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La escena más sangrienta de la historia del cine dejó en shock a su protagonista. 50 años después sabemos que era real
Contaba Stephen King que, para él, su Carrie era como un cerdo llevado al matadero, y que la sangre del animal reforzaba la metáfora anticipando la masacre que vendría después. De ahí que cuando la novela se convirtió en película, la escena más reconocible fuera la más visceral, orgánica y desagradable de todas. Un instante gore que se convirtió en historia del celuloide.
La sangre que cambió el terror. La leyenda de Carrie (la película) nace en el instante en que una mezcla espesa de jarabe de maíz y colorante rojo cae sobre la actriz Sissy Spacek, un momento que ha trascendido al propio cine de terror para convertirse en un icono cultural. La construcción de la escena (la coronación interrumpida por el estallido de humillación y furia) concentra la esencia de una película que convirtió lo artificial en algo emocionalmente real.
El jarabe Karo, heredero de décadas de experimentación cinematográfica con sangre falsa, adquirió aquí un significado inesperado al convertirse en el detonante visual y psicológico de la transformación de Carrie White.
Aniversario. Ahora que se han cumplido 50 años del filme original, Spacek ha recordado que aquella sustancia “cálida como una manta” en los primeros segundos se convirtió pronto en una experiencia agotadora, pegajosa y repetitiva, obligándola incluso a dormir con el traje ensangrentado para no tener que reproducir la aplicación del maquillaje.
Pero precisamente esa entrega física, con su presencia casi inmóvil y trágica bajo el peso del líquido espeso, es lo que otorgó al plano esa suerte de cualidad mítica: la frontera entre el artificio y la emoción se borra, dejando solo la mirada fija de una adolescente rota que siente, por primera vez, que el mundo entero se ríe de ella.
El rodaje infernal de una escena. Contaba el Independent hace unos años que la secuencia del baile de graduación requirió una precisión casi quirúrgica. Aunque el resto de la escena necesitó más de treinta tomas, el momento exacto del vertido de sangre solo podía filmarse una o dos veces por la imposibilidad de limpiar y recomponer el set. Spacek aceptó incluso que fuera su propio marido quien accionara el mecanismo del cubo para asegurarse de que la caída fuera perfecta, a sabiendas de que su interpretación dependería de cómo recibiera ese golpe de viscosidad roja.
La sangre falsa era un enemigo físico pero también un elemento dramático del que el relato dependía por completo: su textura, brillo, el modo en que se adhería al cuerpo de la actriz y empapaba su vestido, todo contribuía a dar la impresión de que algo irreversible había ocurrido. De hecho, muchas de las escenas que vimos acabaron siendo muy reales: un escenario que acabó ardiendo sin querer, un equipo evacuado mientras el director pedía seguir rodando y heridas como la perforación del tímpano de una actriz durante la embestida de la manguera lanzada telequinéticamente por Carrie. Lo que debía ser una coreografía milimétrica se convirtió en una experiencia casi ritual, en la que el fuego, la destrucción y el caos generalizado parecían responder a la lógica interna de la propia película.


El mito inesperado. Pese a las dudas iniciales, el rechazo de críticos que la consideraban un espectáculo sensacionalista y el hecho de que incluso el nombre de Stephen King apareciera mal escrito en los primeros avances, Carrie acabó transformándose en un fenómeno. Su mezcla de estilización operística, humor negro, crueldad adolescente y violencia simbólica conectó con un público mucho más amplio de lo esperado, inaugurando un tipo de cine de terror juvenil que sigue vivo varias generaciones después.
Para King, un profesor de pueblo que había arrojado las primeras páginas al cubo de la basura antes de ser rescatadas por su esposa, la película supuso el inicio de una carrera hiperbólica. Para el director Brian De Palma, fue la consolidación definitiva de su estilo barroco, obsesionado con la mirada, la manipulación visual y el exceso expresivo.
Un papel único. Por supuesto, para Sissy Spacek el trabajo significó una nominación al Óscar y un reconocimiento duradero por una interpretación que combinó vulnerabilidad absoluta y rabia desatada. A título personal, diría que ninguno de los posteriores remakes, reinterpretaciones y adaptaciones logró capturar esa mezcla de inocencia, maldad y tragedia contenida que el original convirtió en su sello.
