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los padres que están llevando a sus hijos a colegios sin pantallas
Carlos, que prefiere no dar su nombre real, lleva a sus tres hijos al Colegio Madrid-Fundación Santa María, un centro cuyo modelo educativo preserva la filosofía de la Institución de Libre Enseñanza. El curso pasado ha sido el primero en este colegio privado, situado en una zona acomodada del distrito madrileño de Chamartín y donde prácticamente no se utilizan pantallas hasta la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). Cambiaron a sus hijos de un concertado católico de la capital porque la mayor, cuando iba a pasar a cuarto de Primaria, estaba obligada a estudiar todas las materias en un tableta en sustitución de los libros de texto.
“Que un niño de diez años esté cinco o seis horas al día con una pantalla delante no es sano. Genera adicción”, dice este padre con convicción al otro lado del teléfono. “Ir al Colegio Madrid supone un esfuerzo económico brutal. Aunque trabajamos los dos, no contamos con una situación económica holgada”, confiesa.
“Pero tenemos que actuar ya. Es mejor tratar de evitar las adicciones en este momento. Los hijos crecen muy rápido y no podemos rectificar y enderezar la situación cuando tengan 15 años porque, a lo mejor, ya es demasiado tarde”, sostiene, subrayando que no es un “amish de la tecnología” ya que “convivimos con ella”.
Carlos explica que de los 600 o 700 euros que estarían pagando mensualmente en el antiguo concertado por sus tres hijos —incluyendo el comedor y la cuota de la Asociación de Madres y Padres y Alumnos (AMPA)—, han pasado a pagar 1.700 euros sin dejarles a comer —la horquilla de cuotas mensuales en el Colegio Madrid varía según las etapas, de los 580 euros por niño en Infantil a los 876 euros en segundo de Bachillerato—.
Si los llevase a un colegio público, tan solo tendría que pagar el comedor escolar —en Madrid la tarifa es de 5,50 euros por alumno al día, por lo que estarían haciendo un desembolso de unos 300 euros al mes—, así como la cuota del AMPA —depende de cada centro, pero suele ser de entre 20 y 30 euros anuales por hijo— o por las actividades extraescolares u horas extra.
Cada vez son más los padres que, como Carlos, están preocupados por el uso de las pantallas en las aulas. Noticias como la que publicaba el diario El País el pasado mayo sobre los resultados del Informe PISA en la última década en España sostienen estas preocupaciones: las tres regiones en las que más se usa la tecnología en clase a diario —País Vasco, Navarra y Cataluña— son las que más han descendido en el informe. En 10 años, han caído 27 puntos en las dos primeras y 26 puntos en Cataluña.
Sin embargo, a nivel científico se han publicado diversos estudios al respecto en los últimos años, realizando encuestas con diferentes tamaños de muestras a niños y adolescentes de centros educativos de varios países, sin llegar a un consenso claro o conclusiones definitorias sobre los efectos del uso o abuso de recursos digitales en la educación.
Citamos dos ejemplos contrapuestos. Por un lado, una investigación publicada en 2023 por profesores de la Universidad de Valencia y de la que se ha hecho eco este año The Review of Educational Research —revista editada desde 1931 por la American Educational Research Association— concluía que la comprensión lectora disminuye cuando los alumnos leen un texto en una pantalla, especialmente en la etapa de primaria.
Por otro lado, The Lancet Regional Health publicaba el pasado mes de abril un estudio realizado durante un año en base a una muestra de 1.127 estudiantes de 30 escuelas de Inglaterra. Una parte de estos alumnos cursaban sus estudios en centros donde estaban prohibidos los smartphone durante la jornada escolar y, otro grupo, acudía a clase a centros donde sí estaban permitidos. El documento concluía que no habían encontrado diferencias en bienestar mental, trastornos emocionales, sedentarismo o niveles de descanso entre ambos grupos.
