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La historia de los subtítulos: superar la barrera de una pulgada de altura

La historia de los subtítulos es importante porque, probablemente, es la mayor muestra de unidad en el mundo del séptimo arte. Si se analiza a fondo, se trata de una lucha masiva por la inclusión, que no sólo favoreció a ciertos grupos, sino a gran parte de la población que busca poder disfrutar del entretenimiento sin condición alguna.
Destaca la forma en que múltiples personas se esforzaron para probar que las diferencias de idioma no deben ser vistas, bajo ninguna circunstancia, como una limitación, sino como una oportunidad de aprendizaje: desde elegantes trazos en cartón hasta intérpretes en vivo, pasando por codificación digital. Todo con el objetivo de vivir al máximo cada escena.

Sin más, los invitamos a adentrarse en la historia de los subtítulos.
¿Qué dices?
Desde tiempos del cine mudo ya existía curiosidad por descubrir lo que decían los personajes de las películas que se veían dentro de la sala. Fue así como se crearon los intertítulos, que son las “tarjetillas” con texto que indicaban las acciones o los diálogos de los personajes. Casi desde que se comprobó la viabilidad de la técnica, múltiples producciones la utilizaron para darle dinamismo a los relatos en pantalla, e incluso se contrataban artistas para diseñar los conjuntos de letras que irrumpían en la narrativa.
Quienes inmediatamente comenzaron a sacarle provecho a la inserción de texto dentro de los fotogramas fueron Thomas Edison y los hermanos Lumière. Sin embargo, otros inventores y cineastas comenzaron a experimentar. Uno de ellos fue Georges Méliès, quien, con la ayuda del inventor británico Robert W. Paul, creó en 1896 una variación del kinetoscopio llamada “Cinematograph Camera No. 1” (vía The Artifice).
Lo interesante de este aparato es que incorporaba un mecanismo que permitía llevar a cabo una maniobra que Paul había descubierto por accidente, denominada “doble exposición”, misma que consiste en no pasar el carrete que ya está utilizado y filmar una nueva toma sobre la secuencia ya existente. Hoy, esto se conoce comúnmente como superposición.

Este descubrimiento no sería usado a máxima capacidad sino hasta 1901, en la película Scrooge, or, Marley’s Ghost y en 1903, con Alicia en el país de las maravillas. Ese mismo año se estrenaría La cabaña del tío Tom, de Edwin S. Porter. Por alguna extraña razón, esta última es acreditada en numerosos sitios web como la primera cinta con intertítulos o tarjetas, lo cual claramente no puede ser posible a menos que… todas las películas que ya los habían utilizado dejaran de existir de repente.
En 1907 surgió la cinta College Chums, también de Porter, en la cual una pareja aparece hablando por teléfono. Esta es una obra recordada por muchos, pues muestra fotografías de los protagonistas en ambos extremos de la toma, mientras su conversación flota en el aire de un lado al otro, efecto que se considera precursor de aquellas líneas formadas por símbolos que estamos acostumbrados a ver en pantalla.

A partir de entonces, los intertítulos estarían presentes en casi todo gran metraje que se preciara de serlo. Claro, había cambios constantes en las técnicas. Curiosamente, superponer el texto con la toma en movimiento era algo que, al parecer, no muchos querían hacer. Lástima, pues era algo realmente visionario. Eso sí, el hecho de que los intertítulos fueran casi un requerimiento estándar abrió paso para la creación de las primeras secuencias de créditos, pues se volvió necesario que la audiencia conociera los nombres de quienes participaron en la producción, delante y detrás de las cámaras.

El ingenio y la interpretación
Cada vez eran más y más los filmes que se producían en Estados Unidos y Europa, pues los estudios continuaban creciendo. Así, empezaron a surgir preocupaciones con respecto a la forma en la que las obras serían presentadas en mercados extranjeros, donde ya había mucha expectativa por recibir nuevas historias. Según el portal Translation Journal, en un principio lo que se hacía era exportar las cintas en su estado original para que, una vez que estuvieran en los países destino, las tarjetillas fueran editadas, traducidas y finalmente reinsertadas, cosa que no era muy difícil de hacer. Llama la atención que, además, en caso de no poder recurrir a este método, se ideaban otras alternativas, como el “live dubbing”, o doblaje en vivo, hecho por actrices y actores que se escondían detrás de la pantalla. ¡Casi siempre improvisaban los diálogos! Además, un narrador –que sí era visible para la audiencia y estaba en el escenario en todo momento– describía la historia y traducía lo incluido en los cartones.
Pero, aunque estos experimentos eran sin duda interesantes, la industria seguiría intentando expandirse en el campo de la interpretación con letras.
¡Démosle la bienvenida al sistema actual!
En 1909 aparecería un nuevo método que, aunque no se convirtió en el predilecto, sí que contribuyó a la historia de los subtítulos y al panorama actual: consistía en la utilización de un sciopticon –proyector de diapositivas parecido a una linterna mágica– por medio del cual se insertaban manualmente láminas de cristal que contenían las interpretaciones de los intertítulos, las cuales aparecían debajo de la tarjeta dibujada (vía Collot Baca). Sin embargo, esto requería de extremo cuidado y mucha rapidez por parte de quien estuviera a cargo de la proyección, pues la sincronización era imperativa. Es importante señalar que, en múltiples sitios, libros y ensayos académicos, la creación de esta técnica se le atribuye a alguien de nombre M.N. Topp –bien pudo ser un inventor o inventora–, persona que, al parecer, patentó el sistema. No hay más rastro suyo, salvo por breves menciones aquí y allá. ¿Existirá realmente, o será un seudónimo colectivo? Este último dato hay que tomarlo con cautela.

