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la startup que capitaliza nuestro miedo a un enemigo invisible

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Los lugares donde podemos encontrar microplásticos van creciendo conforme pasa el tiempo. Ya los hemos detectado en testículos, lechugas, en el mar, la leche materna o incluso en el aire. Aprovechándose de esta creciente preocupación por este contaminante, hay una empresa londinense que está vendiendo una terapia ‘innovadora’: limpiar la sangre de los microplásticos a cambio de un pago de 11.500 euros la sesión.

Todavía no se conoce si los microplásticos están en la sangre. A día de hoy se han encontrado microplásticos en muchas partes de nuestro cuerpo, pero el hecho de que estén circulando por la sangre es algo que a día de hoy no reviste gravedad para nuestra salud. Aunque las empresas han visto la oportunidad para crear un gran negocio en torno a la salud y este contaminante.

Un tratamiento de lujo en el corazón de Londres. En la prestigiosa Harley Street, conocida por sus clínicas privadas y su clientela adinerada, entre 10 y 15 personas a la semana se sientan en un cómodo sillón para someterse al tratamiento de la empresa Clarify Clinics. El procedimiento, que dura unas dos horas, se asemeja a una sesión de diálisis. Aunque previamente hay que pagar 9.750 libras, lo que sería en torno a 11.500 euros. Algo que pagan las grandes estrellas como por ejemplo Orlando Bloom.

Una cánula extraer la sangre del paciente y la introduce en una máquina que separa el plasma de los glóbulos rojos. Este plasma pasa a través de un filtro diseñado para atrapar microplásticos y otros contaminantes como sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas. Una vez está ‘limpia’ la sangre, el plasma se recombina con las células sanguíneas y se reintroduce en el organismo.

Tan cómodo que se puede trabajar durante la terapia. En su intento por atraer a cada vez más pacientes, la propia CEO de Clarify Clinic apunta a que es una técnica “muy cómoda” según Wired. Tan cómoda es que reconoce que los pacientes hacen llamadas, se reúnen por Zoom o incluso ven una película mientras su sangre se limpia.

Indicado para unos pacientes con síntomas inespecíficos. Según la propia compañía, los clientes que acuden a su clínica comparten una fatiga crónica o ‘niebla mental’. Aunque la clínica también promociona sus tratamientos para personas que toman medicamentos para perder peso como Ozempic, parejas que buscan concebir o aquellos preocupados por la demencia. El resultado siempre es el mismo: salen como nuevos.

La ciencia no lo tiene claro. La comunidad científica ha demostrado que los microplásticos literalmente nos están rodeando. Pero no hay evidencias de sus efectos en el organismo. La propia OMS, en un informe publicado en 2019, concluyó que todavía no hay pruebas suficientes para determinar si suponen un riesgo para la salud humana. No sabemos si son seguros, pero tampoco conocemos los riesgos que podrían plantear como para crear terapias específicas para ‘desintoxicarnos’.

Si nos vamos a la web de esta clínica, lo cierto es que disponible de un apartado llamado ‘Ciencia’. Pero al entrar ofrece muchos datos, pero pocas referencias (por no decir ninguna) de investigaciones que hablen de los efectos sobre la salud de los microplásticos. Se limitan a lo que sabemos: su presencia en numerosos lugares. Pero, por otro lado, apuntan a que eliminan todos los efectos de este contaminante.

Todavía hace falta más investigación. Aunque algunos estudios han encontrado correlaciones preocupantes, la causalidad sigue siendo muy esquiva. Una revisión de 2022 asoció los microplásticos con daños en células humanas en laboratorio, pero no examinó los resultados de salud en personas vivas. Más recientemente, en un estudio publicado en la prestigiosa revista New England encontró que las personas con microplásticos en la placa grasa de sus arterias carótidas tenían un mayor riesgo de infarto y accidente cardiovascular.

Sin embargo, el estudio era observacional y no pudo probar que los microplásticos causaran ese mayor riesgo. Podría haber otros factores: los pacientes con microplásticos en sus arterias también eran más propensos a ser hombres, fumadores y a tener enfermedades cardiovasculares preexistentes.

Una terapia basada en lo anecdótico. Pese a que la evidencia es muy reducida, la CEO de Clarify Clinics vende su terapia como milagrosa gracias a los efectos que tiene en sus pacientes. Apunta a que se reportan mayores niveles de energía o mejor sueño, e incluso ella misma monitoriza su sueño con el anillo Oura y asegura que tras el tratamiento, su puntuación de sueño no ha bajado de 90, cuando antes un 70 era un buen resultado para ella.