La vigencia de un relato. Lo cierto es que con el paso de las décadas, Carrie no ha perdido fuerza. Muy al contrario, su lectura contemporánea resuena en un mundo donde la violencia escolar, la humillación pública y la sensación de aislamiento juvenil forman parte del imaginario colectivo. La película habla de la crueldad ritualizada de la adolescencia, de la vulnerabilidad ante los cambios del cuerpo y de un sentimiento universal de desajuste que Spacek describía hace unos días en la CNN como ese “adolescente herido que todos llevamos dentro”.
La combinación entre el realismo emocional y el tono de cuento oscuro, casi bíblico en algunos pasajes, convierte la historia en algo más que un ejercicio de terror. La presencia de una madre fanática, la brutalidad de los compañeros y la incapacidad de la propia Carrie para entender lo que le ocurre permiten que el relato oscile entre el melodrama, la parábola religiosa y la tragedia griega. Las referencias visuales, el uso del color y la estilización del clímax final consolidan un imaginario que sigue definiendo cómo se filma el horror psicológico en la adolescencia.
El peso del artificio. Cinco décadas después, el recuerdo que Spacek conserva del rodaje es contradictorio: la dureza física del proceso, el cansancio de llevar capas endurecidas de jarabe de maíz, la incomodidad extrema de las largas jornadas y, al mismo tiempo, el privilegio de haber trabajado en un proyecto donde cada miembro del equipo estaba entregado a algo que no sabían que iba a trascender.
Esa mezcla de sufrimiento técnico y creatividad sin filtros explica por qué la escena de la sangre se ha convertido en un símbolo inmutable del cine de terror. Lo que empezó como una necesidad práctica (crear sangre barata, realista y manejable) acabó dejando una huella imborrable sobre cómo se representa la violencia emocional en pantalla.
Quizás por ello, Carrie permanece como un estudio de lo más certero sobre la fragilidad, la rabia reprimida y el poder devastador de la humillación, pero también como la demostración de que incluso una sustancia pegajosa y artificial puede, en manos de un equipo inspirado, convertirse en el catalizador de una de las imágenes más poderosas jamás filmadas.
Imagen | United Artists
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Si España quiere imitar a China y ser un “país de ingenieros”, este mapa revela hasta qué punto tiene un problema
Un requisito esencial para que en España se produzca una transición energética y digital es que haya ingenieros e ingenieras suficientes como para cubrir la demanda.
Si bien es cierto que cada vez hay más titulaciones que tienen el apellido de ingeniería, la realidad es que cada vez hay menos profesionales con capacidad legal para ejecutar la transformación del estado, como recoge el III Informe del Instituto de Graduados en Ingeniería e Ingenieros Técnicos de España. Además, la oferta se está concentrando en comunidades concretas. Y eso es un problema.
Por qué es importante. La ingeniería habilitante es aquella que otorga competencias legales para infraestructuras y seguridad, por ejemplo la que está detrás de que un puente no se caiga. Con ramas clásicas como Ingeniería Civil, Minas o Naval diezmadas, España perdería autonomía y competitividad al tener que recurrir a la importación para la firma de sus proyectos esenciales. Jose Antonio Galdón, presidente de INGITE, profundiza en las consecuencias de este hecho: “Sobre los estudiantes, que acceden a Grados con denominación de Ingeniería sin una salida profesional clara, y sobre la sociedad, que necesita ingenieros con atribuciones y responsabilidad para garantizar la seguridad, la calidad y la sostenibilidad de las infraestructuras y servicios”.
Por otro lado, la falta de oferta completa en ciertas comunidades obliga al talento a emigrar, vaciando la capacidad técnica a regiones que necesitan profesionales de ingeniería para desarrollar y fijar su industria.
Van a hacer falta ingenieros. Hace dos décadas quienes estudiaban ingeniería representaban un 24% sobre el total de universitarios y hoy ese peso ha caído hasta el 17%, como detalla el COIGT. Las ingenierías son las que más alumnado han perdido y además este se concentra en torno a la ingeniería informática y ramas tecnológicas emergentes. Aunque la cuota femenina global en ingeniería es del 23%, es precisamente en estas ramas donde más se concentra.
