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30 años después es el pegamento que mantiene viva internet
Hace tres décadas, un comunicado conjunto de Netscape y Sun Microsystems presentaba al mundo JavaScript, un lenguaje de scripting diseñado para crear aplicaciones web interactivas. Detrás de esa nota de prensa se escondía una historia de supervivencia tecnológica: dicho lenguaje había nacido meses antes, fruto de un sprint frenético de diez días protagonizado por el ingeniero Brendan Eich. Lo que comenzó como un prototipo apresurado para dotar de vida al navegador Netscape, se ha convertido hoy en la infraestructura que sostiene un enorme porcentaje de la web visible.
El mito de los diez días. La leyenda cuenta que Eich escribió el núcleo de JavaScript en poco más de una semana. Y es cierto, pero el resultado fue un híbrido de influencias. Presionado por la dirección de Netscape para que el lenguaje se pareciese a Java, Eich adoptó una sintaxis de llaves y puntos y coma.
Sin embargo, bajo el capó, inyectó la elegancia funcional de Scheme y el modelo de objetos basado en prototipos de Self. Esta mezcla nacida de las prisas, dejó un legado de inconsistencias técnicas que los desarrolladores siguen sufriendo (y amando) hoy en día.
De Mocha a la confusión. Quizá no sepas que el lenguaje no siempre se llamó así. Nació como Mocha, pasó a ser LiveScript y finalmente se bautizó como JavaScript en una maniobra de marketing para aprovechar el tirón de Java. Es más, la confusión por los nombres dura hasta hoy entre los usuarios menos entendidos: pero Java y JavaScript tienen lo mismo que ver que car (coche) y carpet (alfombra), como se suele responder cuando alguien pregunta por sus diferencias.
La estrategia funcionó, pero enfureció a rivales como Microsoft. Su respuesta fue crear su propia versión bautizada como JScript, algo que provocó una notable fragmentación que hizo que el propio Bill Gates se quejara de los constantes cambios de Netscape. Para poner orden en el caos, el lenguaje se terminó asentando en 1997 bajo el nombre de ECMAScript.

Imagen de Claudio Schwarz en Unsplash
Ajax y la conquista del servidor. Durante años, JavaScript fue visto como un juguete para hacer validaciones simples, pero todo cambió en 2005 con la llegada de AJAX. Esta tecnología permitió que webs como Gmail o Maps actualizaran datos sin recargar la página: se dio el paso de las webs estáticas a las apps dinámicas.
El segundo salto ocurrió en 2009 con Node.js, que sacó a JavaScript del navegador y lo llevó al servidor. Clave para que los desarrolladores usaran un solo lenguaje para todo el stack y que ahora implica entre dos y tres millones de paquetes en el registro npm.
Dominio absoluto. A pesar de la aparición de rivales modernos, la hegemonía de JavaScript es indiscutible. Según la encuesta de Stack Overflow de 2025, sigue siendo el lenguaje más usado por el 62% de los desarrolladores, algo que les coloca por delante de otros como Python o SQL.
Su ubicuidad es tal que ha trascendido la web: impulsa apps de escritorio mediante Electron, desarrollo móvil con React Native e incluso herramientas de IA. Es el lenguaje por defecto para aprender a programar y elegido por el 60% de los alumnos.
Este éxito de masas ha traído consigo una complejidad en el ecosistema de JavaScript:
- Frameworks como React, Angular y Vue dominan el mercado (usado por el 40% de los desarrolladores web).
- El peso de las librerías está empezando a pasar factura al rendimiento de la web.
- Por ello, las predicciones para 2026 apuntan a un resurgir del JavaScript puro o Vanilla JavaScript.
