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Intel va a encajar uno de los golpes más duros de su historia. Uno dirigido directamente a sus fábricas de chips
“Estas decisiones son difíciles, pero resultan esenciales para poder hacer frente a los desafíos a los que nos enfrentamos y a la situación financiera actual de la compañía. Es muy doloroso”. Estas palabras forman parte del comunicado que Naga Chandrasekaran, el vicepresidente de fabricación de Intel, envió a los empleados de esta empresa el sábado pasado. En su mensaje concreta que la junta directiva está preparando una reducción de la plantilla que oscilará entre el 15 y el 20%, así como que la mayor parte de los recortes llegará en julio.
Los desafíos a los que se enfrenta actualmente Intel superan con creces los otros retos que ha encarado durante su más de medio siglo de historia. El liderazgo que ha sostenido durante décadas en la industria de la fabricación de circuitos integrados está en las manos de la compañía taiwanesa TSMC desde mediados de la década de los 2000. Además, el estancamiento durante los últimos años del mercado del PC y la lentitud con la que Intel ha participado en la industria de la inteligencia artificial (IA) la han colocado en una posición muy comprometida.
En julio de 2024 la compañía que en aquel momento lideraba Pat Gelsinger se dio un batacazo tremendo en la Bolsa. Sus acciones cayeron un 30% en pocos días y se estabilizaron en el valor que tenían en 2011. Además, Intel perdió 1.600 millones de dólares durante el segundo trimestre de 2024 y sus ingresos interanuales cayeron un 1%. Estas circunstancias desencadenaron una crisis que aún hoy persiste.
Este recorte va a tener un impacto inevitable en las fábricas de Intel
El pasado 2 de agosto Intel anunció que estaba a punto de iniciar un plan de ajuste estructural que perseguía reducir los costes de la compañía e incrementar su agilidad a la hora de adaptarse a los desafíos que impone el mercado actualmente. Su objetivo era despedir al 15% de la plantilla (más de 15.000 empleados) y reducir los costes en aproximadamente 10.000 millones de dólares. Pat Gelsinger había declarado poco antes que Intel era ineficiente debido a que tenía una estructura excesivamente compleja.
Aún es pronto para identificar cómo afectará esta medida a la competitividad y el rendimiento de las fábricas de Intel
Ni siquiera el propio Gelsinger “sobrevivió” a este proceso de regeneración. El pasado 2 de diciembre este ejecutivo salió de una forma un tanto precipitada de la compañía, cuyo rumbo fue incierto hasta que el pasado 18 de marzo Lip-Bu Tan tomó las riendas de Intel. Este veterano físico e ingeniero nuclear se apresuró a confirmar que dos de los pilares de su estrategia perseguirían reforzar la posición de la compañía en el mercado de la IA y reposicionar a Intel como una empresa líder en la industria de la fabricación de circuitos integrados.
Poco después de su llegada se filtró que Lip-Bu Tan planeaba poner en marcha un nuevo recorte de la plantilla de Intel en un claro intento de reducir sus gastos operativos, entre los que se contabilizan los costes de personal o los gastos en mercadotecnia. La cifra que barajaba la compañía en esta ocasión ascendía al 20% de su fuerza laboral, lo que en la práctica implicaba prescindir de aproximadamente 20.000 trabajadores. Estas personas se suman a los más de 15.000 empleados de los que Intel ha prescindido durante los últimos meses de 2024.
Ahora sabemos algo más. Del comunicado que ha enviado Naga Chandrasekaran hace apenas cuatro días a los empleados de Intel se desprende que durante las próximas semanas se verán obligados a dejar sus puestos de trabajo entre 8.000 y 10.900 trabajadores de las fábricas que tiene esta compañía diseminadas por todo el planeta. No obstante, presumiblemente la planta más afectada será la mayor de todas: la de Oregón (EEUU). Aún es pronto para identificar cómo afectará esta medida a la competitividad y el rendimiento de las fábricas de Intel, pero su envergadura nos invita a prever que tendrá un impacto profundo en la infraestructura de producción de esta compañía.