Por otro lado, Ingenierías como Minas y Energía, Topografía, Civil o Naval siguen descendiendo y en algunas CCAA ya tienen menos de 10 titulados. Pese a que hay miles de graduados cada año, se estima que en España habrá un déficit de 200.000 ingenieros en la próxima década para cubrir la demanda.
Más ingenierías pero menos habilitantes. El informe del IGNITE constata un fenómeno que lleva registrando en análisis previos: los grados no habilitantes, esto es, aquellos que no permiten el ejercicio de la profesión regulada, han aumentado de forma masiva y ya alcanzan el 53% del total. En el otro lado de la balanza, aquellas habilitantes se están estancando e incluso disminuyendo en algunas comunidades autónomas. El descenso ha sido especialmente grave en lugares como Asturias (-28,56%), Castilla y León (-28,79%) o Extremadura (-34,02%) .
El informe hace una mención especial: La Rioja. La pequeña comunidad del norte del estado se lleva la palma con un crecimiento explosivo del 190% en ingeniería. Pero con letra pequeña: la culpa la tienen las titulaciones no habilitantes, que han crecido un 431%, pasando de 433 a 2289 matriculados. En el extremo opuesto está Extremadura, que ostenta la mayor caída en el alumnado, con un 20,25% menos.
La España a dos velocidades. Según el informe, las CCAA que concentran el mayor número de estudiantes de ingeniería y de titulados está en Andalucía, Catalunya, Comunidad Valenciana y Comunidad de Madrid. Además de obviamente porque su población es mayor, también porque solo en Andalucía, Madrid y Catalunya cuentan con la totalidad de las ramas de ingeniería, dejando patente una desigualdad territorial en el acceso a los estudios.
La brecha entre lo público y lo privado. El fenómeno de los títulos no habilitantes es especialmente importante en las universidades privadas, un tipo de centro que crece desbocado en el estado, aunque de forma desigual. Así, mientras que en Illes Balears, Castilla-La Mancha y Extremadura no hay este tipo de centro y Galicia estrenó la primera en 2022-2023, en Madrid hay 13 según los datos de la propia Comunidad. Desde el curso 2015 – 2016, las comunidades autónomas donde más ha crecido el número de titulaciones en entidades privadas ha sido Andalucía (de dos a nueve), Aragón (de tres a nueve) y La Rioja (de dos a siete).
En Xataka | Si la pregunta es qué países tiene más trabajadores con estudios superiores, la respuesta no es España
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Si España quiere imitar a China y ser un “país de ingenieros”, este mapa revela hasta qué punto tiene un problema
Un requisito esencial para que en España se produzca una transición energética y digital es que haya ingenieros e ingenieras suficientes como para cubrir la demanda.
Si bien es cierto que cada vez hay más titulaciones que tienen el apellido de ingeniería, la realidad es que cada vez hay menos profesionales con capacidad legal para ejecutar la transformación del estado, como recoge el III Informe del Instituto de Graduados en Ingeniería e Ingenieros Técnicos de España. Además, la oferta se está concentrando en comunidades concretas. Y eso es un problema.
Por qué es importante. La ingeniería habilitante es aquella que otorga competencias legales para infraestructuras y seguridad, por ejemplo la que está detrás de que un puente no se caiga. Con ramas clásicas como Ingeniería Civil, Minas o Naval diezmadas, España perdería autonomía y competitividad al tener que recurrir a la importación para la firma de sus proyectos esenciales. Jose Antonio Galdón, presidente de INGITE, profundiza en las consecuencias de este hecho: “Sobre los estudiantes, que acceden a Grados con denominación de Ingeniería sin una salida profesional clara, y sobre la sociedad, que necesita ingenieros con atribuciones y responsabilidad para garantizar la seguridad, la calidad y la sostenibilidad de las infraestructuras y servicios”.
Por otro lado, la falta de oferta completa en ciertas comunidades obliga al talento a emigrar, vaciando la capacidad técnica a regiones que necesitan profesionales de ingeniería para desarrollar y fijar su industria.
Van a hacer falta ingenieros. Hace dos décadas quienes estudiaban ingeniería representaban un 24% sobre el total de universitarios y hoy ese peso ha caído hasta el 17%, como detalla el COIGT. Las ingenierías son las que más alumnado han perdido y además este se concentra en torno a la ingeniería informática y ramas tecnológicas emergentes. Aunque la cuota femenina global en ingeniería es del 23%, es precisamente en estas ramas donde más se concentra.
