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Internet se ha vuelto un lugar tan hostil que hay gente tomando decisiones drásticas: volver a MySpace
En un hilo del subreddit r/Millenials de Reddit, un usuario llamado Blue_Bi0hazard contaba que se había apuntado a SpaceHey, un curioso clon de MySpace, y estaba feliz por dos cosas. La primera, por la personalización que ofrecía esa nueva red social. “No puedo soportar las redes sociales actuales”, explicaba. “Apenas hay personalización todo es gris y simplificado. Recuerda cómo era MySpace o Tumblr: allí realmente sentías que tu perfil te representaba”.
La segunda, por cómo el algoritmo se ha apoderado de todo: en SpaceHey, explica, “tu feed es cronológico, en lugar de lo que Facebook o Twitter creen que deberías ver, además de los malditos anuncios”.
Esas críticas no son nuevas, y desde hace algún tiempo han provocado una singular revolución internáutica. Pequeñas comunidades están volviendo a usar clones de MySpace como SpaceHey, o de GeoCities, como NeoCities, y aunque su alcance es limitado, son el síntoma de algo muy preocupante.
Más allá de la nostalgia
Detrás de esos gestos, aparentemente nostálgicos, se dibuja algo más profundo. No solo el deseo de regresar a un diseño retro, sino el de plantear una especie de reivindicación digital. Un “quiero volver a tener mi rincón” en un mar de feeds que ya no nos pertenecen y sobre los que no tenemos control.
El retorno a MySpace, o mejor dicho, a algo que lo evoca —como SpaceHey— es en realidad un acto crítico y de rebeldía. Es un gesto que dice “estoy harto de que la internet actual me convierta en consumidor antes que en usuario, de que todo lo que hago esté supeditado al algoritmo, a la suscripción y a los anuncios”. Y es entonces cuando esa vuelta a esos refritos del pasado cobra ese otro sentido. El de una protesta más o menos silenciosa.
Hace veinticinco años abrir el navegador era como hacer un zapping digital y extremadamente chillón. Los blogs amateurs se intercalaban con foros locales, perfiles con GIFs parpadeantes, contadores de visitas (¡contadores de visitas!) y páginas que no se abrían solos, sino que además tenían música en autoplay.
Era la internet de los dosmil. GeoCities, LiveJournal, ICQ, Friendster, Blogger y MySpace conquistaban a los usuarios y lo hacían sin apenas algoritmos. Era una internet más hippie, desordenada e impredecible pero llena de personalidad. Los perfiles eran espacios propios, no vitrinas optimizadas para hacer clic.
Ahora recordamos esa época con cariño y esbozamos una sonrisa al darnos cuenta de que aquella internet estaba llena de defectos. Los tiempos de carga eran mucho más largos, manejar HTML era casi una labor artesanal, y las mezclas de tipografías y diseños solían dar como resultado páginas web estridentes y chillonas.
Sin embargo, también tenían virtudes. Te dejaban equivocarte sin cobrarte por ello. Te dejaban ser raro sin que tuvieras que pedir permiso. Nadie (o casi nadie) tenía que vender nada, y nadie sabía aún que acabaría vendiéndote a ti (o tus datos). Era la internet como taller, no como galería o escaparate.
Pero entonces llegó la estandarización. Con Facebook, YouTube, Google o más tarde Instagram y TikTok se nos prometió el orden, la eficacia y la conexión mundial. Internet pasó de ser un territorio propio a una plataforma servicio en la que los perfiles se volvieron uniformes, los timelines idénticos y las reglas impersonales.
La “enshittification” de internet
Así es como hemos llegado al cansancio digital que muchos experimentan hoy. Se abren 20 pestañas y aparecen los mismos anuncios, los mismos formatos y los mismos gigantes. Internet ya no es tanto un “sitio” como un “medio” en el que solo consumimos, y más que explorar y navegar lo hacemos es acabar siendo víctimas del doomscrolling.