Imagen | Intel
Más información | Oregon Live
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Si la pregunta es cómo evitar que nuestro coche sea un horno, unos expertos alemanes creen que llevamos toda la vida equivocándonos
Playa por la mañana, visita al chiringuito y siesta en la casita alquilada. No suena mal. Uno sale del chiringuito con la tripa llena y el alma embriagada de la dulce sensación de despreocupación que te invade cuando llega el postre y dices “por qué no me iba a comer ese helado de tres bolas”.
Pero al ir al coche, la dura realidad. El sol golpea como nunca. Tocar cualquier cosa dentro del coche es jugarse una visita al hospital con una quemadura de segundo grado y no parece haber manera de bajar la temperatura del interior. “Pero si yo puse el parasol”, dirás. Pero… ay, amigo. ¿Y si lo has puesto mal? ¿Y si lo has hecho todo al revés?
Eso es lo que defienden los expertos alemanes del ADAC, una suerte de RACE alemán famoso por sus estudios de fiabilidad pero que ponen el foco en todo aquello que gira alrededor de nuestros coches. Y su última publicación es un buen ejemplo de ello.
Más “fresquito”
El club de automovilistas ADAC ha publicado un artículo en el que explica qué temperatura alcanza un coche al sol y qué medidas podemos tomar para reducir la temperatura que nos encontraremos en su interior.
Hay que tener en cuenta que la temperatura del habitáculo en un coche no solo es importante por evitar quemaduras al tocar el volante o la palanca de cambios. Según la DGT, conducir en un interior que supere los 30 grados puede tener efectos sobre nuestro organismo similar a conducir bajo los efectos del alcohol.
Por eso, cuando llegamos a un coche que está aparcado al sol es importante intentar rebajar la temperatura lo antes posible. La mejor idea es poner en marcha lo que se viralizó como “el truco japonés”: abrir las ventanas y abanicar el coche con la propia puerta para mover el aire del interior e intentar que salga lo antes posible. Si pones el aire acondicionado, debes jugar con él para lanzarlo a los pies o el techo en función de si estamos o no conduciendo y las ventanillas están o no abiertas.
Pero para facilitar la tarea, es muy importante tomar precauciones antes. Una de ellas es, por supuesto, el parasol. Desde el RACC aseguran que utilizar el parasol puede reducir hasta 11 grados la temperatura interior del vehículo. Llegamos a nuestro destino, pillamos el parasol en la zona superior y nos cercioramos que cubra toda la superficie del parabrisas, cerramos el coche y nos vamos.
¿Seguro?
Lo que dicen los expertos del ADAC esta no es la mejor manera de actuar. Para ello han puesto al sol a cinco Dacia Sandero exactamente iguales y han buscado cuál es la mejor manera de conseguir que la temperatura del habitáculo sea la más baja posible.
En su estudio, el coche que estaba sin protección alcanzó una temperatura interior de 53ºC (benditos 53ºC si los comparamos con las temperaturas que puede alcanzar el interior de nuestro coche al sol en España) y la temperatura más baja se había conseguido cubriendo el coche con una lona que refleja los rayos solares. Evidentemente, esta opción es la menos práctica por el tamaño de la lona que hay que mover en el maletero y por las inconveniencias de ponerla y quitarla. Eso sí, los 43ºC conseguidos en el interior marcaban la diferencia.
La segunda opción menos útil fue poner un paño blanco sobre el coche. En este caso, la temperatura alcanzada fue de 50ºC.
Y aquí llega lo interesante porque es la opción que más utilizamos. Los expertos probaron a poner el parasol dentro del coche, bajo el parabrisas, y fuera del coche, sobre el parabrisas. Y el resultado fue que ponerlo sobre el parabrisas redujo en 4ºC la temperatura respecto a ponerlo bajo el cristal. De hecho, poner el parasol sobre el parabrisas dejó la temperatura en 45ºC, muy cerca de la mejor opción. Al contrario, poner el parabrisas de la manera tradicional dejó la temperatura interior en 49ºC.