Por otro lado, Ingenierías como Minas y Energía, Topografía, Civil o Naval siguen descendiendo y en algunas CCAA ya tienen menos de 10 titulados. Pese a que hay miles de graduados cada año, se estima que en España habrá un déficit de 200.000 ingenieros en la próxima década para cubrir la demanda.
Más ingenierías pero menos habilitantes. El informe del IGNITE constata un fenómeno que lleva registrando en análisis previos: los grados no habilitantes, esto es, aquellos que no permiten el ejercicio de la profesión regulada, han aumentado de forma masiva y ya alcanzan el 53% del total. En el otro lado de la balanza, aquellas habilitantes se están estancando e incluso disminuyendo en algunas comunidades autónomas. El descenso ha sido especialmente grave en lugares como Asturias (-28,56%), Castilla y León (-28,79%) o Extremadura (-34,02%) .
El informe hace una mención especial: La Rioja. La pequeña comunidad del norte del estado se lleva la palma con un crecimiento explosivo del 190% en ingeniería. Pero con letra pequeña: la culpa la tienen las titulaciones no habilitantes, que han crecido un 431%, pasando de 433 a 2289 matriculados. En el extremo opuesto está Extremadura, que ostenta la mayor caída en el alumnado, con un 20,25% menos.
La España a dos velocidades. Según el informe, las CCAA que concentran el mayor número de estudiantes de ingeniería y de titulados está en Andalucía, Catalunya, Comunidad Valenciana y Comunidad de Madrid. Además de obviamente porque su población es mayor, también porque solo en Andalucía, Madrid y Catalunya cuentan con la totalidad de las ramas de ingeniería, dejando patente una desigualdad territorial en el acceso a los estudios.
La brecha entre lo público y lo privado. El fenómeno de los títulos no habilitantes es especialmente importante en las universidades privadas, un tipo de centro que crece desbocado en el estado, aunque de forma desigual. Así, mientras que en Illes Balears, Castilla-La Mancha y Extremadura no hay este tipo de centro y Galicia estrenó la primera en 2022-2023, en Madrid hay 13 según los datos de la propia Comunidad. Desde el curso 2015 – 2016, las comunidades autónomas donde más ha crecido el número de titulaciones en entidades privadas ha sido Andalucía (de dos a nueve), Aragón (de tres a nueve) y La Rioja (de dos a siete).
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China quiere ganar la carrera militar espacial y por eso está trabajando en un humilde proyecto: un destructor espacial
China tiene en marcha un proyecto espacial digno de ‘Star Wars’. En otro contexto, podría sonar a una exageración tremenda, pero sólo hay que decir una cosa: la imagen que corona este artículo pertenece a la a un vídeo propagandístico del Proyecto Nantianmen. Concretamente, es el Luanniao, un portaaviones espacial más grande que cualquier portaaviones y capaz de lanzar misiles hipersónicos y cazas espaciales no tripulados.
Más que terrorífico, para algunos, simplemente, es teatro de alta tecnología.
Nantianmen. Antes de nada, hay que separar conceptos. Nantianmen es un proyecto de las fuerzas aéreas chinas que comenzó en 2017 centrado en el diseño de un sistema de defensa global. Esto Incluye prácticamente todo lo que se nos pueda ocurrir como cazas, armamento, vehículos autónomos, plataformas de transporte y lanzamiento.
Es un programa que busca explorar los caminos que puede tener la aviación militar china en un futuro, y hay que entender que, dentro de Nantianmen, hay dos tipos de diseños: los que se han llevado al plano real mediante maquetas y los que están sobre el papel. Un ejemplo de lo primero es Baidi, un avión tripulado que se convertiría en la joya de la corona de la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación. Y un ejemplo de lo segundo es el monstruoso destructor Imperial chino.
Luanniao. El vídeo que dejo sobre estas líneas es el que publicó la cadena estatal CCTV hace unos días en el que podemos ver… un montón de elementos 3D haciendo cosas de película. En ciertos fragmentos aparece el Luanniao, pero no es la primera vez que se puede ver este portaaviones espacial. Como apunta South China Morning Post, en 2018, poco después de que arrancara el proyecto, la AVIC Global Culture Communication Company -subsidiaria de la Aviation Industry Corporation of China- mostró un modelo conceptual del Luanniao en un espectáculo aéreo.
