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qué es el “bloqueo escandinavo” y cómo nos afecta
Un cambio en las condiciones atmosféricas del norte de Europa viene gestándose desde hace varias semanas. A mediados del mes pasado los meteorólogos advertían de la cercanía de la situación que denominamos “bloqueo escandinavo” y, sobre todo, de cómo afecta a nuestras latitudes.
Un bloqueo a la vista. Los meteorólogos prevén para los próximos días unas condiciones meteorológicas condicionadas por una situación de bloqueo atmosférico causado por un anticiclón ubicado sobre las islas británicas. Esto nos traerá un tiempo inestable y frío.
Bloqueo escandinavo. La situación a la que llamamos bloqueo escandinavo se produce por la aparición de un anticiclón de boqueo en latitudes altas. Aunque su nombre haga referencia a la península nórdica, esta situación anticiclónica puede manifestarse en distintas pares del norte de Europa.
Desviando las borrascas. Estos anticiclones “bloquean” el paso de las borrascas y por ello el anticiclón de las Azores nos suele proteger de las borrascas que nos alcanzan en su ausencia desde el Atlántico; pero también desvían estas. Esto puede causar que masas de aire frío procedentes del norte de Europa alcancen también latitudes más bajas de lo habitual, pudiendo llegar así a la Península.
Inestabilidad, en el Mediterráneo. Los meteorólogos esperan que esto se traduzca durante esta semana en un repunte de las tormentas en la costa mediterránea, especialmente en el centro y norte, tanto en la península como en Baleares. En el resto del territorio predominará la estabilidad. Las previsiones de la Agencia Estatal de Meteorología hablan incluso de temperaturas elevadas para la época en Canarias.
La situación de bloqueo se prolongará la semana que viene según las previsiones, pero habrá que esperar antes de saber en qué medida esto acaba afectando a nuestras latitudes.
Patty, una borrasca poco profunda. Otro fenómeno significativo al que han estado atentos los meteorólogos es la tormenta tropical Patty, que, ya reconvertida en borrasca, alcanzaba esta semana el oeste peninsular. A diferencia de lo que hemos visto en tormentas previas, la fuerza arrastrada por Patty fue tan solo la propia de una borrasca poco profunda.
Imagen | ECMWF
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consume más luz que la ciudad de San Francisco en plena hora punta
Llegar tarde a la carrera de la IA supone quedarse atrás. Tenemos el caso de Apple que acaba de hincar la rodilla y usará los modelos de Google para mejorar Siri. Sin embargo, hay otro caso contrario con xAI, una empresa que nació en 2023, cuando ChatGPT ya estaba más que crecidito, y que hoy en día se ha hecho un hueco entre las más grandes, incluso llegando a adelantarlas.
Qué ha pasado. xAI acaba de inaugurar Colossus 2, su nuevo centro de datos situado en Memphis, Tenessee. Que una empresa de IA inaugure un centro de datos no es nada llamativo, dado el ritmo al que los están construyendo, pero en este caso hablamos del primer cluster de entrenamiento de IA de 1 gigavatio de potencia. Por ponerlo en contexto, es más electricidad que la demanda en hora punta en la ciudad de San Francisco. Elon Musk ha presumido en X y ha asegurado que para abril quieren ampliar a 1,5 gigavatios.
Colossus 2, en cifras. Colossus 1 cuenta con 230.000 GPUs y el nuevo cluster ha subido la apuesta con más de medio millón de GPUs y también es uno de los más caros que se han construido. Según el informe de EpochAI, la inversión ha alcanzado los 44.000 millones de dólares. Se espera que el centro Microsoft Fairwater lo supere tanto en inversión como en potencia, pero todavía está en fase de construcción.
Infraestructura sí, gracias. Puede que xAI no tenga el mejor chatbot, pero quieren tenerlo y eso pasa por crear infraestructura más rápido que sus rivales. Con Colossus 1, la compañía completó su construcción en sólo 122 días, todo un hito. Colossus 2 tardó algo más (el proyecto empezó en marzo de 2025), pero en sólo seis meses ya tenía instalados 200MW de capacidad de refrigeración, lo que según Semianalysis es mucho más rápido que otros megaproyectos de Oracle y OpenAI.