“Semigaraje” es la traducción que hace Google sobre ponerle al coche una lona que lo recubra
Lo cierto es que tiene sentido. Cuando el sol actúa directamente sobre el cristal del coche, éste se calienta y actúa de lupa por lo que la temperatura en el habitáculo sube todavía más. Además, el propio cristal emite más calor al interior al estar caliente, por eso no es del todo recomendable comprar un coche con techo solar sin cortinilla si vives en climas especialmente cálidos. En ese caso, el calor del cristal se proyecta sobre las cabezas de los pasajeros.
Poniendo el parabrisas en el interior evitamos que los rayos incidan directamente sobre el cristal y, por tanto, esa capacidad para retener el calor y elevar más la temperatura es inferior. En ese caso, lo que debemos hacer antes de irnos es “pillar” unas cintas del parasol al cerrar las puertas para que el parasol no salga volando.
Foto | Andrew Bone
En Xataka | La mejor manera de utilizar el aire acondicionado en el coche: las claves para luchar contra el calor
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Llevamos décadas enfriando las casas con máquinas cada vez más caras. El método persa no consume un solo vatio desde hace 2.500 años
Durante décadas, el aire acondicionado ha sido la gran respuesta al calor. Cuanto más subían las temperaturas, más potente era la máquina que instalábamos. Sin embargo, hace más de 2.500 años, en una ciudad del desierto iraní, alguien planteó una idea completamente distinta: quizá el problema no era cómo enfriar una casa, sino cómo construirla para que nunca llegara a calentarse demasiado.
El calor tiene un nuevo enemigo. El planeta atraviesa una escalada de temperaturas sin precedentes y los edificios están empezando a pagar la factura. Las fachadas de cristal convierten oficinas y viviendas en auténticos invernaderos, el hormigón acumula calor durante horas y las ciudades irradian por la noche la energía absorbida durante el día.
La consecuencia es una dependencia cada vez mayor del aire acondicionado. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, los sistemas de refrigeración ya consumen alrededor del 20% de toda la electricidad mundial, una cifra que seguirá creciendo a medida que las olas de calor sean más frecuentes.
El rediseño persa. En pleno altiplano iraní se encuentra Yazd, una ciudad donde las temperaturas estivales superan con facilidad los 40 ºC y donde sobrevivir nunca fue una cuestión de comodidad, sino de ingeniería. Allí apareció uno de los sistemas de refrigeración pasiva más sofisticados jamás concebidos: el bâdgir, conocido como captador de viento.
Su planteamiento era radicalmente distinto al actual. En lugar de combatir el calor una vez había entrado en la vivienda, la propia arquitectura se encargaba de capturar el aire fresco, expulsar el caliente y mantener un interior habitable sin consumir electricidad.

Yazd
El “método persa”: una forma de pensar. A primera vista, un bâdgir parece una chimenea alta y decorativa que sobresale de los tejados. En realidad, es un sistema cuidadosamente calculado para aprovechar dos fenómenos naturales.
Por un lado, captura las corrientes de aire que circulan varios metros por encima del suelo y las canaliza hacia el interior. Por otro, incluso cuando apenas sopla viento, actúa como una chimenea solar: el aire caliente asciende por la torre y, al escapar, genera una depresión que atrae aire más fresco hacia el edificio. En muchas viviendas ese flujo pasaba además sobre depósitos subterráneos de agua o canales conectados a los qanats, aumentando todavía más el efecto refrigerante.

Un bâdgir en Yazd
Una ciudad diseñada para el clima. Lo verdaderamente extraordinario de Yazd es que el bâdgir no funcionaba de manera aislada. Formaba parte de un ecosistema arquitectónico donde cada elemento cumplía una función. Los gruesos muros de adobe absorbían lentamente el calor. Los patios interiores creaban microclimas protegidos del sol.
