Cine y Tv
Sergio Díaz y los secretos del sonido de Roma

Sergio Díaz pasó dos años escuchando a la Ciudad de México. De 2016 a 2018 exploró sus sonidos, los recreó, los cazó, los limpió y hasta les hizo casting. Su estudio ubicado en el sur de la ciudad, en donde nos recibe, se convirtió en uno de los centros de operaciones del departamento sonoro de Roma, proyecto al que se sumó como supervisor y editor de sonido en julio de 2016, tras platicar con los productores Gabriela Rodríguez y Nicolas Celis.
“Me dijeron que se trataba de una película personal y ‘chiquita’ de Alfonso Cuarón. Yo no les creí”, nos dice riendo. “Luego luego retumbó en mi cabeza: no hay película de Alfonso Cuarón que sea chiquita”.
Hasta ese momento, el editor de sonido no había trabajado con Cuarón más que cuando éste último tomó un rol de productor en la cinta Desierto. En su trayectoria de 30 años, no obstante, figuraban desde Luis Mandoki y Amat Escalante, hasta Guillermo del Toro, Alejandro G. Iñárritu y Mel Gibson. Tres reconocimientos que cuelgan ahora en una pared de su estudio son testimonio de su constante presencia en el cine de realizadores mexicanos –y extranjeros– de alto perfil. En ellos se puede leer “The Golden Reel Award”, premio anual que la Motion Picture Sound Editors otorga a los mejores trabajos de sonido del año, y de la cual se ha convertido recientemente en miembro. Mientras el primero destaca su desempeño como “editor de diálogo” en Babel, los otros dos honran su trabajo como «supervisor de diálogo» y «editor de ADR» en El laberinto del Fauno. (Aunque quizá el vestigio más atractivo de esa producción sea un pequeño retrato que le hizo el mismo Guillermo Del Toro, y que luce enmarcado en una mesita cercana a las consolas).
Ninguna de esas experiencias, sin embargo, le había exigido meterse a la memoria personal de un cineasta para extraer sonidos del pasado. “Roma fue un parteaguas en mi carrera”, nos dice. “Se siente maravilloso que las personas vean la película y que salgan hablando del sonido. Es un placer trabajar con directores que sepan exactamente qué quieren a nivel sonoro”.

- La atmósfera
De julio a diciembre de 2016, antes del rodaje, Díaz se lanzó a su propia investigación sonora. Aunque no contaba con el guion en ese entonces, empezó una etapa temprana de recopilación de sonidos de la ciudad, tomando en cuenta lo único que sabía: que la historia sucedería en los años 70. “Empecé a hacer mi propia librería ex profeso para Roma, usando mis propias memorias e imaginándome lo que podría suceder en el año 70 y 71”.
En esta etapa se enfrentó a una dificultad inicial. Ya que cada sonido debía ser grabado de forma individual para ser manipulado en la sala de edición, resultaba necesario grabar una primera “textura” citadina, a la que se le podrían agregar capas durante el diseño sonoro. Desafortunadamente, la atmósfera que necesitaba pertenecía a una ciudad que ya no existía.
“No lograba conseguir esta textura propia de los 70”, nos dice. “Había muchos ruidos, porque la ciudad se ha vuelto muy industrial. Hay muchos autos ahora y menos aves. Necesitaba tener una limpieza, pero, ¿cómo podía decirle a la Ciudad de México: ¡callate!?”
Se le ocurrió un plan: el 25 de diciembre de 2016 grabó todo el día desde las 6 am. Cuatro equipos se instalaron en Tepeji, en el norte de la CDMX, en Coyoacán y en Santa Fe. “Fue un gran acierto, porque gracias a eso pude tener la densidad de la CDMX en silencio absoluto. Esa fue la columna vertebral”.

- Cazando los sonidos
Una vez obtenida la primera capa, Sergio se dedicó a recopilar sonidos individuales. Consiguió varias propuestas de cada uno, para lograr el trino del ave, el ladrido del perro o el estruendo del avión preciso. Dicha odisea no se detuvo durante los 18 meses de producción de la cinta, ni siquiera durante la etapa de posproducción (ni las 10 semanas aproximadas que duró la mezcla). El sonido fue de lo primero que se trabajó y lo último que quedó.
“Lo más difícil fue meterme en las memorias de un director. Fue un reto conseguir todos los elementos que Alfonso tenía en su cabeza. Por ejemplo, el sonido de la puerta de su casa tenía un rechinido muy particular, su puerta era de metal con cristales en medio, así que provocaba cierta vibración. Teníamos la puerta de la casa del set, pero esa no servía porque tenía que sonar como la recordaba Alfonso. Ese tipo de sutilezas las teníamos que recrear”.