Donde sí hay un consenso más claro entre los profesionales de la salud es acerca de los efectos en el cerebro y en la salud mental de menores (niños y adolescentes) por una sobreexposición a los dispositivos digitales. En una nota publicada a finales de 2024 por la Asociación Española de Pediatría (AEP), los pediatras advertían de que un uso excesivo de pantallas en la infancia y en la adolescencia acarrea problemas de salud. Desde falta de horas de sueño, lo que conlleva una alteración del desarrollo cerebral, cambios de conducta o un estado de ánimo depresivo; problemas de visión, como la miopía o el estrabismo; hasta obesidad y problemas cardiovasculares por ser más propensos al sedentarismo y a una dieta menos saludable.
En dicho documento recomiendan que los niños de entre 7 y 12 años estén menos de una hora utilizando pantallas —incluyendo el tiempo escolar y los deberes— y limitar el uso de dispositivos con acceso a internet. Y hasta los seis años, cero pantallas (“no existe un tiempo seguro”).
El aumento de familias que buscan colegios sin pantallas
Desde el curso que viene, casos como el de la hija mayor de Carlos no deberían suceder en colegios públicos y concertados de la región de Madrid. Un decreto aprobado el pasado 23 de julio por la Consejería de Educación, Ciencia y Universidades de la Comunidad de Madrid elimina “el uso individual de dispositivos digitales en alumnos de Educación Infantil y Primaria de los centros educativos sostenidos con fondos públicos de la región” con el propósito de “reducir los riesgos derivados del uso temprano, intensivo o inadecuado de las tecnologías de la información”.
Esta normativa especifica que los profesores no podrán mandar deberes que requieran pantalla fuera del horario escolar y, dentro del aula, solo se permitirá un uso compartido de dispositivos digitales siempre con un fin pedagógico.
En el primer ciclo de Infantil (hasta 3 años) se evitará el uso de pantallas; en el segundo ciclo (de 3 a 6 años) se limitará el tiempo de uso compartido de dispositivos digitales a una hora semanal. En Primaria (de 6 a 11 años), los alumnos de primero y segundo tan solo podrán una hora a la semana; en tercero y cuarto se limitará a una hora y media; y hasta dos horas semanales en los dos últimos cursos.
“En los últimos años, la mayoría de las familias nuevas que llegan con sus niños pequeños [Infantil] vienen buscando un colegio sin pantallas”, explica Elena Flórez, directora del Colegio Madrid-Fundación Santa María, que recibe a Xataka en una tarde de finales de junio, durante uno de los últimos días del curso escolar pasado, cuando el decreto de la Comunidad de Madrid todavía estaba en tramitación y no era oficial.

La directora del Colegio Madrid, Elena Flórez, junto a un grupo de alumnos en clase de música. (Juan Calleja)
A este centro acuden hijos de familias como la de Carlos, en las que trabajan el padre y la madre y residen, principalmente, en los distritos de Chamberí, Chamartín, Centro y Retiro. “Lo que no tenemos son familias con un nivel económico muy alto. Osea, puede que haya alguna excepción, pero en general, vienen las que hacen un esfuerzo porque creen en el proyecto”, esgrime Flórez.
Novecientos alumnos cursan desde Infantil hasta Bachillerato en el Colegio Madrid. Ninguno tiene libros de texto, sino que crean sus propios cuadernos escritos a mano con apuntes, recortes o dibujos con los que reflejan las materias que explican los profesores en el aula con la idea, explica Flórez, de potenciar “la atención, la organización, la investigación y que el alumno, al escribir, genere sus propias ideas y desarrolle su pensamiento crítico”.
Sin embargo, no están libres de pantallas al cien por cien. En Infantil, cero pantallas —tampoco usan pizarras digitales—; en Primaria, utilizan los 22 iPad con los que cuenta el colegio únicamente dos veces a la semana durante 15 minutos para acceder a Smart Tik, una aplicación con la que se trabaja la parte más abstracta de las matemáticas, como por ejemplo entender de forma visual qué es una fracción.
A partir de Secundaria, los alumnos van al aula de informática cuando tienen asignaturas de tecnología y digitalización, así como les ponen algunas películas o documentales en algunas materias como historia. Además, está prohibido el uso del teléfono móvil durante las horas lectivas: los que lo llevan al centro lo depositan en unas bandejas al llegar, luego se guardan en un armario y, cuando acaban las clases, se los devuelven.
