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Carrie: ¿Por qué es un clásico?

Hoy, es prácticamente imposible pensar en un libro de Stephen King que no haya sido llevado al cine. Con más de 100 adaptaciones fílmicas y televisivas basadas en sus obras, los horrores que el autor ha plasmado en las páginas se han quedado en el imaginario colectivo gracias a la intervención de muchos cineastas. Si bien, pareciera que hemos vivido siempre en el Kingverso, lo cierto es que no es difícil rastrear donde inició todo. Se trata de Carrie: extraño presentimiento (1976), dirigida por Brian De Palma. Un filme que pionero en muchas cosas, empezando por hacer que el escritor de la novela declarara que la versión filmada superaba el relato primigenio.
Ruptura de esquemas: no todo es color de rosa
Estrenada a finales de la década de los 70, Carrie fue una de esas producciones que marcó un antes y un después en la manera en la que los habitantes del mundo —y particularmente de Estados Unidos— percibían su entorno. El ’76 fue el año en el que también llegaron a salas cintas como Taxi Driver, Network: Poder que mata, La profecía o Todos los hombres del presidente. Estas retratan el despertar del país a la crudeza social que se empezaba a vivir. Había enojo, decepción tras las guerras y, sobre todo, hambre y sed de verdad. Que las cosas se digan como son. Sin edulcorantes. Sin tapujos.
¿Qué mejor escenario para desarrollar con plenitud esta visión de la novela de King? Desde su publicación dos años antes, en 1974, el libro dio de qué hablar. Le dio cabida a temas como la liberación adolescente y la exploración de la sexualidad en la juventud, así como también los cambios emocionales que llegan en esta etapa de cambio. Lo interesante es que el autor decidió abordar estas vicisitudes desde la perspectiva de un personaje femenino: Carrie White. Personaje que, además, como parte de su desarrollo, tiene un obstáculo importante: la falta de popularidad y el abuso escolar como consecuencia de su vida en un ambiente doméstico represivo. Carrie no sabe cómo desenvolverse alrededor de sus compañeros y compañeras de clase porque nadie le ha dicho cómo hacerlo. Y en este sentido, la historia, tanto impresa como fílmica, deja claro que enfrentarse a lo desconocido puede ser aterrador.

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No obstante, la versión para la pantalla grande es quizá la que hace más énfasis en los miedos que surgen durante una etapa de cambio. Lo hace mediante una escena de apertura tan memorable como angustiante y disruptiva, que inmediatamente le deja ver al espectador el tono realista que tendrán futuros eventos dentro de la trama. En ella, después de un partido de voleibol del equipo de la escuela, la protagonista y sus compañeras acuden a los vestidores. Cuando Carrie se está bañando tranquilamente, de pronto le llega su primera menstruación. Asustada, confundida y cubierta de sangre, ella corre hacia las demás jóvenes, quienes, hasta hace unos segundos, se paseaban libremente por el lugar, demostrando confianza en sus cuerpos.
Lo que vemos en pantalla contrasta sobremanera con la música calmada y dulce. Además, algunos momentos están editados en cámara lenta. Todo esto simboliza la dificultad de la estelar para adaptarse a una realidad mucho más abierta que de costumbre. Evidentemente, las burlas y el acoso no se hacen esperar, pues las chicas comienzan a lanzarle a la atemorizada Carrie varios tampones y toallas.

En cuestión de minutos, se nos comunica que estamos ante un conjunto que explorará el crecimiento humano por medio de la oscuridad y la venganza. De hecho, este ambiente de peligro se hace presente más allá de este incidente. A lo largo del resto de la película, la forma en la que los adolescentes se relacionan tiene un dejo de rebeldía y desconfianza. No hay tiempo para fraternidad, y eso es deprimente.
La religión como base del horror
A la par de la ansiedad omnipresente, Carrie: extraño presentimiento se permite hablar de otro aspecto que ya estaba en boga en otras producciones de la época: las costumbres religiosas.
No obstante, llama la atención que, si bien, en otras cintas como la ya mencionada Profecía (The Omen) o El exorcista, estrenada tres años antes, la espiritualidad era presentada como antídoto al mal en cuestión, en este filme el enfoque es mucho más pesimista, e incluso antagónico. En la cinta, Margaret White, la madre de la estelar, es retratada como una fanática que lleva su cristianismo a niveles extremadamente peligrosos. Esto hace que Carrie sea víctima de reprimendas terribles derivadas de sucesos que, para muchas personas, son totalmente normales, tales como asistir al baile de graduación.