El alto nivel de detalle y precisión de la cinta obligó al departamento sonoro –que llegó a tener 22 miembros– a ir en busca de los sonidos exactos en la ciudad de hoy, peor también a recrearlos o construirlos en la edición. De archivo no se usó nada de forma directa, ni siquiera sonidos como la lluvia con granizo –que grabó desde el balcón de su casa– o el tráfico, cuyo ruido de autos de la época capturó en el set durante el rodaje. “Los pedía prestados al encargado y me subía con él. Los grababa a velocidades más suaves, porque en los 70 no los conducían tan rápido. Todo lo que escuchan en el tráfico se grabó de forma individual. Armé el tráfico sonido por sonido, fue algo artesanal”.
Los cánticos y gritos de los Halcones también fueron grabados en el set, durante los ensayos de los 1500 extras que participaron en la escena de la matanza de Corpus Christi, mientras que para las voces de los vendedores –el gas, los merengues, el agua– se hizo una suerte de “casting”. “La cacofonía de esos personajes sigue vigente, aunque ahora hay más personajes. Ahora son más grabaciones, pero antes sus cantos eran como mantras, de viva voz, una cacofonía muy cálida. Grabamos varias de cada vendedor, los recolectamos e hicimos ‘pruebas’, para tener la voz exacta que le gustara a Alfonso. Él hizo la selección de las voces ganadoras”.

La exploración sonora de las memorias y de la ciudad también le permitió a Sergio Díaz atestiguar las transformaciones que ésta ha sufrido. Algunas anécdotas al respecto son chuscas, como el hecho de que tuviera que quitarle constantemente la palabra “güey” a la grabación que hizo de un partido de futbol (“¡En esa época nadie se decía así!”). Otras, por otro lado, son más lamentables, pues evidencian el deterioro ambiental de la CDMX.
“Te das cuenta de lo que le estamos haciendo no solo a nuestra ciudad sino al planeta. Me pasó cuando Alfonso me pedía cierto tipo de aves, los pericos australianos que se oyen en la casa en la mañana y otros que dejaron de estar en la ciudad. Entonces nos íbamos a ciudades anodinas o lugares muy alejados donde hubiera árboles para encontrar cierto tipo de gorrión. Lo encontramos en Satélite, en la casa de unos amigos».
«Lo mismo sucede con los niños», continúa. «Ya no los encuentras en la calle echándose una cascarita. Antes no había tantos autos. Tuve que poner a unos niños a jugar afuera de un estudio de grabación».
- Sonido 360
Fue hasta el final del rodaje que Sergio Díaz obtuvo el guion. “Y tuve que regrabar TODO”, nos dice riendo. “Me di cuenta de todo lo que me faltaba, porque a las consolas tienes que llegar con sonidos de más, por si el director te pide otra cosa. La edición fue de lo más difícil porque debíamos hacer que cierto tipo de sonido sonara de cierta forma. Construirlo con varios. Ese fue el caso de Borras, el perro, cuyo ladrido en realidad está formado por tres perros, porque tenía que sonar exactamente como Alfonso recordaba».
Otra proeza titánica fue el sonido 360º que ofrece Roma , gracias a la tecnología Dolby Atmos. Mientras Eugenio Caballero debía construir sets gigantescos que le permitieran a Cuarón hacer tomas amplias, Sergio Díaz debía vestir con sonido tanto lo que estaba a cuadro, como lo que no se veía en la toma. «‘Quiero todo’, me dijo Alfonso. Eso te permite estar inmerso en la película. Cuando Cleo y Nancy salen corriendo en la escena de la tortería, todo es una carrera de sonidos, frontal pero atrás también suceden cosas. En el hospital suceden cosas atrás, en todos lados hay sonido 360º. No estamos acostumbrados a tener esta presencia en este tipo de cine. La tecnología Atmos era aplicada en superproducciones, pero creo que lo aprecias más cuando es algo real, que cuando ves una fantasía».

El globero, el de los camotes, los taxis cocodrilo que pasan, las pisadas de los habitantes de la casa, el sonido del radio, el crujir de las puertas… Para que los mezcladores de regrabación Skip Lievsay (ganador de un Óscar por su trabajo en Gravedad) y Craig Henighan (Stranger Things) –junto con Cuarón– pudieran llegar a la mezcla deseada y a la experiencia inmersiva, cada sonido debía ser limpiado y trabajado de forma individual. «El asunto con el Dolby Atmos es que tienes muchas bocinas en las salas, a la izquierda, en la derecha, en el techo, y cada una representa un lugar específico», explica Díaz. «Es una realidad sensorial e inmersiva, que te envuelve. Para llegar a eso necesitábamos tener todos los elementos disponibles para poder decir: el globero va aquí, pero el globo va en la otra bocina, y el silbatito en la otra. Todo sonido tenía que ir limpio. [Skip] mezcló la de Gravedad y me dijo que esto era una locura, porque se trata de la realidad, no es el espacio, todo el tiempo están sucediendo cosas a nuestro alrededor».
Tal cantidad de trabajo prolongado requirió de disciplina constante: un organigrama claro del equipo de sonido; un archivo y registro bien organizado de cada sonido grabado desde 2016 hasta 2018; una dinámica de comunicación que fuera eficiente aun cuando Cuarón se encontrara en otros países editando, así como un aprendizaje de los errores pasados. «Es el proceso más largo que he tenido en mi vida. Cuando acabamos me fui una semana a París con una sensación de que lo habíamos logrado. Fue extremadamente difícil y después tuve un periodo de descompresión y de liberación, pero hubo mucho amor al hacerla. Roma me marcó».

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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
Staff Cine PREMIERE Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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