Aquí entra en juego el concepto “enshittification” (“mierdificación”, en una traducción libre) acuñado por el escritor Cory Doctorow. Este neologismo, como explicaba recientemente en una entrevista con Vox, nos describe la deriva de muchas plataformas online, aunque es aplicable a todo tipo de empresas:
“Al principio son fantásticas para los usuarios finales. Luego encuentran formas de retener a esos usuarios (costes de cambio, efectos de red, contratos, DRM) y, una vez que los usuarios están atrapados, la empresa empeora el producto para obtener más valor. A continuación, utilizan ese excedente para atraer a clientes empresariales (anunciantes, vendedores, creadores), los atrapan y empiezan a empeorar el producto también para el lado empresarial. Al final, todo el mundo queda atrapado y la plataforma se convierte en un montón de basura. Esto se puede ver en lugares tan diferentes como Google, Facebook, Uber y Amazon”.
En otras palabras: lo que comenzó siendo prometedor se convierte en mediocre, predecible y orientado al beneficio, no al usuario. La mierdificación se manifiesta claramente en la internet actual de diversas formas. Lo hace con suscripciones obligatorias, con algoritmos que deciden lo que ves, con anuncios constantes y con datos que ya no parecen tuyos, sino que te convierten en simple mercancía. Antes uno abría un blog para publicar lo que quería. Ahora el objetivo parece ser ganar clicks o provocar engagement.
Todo ello ha provocado que el usuarios se convierta en público objetivo (target), en consumidor e incluso en un simple dato. Parece que ya no hay tiempo para curiosear, y solo lo tenemos para consumir aquello que los algoritmos nos ofrecen. En Reddit alguien preguntaba si otros sentían nostalgia por la internet de los 2000 y los comentarios eran concluyentes. El primero de ellos, de hecho, lo dejaba claro: “nada parece genuino ya”.
Reviviendo MySpace
Ahí es donde entran plataformas como SpaceHey, que apareció en 2020 y que está totalmente inspirada totalmente en MySpace. Su creador, un joven aleman llamado Anton Röhm y apodado “An” en la plataforma, es de hecho el contacto que por defecto se te agrega a tus “amigos” en la plataforma, como en MySpace se te agregaba el de su creador, Tom Anderson.

Viva la internet desbocada y original.
Como buen clon, los parecidos de SpaceHey y MySpace van mucho más allá. En SpaceHey brilla la personalización, y esa estética de los primeros 2000 es patente en diseños estridentes y chocantes. La red social —que ronda los dos millones de usuarios— no pretende competir con Facebook o Instagram, pero permite a sus usuarios recuperar parte de esa sensación de libertad y control que tenían con MySpace.
Incluso los propios usuarios reconocen que la experiencia es llamativa y la disfrutan… por un tiempo. Tras esos primeros momentos de reencuentro nostálgico, los usuarios parecen acabar usándola esporádicamente o abandonando completamente la plataforma. No es extraño: yo mismo quise probar la experiencia y me encontré con una comunidad muy joven —adolescentes de 13-15 años, algo que otros han confirmado— que apenas publican. Y sin contenidos, parece difícil que los usuarios vuelvan.
Pero no es solo SpaceHey. Hay otras “islas” de internet que parecen cobijar ese deseo de volver a aquella internet de antes. Si SpaceHey es un clon de MySpace, Neocities lo es de la mítica GeoCities. En esa misma línea está Tilde.club, que lleva 10 años con una propuesta destinada a usuarios con ganas de personalizar sus pequeños rincones web y aprender por el camino. No muchos parecen pasar del registro y de poner algún banner, parece, aunque otros sí sacan provecho de la experiencia.
