imagen | Wikimedia Commons (Mathew Benjamin Brady, Nicaragua-CIA_WFB_Map.p), Pexels (aboodi vesakaran)
*Una versión anterior de este artículo se publicó en mayo de 2024
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