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Black Canvas 2020: Los lobos, de Samuel Kishi – Crítica de la película mexicana

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Cuando el reloj marca la una, los lobos juegan a las luchas. Cuando el reloj marca las dos, los lobos graban su voz. Cuando el reloj marca las tres, los lobos aprenden inglés. Cuando el reloj marca las cuatro, los lobos siguen en un cuarto… y así permanecen hasta las siete de la noche, que es cuando mamá loba regresa después de una larga jornada de trabajo. Antes, ambos cachorros sencillamente aguardan en la madriguera, con el estribillo “Chúmbala cachúmbala” de aquella popular canción en sus cabezas, o escuchando la nostálgica guitarra de su abuelo desde una vieja casetera.

Los lobos película mexicana

La película mexicana Los lobos, el segundo largometraje del tapatío Samuel Kishi, sigue la historia de una triada de migrantes mexicanos —Lucía y sus dos hijos pequeños, Max y Leo— que cruzan la frontera con EE.UU. hacia Albuquerque, Nuevo México, donde Lucía debe someterse al desgaste de empleos de medio tiempo consecutivos, mientras que sus vástagos pasan los días resguardados dentro de un ruinoso departamento. En su soledad, ellos constantemente miran por la ventana, atestiguando quizás un entorno plagado de peligros. Pero ellos se saben lobos, como su misma madre los describe: lobos que no lloran, sino que muerden, aúllan y protegen su casa.

Afín a otros filmes sobre reclusión o persistencia del refugio, Los lobos –la película mexicana ovacionada en la Berlinale 2020– a veces se aproxima al encanto musical de Temporada de patos (2004), y en otras ocasiones, al concepto “niño contra la adversidad” de El premio (2011), ambas escritas por la ganadora del Ariel Paula Markovitch.

Sin embargo, por su enfoque en la infancia y elementos tales como un condominio destartalado y el anhelo de los hermanos por pisar Disneylandia, deviene inevitable que Los lobos evoque el drama estadounidense El proyecto Florida (2017), donde el tira y afloja entre la amarga precariedad y dulce espíritu pueril es igualmente palpable. Gran diferencia es que el filme estelarizado por Willem Dafoe adquiere un tratamiento de mayor colorido (literal y figurativamente), mientras que la reciente ganadora del GIFF 2020 no acalla del todo sus notas melancólicas. Y aún así, la reconocida productora Inna Payán concede recurrentes soplos de esperanza y optimismo, mismos que se nos negaron en su anterior producción La jaula de oro (2013), también direccionada hacia el tema de los niños y la migración, pero mediante una narrativa (aquí sí) absolutamente desgarradora.

Cabe destacar aquella atractiva tangente que Samuel Kishi tuvo a bien incluir en Los lobos, nacida de los caricaturescos lobeznos dibujados sobre una pared del departamento, por mano de Max y Leo. Mediante sus respectivas creaciones, ambos plasman sus álter egos pero también propician inesperadas secuencias animadas: una clave enternecedora dentro del largometraje, misma que nos sumerge en la imaginación escapista y juguetona de los niños, reflejo de sus propias fantasías pero también de sus miedos y dolencias, inspiradas por una realidad incierta.

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Asimismo, la excelencia del reparto resulta inobjetable. Los auténticos hermanos Maximiliano y Leonardo Nájar Márquez llevan su complicidad fraterna a la pantalla de una manera natural, mientras que Martha Reyes Arias —en su primer papel para un largometraje desde 2009— se apropia de los sutiles matices de una madre soltera, resignada y exhausta por el sueño americano. Ella guarda en su mirada una oleada de expresividad que, en el momento menos esperado, logra incluso desbaratar la personificación ninja de Max. Los ojos de ambos, acentuados por improvisados disfraces de Halloween, desdeñan el combate y demandan un cálido encuentro. A fin de cuentas, una de las reglas de la casa es abrazarse después de una pelea.

Los lobos, presente en el festival fílmico Black Canvas 2020, es un conmovedor vistazo hacia la escabrosa búsqueda de oportunidades; sobre lo difícil que es abandonar las raíces y mantener vivas las ilusiones… pero firme en que, aunque trémula, siempre habrá una luz en toda oscuridad. Sólo basta mirar con atención.

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