Pisando el acelerador. Como decíamos, xAI nació en 2023, un momento en el que ya había empresas consolidadas en el sector. En el gráfico de Semianalysis, se ve perfectamente el acelerón que han dado en capacidad de entrenamiento. A principios de 2024 estaban a la cola en capacidad y para septiembre de 2025 se habían colocado segundos por detrás de OpenAI. Al margen de las polémicas de Grok (que no han sido pocas) ha quedado claro que apostar por la infraestructura ha sido clave para que xAI se ponga al nivel de sus rivales.
Polémicas. Alimentar estos mastodontes no es tarea fácil y para ello la empresa de Musk desplegó hasta 35 turbinas de gas con una capacidad de más de 400 megavatios. El problema es que contaminan una barbaridad y Memphis ya tiene una pésima calidad del aire, tanto que se la conoce como la “capital del asma”. Además, no tenía permiso para tener tantas turbinas, así que Musk tuvo una idea: Colossus está junto a la frontera con Mississippi, otro estado en el que la ley sobre emisiones es más laxa, así que movió parte de las turbinas allí.
Imagen | xAI
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EEUU invadió Venezuela con la perfidia. Una carta apunta a que hay algo más simple y primitivo con Groenlandia: la vendetta
La crisis de Groenlandia ha dejado de ser un rifirrafe diplomático para convertirse en un pulso abierto entre Washington y sus aliados, y eso significa un deterioro acelerado de la confianza dentro de la OTAN. Mientras Dinamarca ha enviado más tropas a la isla, una carta apunta a una idea que no estaba en las quinielas: que el germen de todo viene dado por una cuestión de venganza.
La grieta atlántica. Las posiciones en estos momentos son claras: Trump insiste en que Estados Unidos debe “adquirir” una isla estratégica y rica en minerales, mientras Dinamarca y Groenlandia repiten que no está en venta y alertan de un clima en el que la amenaza de fuerza ya no es un tabú.
Por su parte, Europa empieza a hablar no solo de indignación política sino de respuestas económicas y de seguridad, porque lo que parecía una excentricidad de campaña se está transformando en una crisis estructural sobre soberanía, alianzas y credibilidad. Mientras tanto, Rusia observa con palomitas y desde la barrera cómo el bloque occidental se va fracturando por dentro.
De la perfidia a la vendetta. El elemento más inquietante no es solo el objetivo, sino el verdadero motivo que Trump ha dejado entrever: si en otros escenarios recientes Washington pudo recurrir a la perfidia (la ingeniería del engaño, el movimiento calculado, la operación que se disfraza de otra cosa) aquí asoma algo más simple, cruel y primitivo, la vendetta.
No lo decimos nosotros, el propio Trump ha vinculado su determinación con no haber recibido el Nobel de la Paz en una carta al ministro noruego, como si una humillación simbólica bastara para romper los frenos mentales y justificar que ya no se sienta obligado a “pensar puramente en la paz”. Ese giro emocional lo convierte todo en imprevisible: ya no sería una disputa fría sobre el Ártico, sino un ajuste de cuentas personal elevado a doctrina, una mezcla explosiva de narcisismo herido y poder estatal que degrada cualquier coartada racional y deja a sus aliados sin un terreno estable sobre el que negociar.


La amenaza económica y el lenguaje del chantaje. La escalada se concreta en un esquema de presión que suena más a ultimátum que a diplomacia entre socios: como contamos ayer, Trump amenaza con aranceles del 10% a Dinamarca y a varios países europeos, con la promesa de subirlos al 25% si no hay acuerdo.
No solo eso. En paralelo se reserva el “no comment” cuando le preguntan por el uso de la fuerza, un silencio que funciona como amenaza en sí mismo, porque permite que cada gesto se interprete como preparatorio. Europa, por su parte, empieza a hablar de contramedidas y de activar instrumentos de presión comercial, dejando claro que entiende el movimiento como extorsión política. Dicho de otra forma, la soberanía pasa a ser moneda de cambio, y la economía se convierte en el mecanismo para doblar la voluntad de un aliado.

Nuuk
El gesto que encendió todo. Contaba el Financial Times esta mañana una historia reveladora. Al parecer, la chispa que ha encendido todo es casi ridícula por el tamaño de las cifras: el envío de un soldado británico, dos finlandeses y pequeños destacamentos daneses, franceses y alemanes que llegan para un ejercicio concebido como señal de compromiso con la seguridad ártica y solidaridad con Copenhague.
El mensaje europeo pretendía ser tranquilizador, como diciendo que la región no está desatendida y que los aliados se toman en serio el flanco norte, pero Trump lo interpretó como desafío respondiendo con represalias comerciales, como si esa presencia simbólica fuera una provocación antiamericana. Ahí apareció un problema central de la crisis: lo que para unos es un gesto defensivo, para la Casa Blanca se convierte en una afrenta que confirmaría su relato de que Europa le planta cara.