De manera similar, en Dinamarca se intentó proyectar dos cintas en simultáneo, en dos máquinas separadas: un carrete tenía impresos los títulos y otro las imágenes. No obstante, la sincronización siguió siendo un problema, puesto que la traducción no llegaba a tiempo y el público no entendía bien lo que sucedía.
Llegamos a 1920, año en que se lanzó otro de los proyectos más cercanos a la tecnología contemporánea. El dramaturgo Abraham S. Schomer presentó la película The Chamber Mystery, que fue revolucionaria en su momento porque dentro de las secuencias los diálogos de los personajes se presentaban como globos o burbujas de diálogo– insertadas en posproducción– que los seguían a cada paso que daban mientras hablaban (vía Shadowplay). Con esto, el filme adquiría un estilo visual cuasicaricaturesco y muy atractivo, pero desafortunadamente, la obra pasó sin pena ni gloria y es hasta ahora que se le reconoce como una pieza clave en la historia de los subtítulos, con alta influencia en el ámbito audiovisual.

Continúa leyendo: La historia de los subtítulos
La era de los intertítulos poco a poco se desvanecía, pero todavía quedan unas últimas innovaciones por conocer, mismas que llegarían de la mano de Wilhelm Prager, productor alemán que, en 1924 y 1928, debutó algunos documentales deportivos. Estas obras presentaban una mezcla de tarjetas y títulos superpuestos, muy parecidos a los de Robert W. Paul. Sin embargo, ahora no sólo se veían palabras cortas, sino que se trataba de grandes rótulos con comentarios alusivos a las carreras y también los nombres de los atletas.

Se confirma la efectividad
Poco después, el mundo conocería a Herman G. Weinberg, quien quería ser violinista y, de hecho, se dedicaba a hacer arreglos a las bandas sonoras de las películas que llegaban desde Alemania a Estados Unidos. Así como era aficionado a la música, pronto se volvería adepto a la traducción. El punto es que él, al igual que “Topp”, también colocaba las palabras en la parte inferior del cuadro. Sobre esto, dijo lo siguiente (vía):
“Me preguntaba si [los asistentes a la función] moverían su cabeza un poco para leer los títulos abajo en la pantalla y luego levantarla después de leerlos, pero no me preocupó […] Me di cuenta de que no movían la cabeza, apenas y bajaban los ojos”.

El efecto fue posible gracias a una máquina Moviola, que permitía editar una película al mismo tiempo que se veía, proceso que acortaba tiempos y servía para realizar de mejor manera la visión que desde el inicio se tenía para una historia.
Con el paso del tiempo, Herman llegaría a subtitular más de 300 cintas, además de que sus descubrimientos serían utilizados ampliamente cuando llegó…
El cine sonoro
1927 fue un año genial para la industria fílmica, y para la historia de los subtítulos, pues se estrenó la película El cantante de Jazz, la cual contenía las primeras secuencias con diálogos y canciones totalmente audibles. Tal fue el éxito y furor por el musical, que Warner Bros. comenzó a exportarlo en otros lugares, estrenándolo en París dos años después, el 26 de enero 1929, en la que es considerada la primera función subtitulada de una película con sonido. Esto fue producto de una mezcla de todos los trabajos indicados anteriormente.

Parecería que los franceses estarían encantados con la ilusión que tenían frente a sus ojos, ¿no? Pues, tristemente… no fue así. Algunos espectadores encontraron interesante la propuesta, pero la gran mayoría lo veía como una molestia o impedimento para disfrutar la función, así que pidieron que se utilizaran otros métodos de traducción. Se hicieron los primeros intentos por crear diálogos pregrabados, pero no funcionó, porque los estudios que se formaron para trabajar en esto no percibían ganancias. Hoy, la industria del doblaje prospera bastante, aunque esa es otra historia.
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Durante las décadas de los 30, 40 y 50, ante la poca viabilidad de los sistemas probados, las personas alrededor del planeta se tuvieron que adaptar a lo que había, así que la historia de los subtítulos siguió su curso. Noruega, Suecia, Finlandia, Hungría, entre muchas otras regiones, en las cuales la unión simultánea de imágenes y texto sí había tenido resultado, entraron al rescate.
Japón era uno de estos países interesados en continuar la tradición. Ahí, los encargados de traducir casi todo el material audiovisual disponible eran Shimizu Shunji y Tamaru Yukihiko, quienes ya habían presentado una modalidad en la que los títulos corrían a un lado de la película, con la pantalla dividida en dos. De a poco, ambos se fueron actualizando e incluso pasaron sus conocimientos a otros. Fueron reconocidos por presentar este arte a varios sectores de la población.
Mientras tanto, Noruega, Suecia, Hungría y Estocolmo también harían avances significativos en la historia de los subtítulos. Además, ¿adivinan quiénes regresaron al negocio? Así es: en Francia también era momento de abrazar lo inevitable. En estos lugares se optó por utilizar soluciones químicas o reacciones térmicas para estampar las letras en la cinta. Sobre el subtitulaje químico, la traductora francesa Maï Boiron comenta lo siguiente (vía):
“Usando un microscopio, releía cada placa pequeña de zinc con que se marcaban los subtítulos en la película, cuadro por cuadro”.