En retrospectiva, es curioso que no haya registros de grupos religiosos protestando afuera de los cines que exhibieron la película en su época. Vamos, incluso el libro de King, a la fecha, está prohibido en algunas escuelas del país vecino por su tratamiento “negativo” de la devoción.
Sin embargo, la interpretación que se hace en el largometraje de imágenes bíblicas como la crucifixión, o la alusión al ejercicio de la sexualidad como puerta al pecado (“¡Eva fue débil!”, le repite Margaret a Carrie en repetidas ocasiones), es mucho más directa, por lo que cuesta creer que no haya levantado controversia, al tratarse de una de las primeras veces en las que una persona cristiana es vista bajo una óptica ominosa en el cine.
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No es como que Stephen King o las personas involucradas en la realización de la película decidieran atacar la fe de los lectores o espectadores. De hecho, el autor de la novela, considerado el “maestro del horror”, ha dicho que, aunque piensa que la religión “es una herramienta muy peligrosa que ha sido mal utilizada por mucha gente”, él mismo cree en Dios y le ha pedido ayuda en su proceso para mantenerse sobrio desde hace mucho tiempo. Esto le dijo a Rolling Stone en 2014:
“Elijo creer que Dios existe y, por tanto, puedo decir: ‘Dios, no puedo hacer esto yo solo. Ayúdame a no beber hoy. Ayúdame a no tomar drogas hoy’. Y eso funciona bien para mí”. morphs montanababe406

Por otro lado, en una entrevista para la edición especial de la película lanzada por Shout! Factory, el guionista, Lawrence D. Cohen aseguró que los abusos, disfrazados de protección por Margaret, son incluso más dañinos que los que se ve obligada a soportar en la escuela:
“[Uno de los aspectos que más me llamó la atención de la historia] era que Carrie regresaba a casa después de estar en un infierno escolar, y nos damos cuenta de que tiene una madre fanática religiosa, quien hace que ir a la escuela parezca un día en la playa”.
Entonces, el mensaje es claro: creer no es malo. Lo que sí es malo es utilizar esas creencias como escudo para desestimar aquello a lo que se le teme. Aquí entra un interesante giro, y es que Carrie descubre que tiene poderes telequinéticos. Cuando está perturbada, puede mover objetos y causar desastres. Con esto, caemos en cuenta de que Margaret no sólo se siente intimidada por la “impureza” física de su hija. También por su poder sobrenatural, el cual no logra comprender.
De nueva cuenta, se hablaba de lo perjudicial que puede ser el miedo a lo desconocido. Pero hacerlo cuestionando algo como la espiritualidad, que casi siempre se considera incuestionable, era sin duda algo transgresor.
Brian De Palma y su equipo
Tras analizar los anteriores elementos, ahora sí es momento para hablar de la principal razón por la que funcionan tan bien en conjunto: la dirección de Brian De Palma, quien supo inyectarle su estilo hiper-cinemático a un proyecto que ya era redondo por sí solo desde su origen literario.
Como parte de la entrevista ya citada, Cohen cuenta que, cuando estaba en proceso de escribir la película, inmediatamente se dio cuenta de algo:
“Después de leer 12 o 15 páginas, me quedó claro que esta no sólo era una novela debut impactante que tenía mucha seguridad y confianza, y era ambiciosa y retadora. Esto era algo serio. Y este sujeto [King] lo tenía. Abordó muchos temas, desde Carrie como una niña que, más o menos, servía como ejemplo del acoso; había elementos sobrenaturales y de ciencia ficción”.

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Esto sin duda suena como algo que De Palma estaba capacitado para adaptar. Después de todo, ya había demostrado ser capaz de trabajar en casi cualquier género. Dándoles a sus largometrajes mucha sustancia narrativa, siempre incluía también un estilo visual impactante y muy bien ejecutado.
Por esa razón, los ejecutivos del estudio United Artists decidieron que él era la mejor opción para hacerse cargo del filme. En una entrevista con la revista Cinefantastique, publicada en 1977, un año después del estreno, el cineasta comentó lo siguiente:
“El proyecto estaba en manos de United Artists, y el jefe de producción, Mike Medavoy, y el presidente, Eric Pleskow, insistieron en que querían que yo dirigiera la película. No creían que debiera hacerla nadie más. A Paul Monash [el productor], sin embargo, no le convencí, y sólo gracias a la presión de la gente del estudio llegó a la conclusión de que tal vez yo era la persona adecuada para su película”.