Madurez forzosa. A pesar de sus defectos de nacimiento, JavaScript supo evolucionar. En 2015, la actualización ES6 transformó radicalmente la sintaxis, pero el verdadero cambio de paradigma vino de la mano de Microsoft: con la creación de TypeScript, se añadió una capa de seguridad y tipos que solucionó gran parte del caos original, algo que le permitió convertirse en el estándar casi obligatorio para el desarrollo profesional. JavaScript sigue siendo el motor, pero TypeScript es el volante de precisión.
Un problema legal llamado Oracle. La paradoja de JavaScript es que, a pesar de ser un estándar abierto, su nombre es propiedad privada. Oracle heredó la marca registrada «JavaScript» tras comprar Sun Microsystems, aunque nunca ha lanzado un producto con ese nombre. Recientemente, figuras claves como el propio Brendan Eich y el creador de Node.js han firmado una petición para que la oficina de patentes de EEUU cancele la marca por abandono.
El legado de un “hack”. Es irónico que las compañía que apadrinaron su nacimiento hayan desaparecido o sido absorbidas, mientras que su creación sigue más viva que nunca. Voces autorizadas como Douglas Crockford (creador de JSON) han llegado a sugerir que deberían “retirarlo” por sus fallos de diseño base, pero la realidad es que la web moderna no existiría sin él.
JavaScript no es solo código; es el idioma franco de internet, el pegamento invisible que convierte documentos estáticos en experiencias digitales. Sin su existencia, la red solo sería una colección de textos e imágenes sin movimiento, algo similar a un periódico en PDF que vemos en nuestra pantalla.
En Xataka | Hay un gigante en la sombra moviendo todos los hilos tecnológicos que conectan a TikTok con la IA: Oracle
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la clave está en una tecnología diminuta
La promesa del 6G lleva años sobre la mesa, pero hay una parte de esa historia que suele quedarse fuera del escaparate. No hablamos solo de móviles más rápidos, videollamadas sin cortes o descargas casi instantáneas, sino de algo bastante más complejo: conseguir que cantidades enormes de datos viajen por el aire con gran estabilidad. Ahí es donde la tecnología se encuentra con su propio techo. Y un equipo japonés acaba de colocar una pieza diminuta justo en el centro de ese problema.
112 Gbps. Lo que han conseguido los investigadores es enviar datos sin cables a 112 Gbps en la banda de 560 GHz. La demostración fue anunciada por Tokushima University y en ella participaron investigadores de esta universidad y de Gifu University. El dato importante no es solo la velocidad, que ya es enorme, sino el lugar donde se ha logrado: por encima de los 420 GHz. Según los investigadores, es la primera vez que se demuestra una comunicación inalámbrica de clase 100 Gbps por encima de los 420 GHz.
El muro de los 350 GHz. Para entender por qué este resultado importa hay que mirar el problema que venían arrastrando las comunicaciones de terahercios. Las redes móviles han ganado velocidad y capacidad elevando las frecuencias de trabajo, pero ese camino se complica cuando se entra en territorios extremos. Por encima de 350 GHz, las tecnologías electrónicas convencionales se enfrentan a una menor potencia de salida y a un aumento del ruido de fase. Dicho de otro modo: cuesta más generar una señal fuerte, estable y útil para transmitir datos a gran velocidad.
La pieza diminuta es un microcomb. La palabra puede sonar extraña, pero la idea de fondo es bastante visual. Un microcomb genera múltiples modos de frecuencia óptica separados de forma regular, como si fueran las púas de un peine. Tokushima University explica que esto permite obtener señales optoelectrónicas de muy alta frecuencia con una calidad superior a la de los enfoques electrónicos convencionales. En la configuración usada por el equipo, una fibra óptica va unida directamente al microresonador, lo que elimina la necesidad de realizar alineaciones ópticas extremadamente precisas como en sistemas convencionales.
El camino a seguir. Primero, el microcomb permite generar una señal de terahercios más limpia y estable que la que se obtiene con la electrónica convencional en esas frecuencias. Después entra en juego la modulación, que es la forma de codificar la información dentro de esa señal para que transporte más datos. La fuente oficial habla de técnicas de modulación de alto orden, como QPSK y 16QAM. Con QPSK, el sistema logró 84 Gbps; con 16QAM, alcanzó los 112 Gbps.