Aun así en estos sitios uno tiene ese otro lugar en el que experimentar editando HTML, poniendo música automática y en general evitando el tradicional algoritmo. Uno recupera un poco más la autoría de su página web, se expone a los errores y es dueño del “hágaselo usted mismo”, para bien y para mal. La autonomía se convierte en un valor, y en una internet dominada por grandes plataformas, la propuesta es atrayente.

Pinché en [random]…
Hay también otros elementos destacables en estas plataformas. Aquí brilla más que nunca el descubrimiento por accidente, casi completamente aleatorio. En SpaceHey de hecho fomentan esa serendipia digital, porque en su apartado de navegación (“Browse”) hay un pequeño enlace en la parte de “Active Users” titulado “[random]”.

… y esto es lo que encontré.
Si pinchas en él, te llevará a la página en SpaceHey de uno de sus usuarios de forma totalmente aleatoria. Acudir a ese recurso es llamativo, pero lo que seguro que conseguirás es llevarte más de una sorpresa, porque los diseños en SpaceHey no dejan indiferente a nadie… sobre todo cuando nos hemos acostumbrado a que todo más o menos elegante, claro y, en cierto sentido, gris.
Estos sitios están pensados para perderse en la web, de que no todo sea noticia o un tema viral que todo el mundo está compartiendo. De hecho, lo normal es que te encuentres con cosas antivirales.
Dicho esto, con estas plataformas no se trata de revivir exactamente esa internet de los primeros 2000. Lo que en realidad se busca es imaginar otra realidad digital. Una menos corporativa, menos vigilada, más tuya.
Quizás el MySpace que añoramos no es una página web, sino una sensación. La de abrir el navegador sin demasiadas expectativas, la de “surfear” por curiosidad, equivocándonos sin que eso suponga un problema. Si algunos están encontrando algo así de nuevo —aunque sea un clon— quizás es una señal de que cuando alguien nos intenta quitar lo bueno de internet, intentamos reclamarlo.
En Xataka | Todas las veces que a lo largo del siglo XX nos imaginamos en Internet
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los niños ya no juegan
Antes de que existieran los carritos de Amazon y los vídeos de unboxing, muchas infancias se construyeron pegadas al cristal. Un sábado cualquiera, los chiquillos se amontonaban frente al escaparate de la juguetería, con la nariz dejando vaho en la luna, absortos en esa pista de Scalextric, la Nancy de nuevo vestido o el castillo de plástico que quizá llegaría en Reyes. Luces de bombilla, catálogo doblado en el bolsillo y la mirada de intentar memorizar detalles que luego tocará explicar a los padres. O escribirlo en la carta.
Durante décadas, el tablero (que no el tablao) de sueños malagueño tenía nombre propio: entrar en Juguetes Carrión era casi un rito de paso para muchas familias. A mediados de abril de 2026 bajaron la persiana de su última tienda. “Los niños ya no juegan, el sector ya no es rentable”, esgrime el gerente de la firma, Arturo García Carrión. Como se puede ver desde su web, ya no hay venta al público.
De aceitunas a juguetes. Lo más alucinante de esta historia empieza por el principio: La historia no nace como juguetería. En 1953, Francisco Carrión Ruiz, creador de Aceitunas Carrión, compra un local en la calle Compañía. Lo llama Almacenes Carrión. Vende confección, perfumería, mercería. Y también juguetes. Lo conozco bien porque en mi pueblo, Quintanar de la Orden, hubo un enclave de Aceites Carrión que alimentó a varias familias durante toda una vida.
Porque vaya que si les fue bien. Los juguetes pasaron a ser el centro neurálgico del negocio. Durante los 80 abrieron tiendas en Mártires, Alarcón Luján, Santa Lucía y Mármoles. El almacén mayor se fijó en la calle Bodegueros, paralela a la arteria de El Gallo, en el polígono industrial Ronda Exterior. No pocos malagueños recuerdan esta nave llena de cajas. La segunda generación, con María Dolores Carrión Martín, convirtió la empresa en cadena. En los 90 llegó a tener casi 30 tiendas repartidas por toda Andalucía, incluidas en centros comerciales, donde cada diciembre se vestían con sus árboles navideños.
