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Amores modernos: El primer estreno mexicano en la nueva normalidad

Este fin de semana se estrenó Amores modernos, una cinta dirigida por Matías Meyer, por lo menos en las ciudades donde ya hay cines abiertos. El largometraje sigue la historia de diversos personajes y explora la forma en la que se conectan. Entre el reparto está Ludwika Paleta, Leonardo Ortizgris, Ilse Salas, Andrés Almeida y Raúl Briones. El momento en el que llega a los cines no es lo único fuera de lo común. Amores modernos es un tipo de película que no solemos ver en la cartelera comercial de nuestro país: cine de autor con actores de renombre.
Un caso extraño de cine de autor
Amores modernos es un caso extraño. Es un drama sobre los distintos tipos de amor, con poco humor, muy apoyado en su guion, con un ritmo sosegado y con varios actores reconocidos como Ilse Salas, Ludwika Paleta y Leonardo Ortizgris. Es el tipo de propuesta que no solemos ver en las salas comerciales de nuestro país. Una propuesta completamente de autor, apoyándose en su elenco y su temática para llegar a más personas.
Amores modernos refleja las diferentes facetas que puede tomar el amor, desde el amor familiar y de amistad hasta el romántico, con más de un matiz en medio. Hay algo admirable en el realismo de su mensaje: “Que el público se vaya con la idea de que hay que aceptarnos los unos a los otros. Que todos estamos llenos de defectos, pero que así somos, y al mismo tiempo necesitamos el uno del otro en esta sociedad híper individualista. Cómo podemos seguir manteniendo la relación con el otro”, reflexiona su director, Matías Meyer.
Matías ni siquiera tenía experiencia con actores profesionales. Este es sin duda su proyecto más comercial. “Aquí mi deseo sí era llegar a más gente, pero no era un deseo mercantil. No se trataba de hacer un producto, se trataba de hacer una obra de arte, pero que fuera menos cerrada en su lenguaje, más accesible”. Amores Modernos es un mosaico de historias donde lo valioso está en apreciar las relaciones entre los personajes.
“La puesta de actores fue muy buena”, nos dice Matías, recordando su experiencia. “Desde la escritura del guion yo les quise dar un material bastante emotivo, con bastantes diálogos, cosa que con actores no profesionales se vuelve un poco más complicado”. Las actuaciones realmente son un pilar de Amores Modernos, pues cargan con mucha de la caracterización y la empatía que sentimos por los personajes. Matías lo sabe y los pone al frente de su cinta. “Es una película que te confronta mucho. Desde la utilización de los close ups, que puede ser intimidante en pantalla grande, porque estás entrando a la intimidad de los personajes. Los tienes ahí enfrente y cada pliegue de su rostro te comparte una emoción”.
Matías espera que Amores modernos no se quede como un caso aislado, sino que cada vez haya más propuestas de este tipo, cintas que no sacrifiquen su complejidad temática y su cualidad autoral por proyectarse en las salas de cine de nuestro país. “Mi intención era hacer una película popular pero inteligente. Que pudiera llegar al gran público pero que también se fuera con mucha reflexión a su casa y con mucha identificación”. Cierra su reflexión con una metáfora que escuchó por ahí: “El cine es un océano y las películas son barcos. Y hay barcos de todo tipo, desde el trasatlántico, hasta el pequeño velero o la lanchita con la que te escapas del Titanic que se hunde”.
La perspectiva de Ludwika Paleta
¿Qué te llamó la atención del proyecto?
Me gustó que fuera una película diferente. Es distinta a las que yo comúnmente leo, los guiones que se están haciendo en el cine últimamente. Me gustó que fuera una película en donde la historia no se centra en uno o dos personajes protagónicos, sino que hay varias historias que se entrelazan. Me gusta mucho cuando te das cuenta que tú tienes que ver con el vecino y a veces ni siquiera lo conoces, y si le empiezas a rascar pues todos estamos entrelazados. Me llamó mucho la atención que fuera la primera película de Matías trabajando con actores profesionales. Y el elenco, que me pareció increíble.
¿Por qué crees que no se suelen hacer este tipo de películas, más pequeña en escala pero con actores de renombre?
Justamente por chiquitas. Uso la palabra “chiquita” pero no sé si se entienda el término. Me refiero a una película más personal, más de director, en donde un autor quiere contar su historia. No remakes o historias que ya se han contado antes. No se hace porque es menos redituable, menos comercial.
¿Cómo fue la experiencia en el set con Matías Meyer, considerando que no había trabajado con actores profesionales?
Fue curioso que la hicimos de manera cronológica. Eso yo nunca lo había hecho. Me imagino que fue una petición de Matías, pero es difícil para la producción lograr eso. Debe ser complicado organizar una película en orden cronológico. A mí me pareció increíble. Lograrlo es casi como hacer teatro. Tener la oportunidad como actor de tener una progresión dramática y emocional a lo largo de tu historia como personaje es un privilegio.
¿Hubo alguna escena que fuera particularmente desafiante para ti como actriz?
Lo desafiante fue que Matías quería que todo fuera muy natural. La cámara estaba muy cerca, sus planos son muy cerrados. Entonces actuar que como que no actúas. Uno siempre está actuando, pero el chiste es que parezca que no. Actuar es reaccionar a estímulos no reales de manera verdadera. Ese creo que es el secreto. El tener la película un tono muy naturalista y realista, requiere que pienses. A mí lo que me gusta de cuando ves a alguien en un plano tan cerrado en una pantalla grande es que en la mirada le veas todo. Eso habla de un actor que está pensando y que estás viendo casi sus pensamientos.
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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