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Las (otras) mejores bandas sonoras de John Williams

Las bandas sonoras de John Williams han construido la memoria de varias generaciones. Nuestros padres, durante su juventud, soñaron con otras galaxias gracias a su labor en Star Wars. También subieron los pies a la butaca con su acordes pulsantes en Tiburón. Más tarde, sintieron la piel de gallina al recordar los horrores del holocausto con los violines de La lista de Schindler. Para las generaciones más jóvenes, sin embargo, puede que sus memorables notas en celesta fueran la invitación abierta a formar parte del alumnado de un colegio de magia y hechicería.
Para John Williams no existen límites ni géneros imposibles. Si bien tiene un estilo muy marcado, que puede ser reconocido de inmediato, también es poseedor de un método completamente funcional para contar historias a través de la música. Grandes cineastas destacados como Steven Spielberg, George Lucas, Alfonso Cuarón u Oliver Stone han requerido de sus servicios y obtenido a cambio grandes clásicos musicales que ahora permanecen en la memoria colectiva.
Este listado de bandas sonoras de John Williams no enfocará sus esfuerzos en recordar los grandes clásicos del compositor estadounidense que han sido analizados hasta el cansancio. En cambio, recordaremos obras musicales que se han perdido a la sombra de sus trabajos más reconocidos. Aquellos scores que vale la pena conocer y escuchar y que además forman parte de una era más moderna del compositor. Una etapa de madurez en donde, con mayor fluidez, Williams se permite llevar a cabo juegos musicales y un cruce interesante de distintos géneros y estilos, sin perder su sello característico.
Estas son las (otras) mejores bandas sonoras de John Williams que deberías escuchar.
Atrápame si puedes (2002)
Una de las tantas colaboraciones del compositor con Spielberg, devuelve al músico a sus vigorosos orígenes con el jazz. Aquí se narra la historia de un carismático y camaleónico delincuente (Leonardo DiCaprio) que es perseguido por un detective del FBI (Tom Hanks) para llevarlo hasta el tribunal de la justicia. Este ejercicio del gato y el ratón es también el corazón de la banda sonora compuesta por Williams. Para ejemplo, el tema principal de la obra, repleto de arpegios de saxofón, cuenta los ires y venires de los personajes: arriba abajo, de un lado a otro, con un toque juguetón. El jazz, tan apreciado por el compositor, impregna los mejores momentos de película y le otorga un estilo musical a cada personaje. Mientras el saxofón cuenta la naturaleza juguetona, elegante y carismática del personaje interpretado por DiCaprio, el piano representa la sobriedad de aquel perteneciente a Hanks. A lo largo de la música existe una entretenida danza entre los dos instrumentos, tal cual como los personajes lo hacen a lo largo del filme. Desde luego, este score fue nominado al Óscar en su momento, pero ¿acaso hay algún trabajo de Williams que no ha sido nominado?
Memorias de una geisha (2005)
Otra de las bandas sonoras destacadas de John Williams pertenece a este proyecto, en el que se involucró incluso antes de que existiera. Cuando conoció la novela, Williams inmediatamente sintió inquietud por ilustrar musicalmente la historia de Sayuri. Cuando se enteró de que una adaptación cinematográfica sucedería, inmediatamente se postuló para el puesto. Durante meses estudió las formas de la música oriental para poder conjugarlo con los estilos sonoros de occidente e inyectarle su habilidad narrativa característica. El resultado es probablemente su mejor obra del nuevo siglo. Con ayuda del violonchelista Yo Yo Ma, Williams compuso el tema de Sayuri, una melodía trágica que transmite la soledad y la agonía del personaje femenino. Del lado más sobrio se ubica el registro musical para el personaje del Presidente, con ayuda del violinista Itzhak Perlman. Ambos instrumentos son la base de una banda sonora melodramática y bella, que se apoya en instrumentos de viento característicos de la región. La música de Williams es quizás comparable con la suavidad, belleza y elegancia que supone el tacto de un kimono.
Munich (2005)
El mismo año de Memorias de una Geisha fue el más prolífico de John Williams, pues compuso también –todas ellas grandes bandas sonoras– el episodio 3 de Star Wars, La guerra de los mundos y la que aquí nos ocupa. Spielberg sabía que el compositor estaba ocupado, pero aún así logró convencerlo de unirse a su proyecto. Con tal sólo un mes y medio de tiempo para poder fabricar el tejido musical de la película, el compositor se aventuró y salió victorioso del reto. El filme cuenta los hechos reales de un agente del Mossad y su equipo mientras persiguen a los terroristas responsables de asesinar a los atletas israelís en los Juegos Olímpicos en Munich 1972.
