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Una nueva generación de robots promete precisión y eficiencia. También abre la puerta a riesgos de ciberespionaje
El movimiento del brazo robótico parece impecable: cada giro, cada pinza, cada desplazamiento ocurre con la precisión de un metrónomo. Sin embargo, mientras esas acciones transmiten confianza en un hospital o en una fábrica, en segundo plano se dibuja otra historia. Los comandos, aunque cifrados, dejan traslucir ritmos y pausas en el tráfico que viaja por la red. Esos patrones, invisibles a simple vista, en muchos casos permiten deducir la tarea ejecutada. La misma exactitud que aplaudimos en el robot puede convertirse en un rastro para observadores externos.
A lo largo de los últimos años el interés por los robots colaborativos se ha disparado. Hospitales los emplean como asistentes quirúrgicos por su capacidad de realizar movimientos finos sin fatiga, y en fábricas se han convertido en aliados para tareas repetitivas o de riesgo. No solo mejoran la productividad, también reducen accidentes al sustituir al operario en entornos hostiles. La conectividad que impulsa su expansión, sin embargo, es también la que puede exponerlos a nuevos escenarios de vulnerabilidad, según un estudio realizado en la Universidad de Waterloo, en Canadá.
Precisión que deslumbra en hospitales, un rastro que puede ser interpretado
La investigación no se centró en robots operados en tiempo real mediante mandos o realidad virtual, lo que se conoce como teleoperación, sino en una generación diferente: los robots que funcionan con guiones preprogramados. Estos sistemas reciben una secuencia de órdenes y las ejecutan con mínima intervención humana, lo que reduce la supervisión directa y amplía las posibilidades de automatización. Al mismo tiempo, la forma en que estos sistemas estructuran los comandos de alto nivel genera patrones de tráfico regulares, y esa regularidad abre oportunidades para su análisis.
El trabajo se diseñó con un escenario muy concreto: un atacante pasivo, alguien que solo observa el tráfico de red entre el robot y su controlador sin necesidad de descifrarlo. El experimento se llevó a cabo con un brazo Kinova Gen3, un robot ligero empleado habitualmente en entornos de investigación. El controlador ejecutaba comandos preprogramados y las comunicaciones iban protegidas con cifrado TLS. Con este montaje, los investigadores registraron 200 trazas de red correspondientes a cuatro acciones diferentes, buscando un conjunto variado y representativo.
Los autores empezaron por convertir las capturas de red en señales temporales: en lugar de mirar el contenido de los paquetes, analizaron cuándo se enviaba cada uno y con qué separación. Esas series de tiempos se trataron como señales acústicas, lo que permitió aplicar técnicas clásicas de procesamiento de señal, como la correlación y la convolución, que buscan similitudes y patrones en pulsos y ritmos. A partir de esa transformación entrenaron un clasificador que, en el entorno cerrado de la prueba, asignaba una acción a cada traza. El experimento usó 200 trazas sobre cuatro acciones y mostró que, incluso con TLS activado, los subpatrones temporales eran detectables.

Kinova Gen3
Los ensayos demostraron que el método funcionaba con notable eficacia: en la mayoría de las pruebas el sistema fue capaz de identificar la acción del robot con un nivel de acierto cercano al 97%. Esto significa que, aunque las órdenes viajen cifradas mediante TLS, la observación de los intervalos y la cadencia puede permitir reconstruir qué tarea se ejecuta. En un hospital, eso podría dar pistas sobre la naturaleza de una intervención; en una fábrica, sobre la secuencia de producción. No siempre se logra una deducción completa, pero el hallazgo evidencia que el cifrado por sí solo no basta.
Aunque las órdenes viajen cifradas mediante TLS, la observación de los intervalos y la cadencia puede permitir reconstruir qué tarea se ejecuta.
El hallazgo adquiere relevancia al extrapolarlo a entornos reales. En la sanidad, un atacante podría identificar detalles de una intervención quirúrgica sin necesidad de acceder a la historia clínica, solo observando los flujos de comunicación del robot. En la industria, los mismos patrones podrían revelar pasos de montaje o características de un proceso patentado. No se trata de un fallo aislado de un modelo concreto, sino de una señal de alerta sobre cómo la conectividad multiplica la exposición. Cada robot conectado se convierte en un posible punto de observación.
Los investigadores no se limitaron a señalar el problema: también exploraron posibles defensas. Una de ellas consiste en modificar la temporización de la interfaz de programación del robot, de manera que los comandos no sigan un patrón tan regular y predecible. Otra es aplicar relleno de paquetes y manipulación del temporizado para disimular los ritmos reales. Estas medidas podrían reducir la capacidad de inferencia de un atacante, aunque con un coste: menor eficiencia en la red y, en algunos casos, más latencia en la ejecución del robot.
La innovación tecnológica avanza siempre en paralelo a la necesidad de protegerla. Los cobots ejemplifican ese equilibrio: prometen eficiencia y nuevas formas de trabajo, pero también obligan a repensar las medidas de defensa. No se trata de frenar su adopción, sino de hacerlo con una mirada consciente de los riesgos. Seguridad y desarrollo no son caminos opuestos; deben recorrerlos juntos si se quiere que el futuro de la robótica sea sostenible y confiable.
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Hoy en Disney+, la película que pese a superar los mil millones en taquilla ha dejado en el aire la continuidad de su franquicia
‘Avatar: Fuego y ceniza’, la tercera entrega de la milmillonaria saga de James Cameron, aterriza en Disney+. Una película que se abre con una declaración contra la IA, introduce al primer gran villano Na’vi de la franquicia y deja en el aire el futuro de dos secuelas, secuelas que pese a las extraordinarias recaudaciones de las películas de la franquicia, aún no tienen garantizada su supervivencia.