La isla se militariza. Frente a esa lectura agresiva, Dinamarca ha subido la apuesta en el terreno con un refuerzo más visible y con mayor carga política, enviando más soldados de combate y al propio jefe del Ejército a Groenlandia. Se suman a los aproximadamente 200 efectivos ya desplegados entre Nuuk y Kangerlussuaq en el marco de Arctic Endurance, que además se acelera e intensifica precisamente por la escalada verbal de Trump, como si el ejercicio pasara de rutina a advertencia.
En paralelo, las imágenes de soldados patrullando el centro de Nuuk y la presencia de un buque de guerra danés patrullando la costa proyectan la sensación de que la isla ha entrado en una fase nueva, donde la normalidad se militariza sin necesidad de disparos.


NORAD mueve piezas. Los analistas de TWZ también hacían énfasis a otro movimiento que ocurre al mismo tiempo. NORAD anunció el envío de tropas y aeronaves a Groenlandia para apoyar actividades “planificadas desde hace tiempo” y “rutinarias”, subrayando que no están vinculadas a la crisis actual.
Puede que el calendario sea real, pero el efecto político es inseparable del contexto: en plena escalada, cualquier movimiento estadounidense en la isla parece un mensaje, y cualquier explicación suena a fórmula de manual.
El ”argumento de seguridad”. Con el paso de las semanas, ademas, el pretexto estratégico de Trump empieza a sonar cada vez más vacío, porque Europa intenta cubrir la misma necesidad (reforzar el Ártico) y aun así la presión estadounidense no se relaja.
De hecho, para muchos observadores, el envío europeo destapa el motivo real, porque si el problema era que Groenlandia estaba expuesta a Rusia o China, entonces una mayor presencia aliada debería ser la solución, no el detonante.


Chagos como munición. The Guardian contaba hace unas horas otra vía: Trump ha remachado su visión del mundo usando el caso de las islas Chagos como ejemplo moral al revés, tildando de “gran estupidez” a que Reino Unido ceda soberanía a Mauricio aunque mantenga la isla de Diego García arrendada 99 años para la base conjunta.
En su relato, ese acto demuestra debilidad, y esa debilidad es lo que China y Rusia “solo entienden” como oportunidad, de modo que Groenlandia “debe” ser adquirida por razones de seguridad nacional. La lógica es simplista: no manda el derecho ni la historia, sino la fuerza, y lo que se entrega por acuerdo se interpreta como una suerte de concesión vergonzosa, incluso si es un arreglo para sostener una instalación militar.
Mientras tanto, en Groenlandia. Desde el comienzo de la crisis la población groenlandesa no aparece como sujeto pasivo, sino como actor que rechaza de forma mayoritaria la idea de integrarse en Estados Unidos. Las protestas en Nuuk, con consignas directas y sin diplomacia, reflejan el temor a que el debate se haya desplazado desde la “cooperación” hacia la “anexión”.
Ese miedo se ha refrendado cuando las reuniones trilaterales dejan relatos diametralmente distintos: mientras Dinamarca y Groenlandia creen haber salido con un grupo de trabajo para explorar salidas, la administración Trump lo vende como el arranque de conversaciones técnicas sobre la adquisición. Una discrepancia surrealista que no es un matiz, sino más bien un aviso de que Washington intenta encarrilar el proceso hacia un final predeterminado.
Una situación cada vez más fea. Lo más peligroso es que el deterioro no parece que dependa de un único momento de ruptura, sino de una suma de señales que empujan en la misma dirección: refuerzos daneses, movimientos estadounidenses, amenazas arancelarias y una retórica cada vez más personalista.
En ese contexto, la vendetta que asoma en la carta de Trump no solo explica el tono, también la imprevisibilidad, porque introduce una motivación que no necesita que tenga sentido estratégico alguno para seguir escalando. Por eso la situación se vuelve cada vez más fea, porque lo que está en juego ya no es solo Groenlandia, sino la idea de que un aliado puede tratar el territorio de otro como botín negociable, y que la OTAN podría descubrir demasiado tarde que en realidad nunca ha tenido los suficientes mecanismos para frenar una crisis nacida del ego.