Biohacking para ricos: una tendencia en auge. La limpieza de sangre de microplásticos se une a una creciente lista de tratamientos de alto costa y con dudosa evidencia científicas. Desde las inyecciones de células madre en Bahamas, hasta recibir una inyección de plasma de un niño para mantenerse joven.

Y es que en muchos casos estos tratamientos tienen un objetivo común: mantenerse jóvenes. Y para ello hay muchas personas que pueden invertir millones de dólares en terapias. Nuestra obsesión con este objetivo hace que hasta investigaciones estén apuntando a medicamentos que reviertan el envejecimiento humano, aunque sin pensar en las consecuencias que tenga.

Imágenes | FlyD Ozkan Guner

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Canarias acaba de encender la primera plataforma que genera electricidad “hirviendo” el océano

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Llevan décadas prometiéndonos que el océano sería la batería del futuro. La diferencia ahora es que alguien por fin ha enchufado el cable. La compañía británica Global OTEC ha instalado en las aguas de Canarias la primera plataforma flotante del mundo capaz de extraer energía directamente del calor del mar. No es un concepto. No es una simulación. Está ahí, en el Atlántico, funcionando.

El fin de la intermitencia. A diferencia de la energía eólica o la solar, que dependen de las condiciones meteorológicas, el océano ofrece una fuente constante y fiable las 24 horas del día. Es lo que los expertos denominan “energía de carga base”. Hasta ahora, la tecnología de Conversión de Energía Térmica Oceánica (OTEC, por sus siglas en inglés) se había probado en entornos terrestres. 

Hasta ahora, el principal obstáculo para llevar esta tecnología a escala real era infraestructural. Los prototipos terrestres necesitaban tuberías enormes para bombear agua fría desde las profundidades hasta la costa: kilómetros de instalación, costes desorbitados. Por ese motivo, la apuesta de Global OTEC ha sido mover la plataforma directamente al mar, eliminando ese recorrido. El resultado: un 80% menos de tubería. Y un modelo que, por primera vez, parece realmente escalable.

Un circuito cerrado que “recicla” el líquido. El sistema aprovecha, literalmente, la diferencia de temperatura que existe entre la superficie del mar y sus profundidades oscuras. El mecanismo es un circuito cerrado sumamente ingenioso:

  • Evaporación: El agua cálida de la superficie calienta un líquido especial que, por sus características químicas, entra en ebullición rápidamente.
  • Generación: Al hervir, este líquido se transforma en vapor, el cual empuja una turbina que, al girar, genera electricidad.
  • Reciclaje del ciclo: Para que el sistema no se detenga jamás, el vapor necesita volver a su estado líquido. Aquí es donde entra en juego la profunda tubería recién instalada, que succiona agua muy fría de las profundidades marinas para enfriar el vapor y reiniciar el ciclo.

Además de generar energía totalmente libre de emisiones de carbono, la instalación ocupa poco espacio y es silenciosa. Incluso ofrece un beneficio adicional invaluable para los ecosistemas insulares: la desalinización de agua dulce.

Un salvavidas ecológico. El proyecto no ha nacido pensando en alimentar grandes redes eléctricas continentales. Su objetivo es más concreto y, en cierta manera, más urgente. El consorcio europeo PLOTEC, que financia este desarrollo, tiene en el punto de mirar a los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo, los llamados SIDS. Son regiones que hoy dependen de generadores diésel, contaminantes y caros, y que además encajan de lleno en el cinturón de huracanes. Por eso la plataforma ha sido diseñada específicamente para aguantar tormentas tropicales extremas.

Canarias, el gran laboratorio de Europa. Que este hito mundial haya ocurrido en España no es casualidad. La plataforma se ha instalado en la Plataforma Oceánica de Canarias (PLOCAN). Según explica el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, se trata de una infraestructura gestionada por un consorcio financiado a partes iguales por el Estado y el Gobierno de Canarias. 

Este enclave se ha convertido en un auténtico foco de atracción tecnológica internacional. De acuerdo con un comunicado de PLOCAN, sus aguas no solo acogen proyectos térmicos, sino que a finales de 2026 también recibirán al proyecto europeo WHEEL, liderado por la ingeniería española ESTEYCO. Este demostrador de energía eólica marina flotante refuerza el papel de Canarias como enclave estratégico y posiciona a la región como uno de los principales polos europeos para el desarrollo y validación de tecnologías offshore

Próxima parada: el salto comercial. Con la plataforma oceánica ya instalada y la validación técnica en marcha en el Atlántico, el horizonte de esta tecnología parece despejado. “Este es el momento en el que la tecnología OTEC se aleja de los entornos controlados y pasa al mundo real”, afirma con rotundidad Dan Grech, fundador y CEO de Global OTEC. Su siguiente objetivo es instalar el primer módulo de energía comercial en Hawái, un mercado insular con todas las condiciones que esta tecnología necesita.