Durante el recorrido por las instalaciones, visitamos un aula de tecnología, que está llena de drones construidos por alumnos de la ESO, vemos varias salas de música repletas de instrumentos y saludamos a unos alumnos que están en clase de teatro. Cuenta la directora que las materias artísticas cobran una gran importancia en su modelo pedagógico: “Es uno de los motivos por los que profesionales del mundo del cine y del teatro traen aquí a sus hijos”.
Padres cada vez más movilizados
En el jardín, unos estudiantes de Secundaria ensayan romances que van a representar en público. Están a punto de terminar la jornada escolar y cuando finaliza el ensayo, una joven lleva una bandeja con los móviles de sus compañeros para devolvérselos. “Algunos estudiantes de primero de la ESO (12 años) ya tienen teléfono móvil, aunque desde hace un par de cursos notamos que, general, los alumnos vienen con menos móviles”, señala Flórez.
La directora relata que durante este curso unos cuantos niños que llegan solos al colegio en transporte público tienen teléfonos sin conexión a internet, como los antiguos Nokia, para que sus padres puedan contactar con ellos.

Dos niños en la biblioteca del Colegio Madrid, un centro educativo privado situado en el distrito de Chamartín. (Juan Calleja)
En 2023, un grupo de padres con hijos cursando cuarto de Primaria en este colegio creó un grupo de WhatsApp, ‘Menores e internet’. Una madre que está en este chat, y que prefiere mantener su anonimato, explica que estaban preocupados por lo que leían sobre las consecuencias del exceso o mal uso del móvil entre los adolescentes y les angustiaba el momento en el que tendrían que dar el primer smartphone a sus hijos.
Un caso similar al de varias familias de Poblenou (Barcelona) que también en 2023 empezaron a compartir por la popular aplicación de mensajería de Meta sus inquietudes sobre el impacto del móvil en sus hijos y gracias al cual se ha creado el movimiento asociativo Adolescencia Libre de Móviles, presente por toda la geografía española.
Hasta hoy, a este grupo del centro que dirige Flórez se han sumado 200 familias. Entre otros logros, han conseguido un “pacto de familias” para evitar que sus hijos tengan un teléfono inteligente con 12 años. “Otra cosa es segundo, vamos a ver qué pasa”, dice esta madre. “La mayoría no queremos dar el móvil, al menos, hasta los 16, pero algunos padres no se sienten seguros de conseguirlo”.
“Que se retrase todo lo que se pueda. Al final, estamos dando una herramienta a un niño con una edad que, a nivel neurológico, no tiene la capacidad de autogestionarse”, dice por teléfono María Salmerón, coordinadora de Salud Digital de la AEP, grupo de trabajo que ha elaborado las recomendaciones sobre el uso de pantallas en la infancia y adolescencia.
“La corteza prefrontal [parte del cerebro involucrada en nuestra toma de decisiones o la regulación emocional, entre otras funciones cognitivas] no se termina de desarrollar, de media, hasta los 25 años, y estamos pidiendo a los niños que hagan un uso racional de la tecnología, como que aprenda a manejar su identidad digital o que sepa una información veraz de la que no lo es, sin tener todavía la capacidad racional para poder hacerlo”, agrega Salmerón.
Antes de despedirnos, preguntamos a Elena Flórez si nota alguna diferencia entre los alumnos que tenía antes de que todos nos hiciésemos con un smartphone: “Cuesta más tener a un grupo atento durante 30 minutos. Son periodos más cortos de atención y tienes que hacer otras cosas, distraerlos”.
Esta maestra, con 50 años de trayectoria profesional a sus espaldas, reconoce que incluso en el Colegio Madrid también tienen alumnos con problemas de adicción al móvil y muestra su preocupación por las redes sociales: “Han complicado mucho la educación por parte de padres y profesores”. Últimamente percibe “una vuelta al machismo en las redes” por los mensajes que les muestran algunas de sus alumnas.
