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Hubo un día que Volkswagen quiso tener “el Bentley del pueblo”. Salió mal

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Si algo nos ha demostrado la historia del automóvil es que es completamente irracional, extremadamente competitiva y muy conservadora. El coche eléctrico lo está demostrando a las claras. El número de marcas se ha disparado y China quiere hacerse un hueco en suelo europeo. La realidad es que solo Tesla parece haber encontrado el camino correcto y China está avanzando en Europa… pero con motores de combustión.

Ese conservadurismo no es nuevo. Levantar una marca desde cero sólo es posible con un esfuerzo económico ingente, sostenido y casi ciego durante años y años (como Tesla), con la ayuda de medios estatales (como Xiaomi y su asociación con una de las compañías nacionales del automóvil chino). Pero también es casi imposible cambiar la percepción que el cliente tiene de ti.

Ganarse al cliente y ascender en los escalafones del mercado puede llevar décadas. Un buen ejemplo es Hyundai y Kia que tienen algunos de los coches más vendidos en nuestro país pero tuvieron que comenzar a ganar cuota de mercado vendiendo coches mucho más baratos que los de la competencia.

Pero los movimientos rápidos, los que quieren posicionar a una marca en un segmento superior casi desde la nada o los que buscan competir con las marcas premium con un modelo que iguala en características pero también en precio es, generalmente, un llamamiento al fracaso.

Hay un buen puñado de ejemplos y el Volkswagen Phaeton es, sin duda, uno de los más representativos.

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Historia de un fracaso

Por suerte para los que nos gustan los automóviles y para desgracia de los fabricantes, la compra de un coche es irracional. Tiene una parte inevitable de gusto estético pero también de percepción de calidad, de afinidad con la marca y de construcción de una imagen y una historia basada en el pasado.

Eso hace que, por ejemplo, Renault fracasara con los Vel Satis o Avantime pese a que eran muy buenos vehículos que trataron de posicionarse por encima de los generalistas. Tampoco ha conseguido Stellantis (y antes PSA) devolver a DS a su pasado de lujo pese a los múltiples intentos.

Y algo similar le sucedió al Volkswagen Phaeton. Por orden de Ferdinand Piëch, entonces presidente del Grupo Volkswagen, los germanos quisieron asaltar el mercado premium con una berlina que recibió el nombre de “el Bentley del pueblo”.

La intención fue la de pegarse con los Mercedes Clase S, BMW Serie 7 y, curiosamente por ser parte del grupo, con los Audi A8. La apuesta fue tan fuerte que ni si quiera se tanteó la posibilidad de igualar (o mejorar) en equipamiento y materiales a sus rivales con un precio más ajustado. Directamente se trató de asemejarse en todos los frentes (también en precio) y en los directivos de Volkswagen se llevaron un tortazo.

De hecho, el Volkswagen Phaeton ni si quiera era una versión del Audi A8. Sí, compartía algunos paneles en aluminio con la berlina de los cuatro aros, como explicaban en Km77 a principios de los años 2000, pero para el desarrollo se partió de una hoja en blanco y hasta se levantó la fábrica de Dresde de Volkswagen, conocida por sus estructura de vidrio y por ser la que, descontinuado el Phaeton, cobija a los modelos completamente eléctricos de la compañía.

En ese asalto a los cielos, el Phaeton se vendía por encima de los 66.000 euros por lo que miraba de tú a tú la triada germana. Un Audi A8 se vendía por aquel entonces ligeramente por debajo de los 69.000 euros. Un BMW Serie 7 partía de 67.500 euros. El Mercedes Clase S sí era sensiblemente más caro, partiendo de más de 71.000 euros.

En aquellos primeros años del nuevo siglo, todas las berlinas de lujo alemanas compartían dos cosas: todas tenían versiones por encima de los 120.000 euros. Y todas tenían motores gigantescos. Y el Volkswagen Phaeton no iba a ser menos.

Su motor más “pequeño” ya era todo un V6 en versiones diésel y gasolina. A partir de ahí, sólo cabía soñar. La apuesta de Volkswagen también se vendió con un V8 4.2 de gasolina, el famoso V10 5.0 TDI y un inacabable W12 6.0 de gasolina que se vendió con con versiones de 420 y 450 CV. La media de consumo de estos últimos rondaba (con las homologaciones de entonces) 14,5 litros/100 km de media.