No es para el móvil de mañana. Conviene aterrizar el alcance del avance antes de imaginar teléfonos conectados directamente a 560 GHz. La propia universidad habla de una base tecnológica para enlaces de backhaul ultrarrápidos y redes integradas fotónica-inalámbricas en sistemas 6G. Dicho de forma sencilla, el backhaul es la parte de la infraestructura que conecta las estaciones base con la red principal. Ahí es donde una transmisión inalámbrica de muy alta capacidad puede tener sentido: mover grandes volúmenes de datos entre puntos fijos.
Queda camino por delante. Los investigadores quieren extraer aún más rendimiento de estas ondas reduciendo el ruido de fase, desarrollando antenas más avanzadas y elevando la potencia de salida. El objetivo es claro: que velocidades como estas no se queden en una demostración puntual, sino que puedan sostenerse a mayores distancias. Ahí estará una parte importante de la prueba de realidad. Lo que hemos visto ahora no es una red 6G terminada, sino una pieza tecnológica que ayuda a mostrar cómo se puede construir una parte de esa red.
Imágenes | Tokushima University
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tiene que esquivar basura espacial y está dejando puntos ciegos en el mapa
Imagina que existiera un satélite capaz de detectar los incendios poco después del primer chispazo. Incluso antes de que comiencen las llamadas a los servicios de emergencia. Imagina ahora que los mapas dibujados gracias a ese satélite empiezan de repente a tener vacíos inesperados. Puntos ciegos en los que los incendios pueden campar a sus anchas. Sería trágico, ¿verdad? Sin duda, aunque lo cierto es que no lo sería. Lo es. Esta historia es totalmente cierta y lo peor es que la razón por la que existen esos puntos ciegos es que el satélite tiene que moverse una y otra vez para esquivar la basura espacial de la que tanto tiempo nos llevan advirtiendo los expertos.
Los daños colaterales de las maniobras antiescombros. El satélite Aqua, de la NASA, cuenta con un instrumento llamado MODIS, que tiene la capacidad de detectar puntos de calor y humo mediante la medición de las radiaciones infrarrojas. Esos puntos de calor y humo son mínimos, por lo que se usa para detectar incendios desde sus etapas más tempranas.
La NASA lleva desde su lanzamiento, en 2002, usándolo para elaborar mapas de incendios que permiten a los sistemas de emergencia desplazarse de manera más rápida y concisa a los lugares en los que se encuentra el fuego. Ni siquiera es su función; ya que, como su propio nombre indica, es un satélite centrado en el agua. No obstante, este efecto secundario ha ayudado a salvar muchas vidas y muchas hectáreas de terreno. Desgraciadamente, cada vez que se mueve para esquivar escombros espaciales que se dirigen hasta él debe descuidar su guardia, con consecuencias bastante preocupantes.
Uno de tres. Aqua es uno de los tres satélites que componen el Sistema de Observación de la Tierra (EOS) de la NASA. Los otros dos son Terra y Aura. Sus nombres ya nos dan una pista de cuál es su función. Básicamente, hacen una revisión exhaustiva de la Tierra por tierra, agua y aire. Primero se lanzó Terra en 1999. Este se encarga de analizar las interacciones entre la atmósfera, la tierra, la nieve, el hielo y los océanos. Puede, por ejemplo, detectar los avances de la deforestación.
Después, en 2002, se lanzó Aqua. Sus funciones son el análisis de la evaporación de los océanos, el vapor de agua atmosférico, las nubes, las precipitaciones, la humedad del suelo, el hielo y la nieve. De hecho, su instrumento MODIS se ideó para analizar datos relacionados con el ciclo del agua, pero resultó ser un detector de incendios ideal. Finalmente, en 2004 se lanzó Aura, que analiza la química de la atmósfera, el estado de la capa de ozono y la calidad del aire.