25 tiendas y una marca mítica. A la marca de juguetes matriz se sumó Don Dino, la enseña que agrupa a otros asociados independientes, y acabó extendiéndose por toda España. Hace una década, el negocio familiar llegó a contar con 25 tiendas propias y hasta 45 franquicias bajo la enseña Don Dino. En la práctica, la red cubría buena parte de Andalucía oriental, con locales propios en Málaga, Granada y Jaén.
Hace poco más de dos meses, el mapa ya era mucho más exiguo: tan solo quedaban las tres tiendas de la calle Nueva, Juan Sebastián Elcano y Motril. También el almacén de Bodegueros, que ya estaba centrado en la reconversión digital, sirviendo los pedidos de la web y funcionando como outlet. El réquiem comenzó con la tienda de la avenida de Velázquez, después le siguió la de Teatinos, y así hasta que la tercera generación decidió que no había manera de cuadrar los números. “Lo hemos intentado de todas las formas posibles”, decían.
“Los niños ya no juegan”. “No podemos seguir perdiendo dinero, no es rentable”, decía García Carrión hace unos meses. Los hábitos de consumo han cambiado: más tiempo con pantallas, menos con juguetes físicos —herencia e influencia directa de los propios hábitos de consumo de los padres—. Y la feroz competencia llega de todas partes. De los hipermercados, que venden juguetes a gran escala a plataformas como Temu y AliExpress que incluso seguirán haciendo ruido pese a los nuevos aranceles, esa “tasa Shein” de 3 euros más IVA por cada venta a distancia B2C enviada fuera de la UE que ya aplica a todas las importaciones de compras inferiores o iguales a 150 euros.
Las tiendas de calle sufren la tormenta perfecta porque, con márgenes mínimos, alquileres crecientes y costes fijos que no se pueden recortar sin vaciar la tienda, no queda otra que irse a otra parte, como le pasó a Tobarix. Y los clientes que comparamos precios con el móvil tampoco tenemos argumentos para bajar al centro. Salvo cuando recordamos que un trato humano y una selección y recomendación profesional siempre valdrá más que el propio precio del producto que queramos regalar.
El mapa que se encoge sin parar. El cierre de Carrión es solo otro ejemplo de la muerte de un sector entero. O en retirada, al menos: entre 2019 y 2023, España pasó de 1.340 tiendas especialistas a 1.160. Son 180 jugueterías menos en cuatro años. La cifra ha seguido bajando, como los índices de natalidad del país.
Han caído cadenas icónicas como Imaginarium, la marca que sirvió de puerta de entrada para mis hijos. Echó el cierre tras 32 años funcionando. Poly Juguetes también desapareció. Juguettos fue quien compró sus marcas y nueve de sus locales, y ya está trabajando en una reestructuración para cerrar el año con unas 200 tiendas operativas. A finales de 2025 se hablaba de 44 asociados, 700 personas en plantilla y el objetivo de llegar a 100 millones en 2026, tras su alianza con Eurekakids. Eso sí, aunque los juguetes siguen siendo el corazón del negocio, ni de lejos son algo excluyente.
¿Cuáles quedan? Juguettos y Toy Planet concentran la mitad de las jugueterías especializadas que quedan en España. Detrás siguen redes como Don Dino —con su sede en Carballo (A Coruña) y enlace en Aldaya (Valencia)—, Drim o Juguetilandia. Todas pelean en un mercado que flaquea poco a poco. La muerte de la venta de videojuegos en caja física también golpeará en los tobillos a esta silla que son los comercios de escaparate. Lego lo resume con un dato tan sencillo como que, en España, su “socio minorista número uno” es Amazon, que le crece un 25% anual. El canal online global creció un 30% y el de tiendas se redujo en una cifra equivalente.