Y de equipamiento el Phaeton tampoco iba mal servido: asientos calefactables, eléctricos con memoria y masaje, faros bi-xenón, climatizador de cuatro zonas, interiores en piel rematados con madera y la posibilidad de sustituir las plazas traseras por dos banquetas para mejorar el confort.

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Desarrollar el coche, por lo tanto, no iba a ser fácil. Al menos así lo atestiguan los 1.100 millones de euros que, según Autoweek, los germanos invirtieron en su desarrollo. Desde Automotive News, sin embargo, elevan la cifra a 2.000 millones de euros. Pero a pesar de lo caro del desarrollo y lo bueno del producto, vender el Phaeton tampoco fue sencillo. Hasta el punto que, según este último medio, los alemanes perdieron 28.101 euros por cada unidad vendida.

Hay que tener en cuenta que la compañía había hecho un esfuerzo ingente en maquinaria, empleados y una nueva fábrica (la planta de cristal de Dresde) para lanzar al mercado un coche que cumpliera con la calidad propia de un vehículo de su rango de precios.

Se dice que Ferdinand Piëch entregó una de serie de requisitos innegociables para poner el coche en la calle entre los que se encontraba la capacidad de mantener la temperatura del interior a 22ºC circulando de manera sostenida a 300 km/h con una temperatura exterior de 50ºC. Y todo pese a que el coche estaba limitado a 250 km/h. Únicamente por sobrestimar las capacidades del coche y que no hubiera ninguna puerta abierta a la decepción del cliente.

Pero el mercado no respondió pese a que Volkswagen llegó a registrar hasta 100 patentes durante su desarrollo. Las estimaciones que apuntaban a 20.000 unidades vendidas al año fueron imposibles de cumplir.

Incluso conforme pasaron los años. Porque durante la década y media que el coche estuvo a la venta sólo se vendieron 84.253 unidades. Las previsiones más optimistas de Volkswagen, recogen en Diariomotor, podían superar las 35.000 unidades vendidas. Y, como superéxito, los 50.000 coches vendidos.

Ver uno de esos Bentley del pueblo no fue tan complicado como ver un verdadero Bentley pero desde luego sí era una rareza comparado con sus rivales. En un mal año, como fue el 2024 para el Mercedes Clase S, la compañía colocó en el mercado más de 124.000 unidades pero en 2023 superó las 170.000 unidades.

Sobre el Phaeton, además, pesa otra losa. El motor V10 5.0 TDI que aquellos años montaba la berlina, pero también el Volkswagen Touareg, es conocido por sus problemas de fiabilidad. Eran relativamente habituales sus problemas con el turbo, la distribución y la electrónica. Pero, además, era un motor complicado de reparar, lo que todavía encarecía más las actuaciones sobre el mismo.

Y lo mismo sucede con la suspensión neumática. En ambos casos, eran una delicia cuando funcionaban correctamente pero este último componente también solía dar problemas y su reparación podría ser especialmente costosa. Es algo que destacan en Diariomotor si estás pensando en hacerte con uno de ellos.

El Volkswagen Phaeton era un coche de lujo y bien tratado puede ser un coche excelente para hoy en día pero fue todo un fracaso comercial para Volkswagen y un agujero para la marca. Y sí, también fue un agujero para alguno de sus compradores.

Fotos | Volkswagen

En Xataka | En 2007, Better Place decía recargar un coche eléctrico en cinco minutos. Esta es la historia de un fracaso estrepitoso

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“Adolescencia” se lleva cuatro galardones en los premios BAFTA, incluyendo mejor actor de reparto para Owen Cooper

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EFE.- La serie británica “Adolescencia” (Adolescence), de Netflix, se coronó este domingo como la gran triunfadora en la ceremonia de entrega de los premios BAFTA de televisión, tras acumular un total de cuatro máscaras doradas, incluida la categoría de mejor miniserie dramática.

“Adolescencia”, creada por los británicos Jack Thorne y Stephen Graham, relata la historia de Jamie (Owen Cooper), un niño de 13 años acusado del asesinato de una compañera de su escuela, y a lo largo de sus cuatro capítulos —rodados en plano secuencia— explora cómo internet impulsa la violencia, el acoso escolar o la misoginia entre los adolescentes.