El problema llega en 2005. La basura espacial ha ido creciendo en abundancia muchísimo en los últimos 20 años. Sobre todo hay muchísimos escombros en la órbita terrestre baja, ya que allí hay una mayor influencia gravitatoria y estos quedan retenidos. Tanto Aqua, como Terra y Aura se encuentran en esa misma órbita, para poder realizar su trabajo cerca de sus objetivos. Por eso, cada vez corren más riesgo de ser impactados por basura espacial. De hecho, desde 2005 se calcula que han tenido que desviarse al menos 32 veces para evitar estos impactos.
Las consecuencias. Esos desvíos impiden que puedan llevar a cabo adecuadamente sus funciones, pero también suponen un gran gasto de combustible extra. Todos estos satélites están teniendo una vida útil más larga de la esperada. Sin embargo, precisamente por estas maniobras están gastando más combustible del esperado, de modo que posiblemente dejen de funcionar el año que viene o el siguiente.
Más satélites. Por suerte, hay más satélites en el espacio dedicados a detectar incendios. La propia NASA cuenta con varios. No obstante, Aqua es uno de los que han dado mejores resultados. Además, ahora se ha hecho un llamamiento sobre el riesgo que corren los tres satélites de EOS, pero son muchos más, de muchas agencias y empresas espaciales, los que están en peligro a causa de la basura espacial. Y lo peor es que esto no ha hecho más que empezar.
La Agencia Espacial Europea (ESA) está haciendo seguimiento de más de 50.000 restos de basura espacial en órbita, pero posiblemente haya muchos más. De hecho, si miramos objetos más pequeños, de entre 1 centímetro y 10 centímetros, la cifra asciende a 1,2 millones de objetos detectados. En 2005 se estaban siguiendo 16.000 objetos, por lo que las cifras han aumentado muchísimo.
Síndrome de Kessler. Uno de los mayores riesgos de la basura espacial es el síndrome de Kessler. Este es un fenómeno que se daría cuando los fragmentos de basura espacial impacten contra satélites, rompiéndolos y liberando más piezas que a su vez se convierten en más basura espacial y siguen impactando otros satélites. Es algo así como un efecto dominó. Si esto ocurre, las consecuencias pueden ser muchas y ninguna buena.
Puede que cueste un poco que seamos conscientes de la magnitud del problema. Por eso, el ejemplo de los cazadores de incendios es muy ilustrativo. Sin ellos, el planeta corre serio peligro. Las consecuencias de un impacto en el espacio, o incluso de las maniobras para evitarlo, también impactan de lleno aquí en la Tierra. Hay que hacer todo lo posible para evitarlo.
Imágenes | NASA/MAtt Palmer (Unsplash)
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las leches vegetales tienen menos nutrientes que la de vaca
En los últimos años las bebidas de origen vegetal se han convertido en una alternativa a la leche convencional. “Arrasan” han dicho algunos expertos. Y es que, estas bebidas han dejado de ser solo el recurso de quienes evitan los productos de origen animal y o la lactosa presente en la leche y se han convertido en una opción más para muchos.
La cuestión sobre hasta qué punto estas alternativas son nutricionalmente equiparables, es muy distinta.
Toda una serie de estudios. Toda una serie de análisis de propiedades nutricionales de algunas alternativas a la leche de origen vegetal (PBMA por sus siglas en inglés) están dibujando un horizonte claro. El equipo responsable del estudio observó que algunas reacciones químicas en el proceso de estas bebidas reducían el aporte nutricional del producto final. Hay más estudios en los últimos años, pero todos van en la misma línea.
Que este tipo de alternativas sean menos nutritivas que la leche no es una gran sorpresa, solo basta con comparar los valores nutricionales de ambos alimentos. El estudio en cuesitón nos muestra el por qué de esta diferencia y señala que su magnitud podría incluso ser mayor de lo que creíamos.