Comunidades Waldorf contra los excesos
Hace unos años, medios de todo el mundo se hicieron eco de cómo directivos y fundadores de tecnológicas de Silicon Valley apostaban por colegios Waldorf para que sus hijos estudiaran sin pantallas. En la localidad madrileña de Las Rozas, a unos 40 kilómetros de distancia del Colegio Madrid y a muchas horas de vuelo de California, se ubica la Escuela Libre Micael, el primer centro educativo basado en la pedagogía Waldorf de España —hoy cuentan con más de 77 centros por todo el territorio nacional—.
En 1975, un grupo de padres y profesores decidieron poner en marcha un jardín de infancia basado en este modelo educativo nacido en 1919 en Alemania de la mano del filósofo y educador Rudolf Steiner. Además de no utilizar prácticamente pantallas en todas sus etapas, esta pedagogía se caracteriza por focalizar la enseñanza en el momento evolutivo de cada niño, concediéndole autonomía para aprender a pensar y cultivar su talento, fomentando su sensibilidad artística, expresión social y el contacto con el medio natural.
Los 450 alumnos que estudian hasta Bachillerato en este colegio rodeado de naturaleza y ubicado muy cerca de la autopista A-6, comparten similitudes en la forma de aprender con los estudiantes del Colegio Madrid. También confeccionan sus propios cuadernos, salvo en algunas asignaturas en las que siguen libros de texto al uso para preparar la Selectividad, estudian sin tocar o ver apenas pantallas y quienes llevan móvil lo dejan en una caja al llegar y no lo recogen hasta acabar el día.
“En primero de la ESO tenemos proyectores porque, de forma puntual, los profesores a veces ponen alguna película o un documental. A partir de tercero y cuarto de Secundaria van al aula de ordenadores para aprender a programar, pero sin conexión a internet, menos cuando tienen que buscar algo. Y en Bachillerato, los alumnos utilizan a veces su propio móvil en alguna asignatura en concreto y si es necesario”, especifica Alfredo Sánchez, director y exalumno de este colegio que nos recibe el 20 de junio, último día del pasado curso.
Hay un trajín de niños y jóvenes que se mueven de aquí para allá porque están trasladando sus sillas y pupitres de madera al aula en la que estudiarán a partir de septiembre. Pizarras llenas de dibujos, muebles con carpetas archivadoras y papeles, muchos papeles, conforman parte de la estética del edificio de Primaria.

El director de la Escuela Libre Micael, Alfredo Sánchez, en una de las aulas de Bachillerato. (Juan Calleja)
Desde las ventanas de una de las aulas se divisa un amplio jardín con maleza y grandes árboles, y un huerto. “Un niño tiene que estar en la imitación y observación del entorno y la naturaleza es una fuente de aprendizaje grandísima. Y nosotros queremos vivirlo de la manera más pura posible”, contextualiza Sánchez.
“En esta escuela entendemos que la sociedad es como es y que el niño va a recibir estresores que no le corresponden a su edad. Por este motivo tratamos de preservar la mayor cantidad de tiempo posible un espacio adecuado para cada momento evolutivo de los alumnos”, explica el director, que cuenta cómo los lunes notan cómo hay niños que llegan más o menos alterados o desconcentrados en función del fin de semana que hayan tenido: “desde pasar una tarde en un centro comercial al haber estado tiempo con pantallas”.
Así como le sucede a Elena Flórez con algunos de sus alumnos, en este centro Waldorf también hay adolescentes que tienen comportamientos traumáticos que “probablemente, tengan que ver con los contenidos inapropiados que ven en las redes sociales fuera del aula. Muchísimas violencia, muchísima pornografía”. No obstante, saca pecho y destaca cómo gracias a que tratan de impulsar el espíritu crítico ha hablado con alumnos de cuarto de la ESO que reconocen abiertamente que cuando pasan mucho tiempo en Instagram o TikTok “tienen una sensación de malestar, un poco deprimente”.
“Nos ha cambiado la vida”
Sánchez también comparte con Elena Flórez la percepción de que cada vez llegan más familias que, además de por su pedagogía, buscan un entorno donde puedan criar a sus hijos libres de pantallas “con el apoyo de otros padres que están alineados”. Son familias con diferentes grados de poder adquisitivo: “Las hay que podrían pagar diez veces más de lo que pagan y, otras, que hacen verdaderos esfuerzos económicos o de desplazamiento geográfico para traer aquí a sus hijos”.