El exitoso drama criminal de Netflix, que acumula 142 millones de visualizaciones y es el segundo título más visto de la historia de la plataforma (sólo por detrás de la primera temporada de “Merlina”), también partía como el favorito para estos BAFTA televisivos.

De hecho, el galardón inicial de la noche, el de mejor actor de reparto, fue a parar a manos del joven Owen Cooper, que con tan sólo 16 años se consagra como una de las grandes promesas del panorama actual, gracias a su celebrado debut actoral en “Adolescencia”.

Guiños a los Beatles

Cooper agregó así el primer BAFTA a su ya engrosada lista de éxitos, tras haber obtenido un Globo de Oro, un Emmy y un Actor Award, y rindió homenaje a los Beatles cuando subió a recoger la máscara dorada.

“En palabras de John Lennon: no conseguirás nada si no tienes la visión de imaginarlo. Así que creo que sólo necesitas tres cosas para ser exitoso: una obsesión, un sueño y, en tercer lugar, a los Beatles”, comentó el joven actor.

“Lo que necesitamos es amor, namasté”, dijo Stephen Graham —continuando la referencia de Cooper al cuarteto de su Liverpool natal— tras ganar el BAFTA a mejor actor protagonista por su papel en “Adolescencia”, pues además de estar detrás de la creación de la serie también interpreta a Eddie, el padre del niño.

La Academia británica de Cine y Televisión reconoció asimismo a Christine Demarco, que encarna a Manda, la madre de Cooper en “Adolescencia”, como mejor actriz de reparto.

A las cuatro máscaras conseguidas por la serie de Netflix este domingo hay que sumarle otros dos galardones, el de mejor dirección y mejor sonido, en los premios de la técnica, que se celebraron en una ceremonia diferente el fin de semana pasado.

Un foco en Medio Oriente

La gran sorpresa de la noche se dio en la categoría de mejor actriz, donde se impuso Narges Rashidi, por su papel protagonista en la miniserie de la BBC “Prisioner 951”, y quien recordó durante su discurso de aceptación que ella era una niña nacida en Irán “que sobrevivió a la guerra con siete años”.

“Otros muchos niños ahora en Irán, Gaza, Ucrania y Sudán nunca tendrán esa oportunidad. Las historias que contamos importan”, agregó la actriz.

El conflicto en Medio Oriente, o más bien su seguimiento periodístico, también obtuvo varios reconocimientos. El documental “Gaza: Médicos bajo ataque”, de la cadena británica Channel 4, consiguió el BAFTA en la categoría de actualidad, e “Israel-Irán: La guerra de los 12 días”, también del mismo medio, logró la máscara de mejor cobertura informativa.

“The Studio” y “Código de Silencio”, también premiadas

El BAFTA a mejor serie dramática se lo llevó el título de ITV “Code of Silence” (Código de Silencio), sobre una persona sorda que ofrece su ayuda a la policía gracias a su habilidad de leer los labios.

Aunque el grueso de la ceremonia celebró la excelencia de la televisión británica, también reconoció a la comedia estadounidense de Apple TV+ “The Studio”, protagonizada por el canadiense Seth Rogen y la fallecida Catherine O’Hara, como la mejor serie internacional.

La ceremonia, presentada por el comediante británico Greg Davies, hizo gala del característico humor británico y fue más desenfadada que la de los BAFTA de cine, si bien no faltaron los momentos emotivos, como el de la artista noruega Aurora, que puso voz al tradicional “In Memoriam”.

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El día que una pequeña disputa por la tecla Tab acabó revelando la gran diferencia entre IBM y Microsoft

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Hay compañías que han vivido tanto que su historia ya no se cuenta solo a través de grandes lanzamientos, adquisiciones o batallas comerciales. También se cuenta en los detalles pequeños, en esas escenas aparentemente menores que, vistas con el paso del tiempo, terminan explicando mejor una época que muchos comunicados oficiales. Microsoft e IBM pertenecen a esa categoría. Sus caminos se cruzaron cuando el ordenador personal todavía estaba definiendo muchas de sus reglas, y algunas de aquellas discusiones, incluso las más diminutas, dejaron al descubierto algo más profundo que una diferencia técnica.