Ante esta carestía de opciones, no desaparecen solo unos cuantos metros de estantería, se pierden también esos espacios donde las criaturas tocan, prueban y piden sin pasar por una app. Málaga se ha quedado en semanas sin dos míticas como son Carrión y la Confitería Aparicio de Caldedería. Pero el problema de fondo es ese, dos puertas menos donde entrar y dos ritos de infancia que se sustituyen por la ironía de grandes superficies y un menú de alternativas más estrecho. Al problema de la rentabilidad se suma otro de un país cuyo núcleo de conversación se desplaza a las plataformas tematizadas, muchas sin caja ni cajero.
Imágenes | Almacenes Carrión de la calle Compañía (enero, 1970); Fondo Bienvenido-Arenas, AF-UMA. / Málaga Hoy
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la máquina de hacer helados que mi “yo” de siete años siempre quiso tener en casa
“Haaaaaaaacer helados, en la heladera Famoplay, soooon buenísimos, de fresa, chocolate y vainillaaaaaa”. Tengo pocos recuerdos de mi infancia (para mi desgracia), pero recuerdo ese anuncio del año 2001 como si lo hubieran emitido en plena pausa del Mundial hace unos días. Recuerdo a ese Jose de siete tiernos años pegado a la Sony negra de tubo en la salita de sus padres, pensando, goloso, en lo guay que sería tener su propia heladera en casa. Nunca pasó.
Hoy, 25 años después, el Jose de 32 años que peina canas y se casa en unos meses ha podido probar una heladera. Una que, sorpresa, deja a la heladera Famoplay a la altura del betún. Porque la Ninja CREAMi Scoop & Swirl tiene poco de juguete. Es uno de esos electrodomésticos que nadie necesita, que la mayoría solo va a usar unos meses al año (un helado en diciembre siempre entra, he dicho), que es un capricho como la copa de un pino, pero que es una verdadera maravilla.
Hoy, el Jose de siete años sonríe.
✅ Cómpralos si…
- Tienes la paciencia suficiente para esperar un día para comerte el helado.
- Tienes peques y buscas una actividad culinaria para hacer juntos.
- Tienes espacio en casa y 350 euros que no necesitas.
❌ No lo compres si…
- Quieres hacerte un helado al momento y desde cero.
- Tienes una cocina pequeña o espacio limitado.
- Quieres un dispositivo silencioso.
Lo esencial en 30 segundos
La Ninja CREAMi Scoop & Swirl es como la Ninja CREAMi, pero con un sistema de dispensación similar al que encontrarías en una tienda de yogures helados. Además, tiene más programas pensados para recetas de helados suaves. La idea y el funcionamiento, no obstante, son idénticos: haces la receta, la vuelcas en una tarrina, la congelas y la procesas en la máquina. En una Ninja Creami normal te comes el helado de la tarrina y en la Scoop and Swirl tienes más opciones.
La gracia del modelo que nos ocupa es la palanca. Si haces helado suave o yogur helado, puedes poner la tarrina en un extrusor que, tirando de la palanca hacia abajo, permite extraerlo por una boquilla y verter el producto en un cucurucho o una tarrina.
La máquina funciona de verdadero miedo, tanto que es complicado, por no decir imposible, sacarle pegas. El único “pero” que se le puede sacar es que es grande (aunque no por ello pesada) y ruidosa con avaricia. Por lo demás, el rendimiento es excepcional y ha dado la talla en todas y cada una de las recetas que he hecho estas semanas.