Marta Machín es una de las madres que lleva a sus dos hijos al colegio que dirige Sánchez. Durante algunos meses de la pandemia tuvo que pedir una de las becas que ofrece este centro Waldorf para ayudar a familias que, en determinados momentos, tienen problemas económicos. “Nos quedamos a cero”, dice sentada en un establecimiento comercial de Las Rozas. Ella y su marido son autónomos y se dedican al mundo de la fotografía.
Hoy su situación es estable. “Pagamos alrededor de 1.000 euros al mes por los dos [las cuotas mensuales son parecidas a las del Colegio Madrid], pero no se quedan a comer”, detalla Machín, que cuenta cómo, en su caso, es un dinero que no les permite ahorrar para comprarse una casa, les obliga a escatimar en vacaciones o no pueden cambiar de coche. No obstante, reconoce que actualmente, al igual que otras familias, ellos están “muy por encima de la media” a nivel económico para afrontar los gastos de la educación de sus hijos.
Viven de alquiler en un piso de alquiler en Las Matas, a pocos minutos en coche del colegio al que llegaron hace unos años cuando notaron que su hijo mayor —ahora de 11 años— no estaba a gusto en el colegio público de Majadahonda al que iba desde segundo de Infantil.

Entrada a la Escuela Libre Micael, situada en las afueras de la localidad madrileña de Las Rozas. (Juan Calleja)
“Cuando llegaba a recogerlo estaban viendo vídeos de Youtube en una pizarra digital y les daban galletas de chocolate. Ahí, venga, bien de azúcar, ¿sabes? Y así todos los días”, cuenta esta madre. “El rollo de las pantallas no me gustaba nada. Veía que no le hacían bien”, añade. Y relata el momento en el que se dio cuenta de que su hijo “no era él”: “Fue cuando las profesoras nos enseñaron un vídeo del curso y, cuando vi a mi hijo, notaba como que era otra persona. Poco hablador, tímido…”.
También influyó que la profesora de su hijo “tenía cero sensibilidad” y que no les acababa de convencer la enseñanza por fichas. Así que se pusieron a buscar centros con pedagogías alternativas, “en la que pudiese estar más libre”, y toparon con la Escuela Libre Micael. Unos cuantos años después, su hijo “se ha podido desarrollar tal y como es, no tiene miedo a hablar con nadie y puede ir a cualquier lado”, según ellos.
“La comunidad Waldorf nos ha cambiado la vida”, sostiene. En su caso, el peso del modelo educativo, además del hecho de evitar las pantallas, cobró una gran importancia para mudarse de municipio: “Creo que el no uso de las pantallas en la escuela nos ha llevado a un estilo de vida más sencillo, de reducir estímulos y tener más contacto con la naturaleza”.
Sin embargo, al igual que Carlos, el padre que lleva los niños al Colegio Madrid, no es contraria a la tecnología, ni mucho menos, pero sí haciendo un uso sensato y equilibrado de la misma según la edad. Su hija pequeña, de ocho años, y su hijo mayor, además de ver películas de vez en cuando, tienen dos iPad viejos sin acceso al navegador Safari, ni aplicaciones de juegos online ni a Youtube. Lo utilizan para escuchar pódcast sobre historia, música o cuentos. Además, su hijo a veces les pide el móvil para mandar mensajes.
A la pregunta de qué harán cuando a los menores les toque toparse con otra realidad educativa, confiesa que es consciente de que están metidos “en una burbujita que se tiene que ir abriendo, sobre todo de cara a la universidad”. “Pero no a la bomba del instituto, ¿sabes?”.
En Xataka | Hay padres en contra de prohibir el uso del móvil en los colegios. Y la ciencia les da la razón
Imagen | Juan Calleja para Xataka
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irá a buscar una “Tierra 2.0” por su cuenta
China ha pisado el acelerador en soberanía espacial y ya está en velocidad de crucero: en 2025 ha batido su récord de lanzamientos de cohetes con 80 unidades a lo largo del año y solo en diciembre completó cuatro misiones espaciales. Incluso ha ejecutado con éxito una prueba estrés para constatar que pueden subir de nivel. Tanto, que ya tienen en mente explorar el espacio en busca de una Tierra 2.0.
