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Ariel 2020: Los Chicuarotes de Gael García Bernal

Dos ajolotes, Tonatiuh y Citlalli, nadan en una pecera. Son un sol y una estrella. Desde fuera, el Cagalera (Benny Emmanuel) y Sugehili (Leidi Gutiérrez) los observan. Él sugiere que los lancen al canal de Xochimilco. Ella advierte que no sobrevivirían en aguas contaminadas. Su hábitat natural se ha vuelto mortal para ellos. Esto marca el punto de partida de Chicuarotes, película dirigida por Gael García Bernal y nominada a tres premios Ariel.
“Los ajolotes son la voz de Chicuarotes”, señala Gael sobre su segundo largometraje como director. La secuencia descrita es también metáfora de sus protagonistas, un par de jóvenes recién salidos de la adolescencia. Su hogar, el pueblo de San Gregorio Atlapulco (Xochimilco), es ya un terreno hostil, a cuyos habitantes se les conoce como “chicuarotes”, palabra que designa a un chile y a personas necias. En medio de la violencia doméstica, las agresiones sexuales, la corrupción, la pobreza y las ruinas dejadas por el terremoto de 2017, el Cagalera se aferra a encontrar un escape, que considera su único futuro posible al lado de Sugehili y de su amigo Moloteco. Lo que empieza con tintes de comedia, se convierte rápidamente en una cadena de tragedias conforme sus actos se salen de control.

Durante el rodaje, por ejemplo, se dio muestra de esta mezcla de tonos: en la secuencia que atestiguamos, una botarga de vaca baila “La cumbia sampuesana”, mientras el Cagalera intenta dejar un papel en el mostrador de la carnicería en el local contiguo, sin que el encargado lo note. Mientras García Bernal pide repetir la toma y la vaca baila con más ganas, la escena parece graciosa, más bien cómica, sin más información en ese momento. Sin embargo, lo chusco va acompañado de lo sórdido, pues en realidad se trata del momento en el que el chico entrega una nota de rescate por un secuestro.
“Creo que desde la primera escena [un robo en un microbús] te pone muy bien el contexto social, familiar, y sabes que es un lugar en donde cada quien se rasca con sus propias manos. Visto a través de sus ojos, entiendes por qué quiere salir desesperadamente de este lugar y usa las armas que conoce”, compartió sobre su personaje Benny Emmanuel, nominado al Ariel 2019 a Revelación actoral por su papel en De la infancia, de Carlos Carrera.
“Cagalera, literal, es porque es un tipo que la está cagando siempre. Y en cuanto a las personas, también ‘les caga’, porque es un tipo al que no le importa nada”, agregó Benny sobre el origen real del sobrenombre, recopilado por el guionista Augusto Mendoza. Chillamil, Baturro o Planchado son otros de los apodos peculiares de este universo, dibujado por el escritor que trabajó con Diego Luna en Abel (2010) y Sr. Pig (2016).
Para prepararse, Benny tomó talleres de actuación un mes antes, junto con Leidi Gutiérrez (Las elegidas) –una chica solitaria con labio leporino que es la luz de la película, de acuerdo con la propia actriz– y Gabriel Carbajal, un actor no profesional seleccionado para el papel de Moloteco entre los habitantes de Xochimilco, de donde también es originario Mendoza.
La relación de la producción con la localidad se estrechó aún más después del sismo del 19 de septiembre de 2017, que los sorprendió en pleno rodaje y que en la ficción acentúa la decadencia que perciben los jóvenes. “[Cuando ocurrió el terremoto] ya estábamos entrados en la preproducción de la película”, nos dijo García Bernal. “De hecho nos atrasamos dos semanas. A todo el país nos puso en pausa. Existía esa duda de qué iba a pasar. Pero nosotros ya estábamos completamente arraigados; ya habíamos hecho todo el trabajo desde hace seis o siete años que empezamos a venir, luego hacer los talleres con los chavos, conocer a más personas, darle más vueltas a un acercamiento histórico y sociológico

En 2007, el actor mexicano Gael García Bernal debutó detrás de las cámaras con una historia que daba un vistazo a una juventud sin propósito, enajenada. Aunque Déficit, dicha ópera prima, no resultó en el éxito esperado, el actor y director mexicano regresa ahora con Chicuarotes, otra exploración de una enajenación juvenil distinta: la angustia de clase y esa trampa llamada progreso.
¿Cómo fue el trabajo con el guionista Augusto Mendoza y con las personas del lugar para adentrarse sin que se notara una mirada externa?
El guion cambió mucho desde el principio hasta el final. Pero siempre han existido el Cagalera, el Moloteco, el Chillamil, el Baturro. Eso siempre existió y era fascinante; le daba un carácter muy especial y muy original a la película. La forma, los diálogos de los personajes también eran alucinantes, y eso es algo que Augusto hace muy bien. A menos que crezcas ahí, no podrías escribir los diálogos y las situaciones que suceden. Fuimos muchas veces y el lugar nos fue enamorando. Fue muy hermoso. Por un lado, disfruto mucho ser actor, pero por otro lado también me gusta dirigir porque me da otra oportunidad. Siento que tengo mucho qué decir acerca de San Gregorio y la gente de Xochimilco.
En palabras de Gael, ¿cómo son los chicuarotes?
Son esas personas que están en contacto con una pugna milenaria: el contacto entre el agua y la tierra, y que están resguardando un poco el espíritu de lo que era la Ciudad de México, junto con los ajolotes. Para mí eso es lo que significa, es algo más allá del chile.
En cuanto a la música, [compuesta por Leonardo Heiblum y Jacobo Lieberman] logran momentos muy particulares en los que crean atmósferas. ¿Tenías una idea previa de lo que querías o lo fueron desarrollando?
La clave fue el momento en el que descubrí un instrumento que es el ondes Martenot (ondas Martenot), uno de los primeros instrumentos electrónicos que existió, que es como primo del theremín. Es un instrumento fantástico y sólo hay diez en el mundo y conozco a una de las personas que lo tocan [Suzanne Farrin]. Toqué con ella en la serie Mozart in the Jungle y ahí dije: “¡claro!”. Yo estaba en el proceso del “chicuarotismo” y la voz de los ajolotes es el ondes Martenot.
¿Quién tiene la voz de la película?
Los ajolotes. Por eso acabamos la película con ellos.

Chicuarotes, de Gael García Bernal, cuenta con tres nominaciones a la 62ª Edición del Premio Ariel: Mejor Actor (Benny Emmanuel), Coactuación Masculina (Daniel Giménez Cacho) y Coactuación Femenina (Dolores Heredia) La ceremonia se llevará a cabo este domingo 27 de septiembre y será transmitida en vivo simultáneamente por el Facebook Live de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC) y por Canal 22.
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Una versión de este artículo se publicó por primera en Cine PREMIERE #297 de junio 2019.
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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