La escena la ha recuperado Raymond Chen, un veterano ingeniero de Microsoft que lleva más de tres décadas vinculado a la evolución de Windows y que desde hace años reúne en The Old New Thing algunas de las historias más curiosas del ecosistema Windows y Microsoft. Chen no presenta el episodio como una vivencia propia, sino como el recuerdo de un colega que fue destinado a las oficinas de IBM en Boca Raton, Florida, durante la colaboración entre ambas compañías en OS/2.

OS/2 era mucho más que otro nombre perdido en la historia del software. IBM y Microsoft lo presentaron en 1987 como un sistema operativo pensado para la línea IBM PS/2 y llamado a llevar el PC más allá de las limitaciones de DOS, con una base más moderna y ambiciones propias de una informática que empezaba a mirar más lejos. La colaboración venía de un acuerdo de desarrollo conjunto firmado en 1985, cuando el proyecto todavía no se llamaba OS/2. En ese contexto, cualquier decisión de interfaz podía tener más peso del que parece hoy, porque muchas convenciones del PC moderno todavía estaban asentándose.

Dos compañías muy parecidas y también muy distintas

El problema es que aquella colaboración reunía a dos compañías en momentos muy distintos de su vida. Microsoft era todavía una empresa joven, muy pegada al software y a una manera de trabajar más directa, mientras que IBM llegaba con décadas de historia, una estructura enorme y el peso de una cultura corporativa mucho más asentada. Chen lo resume como un choque de percepciones: desde Microsoft se veía a IBM como atrapada en una burocracia sin sentido, y desde IBM se miraba a Microsoft como unos de hackers indisciplinados. Su propio matiz es importante: probablemente había algo de razón en ambas lecturas.

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La anécdota concreta empieza en Boca Raton, donde un colega de Chen trabajaba asignado a las oficinas de IBM. En algún momento surgió una discusión sobre qué tecla debía utilizarse para pasar de un campo a otro dentro de los cuadros de diálogo. El ingeniero de Microsoft tomó una decisión que hoy nos resulta casi invisible por lo asumida que está: usar Tab para esa función. A IBM no le convenció la elección y pidió que el asunto se elevara al responsable de aquel ingeniero en Redmond, una reacción que ya dejaba entrever hasta qué punto la discrepancia iba más allá de la propia tecla.

En Redmond, la petición no se entendió como un asunto que mereciera subir mucho más. El responsable del ingeniero respondió con una idea muy clara: si Microsoft había enviado a alguien a Boca Raton, era para que pudiera resolver allí decisiones como esa. Traducido a un tono más institucional, el mensaje que volvió a IBM fue que Microsoft apoyaba la elección de la tecla Tab. La reacción de IBM fue justo la contraria. En lugar de cerrar la discusión, la compañía la elevó por su propia cadena de mando hasta un vicepresidente, varios niveles por encima de quienes estaban programando.

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IBM no solo había elevado la discusión, también quería una respuesta a la misma altura jerárquica. Si su vicepresidente estaba en contra de usar Tab, Microsoft debía encontrar a alguien equivalente para sostener lo contrario. El colega de Chen respondió entonces con una frase maravillosa, traducida aquí al español: “La madre de Bill Gates no está interesada en la tecla Tab”. Era una forma bastante fina de decir que aquello no merecía seguir subiendo por el ascensor corporativo. No hacía falta subir hasta las alturas de Microsoft para decidir cómo se pasaba de un campo a otro en un cuadro de diálogo.

La frase funcionó, al menos según el relato de Chen: aparentemente, después de aquella respuesta, la discusión terminó y Tab se mantuvo como la tecla elegida para avanzar entre campos. El detalle tiene gracia porque hoy casi nadie se detiene a pensar en ello: simplemente pulsamos Tab y esperamos que el cursor salte al siguiente espacio disponible. Pero hubo un momento en el que esa convención no estaba tan cerrada. Y lo que vemos en esta historia es justamente eso: una pequeña decisión de interfaz convertida en terreno de choque entre costumbre, jerarquía y criterio técnico.

La fecha exacta, sin embargo, no aparece en el relato de Chen. Sabemos que el episodio pertenece a los años de colaboración entre Microsoft e IBM alrededor de OS/2, cuyo acuerdo de desarrollo conjunto se remonta a 1985 y cuya llegada pública se produjo en 1987. Eso nos permite acotar el contexto, pero no fijar el día ni el año de la discusión por Tab.