Williams convierte el himno israelí en el eje central de su música. Con ayuda de la soprano Lisbeth Scott, compone un tema de lamento y oscuridad apoyado en su poderosa voz y en las cuerdas para hablar de los actos violentos y tristes que dan pie a la historia de la película. Por otro lado existe un segundo tema llamado «A Prayer For Peace» que literalmente es un ruego musical a modo de adagio que también funciona como el tema central del protagonista (Eric Bana) y su lucha interna. Esos dos son el esqueleto de la partitura y de allí se desprende el resto; percusiones tensas, ostinatos agresivos en piano y un ambiente convulso y asfixiante, en donde los dos temas principales son interpretados de formas diversas y acordes a la acción en pantalla. Precisamente, la duración de esta película es mucho mayor al tiempo total de la música, pero esto es porque Williams sabe aprovechar aquí los silencios y el manejo de suspenso que estos pueden generar. En tan sólo cuestión de semanas John fue capaz de componer una de sus mejores obras de este siglo.
La terminal (2004)
Al igual que la película, la construcción de esta composición es mucho más sencilla, pero no por ello menos bella. El filme protagonizado por Tom Hanks sobre un hombre proveniente de un país ficticio, que se queda atorado en el aeropuerto de Nueva York, es en toda regla una comedia romántica. Williams compone con eso en mente y crea un tema central dedicado al protagonista que bebe de la comedia de situación, las notas de romance inocentón y una instrumentación que hace gala de la nacionalidad del personaje. A su lado hay un tema en piano con el que Williams bebe en pequeñas cantidades de su gusto por el jazz. Dicho tema está dedicado al romance inherente del filme y entre ambos construyen un lienzo musical bien intencionado, de fácil escucha y sobre todo muy amigable. Aunque el tema principal se repite constantemente, siempre aparece con diferentes arreglos y con lo mejor que Williams está acostumbrado a hacer con partituras de este tipo. Es decir, drama, comedia y romance asoman a cada track.
El patriota (2000)
Quizás muchos podrían cuestionar el resultado de un filme dirigido por Roland Emmerich –a quien esto escribe le parece magnífico–, pero de lo que no podemos dudar es de la calidad del trabajo de John Williams para éste. Aquí podemos encontrar a ese Williams clásico, que compone himnos y marchas para motivos patrióticos, dignos de acompañar una bandera ondeante y grandes héroes. Aunque algunos podrían estar un poco hartos de aquello, eso no quita que El patriota sea una muestra más del ingenio del compositor. Su tema principal es como una ilustración de los personajes centrales y sus motivaciones: tratar de huir de un conflicto bélico que les pisa los talones; pero al mismo tiempo evoluciona hasta convertirse en una marcha patriótica sobre la lucha y la libertad de una nación. La instrumentación de dicho track ocurre primero con la orquestación tradicional y más con tambores de guerra y flautines característicos de los episodios de batalla de la película. El tema central se repite en diferentes arreglos: orquesta, banda de guerra, flauta, arpa. Sin embargo, sus grandes dosis de acción y variedad de personajes permiten a Williams componer toda una variedad de temas dedicados a diferentes motivos, ya sea el romance, el villano, la guerra, o la pérdida. Por dicho motivo El patriota es uno de los trabajos más ricos e interesantes del compositor.
Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio (2011)
Si bien en los trabajos anteriores hablábamos de uno o dos temas que eran como el esqueleto del score, aquí tenemos la mejor muestra de cómo funciona el método del compositor. Williams crea una vasta variedad de temas que sirven como leitmotiv, o motivos musicales, que se asocian a personajes, lugares o situaciones. Una vez diseñados éstos, se unen como rompecabezas acorde a la acción en pantalla. Este método, a la usanza de las composiciones clásicas de Williams provoca que Las aventuras de Tintín tenga un lienzo musical amplio y fenomenal, que hace eco de las grandes aventuras cinematográficas de la marca Spielberg.
Aquí hay dos temas centrales, uno dedicado a Tintín y otro a su fiel acompañante, el perrito Snowy. El primero, inspirado en el jazz, es ágil, sobrio y sarcástico; mientras el segundo es alucinante y juguetón, con varios arreglos complejos dignos de concierto. Después existe un tema de misterio y uno más dedicado a la embarcación Unicornio. Existe otro más para el par de detectives, para el capitán Haddox, para la ciudad de Bagghar y muchos más. Se trata de ese tipo de composición que puede relatar la historia de manera musical sin necesidad de las imágenes, una vez se conozca a qué pertenece cada nota y cada tema.