De nueva cuenta, el internet atribuyó el hallazgo a personas que el tiempo parece haber olvidado, y cuyos nombres sólo están disponibles en documentos académicos, pero sin mayor contexto sobre su vida y obra: Leif Eriksen, R. Hruška, Oscar I. Ertnæs y O. Turchányi.
El último respiro del subtitulaje análogo llegó con el estampado láser, cortesía de Denis Auboyer. Funcionaba agujerando y quemando la película de manera leve para crear las letras, contrario al estampado.
La era digital y el futuro
Ciertamente, los subtítulos llegaron para quedarse, sobre todo en una sociedad globalizada, de tecnologías de la información y la comunicación que nos permiten descubrir nuevas películas de todas partes del mundo. De hecho, hoy existen múltiples programas informáticos –como SubMagic, Subtitle Workshop o Subtitle Edit– que facilitan la producción de los textos permitiendo seleccionar diversos códigos de tiempo en un video y teclear lo que se quiera en el fotograma elegido. Además, también existen los subtítulos descriptivos –SDH, en inglés Subtitles for the Deaf and the Hearing Impaired–, pensados para mejorar la accesibilidad de las personas con sordera en el mundo del entretenimiento. Aquí pueden consultar otros tipos y formatos de símbolos basados en bits.
Por otro lado, en 2012 Sony presentó un par de lentes con realidad aumentada que hacen posible vivir el cine o teatro a pesar de cualquier limitación lingüística. Simplemente se ponen y estos automáticamente detectan el audio, ofreciendo interpretación instantánea.



Subtitulaje en México
En nuestro país existen diversas empresas dedicadas a la traducción y la creación de subtítulos –aquí encontrarán un amplio directorio–. Lo cierto es que cada una de estas casas productoras cuenta con un proceso único, pero que cumple el mismo fin.
En la Ley de Cinematografía publicada en 1992 se establecía el derecho de las audiencias a disfrutar de una película en su idioma original (con apoyo de subtítulos): solo aquellas cintas destinadas a un público infantil u obras educativas tenían permitido estrenarse de forma doblada. Sin embargo, las grandes distribuidoras se ampararon contra dicha medida, pues aseguraron que prohibir el doblaje les despojaba de públicos masivos debido a la alta tasa de analfabetismo en México. En la nueva iniciativa de ley, aún no aprobada en el pleno pero impulsada por la comunidad cinematográfica mexicana, se vuelve a insistir en el derecho de acceso a las películas en su idioma original y se propone la posibilidad de doblar hasta el 50% de las copias de una película.
Aunado a esto, hace poco surgió la iniciativa de subtitular todas las películas exhibidas en la República. Esto, entre otras cosas, debido a que más de dos millones de mexicanos cuentan con una discapacidad auditiva (vía Xataka México).
Bonus: una extraña forma de adaptación

¿Recuerdan que en Francia buscaban cambiar las letras en pantalla por otra técnica? Una de las alternativas era verdaderamente alocada y costosa, al menos para la época: lo que en ese entonces se conoció como “multiversiones”, que, básicamente, consistía en volver a filmar las películas con el mismo guion y en un set similar, pero con intérpretes diferentes, que fueran capaces de hablar el idioma de cada región. Una de las primeras cintas que hizo esto fue Anna Christie, de 1930 (vía Sociedad Artística Sinaloense). Es como si en este siglo Leonardo Di Caprio produjera una nueva versión de, digamos… Another Round y pensara en Jake Gyllenhaal para protagonizar. Un momento… ¡Eso ya va a pasar! Un nuevo remake. ¿En qué momento volvimos a 1929? Bueno, no hay problema. Tal vez se aplique el viejo de alterar algunos puntos de la trama primigenia y presentarla como algo fresco.
Sería bueno hacer caso al consejo que Bong Joon-ho dio al subir al escenario para su discurso cuando Parásitos hizo historia, alzándose con el Globo de Oro a Mejor película en lengua extranjera:
“Una vez que superes la barrera de una pulgada de los subtítulos, conocerás muchas más películas increíbles”.
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Si quieren conocer más sobre la historia de los subtítulos, pueden ver el corto documental The Invisible Subtitler.
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
Staff Cine PREMIERE Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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