El plan de China para encontrar una nueva Tierra. Así se llama el vídeo que la cadena china CGTN publicó hace unos días en su espacio Hot Take. En ese metraje se detallan cuatro misiones que la Administración Nacional del Espacio de China (CNSA) tiene programadas dentro del XV Plan Quinquenal del país (2026–2030) para respaldar su posición como potencia espacial de primer orden y cuyo espectro es tan amplio como vamos a ver a continuación.
Entre esas misiones se encuentra un experimento de radioastronomía para estudiar los objetos celestes mediante la medición de sus emisiones de radio, en este caso orientado a conocer mejor la cara oculta de la luna; un observatorio solar que investigará las condiciones meteorológicas como el viento solar o las tormentas geomagnéticas, la construcción de un telescopio espacial que monitorizará agujeros negros y estrellas de neutrones y un satélite cazador de planetas fuera del sistema solar. Este último tiene un objetivo ambicioso: buscar un planeta análogo a la Tierra.
Una particularidad de estas misiones es que corren a cargo de la la Academia China de las Ciencias (CAS), una institución independiente de la Agencia Espacial China y sus grandes proyectos espaciales. La CAS gestiona sus propias misiones (como HXMT o Wukong) de forma independiente y no siguen directrices gubernamentales, sino que nacen de propuestas de investigadores y universidades, siguiendo un modelo de bajo coste y flexibilidad similar al programa Discovery de la NASA.
China está buscando una Tierra 2.0 y conocer el espacio mucho mejor
Proyecto Hongmeng. Este plan pretende desplegar diez telescopios de baja frecuencia que orbitarán alrededor de la luna. Como otros observatorios centrados en su cara oculta, van a escuchar las señales de radiofrecuencia del periodo conocido como la “Edad Oscura del Universo“. Esta época corresponde a un tiempo del universo primitivo donde no había ni estrellas ni galaxias ni planetas, solo hidrógeno neutro que absorbía luz, creando oscuridad, y emitía una señal de radio característica de 21 centímetros.
¿Por qué la cara oculta de la luna? Esencialmente, porque está libre de interferencias de radio procedentes de fuentes terrestres y de las emisiones regulares del Sol. Esta misión es complementaria a otras como la del Telescopio Espacial James Webb (JWST) para estudiar esas épocas tempranas, que en la actualidad son indetectable para los telescopios convencionales.
La misión solar Kuafu-2. El dos de su nombre ya desvela algo: hubo un Kuafu-1 lanzado en 2022 y también conocido como Observatorio Solar Avanzado basado en el Espacio (ASO-S). El primero se lanzó para estudiar el campo magnético del sol y sus fenómenos, como las liberaciones súbitas e intensas de radiación electromagnética (fulguraciones) o las eyecciones de masa coronal.
Pero Kuafu-2 irá un paso más allá: será el primer satélite en orbitar las zonas de difícil acceso orbital del Sol, las regiones polares, proporcionando así datos sobre el campo magnético solar y la dinámica del ciclo solar (que dura aproximadamente 11 años). Con esta información, el equipo científico espera poder predecir tormentas solares y sus efectos en cascada por todo el sistema solar.
A la busca de un planeta análogo a la Tierra. El Exo-Earth es un satélite de prospección de exoplanetas que el programa ha definido como un “detective planetario en una misión para ver si la Tierra es única en su especie”. Su objetivo será monitorizar miles de estrellas de nuestra galaxia en busca de planetas rocosos de un tamaño comparable al de la Tierra que orbiten dentro de la zona de habitabilidad de sus estrellas, es decir, a una distancia suficiente para que pueda existir agua líquida en su superficie. Un análogo a la Tierra. Este observatorio se lanzará en 2028.