Ninja CREAMi Scoop & Swirl La heladera con 2 tarrinas y 13 funciones prepara helados, helados cremosos, gelatos, batidos y más, y cuenta con la opción de añadir extras, piedra/dorado, NC701EUSTGD
El precio podría variar. Obtenemos comisión por estos enlaces
Nuestra experiencia con la Ninja CREAMi Scoop & Swirl

Imagen | Xataka
Cómo funciona. A diferencia de las heladeras, que enfrían y baten al mismo tiempo, la Ninja Creami procesa bloques sólidos ya preparados en una tarrina. Por eso es “pequeña”, porque no necesita compresor. Tiene una cuchilla bautizada como Creamerizer que, grosso modo, se desplaza hacia abajo y “raspa” y “peina” el producto congelado. La técnica es parecida a la que se sigue para hacer granizados, solo que variando la velocidad de rotación, profundidad y frecuencia de bajada (de ahí los diferentes modos) se pueden conseguir diferentes texturas. Es el motivo, también, por el que hace ruido, mucho ruido, no apto para hacerse un heladito a la hora de la siesta.
En este vídeo podéis escuchar el ruido que hace.
¿Hacemos helado? Esa es la pregunta que hay que hacerse antes de nada. Entender la máquina como un sistema mágico que hace helados es un error. Requiere cierta planificación y paciencia, ya que las tarrinas deben congelarse durante al menos un día. No es tanto “voy a comerme un helado”, sino “voy a prepararme el helado que me quiero comer mañana”. En las fotos estáis viendo una tarrina de açaí que preparé el día de antes.
Necesitas otra máquina. Una batidora, concretamente. Aunque pueda parecerlo, la Ninja Creami no es una batidora. No bate. Mezcla ingredientes duros en preparados ya procesados, pero no bate. Lo ideal es que las recetas las hagas en una batidora para, luego, volcarlas en la tarrina. Un minipunto negativo es que las tarrinas son pequeñas, de 480 ml cada una, así que si haces helados para cuatro mejor preparar dos tarrinas y ser precavido.
Las recetas. La máquina incluye un librito con algunas recetas de diferentes tipos (no está en español, como apunte) para probar todos los modos, y TikTok está lleno de ideas. En cualquier caso, a la larga yo he acabado usando solo dos modos: ice cream para los helados y frozen yoghurt para mis preparados de açaí. En cuanto a las recetas, te puedes poner tan exquisito como quieras. Dependerá de lo profunda que sea tu despensa y las ganas que tengas de comprar productos que vas a usar esporádicamente.
- Si no te quieres complicar la vida, toma nota: 100 ml de nata para montar (mínimo 35% MG), 200 ml de leche entera, 70 gramos de azúcar en polvo, dos cucharadas soperas bien llenas de cacao puro en polvo y una cucharadita de extracto de vainilla. Ahí tienes un helado de chocolate super simple. Si no gusta el chocolate, cámbialo por dos cucharadas soperas de extracto de vainilla y tendrás helado de vainilla.

Preparado de açaí casero | Imagen: Xataka
¿Cómo salen los helados? En pocas palabras, y asumiendo que no la líes con la receta, salen espectaculares. La textura y el sabor son brutales. No voy a decir que sustituyan a los de una buena heladería, pero a mí, que me encanta el helado, me hacen pensar si volvería a comprar tarrinas industriales. Ya no solo porque el helado a secas salga bien, sino porque, una vez procesada la tarrina, puedes echarle trozos de galleta, por ejemplo, y mezclarlo usando la función “Mix-in”. Una maravilla, no puedo decir nada más.
- Entiendo que esto es algo que depende mucho de las recetas, de los materiales usados, del procesado, etc. Hay un componente (simpático, en mi opinión) de ensayo y error y de encontrar mezclas que funcionen. La cocina es un arte y es mejor no frustrarse cuando algo no sale bien. Mi primer helado, que lo hice con ciruelas, fue un desastre monumental.