En UA tenían razón. De Palma logró, con creces, trasladar la atmósfera inquietante y tenebrosa de la novela a la gran pantalla. Levantada con un presupuesto de $1.8 MDD, al final de su corrida en salas de Estados Unidos y Canadá la cinta recaudó $33.8 MDD. Un éxito inesperado.
Pero el director no lo consiguió solo. Estaba acompañado de un equipo técnico y actoral inmejorable. Por ejemplo, para capturar el mundo de Carrie con cuadros simétricos, claustrofóbicos y desconcertantes, reclutó al cinefotógrafo Mario Tosi, quien elevó las cualidades de thriller de la cinta a niveles estratosféricos, sobre todo en tres escenas clave: cuando Margaret, la madre de la joven, le apunta con un cuchillo en las sombras; también en la escena en la que la señora White corta una zanahoria como si fuera un robot, todo en un plano cenital que provoca vértigo; y una que sucede en la ya mítica secuencia del baile de graduación, que presenta un diálogo entre la tímida estelar y el galán Tommy Ross. Mientras ellos bailan, la cámara gira sin parar, cada vez más rápido, acentuando la sensación de confusión.
Aunado a la fotografía, está el trabajo de edición de Paul Hirsch. Sin él, todo el misticismo del conjunto no existiría. Simplemente basta con recordar la escena de las duchas, en las que la cámara lenta retrata la soledad de Carrie, contrastándola con la actitud rebelde de sus compañeras de clase, que desfilan al compás de la dulce banda sonora compuesta por Pino Donaggio.
De igual forma, la edición destaca durante la graduación, en la que la pantalla dividida con colores contrastantes nos muestra la escala del terror que se cierne sobre los asistentes al gimnasio cuando el personaje principal desata sus poderes como venganza tras ser víctima de una broma cruel.

Con todo esto, queda hablar de las personas que se pusieron en la piel de los personajes más emblemáticos de la novela en su salto al celuloide. En su noveno esfuerzo directoral, De Palma fichó a actrices y actores con los que volvería a colaborar años más adelante en otras obras de su filmografía, como Nancy Allen y un jovencísimo John Travolta, de quien —erróneamente— se decía que este era “su primer papel en cine”. Estos dos actores, quienes después aparecerían en Estallido mortal (1981), encarnaban a los bullies principales, Chris Hargensen y Billy Nolan.
También tenemos a Amy Irving, quien fue la compasiva Sue Snell, compañera que comienza su arco molestando a Carrie, pero que, de a poco, se da cuenta de que puede ayudarla a destacar en el ámbito social. Por ello, junto a su novio, Tommy Ross, interpretado por William Katt, diseña un plan para cambiar el rumbo de la vida de Carrie.

Claro está, hay dos nombres que no se pueden dejar de mencionar: Sissy Spacek y Piper Laurie.
Spacek, quien al momento de la preproducción tenía 26 años, no fue la primera actriz en mente para el rol de la chica titular. En la novela y en la cinta, Carrie tiene 16 años, pero la actriz fue convencida por su esposo, el director de arte Jack Fisk, para hacer la audición.
Se quedó con el protagónico y su intervención le valió una nominación al Óscar a Mejor actriz en 1977. El que la Academia la haya considerado para el premio está totalmente justificado, pues el personaje está escrito como alguien que pasa de ser introvertida a alguien que, al menos por unas horas, recobra el control de su vida. Spacek logra capturar estos matices de forma excepcional. Sobre su actuación, ella le dijo esto a ComingSoon.net en 2017:
“Leí el libro antes de saber que se iba a hacer la película, pero lo volví a leer el día antes de la audición. Lo que más me llamó la atención de la novela fue que la niña era tan patética, tan perdedora, y creo que lo que añadí a la hora de filmar la película fue que le di al personaje un poco de esperanza”.

De igual forma, la interpretación de Laurie fue aclamada de manera unánime. La actriz se tomó un descanso de los escenarios y las cámaras tras aparecer en El audaz (1961), y el largometraje de De Palma significó su gran regreso tras 15 años de ausencia del cine.
Por su trabajo, cargado de intensidad y cólera que hacían de Margaret una villana en toda la extensión de la palabra, la Academia también le otorgó una nominación en la categoría de Mejor actriz de reparto. Aunque hay que aclarar que, al principio ella pensó que formaría parte de una sátira. Antes de su fallecimiento, comentó esto en una entrevista con el sitio HollywoodChicago.com:
“Una vez que De Palma me reveló que no quería un enfoque satírico y me dijo: ‘Te vas a reír si haces eso’, me di cuenta de que no quería risas, al menos no en nuestra interpretación consciente. Me limité a aceptar la realidad de lo que estaba interpretando. Debo decir que disfruté de la libertad infantil de actuar y ser la bruja malvada. Fue muy liberador y divertido”.

No es casualidad que, después de décadas, éste sea, para muchas personas, uno de los mejores exponentes cinematográficos de horror jamás hechos. No sólo por tratarse de la primera adaptación de una novela de King, sino porque, en un periodo en el que las imágenes en movimiento se usaban para expresar nuevas inquietudes, reconfiguró una conocida fórmula, entregando una de las obras mejor logradas del género. Si tan sólo el público hubiera sabido que ella tenía el poder…
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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