La compañía estima que existen más de 25 GW de capacidad diésel en islas tropicales que podrían ser candidatos a esta transición. Aunque conviene no perder de vista que pasar del prototipo a la escala comercial ha sido, históricamente, el valle de la muerte de muchas tecnologías energéticas prometedoras. La curva de aprendizaje que Grech compara con la del solar o el eólico tardó décadas en bajar los costes a niveles competitivos. Dicho esto, la plataforma está en el agua. Y eso, en este sector, ya es mucho.

Imagen | Global OTEC

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por qué en momentos de cansancio o ansiedad buscamos ciertos sabores y texturas

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Llegar al final de la jornada laboral, cerrar el ordenador y tener los niveles de ansiedad muy elevados son los componentes ideales para ir a la cocina casi automáticamente. Y no buscamos una comida saludable como una ensalada o una manzana, sino que el cerebro parece que está pidiendo con urgencia una pizza o un bote de helado. Y no es una cuestión de gula, sino que es neurobiología pura y dura. 

La evolución. Algo que conocemos bastante bien es que la relación del ser humano con la comida trasciende por completo la mera necesidad calórica de supervivencia, sino que es una de las herramientas primitivas más importantes de la regulación emocional.

Pero no siempre funciona en el sentido de comer cuantas más calorías, mejor. Y es que, mientras que el estrés crónico y el cansancio nos empujan hacia un atracón de carbohidratos, las emociones profundamente negativas, como la tristeza extrema o el duelo por perder a alguien, provocan exactamente lo contrario: el cierre hermético del estómago.

¿Por qué? Cuando hablamos de comer por estrés, la ciencia tiene bastante claro que este patrón no busca saciar el “hambre fisiológica” que todos sentimos para poder sobrevivir y que aparece de manera gradual y se sacia casi con cualquier cosa. Aquí hablamos específicamente de un “hambre emocional” que aparece de manera repentina y que se sacia con un alimento muy específico, y para nada sano. 

La culpa de este secuestro alimentario la tiene, en gran medida, el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal. Este es un sistema muy importante que ante una situación de estrés agudo, como por ejemplo cuando un coche está a punto de atropellarnos, libera una gran cantidad de adrenalina. En pocas palabras, es un sistema que nos prepara para luchar o huir, y lógicamente suprime el apetito porque en este momento de peligro, en lo último que ‘piensa’ el cuerpo es en hacer la digestión, sino que ‘piensa’ en mandar sangre a nuestros músculos para que funcionen a máximo rendimiento. 

El problema llega con el estrés crónico que nos puede generar el trabajo, las facturas o los estudios, donde el organismo está liberando de manera constante cortisol. Y esto es fundamental, puesto que como demostró el clásico estudio de la investigadora Elissa Epel, los altos niveles de cortisol reactivo alteran las señales de saciedad y envían un mensaje que avisa de que el organismo está en peligro constante y necesita almacenar energía rápidamente por si es necesario en un futuro. 

Aquí es donde vemos que nuestro sistema en general se desarrolló en un momento donde la comida no estaba siempre disponible, y todavía no se ha adaptado a la ‘vida moderna’ para no tener este tipo de reacciones. 

Los carbohidratos. No solo buscamos calorías, sino que buscamos un rescate neuroquímico. Aquí es donde el consumo de azúcares y grasas activa de forma explosiva el sistema de recompensa del cerebro, liberando un torrente de dopamina que es una forma de automedicación, ya que aquí la comida actúa temporalmente como un amortiguador del malestar emocional. 

Además, los carbohidratos simples juegan un papel fundamental en la síntesis de serotonina, el neurotransmisor asociado al bienestar y la calma. De esta manera, al ingerir un plato de pasta o un dulce, facilitamos que el triptófano cruce hacia el cerebro y el resultado es un efecto tranquilizador real, aunque efímero, que condiciona a nuestro cerebro a repetir la acción cada vez que nos sintamos muy agobiados.