Los qanats transportaban agua subterránea desde las montañas y ayudaban a refrescar el aire. Incluso existían los yakhchal, enormes estructuras capaces de fabricar y conservar hielo durante meses en mitad del desierto. El resultado era una ciudad concebida para trabajar con el clima, no contra él.

Yakhchal en Yazd
Y llegó el aire acondicionado. Durante el siglo XX, gran parte de Oriente Medio y otras regiones cálidas abrazaron modelos arquitectónicos importados que poco tenían que ver con sus condiciones climáticas. El hormigón sustituyó al adobe, las fachadas acristaladas reemplazaron a los muros macizos y las soluciones pasivas fueron cediendo terreno a los sistemas mecánicos.
Muchos bâdgir quedaron abandonados por la falta de mantenimiento, por la entrada de polvo o insectos y, sobre todo, porque el aire acondicionado ofrecía una respuesta inmediata. El problema es que también trasladó el consumo energético al centro de la ecuación y convirtió la refrigeración en una necesidad permanente.


La ironía de Occidente. Mientras muchas torres de viento caían en desuso en Irán, sus principios empezaban a reaparecer discretamente en otros lugares del mundo. Entre finales de los años setenta y mediados de los noventa se instalaron miles de versiones modernas de captadores de viento en edificios públicos británicos. Centros comerciales, hospitales y colegios incorporaron sistemas de ventilación inspirados en aquellos diseños milenarios.
En Estados Unidos, el centro de visitantes del Parque Nacional Zion consiguió reducir drásticamente la necesidad de aire acondicionado gracias a estrategias de refrigeración pasiva basadas en el mismo concepto. Hoy arquitectos e ingenieros recurren a simulaciones por ordenador para optimizar una tecnología que nació hace siglos observando simplemente cómo se movía el viento.
El futuro quizás no está en máquinas más eficientes. La arquitectura contemporánea empieza a asumir una idea que durante décadas quedó relegada a un segundo plano: el edificio también forma parte del sistema de climatización. Normativas recientes en países como Reino Unido priorizan la sombra, la ventilación natural y la reducción de la ganancia solar antes de recurrir a soluciones mecánicas.
Persianas exteriores, lamas, cubiertas vegetales, materiales con alta inercia térmica o patios vuelven a ganar protagonismo. Incluso quienes defienden el uso del aire acondicionado coinciden en que estas medidas pueden reducir de forma notable su consumo energético.
La gran lección: no repetir el mismo error. La historia del método persa y su bâdgir no demuestra que debamos renunciar al aire acondicionado. Demuestra algo mucho más incómodo: durante décadas hemos intentado solucionar el calor añadiendo máquinas a edificios que, en muchos casos, fueron diseñados como si el clima no importara.
Los persas siguieron el camino contrario hace más de dos milenios. Antes de pensar en cómo enfriar una casa, pensaron en cómo construir una que necesitara enfriarse lo menos posible. Quizá la tecnología más revolucionaria para afrontar las próximas olas de calor no sea una máquina nueva, sino recuperar una vieja idea que llevaba siglos esperando en los tejados del desierto.
Imagen | Mohammad Hosseini, Diego Delso, Pastaitaken, Dinkun Chen
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Los restos humanos más antiguos de la Antártida tienen más de 200 años. El problema es que eso no tiene ningún sentido
En 1912, el explorador británico Robert Falcon Scott llegó al Polo Sur convencido de que sería el primero en pisarlo. Allí encontró una sorpresa inesperada: una tienda de campaña con la bandera noruega y una carta de Roald Amundsen demostraban que alguien se le había adelantado más de un mes. La historia de la exploración polar está llena de “primeras veces” que, con el paso del tiempo, han acabado siendo revisadas.