Ahora tenemos algunos detalles más gracias a la emisión más reciente de CCTV. Según los datos de la cadena, el Luanniao dejará en ridículo a cualquier portaaviones convencional:
- 242 metros de largo.
- 684 metros de envergadura.
- Peso de más de 100.000 toneladas.
- Capacidad para transportar 88 cazas Xuannv no tripulados tanto dentro como fuera de la atmósfera terrestre.
- Y un ‘full equip’ armamentístico, con cañones de aceleración de partículas y misiles hipersónicos.
Para que nos hagamos una idea, el portaaviones estadounidense Gerald R. Ford mide 337 metros por 77 metros.
Orgullo. En el mismo vídeo aparece un modelo del Baidi, un avión de ala de geometría variable que, como decimos, parece ser el estandarte de la innovación aeroespacial china. De hecho, el gigante asiático está probando su nueva generación tanto de cazas preparados para el combate como los enfocados a la supremacía aérea y al reconocimiento. Pero, evidentemente, el que más llama la atención es Lunniao.
Desde la cadena, se comentó que el portaviones entrará en funcionamiento en dos o tres décadas, y el analista militar Wang Mingzhi, del Colegio de Comando de la Fuerza Aérea del EPL, afirma que las tecnologías como las del Proyecto Nantianmen reflejan tanto las “expectativas para la superioridad aeroespacial y espacial del futuro como las direcciones que se persiguen para salvaguardar la seguridad nacional”. “No es una cuestión de si se pueden lograr, sino más bien de cuáles se realizarán primero y cuándo se pondrán en marcha”, apuntó.
“China está creando la impresión de que trabaja en tecnologías que nadie más puede lograr. No deja de ser material de la ‘Guerra de las Galaxias’ para inspirar a la audiencia china” – Peter Layton
Arqueando una ceja. Ahora bien, los analistas occidentales no son tan optimistas sobre algo que se ha calificado como mera propaganda más que un desarrollo armamentístico práctico. Atacando la cuestión más terrenal, el analista de defensa Peter Layton del Griffith Asia Institute de Australia apunta que sí, el Luanniao superaría tanto a defensas actuales como a tormentas al volar a una altitud superior a la que pueden alcanzar los misiles tierra-aire y los aviones de combate convencionales. El “pero” es que la tecnología para permanecer suspendido en el límite de la atmósfera y lanzar misiles desde ahí es ciencia ficción.
Layton comenta que “requeriría enormes cantidades de combustible y unos mecanismos de propulsión que aún no se han creado”, asegurando que a China le quedan entre 10 y 15 años para desarrollar la tecnología de cohetes necesaria para poner un portaaviones de este tipo en órbita.
En DW, el analista espacial Heinrich Kreft describe el proyecto como “completamente irreal desde la perspectiva actual”, pero no dice que sea humo porque “mucho de lo que era ficción hace 20 o 30 años, es real hoy”. Otros analistas más cercanos a Estados Unidos ven el Luanniao como algo con un único objetivo: hacer creer al mundo que China tiene la tecnología para construir esto mientras acapara recursos para hacer otras cosas.
Lo innegable. Sea guerra psicológica, ambición desmedida, humo o algo en lo que realmente está trabajando, lo innegable es que China está dando pasos de gigante en la nueva carrera espacial y armamentística. Ya hemos comentado que están acelerando el desarrollo de aviones de combate con capacidades furtivas capaces de plantar cara a lo que despliegue Estados Unidos cerca de sus aguas, pero también se han sumado a esa política espacial de “el primero que llega, se lo queda”.
Más allá de satélites y de sistemas que son una amenaza para la seguridad en el espacio -según Estados Unidos-, llevan años desarrollando la tecnología de naves espaciales autónomas y de cohetes reutilizables con LandSpace, la respuesta a la Starship de SpaceX. Pero, al final, todo eso es mucho más realista que la enorme nave de 120.000 toneladas y más de 600 metros de envergadura.
Pero, como dice Kreft, hace 30 años también pensábamos que vehículos actuales eran cosa de ciencia ficción…
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