La película retoma la historia donde la dejó ‘El camino del agua’: los Sully, en duelo por la muerte de su hijo mayor Neteyam, intentan proteger a otro miembro de la familia mientras se enfrentan a dos amenazas simultáneas. La RDA regresa con refuerzos y además aparecen los Mangkwan, conocidos como el Pueblo de la Ceniza: un clan Na’vi volcánico que ha renegado de la entidad espiritual que vertebra toda la cosmología de Pandora. Es la primera vez en la franquicia que los Na’vi ocupan el rol de antagonistas, lo que rompe la estructura moral de los dos primeros films: hasta ahora, solo los humanos eran los agresores.
Los efectos visuales de la película corrieron a cargo de Wētā FX, el estudio de Nueva Zelanda que estuvo vinculado a Peter Jackson. El equipo firmó 3.132 planos de efectos visuales, y el proceso de renderizado acumuló 1.248 millones de horas de computación. Una de las innovaciones técnicas clave para la película fue Kora, un conjunto de herramientas para simulaciones de combustión química, desarrollado para resolver un problema que ya habían detectado en ‘El camino del agua’: el fuego fotorrealista era extraordinariamente difícil de manejar para los artistas. Kora facilita notablemente la creación de este tipo de imágenes.
En su fin de semana de apertura, la película recaudó 347 millones de dólares en todo el mundo, y ya lleva recaudados 1.490. Es la cuarta película de Cameron en superar los mil millones, tras ‘Avatar’, ‘Avatar: El camino del agua’ y ‘Titanic’. Las tres películas de la saga suman más de 6.000 millones de dólares en taquilla mundial, lo que la convierte en la primera trilogía de la historia en alcanzar esa cifra. Sin embargo, los cálculos dicen que Disney necesitaba superar los mil millones para tener beneficios, y esa cifra cada vez se supera de forma más ajustada. Sin duda, un obstáculo en el camino de una ambiciosa historia que podría no llegar a contar todo lo que Cameron tiene en cartera.
En Xataka | Hoy en Prime Video, una película de catástrofes que perdió 45 millones en cines pero que arrasa en streaming
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Cuando un ciberataque dejó “out” a los hospitales rumanos, los médicos recuperaron un clásico: lápiz y papel
La tecnología informática ha llegado para facilitarnos la vida. En el ámbito de la salud, por ejemplo, los hospitales están cada vez más interconectados. Los médicos de muchos países del mundo tienen acceso a historias clínicas electrónicas y los pacientes a recetas sin papel. Todo esto puede ser fantástico, siempre y cuando funcione bien, claro.
Rumanía lo vivió en febrero de 2024, cuando parte de su sistema sanitario quedó atrapado en un ataque de ransomware que afectó a la plataforma Hipocrate utilizada por hospitales de todo el país. Dos años después, una reconstrucción de la BBC permite entender mejor qué ocurrió, cuántos hospitales fueron realmente infectados y cómo logró contenerse la crisis.
El problema fue especialmente delicado porque Hipocrate estaba integrado en tareas muy distintas del día a día hospitalario. La plataforma se utilizaba para registrar pacientes, solicitar pruebas, consultar resultados, gestionar medicamentos y organizar suministros. En la práctica, su caída dejó a muchos centros sin una de sus principales herramientas de coordinación.
La variante de ransomware identificada fue BackMyData. Como suele ocurrir en este tipo de ataques, los archivos quedaron cifrados, renombrados e inutilizables para los administradores del sistema. Se habló de un rescate de 3,5 bitcoins, unos 175.000 euros al cambio de entonces, a cambio de la supuesta clave para recuperar la información.
A medida que llegaban nuevos avisos desde los hospitales, la Dirección Nacional de Seguridad Cibernética de Rumanía, la DNSC, tomó una decisión drástica: ordenar a más de 100 hospitales que se desconectaran de la red. La medida los dejó sin herramientas digitales, pero permitió aislar el problema y ganar tiempo.
Con el tiempo, la fotografía del incidente se ha afinado. La cifra de hospitales infectados directamente por BackMyData fue de 26. El impacto operativo, sin embargo, fue mucho mayor: más de 100 hospitales quedaron desconectados o sin acceso normal a sus servicios digitales.
Dentro de los hospitales, la respuesta fue mucho más terrenal. Algunos médicos pidieron al laboratorio que entregara los resultados en papel, otros recurrieron a hojas de cálculo sin conexión y muchos volvieron a registrar pacientes a mano. No fue una metáfora: durante varios días, parte de la sanidad rumana funcionó con herramientas analógicas.


Rumanía optó por no pagar el rescate y centró la recuperación en las copias de seguridad disponibles. La estrategia permitió recuperar la operativa, al menos en lo esencial. Según la información actualizada, la mayoría de hospitales volvió a funcionar casi con normalidad en unos cinco días.
Si bien no se registraron muertes ni daños graves a pacientes, la interrupción dejó trabajo pendiente durante semanas. Toda la información anotada en papel tuvo que volver a introducirse en los sistemas y algunos datos se perdieron para siempre.
Las autoridades rumanas no han atribuido públicamente el ataque a un grupo concreto. Sí hubo después una operación internacional contra una banda relacionada con el ecosistema de BackMyData, con cuatro ciudadanos rusos arrestados fuera de Rusia, pero la BBC no lo presenta como una resolución directa del caso.
Aquellos días dejaron una imagen difícil de olvidar para muchos: hospitales modernos, pantallas inútiles y médicos haciendo algo tan antiguo como escribir para seguir atendiendo. Este caso, sin embargo, también mostró que las copias de seguridad y los planes de recuperación son esenciales en el mundo interconectado en el que vivimos.
Imágenes | Pixabay | Tima Miroshnichenko | Miguel Ausejo
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