El caso de la tristeza. Si el estrés nos empuja a la nevera, el dolor agudo y el duelo nos alejan de ella, ya que en el caso de estar triste es bastante común no tener apenas apetito, siendo también uno de los síntomas más clásicos de algunos tipos de depresión. Algo que lo vemos bastante lógico, pero la realidad es que hemos visto que la comida es reconfortante; la pregunta obligada sería: ¿por qué no ayuda en la tristeza? 

La razón. El duelo por la pérdida de alguien muy querido instaura en el organismo un estado de alarma biológica distinto al del estrés cotidiano que nos genera el trabajo o los estudios. La tristeza profunda activa el sistema nervioso simpático, manteniéndolo en una hipervigilancia agotadora, y esto es un problema. 

El problema radica en que la digestión está gestionada por el sistema parasimpático y el nervio vago y en este estado de tristeza está completamente inhibido, porque cuando el simpático se activa, el parasimpático se ‘apaga’. La consecuencia más inmediata es que el vaciado gástrico se ralentiza de forma drástica, provocando náuseas, sensación de nudo en el estómago y una incapacidad física para tragar o digerir sólidos. 

Prioridades. De esta manera, el cuerpo en su máximo estado de tristeza prioriza la supervivencia psíquica y el procesamiento emocional del trauma que se ha vivido por encima del mantenimiento metabólico rutinario. A partir de aquí, la comida simplemente pierde su sabor, y la incapacidad por sentir placer bloquea la liberación de dopamina que normalmente nos daría un bocado apetitoso y calórico. 

Una cuestión cultural. Dado que el estado de dolor provoca que alguien no se pueda alimentar correctamente o haga tareas cotidianas como cocinar, todas las culturas humanas han desarrollado rituales alimentarios en torno al duelo y la muerte. Esto se traduce en compartir comida en estos momentos de dolor o al menos dejarla disponible para todo aquel que la necesite. 

Pero también hemos visto cómo en algunas culturas se comparte comida tras un funeral para reforzar el tejido social. Aquí la comida actúa como un recordatorio tangible de que la vida continúa y de que el individuo no ha quedado aislado del grupo. 

Imágenes | Drazen Zigic en Magnific Robin Stickel

En Xataka | Comer frente a una pantalla no es una manía moderna: es el nuevo ritual social

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Mañana regresa a Prime Video uno de los principales héroes de acción de la plataforma, aunque lo hace en un formato inesperado

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Cuando Amazon cerró ‘Jack Ryan de Tom Clancy’ en julio de 2023, la cuarta y última temporada dejó un personaje con las cuentas saldadas. John Krasinski había pasado cinco años encarnando a un analista de la CIA perpetuamente desubicado en un mundo que le sobrepasaba. Pocos esperaban que volviera tan pronto al personaje y, sobre todo, que lo hiciera de esta forma: ‘Jack Ryan: Guerra encubierta’, la primera película derivada de la serie, llega este miércoles 20 de mayo a Prime Video.

Cuando Amazon estrenó la serie en 2018, el streaming aún era un fenómeno incipiente. Amazon necesitaba un producto de acción de alto presupuesto, y optó por este conocido analista de la CIA que ya había tenido cuatro intérpretes previos: Alec Baldwin, Harrison Ford, Ben Affleck y Chris Pine. Krasinski se quedó con el personaje durante toda la singladura televisiva, lo que permitió desarrollar al personaje con mayor detalle que sus anteriores encarnaciones. La serie fue un éxito: el 37% de los usuarios de Prime Video visionaron la serie durante el primer mes. 

En 2024, Amazon MGM Studios anunció la producción de una película que continuaría la serie. La última vez que vimos a Ryan protagonizar un largometraje fue en ‘Jack Ryan: Operación Sombra’ en 2014, con Chris Pine. Aquí, a Krasinski le acompaña Sienna Miller como agente del MI6. La trama sigue a Ryan, retirado de la acción pero arrastrado de vuelta cuando descubre una unidad de operaciones clandestinas corrupta conocida como Proyecto Starling.

La película llega en un momento peculiar para Prime Video. La plataforma ha construido en los últimos años un ecosistema de acción muy sólido, con series como ‘Fallout’, ‘The Boys’ y, sobre todo, ‘Reacher’, epítome de ese subgénero de thrillers y acción “para padres” al que también pertenece Jack Ryan. La tercera temporada de ‘Reacher’ acumuló 54,6 millones de espectadores globales en sus primeras dos semanas. No es de extrañar que Amazon ya haya sugerido que ‘Guerra encubierta’ no es un final, sino un nuevo capítulo.

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