Hay muchas decisiones detrás de los productos y servicios que usamos a diario. Algunas son enormes y visibles, pero otras pasan por debajo del radar: una tecla, un gesto, una convención de interfaz que aprendemos una vez y repetimos durante años sin preguntarnos de dónde salió. Seguramente muchas tienen una historia detrás, aunque la mayoría nunca trasciende y otras no serían especialmente interesantes. De vez en cuando, sin embargo, aparece una anécdota como esta y nos permite asomarnos a algo que casi nunca vemos: cómo se manejan las cosas dentro de las empresas que construyen la tecnología que usamos.

Imágenes | Kaatvrtg (Wikimedia Commons) |

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El problema de comer chocolate a las 11 de la noche no son las calorías, es lo que le hace al sueño

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Hay gente que sigue auténticos rituales antes de irse a dormir, como por ejemplo una buena ducha para descargar toda la tensión del día, pero también tomar un poco de chocolate negro para poder endulzarse la boca antes de dormir. Una práctica que para muchos es algo que es una aberración, pero que para saber si de verdad es una mala idea hacerlo, tenemos que recurrir a la ciencia y a los estudios que hay acerca del chocolate. 

Un principio en contra. Para los detractores del chocolate nocturno, el enemigo no es el azúcar como tal, sino el propio chocolate y lo rico que es en las metilxantinas, que son alcaloides que estimulan el sistema nervioso central. Y aquí hay dos que destacan por encima de otras, como son la cafeína, que es bastante conocida, y la teobromina, que es el principal estimulante del chocolate negro. 

Aquí las revisiones científicas apuntan que estas sustancias actúan bloqueando los receptores donde se une la adenosina para que actúe. Y no es para menos, porque la adenosina es la molécula que se va acumulando en nuestro cerebro a lo largo del día para generar la “presión de sueño”. Pero si las metilxantinas bloquean el punto donde se tienen que unir para actuar, el cerebro no recibe la señal de que está cansado. 

Su problema. Aunque es cierto que la teobromina es más “suave” que la cafeína, su vida media en el cuerpo es prolongada. Esto significa que ese chocolate de las 11 de la noche podría estar todavía bloqueando tus ganas de dormir a las 2 de la mañana, aumentando la latencia de sueño y provocando más despertares nocturnos. 

La importancia del tiempo. La ciencia ahora mismo ha dejado de mirar solo las calorías para centrarse en la crononutrición, puesto que se apunta a que el chocolate influye en los ritmos circadianos según la hora a la que se toma. 

Aquí los estudios apuntan a que el chocolate puede ser un gran aliado para resincronizar el reloj biológico si se consume durante la fase activa por la mañana, pero tomarlo fuera de esta fase, cuando el cuerpo se prepara para el descanso, dificulta la sincronización de nuestros relojes periféricos. En resumen, le estamos enviando señales contradictorias al cuerpo. 

No todo es negativo. En ciencia no hay únicamente extremos, sino que podemos encontrar un gran espectro de grises en medio. Esto se debe a que también hay evidencia que matiza el mensaje de que el chocolate genera insomnio, porque en modelos animales el cacao puede mejorar ciertos desajustes del sueño inducidos por estrés crónico. 

Esto sugiere que, en contextos de alto estrés, los componentes antioxidantes y neuroprotectores del cacao podrían ayudar a ajustar el ritmo sueño-vigilia. No obstante, los investigadores advierten de que este beneficio se observa cuando el cacao forma parte de la dieta general, no necesariamente cuando se consume como una “bomba” de azúcar y estimulantes justo antes de apagar la luz. 

No es universal. El efecto del chocolate no se da en todos de la misma manera, haciendo que cada persona pueda vivirlo de manera diferente, dependiendo de la cantidad de chocolate que se tome y también de la sensibilización. Hay que tener muy presente que cada persona metaboliza a ritmo diferente, por lo que habrá gente que pueda tomar mucho chocolate y que estas moléculas no les afecten para nada. 

Imágenes | freepik

En Xataka | Algo extraño está pasando con la crisis del chocolate en España: los hogares consumen menos, pero mejora el negocio

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