¿Cómo funcionan las leyes de la física ahí fuera?. El cuarto y último es el Observatorio mejorado de Temporización y Polarimetría de rayos X, un proyecto internacional liderado por el gigante chino que combina observaciones de rayos X con una “capacidad de temporización y polarimetría sin precedentes”. O lo que es lo mismo, la medición ultraprecisa de las variaciones de brillo en el tiempo y el estudio de la orientación de las oscilaciones de las ondas electromagnéticas para inferir la geometría de los campos magnéticos.
Si suena denso y científico es porque lo es: sirve para saber cómo aplican las leyes de la física en entornos tan extremos como alrededor de agujeros negros, estrellas de neutrones, supernovas y otros objetos astrofísicos. Su propuesta técnica detalla que este observatorio contará con avanzados sistemas de enfoque espectroscópico y sistemas de enfoque polarimétrico. El lanzamiento está previsto para 2030.
Imagen | Xinhua
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Si te parece caro cambiar la batería de un coche eléctrico, espera a ver lo que cuesta en un Ferrari LaFerrari: más de 200.000 euros
Para el grueso de los mortales, considerar costes como el consumo o el mantenimiento son un must a la hora de adquirir un coche. Y si hablamos de comprar un coche eléctrico, aunque el mantenimiento sea menor, hay una operación que marca la diferencia: el cambio de batería. En función de la marca y el modelo, los precios oscilan entre 4.000 y más de 30.000 euros. Eso para los coches EV, pero las de los híbridos tampoco son baratas precisamente.
Pero hay coches y coches y obviamente, el Ferrari LaFerrari juega en otra liga. El primer hiperdeportivo híbrido de la firma ofrece unas prestaciones propias de su gama: es capaz de pasar de 0 a 100 km/h en 2,9 segundos y supera los 350 km/h gracias a sus 963 CV. Pero por muy Ferrari que sea, no se escapa de sufrir el punto débil común a las tecnologías híbridas: la batería.
Si tenemos en cuenta que solo hay 499 ejemplares del Ferrari LaFerrari y que cada uno se lanzó con un PVP base de 1,3 millones de euros (con el paso del tiempo, ha ido a peor: rondan los cuatro millones en el mercado de segunda mano), el precio de su batería no se queda atrás: supera los 200.000 euros.
La lucrativa solución de Ferrari: sustituir la batería entera
Con apenas 1.440 kilómetros recorridos, uno de los pocos y exclusivos propietarios de un Ferrari LaFerrari de 2014 en Croacia descubrió cómo su preciado bólido se quedó sin batería de tracción. El primer diagnóstico apuntaba que la batería híbrida estaba fuera de servicio. La solución propuesta por Ferrari pasaba por reemplazar todo el pack de baterías a un precio nada módico: desde 213.000 euros, sin contar con la mano de obra.
Así que el dueño decidió explorar otras opciones más económicas, llegando hasta EV Clinic, un taller de Croacia especializado en baterías de vehículos eléctricos e híbridos. Tras un análisis exhaustivo del estado de ese grupo de baterías, con 120 celdas y unos 60 kilos de peso, identificaron dos fallos: celdas defectuosas y un defecto en el ensamblaje de fabricación.
Buenas noticias. La batería no era un ladrillo, sino que tenía un fallo localizado que podía solucionarse sin tener que realizar una sustitución completa. Aunque no se han dado a conocer el precio de este trabajo minucioso y de precisión, el dueño tuvo su LaFerrari de vuelta ahorrándose el precio del pack al completo.
Lo de pedir presupuesto a otros talleres es siempre una buena idea, tengas un Dacia Sandero o un Ferrari. Y sino que se lo digan al dueño de este Bugatti Veyron, al que la casa le pidió 11.000 euros por cambiar el botón del ajuste eléctrico del retrovisor cuando en el taller de su pueblo se lo hicieron por menos de dos euros.
Afortunadamente para quienes posean un Ferrari híbrido, el año pasado la firma italiana lanzó una garantía adicional de extensión, de modo que sustituirá las baterías de tracción de los coches cubiertos en este servicio en los años 8 y 16 de su vida.