Caballo de guerra (2011)
La estructura musical de Caballo de guerra resulta más desafiante cuando son varios los motivos musicales que se ejercen en distintos momentos como temas centrales. Sólo hasta escuchar el tema central, que abre la partitura y que también la cierra, se pueden identificar dos cosas: que se trata de una canción enteramente dedicada a Joey –el caballo protagonista– y que en realidad es un resumen de las muchas aventuras que vive a lo largo de película. La intención primaria de Williams es darle una forma y carácter al caballo, quien después de todo es el gran personaje central de la historia. Por ello, el tema en cuestión resuelve en música su espíritu juguetón, sobrio y especialmente el lazo emocional que construye con los humanos. Los arpegios de cuerdas que suben y bajan nos recuerdan al corcel brincando sobre dos patas, y los momentos de compases sostenidos a su forma de trotar constante y elegante. Las partes más grandilocuentes desde luego hablan de su viaje a través del conflicto bélico y de la amistad inquebrantable que sostiene con Albert (Jeremy Irvine). Se trata de una partitura de mucho dramatismo, que recorre distintos estilos ya utilizados por el compositor, pero usados aquí con una gran maestría. Para los expertos en la materia se trató del mejor score de su año, a pesar de que en ese mismo momento también se encontraba por ahí Las aventuras de Tintín.
Ladrona de libros (2013)
Se dice que el mismo Williams pidió ser parte de este proyecto porque conocía la novela fuente, misma que le había impactado con gran profundidad. Cuesta la historia de una niña alemana llamada Liesel que es puesta a cargo de una pareja sin hijos en la provincia alemana durante los conflictos de la Segunda Guerra Mundial. Aunque la niña en un inicio es iletrada, pronto descubre las palabras y su pasión por los libros. Así, la lectura será el refugio y escape ante las atrocidades que le circundan, y también hilo conductor de la película. Sin embargo, el hilo conductor de la música no es la lectura, sino la relación de la niña con la muerte. Dado que la muerte es el narrador omnipresente de la historia, la música solemne, triste y solitaria, se combina en todo momento con las notas más juguetonas y esperanzadoras. De esta manera, la muerte convive armoniosamente con la inocencia de la infancia. La primera es representada en melancólicas cuerdas y la segunda en escalas de piano más animosas. Tal como la perspectiva mental de Liesel, la música de pronto nos cuenta los horrores de la guerra y la pérdida, y al mismo tiempo la ilusión de un niño ante la amistad, el amor fraternal por los padres y desde luego, los otros mundos encontrados a través de un libro. Es uno de los trabajos musicales de Williams que ha pasado más desapercibido y que quizás merezca un mayor reconocimiento.
Inteligencia artificial (2001)
Con esta banda sonora, el músico se introdujo en estilos más ajenos a su forma habitual. La composición de repetición –o minimalista– más alineada a las costumbres de autores modernos, encuentran aquí un lugar entre el sonido Williams que todos conocemos. Esto habla de un artista que experimenta, que siempre evoluciona y que, sobre todo, trabaja en servicio de la historia. Dicha forma de trabajo para este score tiene sentido cuando nos enteramos de que se trata de una obra de ciencia ficción, tan oscura como atípica, que perteneció en un primer momento a Stanley Kubrick. Por ello la música en todo instante busca ilustrar un ambiente hostil y desesperanzador, pero con un espíritu clásico vanguardista. Desde luego es inútil que el buen John Williams esconda lo mejor de sus bandas sonoras y por eso el otro lado de la moneda en este score es la melodía dramática por excelencia. Los mejores pasajes de esta banda sonora probablemente pertenecen al lazo emocional que comparte el androide protagonista con su madre humana. Compases más armónicos y alegres, como de cuento infantil, se entremezclan con la música atmosférica que domina en casi todo el trabajo y desde luego funciona a la perfección con la intención narrativa de Spielberg y el viaje del personaje central. Fría, como música para crear ambiente, pero a la vez muy bella, y muy diferente a sus otros trabajos.
The BFG: El buen amigo gigante (2016)
Adaptada a partir de una obra de Roald Dahl, cualquiera pensaría que la música de Williams se trataría de un gran despliegue de fantasía, grandes y variados temas y una orquesta apabullante. Sin embargo, tanto compositor como director (Spielberg), conciben este trabajo como un cuento de cama, mágico, sereno y memorable, para que el niño se entregue al mundo de los sueños. Su tono pausado –que fue del desgrado de muchos– permite que Williams diseñe el eje central de la música a partir de una canción como de cuna. El tema principal, bajo dicho enfoque, es un motivo que habla de la amistad entre la niña Sophie y el bonachón gigante. Y a su alrededor aparecen otras piezas como aquellas referidas a los gigantes enemigos, al mundo de éstos, a la reina de Inglaterra y a la melancolía de una niña que pertenece a un orfanato. Se trata de una obra muy bella, delicada, llena de ilusión magia y la inocencia característica de un cuento para niños como lo es El buen amigo gigante.
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
Staff Cine PREMIERE Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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