Nah, de locos la textura | Imagen: Xataka
La gracia de la palanca. Con ciertas texturas, como la de frozen yoghurt, puedes usar la palanca para extruir el helado en un bol o en un cono. Para ello, se coloca la tarrina en el hueco dispuesto a tales efectos con una tapa especial (que es, básicamente, un tope que la máquina empuja hacia delante). Funciona bien, pero es posible que no lo haga a la primera porque la textura sea más sólida de la cuenta. A mí me ha pasado alguna vez con el açaí. En ese caso, normalmente lo he solucionado dándole una segunda pasada con la función “Re-spin”.
La limpieza. La máquina tiene bastantes piezas, no solo las tarrinas, que hay que limpiar cada vez que hacemos una receta. Las tapas y las cuchillas son muy proclives a desaparecer en un momento de despiste, por lo que recomiendo guardarlos bien y tener cuidado. El lavado conviene que sea concienzudo, algo que no siempre es fácil en algunos recovecos de las tarrinas y las tapas.
Ninja CREAMi Scoop & Swirl, la opinión de Xataka

Imagen | Xataka
La Ninja CREAMi Scoop & Swirl es una fantasía. Quitando las cosillas propias de este tipo de máquinas, a saber su tamaño, volumen y el ruido que hace, es de esos pequeños electrodomésticos que cumplen con las expectativas. Los helados y demás preparados salen, sencillamente, bien. Dependerá de las recetas y de cómo procesemos los alimentos, pero mi experiencia ha sido sensacional. Si tengo que sacar pegas, diría dos: el ruido y que las tarrinas sean de plástico.
No es, eso sí, un dispositivo indispensable como tampoco lo son un hervidor de agua o una freidora de aire. No es para todo el mundo ni todo el mundo le va a sacar provecho. Y eso está bien. ¿Es un capricho? Sin lugar a dudas. ¿Es una máquina que funciona bien y que, si tienes peques, va a ser la estrella del verano? También.
¿Te la recomiendo?
Aquí la cosa es sencilla: lo más probable es que no la necesites. Son 350 euros que siempre, pero en verano más, vienen estupendamente. No es un dispositivo barato y no lo puedes meter en cualquier sitio. Piensa, también, en si la vas a usar de verdad o si, por el contrario, las vas a usar igual que la yogurtera que tienes en una caja en el trastero. Ahora bien, si tienes ganas de hacer tu propio helado, te gusta la cocina, tienes espacio y, como a mí, te gusta liar algún enredo en la cocina siempre que puedes, adelante, porque funciona de verdadero miedo. Y si tienes niños, es una actividad super chula para hacer en familia.
Imágenes | Xataka
Este dispositivo ha sido cedido para prueba por parte de Ninja. Puedes consultar cómo hacemos las reviews en Xataka y nuestra política de relaciones con empresas.
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Una empresa de Valencia fabrica los mochis de Mercadona. Han crecido hasta los 165 millones de euros
¿Quién es la empresa que está detrás de los adictivos dochis del Mercadona? Del helado de batalla a los mochis veganos y las plantas en Cheste, si has oído hablar de Estiu habrás oído hablar de un caso de éxito del que sentirse bien orgulloso. Helados Estiu pasó de ser la típica fábrica discreta de helados baratos a un actor central en el supermercado más poderoso de España.
“Estiu” es verano y en verano fue cuando se trasladaron, uno de 1997, a la carretera Manises-Ribarroja km 11,1. Desde allí venden decenas de litros de helado cada año y ahora arrasan con ese caballo de Troya que son los “dochis”, su propia versión de los mochis con galleta triturada. Sí, tengo dos cajas en el congelador. La marca blanca ha sabido apostar por el postre japonés y se ha comido, en volumen industrial, a otras míticas del sector como Frigo o La Lechera.
Fabricando para el líder. Helados Estiu nació en 1983 con una idea clara de producir helados de batalla, campaña de verano y siempre precios bajos. Durante las primeras décadas trabajó con varios socios, nacionales y europeos, sin despegar del todo. Es en 2013 cuando comienza la gran inyección de capital para ampliar líneas y mejorar estructuras: se amplían los almacenes, se mejora la eficiencia de agua, se diversifican formatos y se implementa la automatización logística con Pallet Shuttle. No por nada el ‘minibombón galleta’ fue un pelotazo que le comió la tostada al Maxibon.