Imagen | Arctic Warrior, IToldYa, Quintin Soloviev, NATO North Atlantic Treaty Organization, United Nations
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ahora todo el mundo quiere llenar el cielo
Lanzar los primeros satélites comerciales, Telstar-1 y Telstar-2, costaba casi 400.000 dólares por kilogramo en los años 60. Hoy cuesta unos 6.500 dólares por kilo si se hace uso del programa Falcon 9 de SpaceX para enviar cargamento, según datos del fondo de capital riesgo Kfund. La drástica reducción de costes ha habilitado que los organismos y empresas envíen cada vez más satélites al año y, por consiguiente, que la órbita terrestre se sature a un ritmo sin precedentes.
Llenando el cielo. Lo que antes era territorio exclusivo de gobiernos y grandes corporaciones ahora está al alcance de startups con presupuestos modestos. FOSSA Systems, una empresa española, ha desplegado más de 20 satélites con menos de 10 millones de euros de financiación total, según cuenta Kfund. En España, el número de objetos lanzados al espacio se ha más que triplicado entre 2021 y 2024, pasando de 21 a 69 payloads. A nivel global, el cambio es aún más dramático, pues si bien antes hacían falta décadas para desplegar constelaciones enteras, ahora eso se consigue en cuestión de meses.
Cambios. La caída de precios se debe sobre todo a una serie de factores convergentes. Por un lado la reutilización de cohetes que han perfeccionado desde SpaceX. Además de ello, ahora existe una estandarización de satélites (de máquinas gigantes y personalizadas a microsatélites modulares), mientras también se están aprovechando economías de escala.
Todo indica que el coste por kilogramo seguiría tendiendo a la baja, y el siguiente salto podría venir de Starship, el cohete de carga pesada de SpaceX que promete reducir aún más los costes.
Más satélites, también más problemas. Esta democratización ha supuesto un escenario complicado. Ahora la barrera de entrada para enviar objetos al espacio es mucho más baja que antes, por lo que también aumenta el riesgo de lanzar satélites sin coordinación centralizada. Hace un tiempo también hablamos sobre el riesgo de colisión, que se ha acelerado en los últimos años debido a la masificación de la órbita baja terrestre.
Entre las consecuencias nos encontramos con basura espacial que crece exponencialmente (cada colisión genera fragmentos que pueden causar nuevas colisiones), interferencias entre frecuencias de comunicación, y una creciente militarización orbital difícil de monitorizar.
Marcos jurídicos insuficientes. El espacio exterior funciona bajo tratados internacionales diseñados desde la Guerra Fría, cuando solo dos potencias tenían capacidad de acceso orbital. Hoy, con cientos de operadores privados y estatales, esos marcos jurídicos resultan insuficientes. Por esto mismo, las limitaciones sobre cuántos satélites pueda lanzar un operador, dónde deben ubicarse o dónde terminan al final de su vida útil son temas que no son gestionados por ninguna autoridad global.
El resultado es una especie de “tragedia de los comunes” orbital en la que todos se benefician del acceso barato, pero nadie asume completamente los costes de este masivo tráfico.
Fragmentación. “El mundo está cambiando continuamente, en algunos lugares más rápido que antes”, señala Silviu Pirvu, Chairman y CTO de Optimal Cities, a la firma Kfund. La infraestructura espacial nos sirve más que nunca para responder a crisis, gestionar riesgos o tomar decisiones en tiempo real, aunque el panorama de control y gobernanza de esta misma infraestructura es peliagudo.
Mientras tanto, Europa intenta ganar soberanía con iniciativas como IRIS² para reducir la dependencia de proveedores no europeos, pero la fragmentación regulatoria persiste.
Los riesgos a largo plazo. La comunidad científica lleva años advirtiendo sobre el síndrome de Kessler: un escenario en el que la densidad de objetos en órbita baja alcanza un punto crítico donde las colisiones en cascada hacen inviable el uso de ciertas órbitas durante generaciones. Aunque estamos lejos de ese extremo, cada año que pasa sin regulación efectiva nos acerca a esa realidad.
La Agencia Espacial Europea estima que ya hay más de 36.000 objetos de más de 10 centímetros en órbita, la mayoría basura.
Regular un bien común. Hay varias preguntas sobre la mesa, pero quizás la más interesante sería saber cómo se regula un bien común global cuando existen incentivos comerciales y estratégicos que empujan a una dirección contraria. A pesar de que existen numerosos sistemas de monitorización espacial, como el SSA (Space Situational Awareness) de la ESA, esta capacidad no es una solución al problema de fondo para establecer límites.
Imagen de portada | ESA
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