Los restos que no deberían estar. La Antártida nunca ha tenido una población permanente. Cuando los seres humanos llegaron a sus costas, ya era un continente demasiado frío y aislado para ser habitado sin tecnología moderna.
Por eso resulta tan desconcertante que los restos humanos más antiguos encontrados allí pertenezcan a una mujer fallecida entre 1819 y 1825, justo cuando apenas comenzaban las primeras exploraciones documentadas del continente.
Un cráneo semienterrado. El hallazgo se produjo en 1985, cuando el biólogo chileno Daniel Torres Navarro encontró un cráneo parcialmente enterrado en la playa Yámana, en el cabo Shirreff.
Años después aparecieron otros huesos dispersos, entre ellos un fémur, que probablemente pertenecían a la misma persona. Los análisis apuntan a que era una mujer joven, posiblemente de origen chileno, cuya muerte se produjo en algún momento entre 1819 y 1825.
La cronología convierte el hallazgo en un puzzle. El problema no es solo quién era aquella mujer, sino cuándo murió. La primera observación confirmada de la Antártida suele atribuirse a la expedición rusa de Fabian Gottlieb von Bellingshausen en 1820.
Si la datación de los restos es correcta, la mujer vivió exactamente durante el periodo en el que las primeras expediciones apenas empezaban a acercarse al continente. Esa coincidencia temporal hace extremadamente difícil explicar cómo acabó en una de las regiones más inhóspitas del planeta.

La primera expedición rusa a la Antártida (1819-1821)
Las hipótesis y el misterio. Los investigadores manejan varias posibilidades. La primera plantea que pudiera formar parte de un grupo de cazadores de focas del siglo XIX que la abandonó tras su muerte. La segunda propone que falleciera a bordo de un barco, fuera enterrada en el mar (como era habitual entonces) y que las corrientes, junto con aves carroñeras, dispersaran posteriormente sus restos hasta la playa donde fueron encontrados.
Ninguna de estas explicaciones ha podido demostrarse y, cuatro décadas después del descubrimiento, siguen sin aparecer nuevos restos que permitan reconstruir lo sucedido.
La alternativa. Mientras ese enigma sigue abierto, otro estudio invita a revisar otra de las grandes certezas sobre el continente. Investigadores de la Universidad de Otago sostienen que navegantes polinesios, y en particular el explorador Hui Te Rangiora, pudieron alcanzar las aguas antárticas ya en el siglo VII.
La hipótesis se apoya en tradiciones orales maoríes que describen un océano helado, grandes masas de hielo y un paisaje oscuro y cubierto de niebla, descripciones que algunos especialistas consideran compatibles con el océano Austral.
Entre las leyendas y las pruebas arqueológicas. Los autores del estudio dejan claro que estas tradiciones no constituyen una demostración definitiva de que los maoríes llegaran a contemplar la Antártida. Sin embargo, sí cuestionan la idea de que la historia del continente comenzara exclusivamente con las expediciones europeas del siglo XIX y reivindican el papel de las tradiciones indígenas en la reconstrucción de las grandes exploraciones oceánicas.
Si esa interpretación terminara confirmándose, el primer contacto humano con el extremo sur del planeta sería más de mil años anterior a lo que suele aparecer en los libros de historia.
Dos investigaciones que obligan a mirar con otros ojos. Los dos estudios hablan de épocas muy diferentes, pero convergen en una misma conclusión: todavía sabemos sorprendentemente poco sobre los primeros contactos humanos con el continente más aislado de la Tierra. Uno plantea que navegantes polinesios pudieron llegar mucho antes de lo que se creía. El otro recuerda que los restos humanos más antiguos encontrados allí pertenecen a una mujer cuya presencia sigue siendo extraordinariamente difícil de explicar.
Dos siglos después de su muerte, el mayor misterio no es quién era, sino por qué apareció en el único continente donde, sencillamente, nadie esperaba encontrarla.
Imagen | US Embassy, Bourrichon
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