Pero la inflexión llegó en 2002, cuando cerraron su acuerdo de suministro con Mercadona y entra en el circuito de “proveedor tornillo” de Hacendado. De ese punto de inflexión salen hoy cosas tan distintas como bombones, sándwiches, tartas heladas y los mochis de coco y mango que sirven de puente entre Japón y el pasillo del súper. ¿En serio puede un solo fabricante moldear lo que come un país? Eso parece.
Y son adictivos. O así lo explican sus números. En 2019 facturaba unos 61 millones de euros y vendía 27,7 millones de litros de helado. En 2023 ya estaba en 138 millones de euros (+30% sobre 2022), 44 millones de litros y una plantilla media de 473 personas, un 51% más que el año anterior. En 2024 llega a cerca de 150 millones de facturación, 45 millones de litros y 8,8 millones de beneficio. En 2025 roza los 165 millones, con más de 46 millones de litros vendidos y superando los 9 millones en ganancias netas.
La marca blanca, el gato al agua. En el mercado español de helados gobierna la marca blanca. En 2024, Kantar cifraba en un 68,5% la cuota de valor de las marcas de distribuidor en helados, frente a nombres que antes parecían intocables como Frigo, La Lechera o Häagen‑Dazs. En gran consumo, la marca blanca ha pasado de representar el 20% del valor en 2003 a rozar el 44% en 2024, y los expertos ven margen para que se acerque al 70% en muchas categorías.
Y Mercadona es el epicentro de ese giro, con una cuota de distribución alimentaria que representa a un tercio del mercado español, y con esos helados de Hacendado de amplia y altísima rotación de estilos y sabores. Y su precio le ha costado: la planta en Cheste costó más de 31 millones de euros, con líneas específicas para mochis y helados veganos, y se prevén otros 26 millones de inversión en tres años. A cambio, de los 65 tipos de helado que Mercadona vende en Madrid, 22 los fabrica esta empresa valenciana. El 34% del catálogo heladero del gigante de Juan Roig.
El mochi es el pasaporte. Es cierto que para el consumidor medio, Estiu no existe. Lo que ve es un bombón negro sabor nata, el mini-sándwich (para no sentirse tan culpable consumiendo el doble de calorías con el del formato estándar) o el mochi de coco a 2,90 euros la caja de seis. Estiu entró en este formato hace ya once años, replicando el dulce japonés con masa de arroz y relleno de helado de coco, mango o pistacho bajo la marca Hacendado.
El invento funcionó tan bien que acabaron exportándolo: Wao Mochi es la marca propia que, ya en 2019, empezó a vender en Holanda, Irlanda, Ucrania, Finlandia, Letonia, Alemania y Armenia. Al principio era casi un experimento, una fracción pequeña del negocio. Vawaii, su marca de helados veganos, ocupa el nicho plant‑based y hoy se venden más de 26.000 cajas diarias de mochis helados en sus tres sabores principales, y con ese sorpasso llamado Dochi Cheesecake. Aunque el favorito de muchos sigue siendo el de banoffee: banana, la galleta crujiente y el relleno de dulce de leche.
Queda lo mejor del flash. Crecer vendiendo barato, esta ha sido su clave. Nada de esto tendría sentido sin una política de precios muy agresiva. Todos sus helados se sitúan sistemáticamente por debajo de los referentes de los fabricantes famosos, entre los 2 y 4 euros para cajas completas de 6 productos. Un anzuelo congelado, un capricho para la sobremesa que ha levantado un pequeño imperio y apunta a seguir creciendo. Quiere la ironía que los mochis viajen de la calurosa España a Finlandia.
Imágenes | Helados Estiu, Flickr (Nina Ding)
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