Portada | Ferrari, EV Clinic
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Las empresas energéticas están cambiando el petróleo por los MW. La nueva mina es el soporte a los centros de datos
La glotona inteligencia artificial y sus demandantes centros de datos están reformulando los planes de descarbonización. Cuando el mundo había emprendido un viaje hacia las renovables, con países como China, y europeos apostando fuerte, y hasta algunos estados de EEUU subiéndose al tren, llegaron los centros de datos con unas necesidades casi imposibles de satisfacer.
A finales de diciembre de 2024 ya contamos que el consumo de los centros de datos se había disparado, empujando a las grandes tecnológicas a apostar tanto por las renovables como, sobre todo, por energía de acceso inmediato como el gas y hasta el carbón. Algunas, incluso, estaban apuntando a la nuclear para poder operar.
Poco después, en enero de 2025, un informe de Reuters apuntó que las energéticas europeas, que habían emprendido un camino de apuesta por las renovables, estaban redoblando su apuesta por el petróleo y el gas. Gigantes como BP o Shell ralentizaron sus inversiones en energías limpias para volver a proyectos de combustibles fósiles. Pero no todo va sobre de dónde extraen la energía los centros de datos, sino quién les suministra infraestructura.
Y puede que esa, y no tanto el petróleo o el gas, sea la próxima mina de las energéticas.
La nueva mina de las petroleras
En un artículo del Financial Times se apunta a que el fugaz crecimiento de los centros de datos está generando un mercado que las energéticas no quieren perderse. A medida que la demanda de perforaciones tradicionales se debilita (aunque es algo que va por “barrios”), grupos del sector energético como Baker Hughes, Halliburton o SLB están aprovechando para pivotar al sector de los centros de datos.
No construyéndolos, no sólo suministrando energía: apoyando la logística. Aprovechando su conocimiento sobre el sector energético, estas grandes empresas estarían proporcionando equipos como turbinas y sistemas de generación de energía a quienes poseen centros de datos, pero también proporcionan generadores, baterías, sistemas de disipación y todo el entramado necesario para mantener una correcta eficiencia energética.
También correrían con la supervisión del equipo. Es, en definitiva, lo que ya saben hacer, pero aplicado a un sector nuevo como es el de los centros de datos.
Porque estos tres ejemplos no son petroleras al uso, sino proveedores tecnológicos para que otras empresas extraigan gas o petróleo. Las tres dan servicios a empresas con yacimientos petrolíferos, pero también suministran tecnología como turbinas de gas, compresores o sistemas de GNL y estaban dentro de sectores como el de la nueva energía, con sistemas de captura y almacenamiento de carbono.
Todo esto resuena con la idea que las ‘Big Tech’ tenían cuando comenzaron a levantar enormes centros de datos, hasta que vieron que equipos cada vez más demandantes necesitaban fuentes más inmediatas y estables de energía.
Centros de datos = El Dorado
Se estima que la demanda de electricidad de EEUU se incrementará en 90 GW -una auténtica burrada- de aquí a 2030 únicamente para alimentar los centros de datos. Las redes eléctricas tradicionales pueden no soportar esta carga, y es en ese punto en el que estas compañías que proporcionan servicios energéticos se antojan como un ente clave.
Pivotar hacia la infraestructura de la inteligencia artificial es “clave para la evolución del petróleo y del gas”, afirmó Lorenzo Simonelli, CEO de Baker Hughes. Y tiene sentido cuando vemos que el número de plataformas petrolíferas de Estados Unidos se contrajo un 7% interanual en 2025, los márgenes se han contraído y la demanda de servicios de perforación están en entredicho.
A nivel empresarial, es una jugada maestra. Hablando de forma hipotética, cuando llegue la nueva crisis del petróleo y la caída del mercado tanto del crudo como del gas, las empresas que hayan pivotado a los centros de datos, pasando de ser proveedoras de servicio para las energéticas a serlo para las ‘Big Tech’, no tendrán que dar un volantazo en su estrategia porque ya estarán donde estará el dinero.
Porque esa es otra cuestión: si el nuevo oro de los MW para la IA será un negocio duradero o una fiebre pasajera.
Imagen | Freepik y Harpagornis
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