La reacción de Maillard. La clave está en la reacción de Maillard. Esta es una reacción química que suele darse al calentar algunos alimentos y solemos asociar al color ya que es la reacción que se da, por ejemplo, al tostar pan. Los cambios en la composición química del alimento asociados a esta reacción también afectan a los sabores y al aporte nutricional del producto.
La cuestión sobre hasta qué punto estas alternativas son nutricionalmente equiparables, es muy distinta.
Diferentes procesos. Tanto la leche que bebemos como las bebidas PBMA son alimentos procesados, aunque la diferencia es importante. Mientras la leche pasa por un procesamiento mínimo, generalmente la ultrapasteurización (UHT); las alternativas vegetales son alimentos procesados que incluyen pasos que buscan asemejar el resultado final a la leche animal. Estas alternativas también son sometidas a un proceso UHT, como explica el equipo responsable del estudio.
12 “leches”. El equipo comparó 12 bebidas distintas: dos bebidas lácteas y 10 bebidas vegetales. El equipo comparó las bebidas en función de sus nutrientes y las examinó en busca de la presencia de productos de la reacción de Maillard o MRP en estas bebidas.
El equipo cuantificó la cantidad de proteínas presentes en la leche en 3,4 gramos por litro. De las 10 bebidas alternativas estudiadas tan solo dos superaban esta cantidad, mientras que el resto contenía entre 1,4 y 1,1 gramos por litro. La cantidad de aminoácidos esenciales presentes en estas plantas también era inferior en las leches vegetales. También hallaron una mayor cantidad de azúcar en siete de las diez bebidas vegetales.
En su análisis, el equipo halló diversos MRP en las leches vegetales. Entre estos compuestos se encontraban las acrilamidas, halladas en las leches de avena y almendra. El equipo señala que su escasa presencia no resultaba alarmante, y que el probable origen de estas estuviera en el proceso previo de tueste al que se sometían almendras y avena. Los detalles del estudio fueron publicados en un artículo en la revista Food Research International.
Interpretando los datos. ¿Quiere decir esto que debemos evitar las alternativas vegetales a la leche? Pues probablemente no. Los motivos para elegir un tipo de bebida u otra pueden variar y no depender siempre del aporte nutricional. Por ejemplo, la decisión puede estar basada en criterios ambientales. En cualquier caso, para este tipo de decisiones es conveniente contar con información precisa.
Sobre todo, porque como digo ‘composición nutricional’ y ‘peor salud’ no siempre van de la mano. A veces, es incluso bueno. En marzo de 2026 se publicó en Advances in Nutrition el primer metaanálisis sobre el impacto cardiometabólico de las bebidas vegetales y los resutlados son claros: la sustitución de leche de vaca por bebida de soja reduce el colesterol LDL y puede reducir la presión arterial; la bebida de avena muestra efectos favorables sobre el colesterol total, etc, etc, etc.
Según recalca el equipo del estudio origical, la clave debería estar en un mejor etiquetado que ayude a los consumidores a elegir el producto que más se ajuste a sus necesidades. “Si hubiera requerimientos a los productores a especificar en los cartoes cuántos aminoácidos esenciales contiene la bebida, se daría a los consumidores una imagen más clara de la calidad de las proteínas”, explicaba en una nota de prensa Marianne Nissen Lund, coautora del estudio.
Lund y sus compañeros también destacaban la importancia de reducir nuestro consumo de productos procesados y ultraprocesados de manera general. No solo como forma de alimentarnos de manera más sana sino también por hacerlo de forma más sostenible.
Una versión de este artículo se publicó en Xataka de 2025
En Xataka | Leche de pescado, la idea de Indonesia para crear un sustituto de la leche de vaca. Y no son los únicos
Imagen | Alexas Fotos
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